domingo, 16 de diciembre de 2007

El día en que los ángeles nos tuvieron envidia...

Calín era uno de los ángeles más alegres que el cielo había visto correr por su pasadizos (aunque eso de correr es en sentido figurado ya que los ángeles no tienen pies ni piernas, pero bueno...). Hacía una tarde tremenda en su zona angélica y vio muy cerca de él a un grupillo de angelotes que estaban conversando, o mejor diría, discutiendo. Se acercó con su singular sonrisa y les preguntó el porqué de tanta emoción. Uno de ellos, Solín, le explicó que había pasado algo que nunca se hubieran imaginado ni en mil años (que en el fondo son para ellos como un día). Solín con no poco desgano le fue soltando algo de la verdad del asunto.

Y resulta que últimamente El Buen Padre Dios había tomado ciertas decisiones que los habían sorprendido de pluma a pluma. Estaban, como se dice, con las plumas paradas.

Luego de que se lo explicaron, Calín no entendió casi nada, pero claro, había que decir: "¡Ahh!" para no quedar como un ángel caído del cielo. Se alejó de ellos que estaban cejijuntos y decidió ir a "la oficina central" para ver mejor el asunto.

Lo que vió en las inmediaciones de la "Sky Center" fue tremendo. Literales turbas angélicas iban y venían con rostros de sorpresa total. Calín sabía que casi siempre él era el último de enterarse de las cosas importantes, pero esto le parecía extremo. Sí, de acuerdo, él tenía muchas veces la cabeza en las nubes, pero ¿en dónde más podía tener la cabeza un ángel? Díganmelo!!! En lo mejor de su contemplación pasó un grupo de amigos y fue Cencín el que le hizo señas para que los acompañase, se subió a la nube-taxi y se fueron. Cencín era su mejor amigo, a él le había puesto ese sobrenombre ya que le parecía muy largo aquello de Inocencín, pero en emergencias lo llamaba simplemente "Cín". Bueno, el buenazo de Cín le contó al vuelo (literalmente) que la cosa era increíble, que el Buen Padre Dios había decidido que...., bueno, que... ¡¡¡Y era irrevocable!!! Cuando Calín, impaciente, estaba a punto de agarrarlo del cogote plumífero, la nube-taxi se detuvo y bajaron: estaban en el partidor central. Calín nunca había llegado tan lejos y menos se le había ocurrido la necesidad de partir a... Tierra!!!

"No, no, no tengo permiso del Buen Padre Dios" Cín sí que lo tenía y sus compañeros también. Le animaron a que lo pida, que seguro que le dejaría permiso de bajar a Tierra. Calín estaba sorprendido por todo, claro que él tenía que bajar a tierra hace tiempo, pero eso era en otro sentido, que dicho sea de paso tampoco lo entendía bastante. Estando en ese trance de pensarlo se acercó Rafael, el arcángel, y los saludó amablemente. Los ángeles se alinearon y lo saludaron con mucha veneración. Rafael se le quedó mirando y le dijo: "¿No tienes permiso, eh? No hay problema, aquí tengo un pase libre a tierra, ¿ok? Quédate tranquilo, el Buen Padre Dios te bendice, anda con tus amigos y den gloria a Dios en la tierra" La tropa de ángeles se alineó otra vez y se despidieron de Rafael y comenzaron a partir, iban por grupos y Calín voló al final de su grupo, casi jalado por todos.

**********

En el cielo nunca hay noche, así que Calín tuvo que pasar la primera noche en sus miles de años de existencia. Había escuchado hablar a algunos ángeles experimentados sobre lo oscura que es la noche pero nunca la había vivido. Sus amigos le dieron unas instrucciones y le indicaron el lugar donde tendría que llegar y dar gloria a Dios. Estaba ansioso de llegar, de ver cómo sería todo eso, estaba afinando su angélica garganta y pensaba cómo tendría que comenzar a cantar. Se fue acercando y ahora sobrevolaba unas casitas muy pobres, unas pocas luces de lámparas caseras y alguna que otra persona que caminaba apresurada.

Calín había visto a los humanos en el cielo, eran fantásticos con sus chistes e historias, se acordaba del bueno de Daniel, de los valientes Macabeos (aunque nunca había entendido eso de la carne de cerdo). Pensaba en los humanos, tan majos. Pero pensando y pensando en ellos se había desviado del camino. Sin saberlo había girado demasiado en su ruta y ahora estaba sobrevolando unas grutas oscurecidas y algunos pastores a lo lejos durmiendo al raso, pero esa no era su ruta, no, no. Pero ¿a dónde ir? Su mapa no concordaba, era la primera vez que venía a la tierra y si no encontraba otro angelote se quedaba sin casa... para siempre... Sintió por primera vez algo que los humanos llamaban "angustia", "miedo" Quiso llegar a un lugar más iluminado, quizá por allí habría otro de sus compañeros, porque habían salido miles hoy del cielo, había un movimiento bárbaro.

Trató de rehacerse y en parte lo logró. ¿Será esto lo que los humanos llaman cuevas? Calín miraba esas formaciones rocosas, había escuchado que Elías, ese apasionado del Buen Padre Dios, había estado refugiado en una cueva, pero era la primera vez que veía una. Observó que entraban casi de puntillas unos humanos muy sencillos: los pastores. Ellos se quitaban el sombrero y tenían gesto de maravilla y veneración, eso sí que lo sabía identificar; eso es lo que veía en los rostros de sus colegas cada día frente al Buen Padre Dios al cantar las alabanzas. Pero ahora se preguntaba qué había dentro de esa cueva para que todos entraran así . De cuando en cuando salía alguno y con los ojos bien abiertos y muy contento les decía no sé qué cosas a sus compañeros. Temió que le vieran, pero los pastores en esa noche estaban demasiado ocupados en ver algo grande dentro de esa cueva, así que resolvió entrar. En efecto, nadie se dio cuenta de que un ángel entraba. Eso lo dejó impresionado ya para comenzar. Él había oído contar a sus mayores cómo los humanos se quedaban atónitos cuando veían un ángel, que sus ojos casi se desorbitaban y algunos palidecían, otros en cambio se emocionaban tanto que los trataban como sólo se trata al Buen Padre Dios. Y, curiosamente, él ya estaba en lo profundo de la cueva y nadie pestañeó porque un ángel estaba entre ellos, ni siquiera voltearon a verle.
Calín se olvidó de los cánticos que debía cantar, ¿cómo era la canción? De pronto pudo divisar entre los campesinos al fondo un cuadro sencillísimo: Una mujercilla muy jóven tenía entre sus brazos un niñito muy pequeño, cualquiera diría que era un recién nacido y un poco en segundo plano, un varón de mirada tierna, seguramente sería el papá del niño, el esposo de la mujercilla. Calín sintió algo parecido a la emoción. Este cuadro le parecía familiar, él era un poquito despistado... Entonces escuchó que un campesino le decía bien bajito a su hijo, un muchachito muy curioso: "Ese niño que ves en los brazos de su mamá es aquel de quien los ángeles nos hablaron hace un rato, míralo bien..." A Calín le dió un vuelco el corazón. ¿Osea que sus compañeros habían estado cerca? Le dio la tentación de preguntar al hombrecillo aquel por sus compañeros pero jamás se había visto eso: que un ángel le pregunte a un hombre por sus compañeros, al contrario, son los hombres los que preguntan cosas a los ángeles.
Y se quedó mirando al niño, se elevó un poco y el pequeñín abrió de pronto los ojillos y le sonrió. ¡¡¡Fue un flash!!!
Calín casi se cae de la impresión, las alas no le sostenían ya. Por poco y se va contra la pared de la cueva... ¡Claro, de eso se trataba! Vio en los ojitos del Niño un resplandor y una belleza como sólo en el cielo existía. ¿Entonces, era verdad? Y la madre del niño parece que también lo vio. ¡¡¡Se trataba del Hijo Eterno!!!
Y quiso empezar con el cántico que de pronto se le vino a la memoria y no podía por la emoción, porque eso era: emoción. Y sintió mucho no tener corazón. Y si lo hubiera tenido seguro que le hubiera explotado de gozo, de alegría eterna, de pronto se sentía en casa, de pronto se sentía rodeado de todos sus compañeros. Y se sintió feliz. se sintió en la eternidad. Ya no le importaba estar lejos de casa 'geográficamente' Y como pudo se postró. Estaba feliz pero al mismo tiempo confundido. Era un vendaval de cosas. Y viendo a un campesino que acababa de entrar y postrarse pensó que a él le hubiera gustado mucho ser humano, porque viendo las lágrimas de ese hombre sencillo que al contemplar al pequeñín, lloraba, entendía que ser humano debería ser algo muy grande: lloraban de alegría. Y él no sabía eso de llorar ni qué significaba tener lágrimas.
Y el pequeñín estornudó. Y todos celebraron. Y Calín no sabía qué era eso. Y comprendió que El Hijo Eterno era ese pequeñín, ese pequeñín que estaba acurrucado en el regazo de esa mujercilla. Se detuvo a contemplar a la madre. Allí comenzó a sentir un poco de vergüenza. Recordaba lo que le decían sus compañeros, que muchos humanos sentían "vergüenza" cuando eran visitados por ángeles. Pero ahora era él quien la sentía. Si Calín era un terrón de azúcar sentía ahora que se derretía. Miraba a la jovencita. Nunca había visto tanta nobleza reflejada en su rostro. Cuando ella alzaba la mirada él se ponía nervioso. ¿Sería eso lo que los humanos llamaban "sonrojarse"? Pero no estaba seguro, él nunca había visto un ángel rojo. Y se sentía sonrojado porque en la mirada de aquella mujer él veía el cielo y la presencia del Buen Padre Dios. Y recordaba cómo todos ellos, querubines, serafines, arcágeles y ángeles rasos se tapaban los ojos ante el Buen Padre Dios hasta que él mismo les permitía verle, siempre con recato. Y Calín vio la misma presencia del Buen Padre Dios en la mirada cristalina de esa mujercilla.
Ahora ella acariciaba a su pequeño y adivinó cuánto le quería. En ese momento Calín tuvo la idea de pedir "Agua de azahar" a algún pastorcillo. Él había sido creado para amar a Dios y lo amaba de verdad, lo servía con gusto. Pero nunca había experimentado la ternura ni la caricia; dentro de su ser angélico no estaban esos registros del amor humano. Allí fue cuando Calín sintió por vez primera una especie de envidia por los seres humanos.
Y la envidia angélica (para nada maligna, por supuesto) se le amplificó cuando reparó en que el Buen Padre Dios había decidido (y de hecho ya lo había conseguido) que El Hijo Eterno se hiciese ser humano sin dejar de ser Dios mismo. Y comprendió que estaba de rodillas ante El Hijo Eterno hecho niño y a la vez estaba, con ese gesto, de rodillas ante la completa y extensa raza humana. Sintió vergüenza de ser ángel. Le pareció que ser humano sería algo maravilloso, ¡claro! Si el Hijo Eterno era ahora ser humano también. Y se sintió servidor más que nunca. Y envidió a los seres humanos porque pueden amar de tal manera, porque Dios, el Buen Padre Dios, los había escogido para ser imágen de Su Hijo y había decidido que El Hijo se hiciese uno de ellos. Sintió vergüenza de sus alas, de su plumas. Su voz le pareció fea en comparación a la voz cantarina y tintineante de esa mujercilla feliz. Voltió a mirar a los campesinitos y le pareció cada uno de ellos muy parecido al Hijo Eterno. En cada uno de ellos miró al Buen Padre Dios. Se sintió conmovido.
No, no, no podía cantar. La voz se le ahogaba. En vano trató de recordar las técnicas que le habían enseñado para cantar en días difíciles. Sintió un profunda conmoción. Le pareció que el cielo estaba allí y que estos seres humanos eran mucho más brillantes que el sol. Y ese pequeñito era el causante de todo, era la vida de todos. Estaba asombrado y también avergonzado de ser ángel. No sabía expresar cariño como los humanos. Claro, era perfecto pero no sabía lo que era la libertad, no sabía de ternura, de dar la vida, de amar con ese calorcillo tan humano, no sabía tantas cosas...

**********

¿Quién nos metió en la cabeza aquello de que debemos ser como ángeles?
¿Quién nos metió en la cabeza de que ser creyentes perfectos es ser como los ángeles?
¿Acaso El Hijo de Dios se hizo ángel?
Si Dios mismo quiso, sin dejar de ser Dios, hacerse hombre, ser hombre debe ser entonces un gran privilegio, debe ser una maravilla. Esta idea pertenece a Ortega y Gasset y es una reflexión muy feliz y poco comprendida por nosotros, creyentes. Estamos muy acostumbrados a angelizarlo todo y a deshumanizarlo todo a la vez. Pensamos que para agradar a Dios debemos ser ángeles pero yo sospecho que no es así: para agradar a Dios hay que ser como Jesucristo y él es perfecto Dios y perfecto Hombre. No nos toca ser perfectos 'dioses' pero sí perfectos seres humanos y así dar gloria a Dios.
Nos suele pasar que no sabemos valorar lo que tenemos sino hasta cuando lo perdemos. Ojalá no perdamos la maravilla de existir y de vivir en este tierra, con su vorágine dramática pero hermosa, para recién valorar la maravilla de ser humanos.
Desde que El Hijo de Dios, el Hijo Eterno, se hizo hombre y tomó toda nuestra carne hemos sido elevados a una altura tan inmensa que por ello estoy seguro de que en cierto modo los mismos ángeles nos tienen envidia (envidia buena), porque Dios no quiso hacerse... ángel.
¿Comprenderemos que ser humanos es una cosa maravillosa, aunque dramática y riesgosa?
Contemplando al pequeño Jesús en brazos de María bajo la mirada de José, sentimos que hemos sido enaltecidos y a los ojos de Dios ahora valemos muchísimo más que antes.

**********

- Calín, ¿estás bien?
- ¿Qué? ¿Dónde estoy? ¿Qué...?
- Calma, calma, ya estás en casa. Me preocupaste, eh? Nunca había visto algo así.
- ¿Qué pasó? Cuéntame por favor...
- Mira, debes agradecer que estábamos algo preocupados y por eso te estábamos buscando... Felizmente estábamos entre varios y pudimos rescatarte. Por poco y malogras la adoración!!!
- ¿Qué pasó?!!
- Eso es lo que yo no sé, sólo te vimos caído, como desmayado, los pastores estaban asustados y en eso entramos y sin pensarlo mucho... Bueno, alguno habrá que encontrará algunas de tus plumas regadasen la cueva. Ja, el Señor hizo un mohín gracioso al verte y María se sonrió...
- ¿María?
- Claro, así se llama la Madre del Señor, ok?
- Ahhh.
Y desde entonces Calín cada vez que escucha hablar de la tierra siente un poco de vergüenza, aunque no por haber hecho una escena en plena gruta de Belén, sino más, por no ser un humano para poder decirle al Señor: ¡Señor, Hermano, qué bueno que viniste a nuestro barro!

1 comentario:

A.Quintana dijo...

Un comentario bastante original que nunca había pensado de esa forma. Pero que a mí me pone de manifiesto como Jesús se encarna en la historia del mundo y de los hombres, de lo cual siente un poco de sana envidia Calín. Una llamada a entender que la Navidad nos recuerda esa encarnación y también el no olvidarnos que nosotros andamos metidos en ella. Tahnk you,