Con la bulla adentro, afuera, por todos lados.
Creo que esa es una imagen frecuente en nuestras calles, en nuestro mundo.
Gente que camina con celulares y audifonos conectados, otros con aparatitos en las orejas, otros con el celular sonando música desde la cadera, etc. También los hay que se hacen notar cuando pasan raudos en sus atomóviles con la música que hace vibrar la pista y la vereda misma.
Y están los que en sus casas ponen el máximo volúmen a su equipo de sonido...
Terrible me parece el chiquillo o la muchacha que están atados a sus mp3, mp4 o demás aparatos que dejan escuchar claramente a los demás lo que sus oídos están oyendo directamente de los audífonos pegados a sus cabezas.
Pero está también otro tipo de bulla, de ruido.
Y es que habemos muchos que para no bajar hasta el corazón preferimos nunca parar, nunca detenernos, nunca quedarnos ante nuestra propia verdad en silencio. Por eso hablamos, escribimos, enviamos mensajes, reímos, hacemos gestos, nos hacemos notar, hambreamos o mendigamos un consuelo en medio de todo. Y si no lo conseguimos tiramos barro a los demás para que participen del "embarramiento" moral o espiritual en que estamos metidos.
Pero eso sí: Silencio, jamás. Detenerse, jamás. Encontrarse con la propia verdad, jamás.
¿Orar? ¿Hablar con Dios? ¿Escuchar a Dios? ¡Qué te pasa! ¡Eso es aburrido! ¡Paso!
Y es verdad: Tenemos mil maneras de escapar a nuestra realidad.
Y casi siempre tenemos una verdad que muerde en el corazón: El haber traicionado, quien más quien menos, nuestra inocencia primera (la pureza del alma, la vida de gracia -para decirlo cristianamente-).
Y por ello nos engolosinamos con mentiras, con cosas que nos adormecen, que nos hacen olvidar un poco los problemas no resueltos, las heridas no curadas, los dolores no superados, las mentiras consentidas aunque no admitidas de cara a los demás. Paseamos en silencio el vacío camuflado, la propia verdad traicionada, la desgracia moral que nos envuelve, la mediocridad de nuestras situaciones vitales, nuestros afectos torcidos y enfermos, nuestros apegos esclavizantes, nuestros amoríos claramente pecaminosos pero disimuladamente aceptados y consentidos...
Y poco a poco nos vamos haciendo a la idea de que: "La vida es así" "Al final todo aquello que soñábamos de niños era eso, sueño de niños y nada más". Y hasta celebramos nuestro fracaso moral, nuestro interior quebranto, nuestra pureza pisoteada. Nos juntamos con otros para celebrar macabramente que: "Esta vida no vale nada"
Y nos metemos bulla, bulla de todo tipo, desde dentro y desde fuera.
Huir, huir, huir, huir....
Hablar de todo, menos de lo realmente importante.
Discutir de todo, menos de lo que realmente nos sirve y nos salva.
Creer en todo, menos en Aquel que sí da la vida eterna.
Seguir cualquier principio, cualquier pensamiento, cualquier moda, cualquier idea predominante, todo menos averiguar y seguir realmente lo que Aquel nos viene diciendo hace más de dos mil años.
¿Hasta cuándo? Tampoco lo queremos pensar, sólo se trata de vivir el presente, (Carpe diem, alguien dijo).
Disimular y ya está: La apariencia bonita que oculta la desgracia y el desgarro interior. La vanidad atractiva que disimula la confusión y el tormento interior. La apariencia descarada que trata de pisotear la voz interior que aún resuena diciendonos: "Ese no es el camino".
Y, cómo no, se desatan también las ganas de desaparecer, de no ser encontrado por nadie ni por uno mismo.
Y aún así, hay una luz muy pequeña al fondo del túnel.
Y ahí está el Viejo Bueno. Al fondo, bien al fondo del alma. Con las pantuflas de siempre, con la mantita caliente, con el rostro del cariño primero que ha sido traicionado una y mil veces, pero con el mismo cariño de siempre. Y te mira y me mira con los ojos tiernos de Buen Padre. El Viejo Bueno, el que le decíamos Papá Lindo, ¿te acuerdas?. Ahí está, pidiendo por tí. Mirándote en tus extravíos, en tus infinitas actuaciones bien hechas y logradas. Mirándote en todas tus disimulaciones.
Y no te juzga y no te condena... Él sufre aún más que tú. Porque sabe que tú eres su obra y tú le has costado la sangre de Su Único Hijo. Y te ama igual que ayer. Te ama igual que cuando aún tenías la inocencia del bautismo.
Y ahí está esperándote.
Y siempre lo estará.
Ahí, en el fondo de tu alma, detrás de todo lo que has puesto para esconderlo.
Ahí.
Y te mira.
Y te ama.
Y espera que dejes toda esa bulla.
Y que llegues a Él.
Para ser diferentes
En este rincón hablamos de Jesucristo y de la vida diferente que nos da. Ojalá puedas aquí encontrar nuevas luces y chispas divinas que puedan encender en tí un fuerte deseo de él y de Su Reino. Bienvenido a la búsqueda del Dios Único y Verdadero, el que llena el alma.
martes 24 de enero de 2012
sábado 24 de diciembre de 2011
Hay un Niño que está llorando... es Navidad.
El siguiente artículo fue publicado en el Boletín de Children of Medjugorje, organización dirigida por Sor Emmanuel Mayllard, gran propagadora de los mensajes de la Reina de la Paz. Este artículo que creo conveniente publicarlo tal cual, no tiene pierde. Que nos sirva de meditación en esta Navidad.
Esta imagen del Niño Jesús posee una historia poco banal. Un franciscano de Cava dei Tirreni (cerca de Salerno, Italia) va a Israel en octubre de 2010, encuentra esta imagen y la compra de inmediato. Una vez de regreso en Italia, deja el paquete en una habitación del convento y se acuesta. Al día siguiente, una voz muy suave lo despierta: “¡Ábreme, me ahogo!”. Se turba, pensando que es la voz de su difunta madre. Después abre el paquete que había traído de Israel. ¡Y hete aquí que la imagen había llorado lágrimas de sangre! Llama a su obispo, que aquel día estaba justamente en el convento. También él constata las lágrimas bien frescas que surcan el rostro de Jesús. De inmediato se convocan a las autoridades, expertos, etc.… Se efectúan minuciosos análisis que comprueban la autenticidad del hecho. No hay truco alguno. Se trata de verdadera sangre humana, con las mismas características que la del Santo Sudario de Turín. Un año más tarde, el 24 de octubre de 2011, la imagen es expuesta para la veneración de los fieles.Se aproxima la Navidad y ya hemos preparado el pesebre. El Niño Jesús será colocado allí y nos reuniremos en familia para venerarlo, adorarlo y maravillarnos por su venida entre nosotros. ¡Sin embargo, hace un año, este Niño lloraba lágrimas de sangre! ¿Por qué se ahogaba en su caja? Dijo: “Lo que hagan al más pequeño de los míos, a mí me lo hacen”. ¿Qué hemos hecho? o ¿qué hemos omitido?
Hemos hermoseado la historia de Navidad, engalanamos el pesebre con guirnaldas, lo iluminamos con luces de colores (no había luz allí), lo hemos convertido todo en algo muy agradable de contemplar. Pero podemos cuestionarnos: “Niño Jesús, tú, si nos hablaras hoy, ¿qué nos dirías? ¿por qué lloras? ¿qué nueva angustia mortal te hace derramar lágrimas de sangre? ¿en qué nuevo Getsemaní está sumergido tu adorable corazoncito que no es más que amor?Cada uno imaginará su respuesta. Pero estas lágrimas no deben escapársenos, ¡nos sacuden! Sí, ¿qué hemos omitido? ¡Más que nunca tenemos ocasión para enjugar el rostro de este Niño! Todos podemos secarle al menos una de sus lágrimas de sangre. Y esto simplemente por una oración hecha con el corazón, por un ayuno ofrecido por una madre que piensa abortar a su bebé, por una visita a un vecino afligido por la soledad, por una ofrenda discreta a una madre de familia que pasa necesidad… El Niño Jesús es tan humilde que lo acepta todo, ¡hasta el más mínimo gesto de afecto! El 25 de diciembre, ¿no es por cierto SU aniversario? ¿No tiene acaso derecho a ocupar el primer lugar en nuestras celebraciones y a que los regalos más hermosos que rodeen nuestro árbol de Navidad sean los suyos?
Niñito Jesús, por tu inocencia, ¡ven a sanar nuestros corazones que asfixiados por las vanas preocupaciones del mundo! No queremos dejarte gimiendo encerrado en tu caja mientras nos pavoneamos lejos de ti. Todo lo contrario, ¡te abrimos nuestras puertas de par en par! Queremos que estés con nosotros en todo tiempo y lugar, queremos llevarte en nuestro corazón herido como el Niño de la casa del cual estamos orgullosos. Porque “eres el más bello de los hijos de los hombres y en tus labios se derrama la gracia” (Sal 44,3). No tengas miedo, Niño Jesús, no te haremos ningún daño, quédate con nosotros, ¡sin ti estamos acabados! ¡Tú eres nuestra alegría y nuestra gloria!
(Sor Emmanuel)
viernes 9 de diciembre de 2011
¡Por favor, cuida el rebote!
Creo que este artículo debí escribirlo y publicarlo hace ya un buen tiempo. Hace varias semanas que lo tenía en la mente pero... Que bueno que ahora lo pueda plasmar en este blog.
¡Por favor, cuida el rebote!
Sí, así se llama el artículo y eso es lo que quiero decirles a muchos jóvenes, chicos y chicas que se lanzan disparados a la vida luego de haber permanecido por varios años cual resorte comprimido u oprimido por manos de aquellos que decían quererlos mucho.
No, no hablo ni escribo en chino mandarín ni en aymara. Me explico un poco más. Estoy pensando en este momento en varios casos muy similares en los que, por poner un ejemplo, está un chiquillo -de colegio o de universidad- que vive con sus padres y que sufre o goza de un agobiante control-persecución-manipulación-chantaje sentimental-espionaje selectivo de su papá.
Creo que cualquier adolescente o joven que sufra esa situación terminará anhelando con toda su alma liberarse de algún modo de esa "opresión" de cualquier manera. Soñará con el día feliz en que pueda él o ella decidir su camino libremente y sin control de nadie. Suspirará con el día en que por fin le tengan confianza y respeten sus decisiones. Deseará ser él o ella misma.
Y como en la vida todo da vueltas, ese día tarde o temprano viene. O si no viene ese bendito día el pobre muchacho o chica oprimida hará que venga o se lo fabricará, se lo inventará y ya está: Somos libres seámoslo siempre y antes niegue sus luces el sol que faltemos al voto solemne que la Patria al eterno elevó...
Y ahí comienza otro drama, es el momento del rebote. A tanta represión u opresión corresponderá una fuerza liberadora variable y tremenda, es el rebote de la vida.
Y aquí se ubica mi preocupación sacerdotal: "¿Qué será del rebote de tal o cual muchacho, de tal o cual chiquilla?" "¿Hasta donde le enviará su rebote?" "¿Dónde terminará después de su rebote?" "Ahora que es libre tal o cual chico o chica, ¿qué será de su libertad ganada o robada por lo bajo?"
Yo no sé qué es lo que pensarán ciertos padres y madres de familia que lo único que saben dar a sus hijos son prohibiciones y amenazas... Hace mucho tiempo que, como educador, aprendí que ese camino no conduce a nada bueno y que lo único que se cosecha de ese modo son racimos de hipócritas solapados o gente sin motivación.
No estoy diciendo que los padres y madres de familia no deben poner normas en sus casas: claro que deben hacerlo y que sean normas bien claras y también humanas y sinceras, acatadas por todos los de la casa. Pero es una cosa de doble filo el andar solamente sospechando de todos, controlándolo todo y prohibiendo todo, más todavía: prohibiendo todo lo que no se conoce.
Pero bueno, existen padres y madres de familia que tienen ese "bendito" deporte, el de hacer la "vida a cuadritos" a sus hijos... quizá como liberación de sus propias frustraciones personales o como una especie de venganza solapada por lo que hicieron con ellos mismos cuando adolescentes o jóvenes. Pero bueno, esos padres de familia ya están hechos así y, salvo alguna terapia psicológico-espiritual, posiblemente mantengan esa conducta toda la vida.
Los que me preocupan más son esos jóvenes, chicos y chicas que luego de cierto tiempo de "opresión" saldrán disparados a la vida. Lo más probable es que se den grandes golpes y trancazos y que luego de tanto golpe, piedras, lodo y todo lo demás se den cuenta de que no cuidaron el rebote.
Conozco varios casos concretos de jóvenes que viven estos dramas y, aunque me dijeron que ellos tenían bien claros sus principios y sabían lo que hacían, luego de un tiempo los he observado derrumbados por sus propios rebotes.
(Claro, si durante el tiempo de tu "opresión" no te mostraron cariño, entonces apenas te liberes te vas a amarrar a la primera persona que te haga sentir amado... y... si esa persona lo único que quiere es apreovecharse de tus sentimientos, de tu cuerpo o de tus caricias pues... ya fuiste. Si durante tu tiempo de "opresión" nunca te dieron libertad para elegir nada, si siempre te marcaron el paso, escogieron por tí y hasta hablaron por tí, apenas te liberes de todo ello entonces harás estreno de tus propias elecciones y decisiones, pero como no tienes experiencia y como siempre estuviste acostumbrado a que otros piensen por tí, vendrá alguien, otra persona, que pensará por tí y va a influir tanto en tu vida que pasarás de una opresión de casa a otra peor y desconocida).
Y quisiera pedirles a todos esos chicos que hoy sufren ciertas "opresiones" paternas o maternas que tengan mucho cuidado, que vayan a los pies de Jesucristo, que se refugien en verdad en Él, que Él sea su baluarte y su fortaleza, que Él les enseñe a sobrellevar correctamente ciertas "opresiones" que la vida nos da y que saquen buen fruto de ese tiempo difícil que llevan o que han llevado.
Y quisiera ver menos jóvenes desbocados o embarrados por sus propios y descontrolados rebotes.
Y quisiera que los que ya se han desbocado por sus rebotes vuelvan a la paz de Dios, que se reconcilien con Él y que perdonen a sus padres, que se perdonen a sí mismos. Y quisiera decirles que tengan el valor y el coraje de salir de sus lodos, porque ahí arriba hay un Padre Bueno que los espera con los brazos abiertos para decirles que todo puede ser reparado, perdonado y purificado y que incluso... todo puede ser mejor... como nunca antes.
¡Por favor, cuida el rebote!
Sí, así se llama el artículo y eso es lo que quiero decirles a muchos jóvenes, chicos y chicas que se lanzan disparados a la vida luego de haber permanecido por varios años cual resorte comprimido u oprimido por manos de aquellos que decían quererlos mucho.
No, no hablo ni escribo en chino mandarín ni en aymara. Me explico un poco más. Estoy pensando en este momento en varios casos muy similares en los que, por poner un ejemplo, está un chiquillo -de colegio o de universidad- que vive con sus padres y que sufre o goza de un agobiante control-persecución-manipulación-chantaje sentimental-espionaje selectivo de su papá.
Creo que cualquier adolescente o joven que sufra esa situación terminará anhelando con toda su alma liberarse de algún modo de esa "opresión" de cualquier manera. Soñará con el día feliz en que pueda él o ella decidir su camino libremente y sin control de nadie. Suspirará con el día en que por fin le tengan confianza y respeten sus decisiones. Deseará ser él o ella misma.
Y como en la vida todo da vueltas, ese día tarde o temprano viene. O si no viene ese bendito día el pobre muchacho o chica oprimida hará que venga o se lo fabricará, se lo inventará y ya está: Somos libres seámoslo siempre y antes niegue sus luces el sol que faltemos al voto solemne que la Patria al eterno elevó...
Y ahí comienza otro drama, es el momento del rebote. A tanta represión u opresión corresponderá una fuerza liberadora variable y tremenda, es el rebote de la vida.
Y aquí se ubica mi preocupación sacerdotal: "¿Qué será del rebote de tal o cual muchacho, de tal o cual chiquilla?" "¿Hasta donde le enviará su rebote?" "¿Dónde terminará después de su rebote?" "Ahora que es libre tal o cual chico o chica, ¿qué será de su libertad ganada o robada por lo bajo?"
Yo no sé qué es lo que pensarán ciertos padres y madres de familia que lo único que saben dar a sus hijos son prohibiciones y amenazas... Hace mucho tiempo que, como educador, aprendí que ese camino no conduce a nada bueno y que lo único que se cosecha de ese modo son racimos de hipócritas solapados o gente sin motivación.
No estoy diciendo que los padres y madres de familia no deben poner normas en sus casas: claro que deben hacerlo y que sean normas bien claras y también humanas y sinceras, acatadas por todos los de la casa. Pero es una cosa de doble filo el andar solamente sospechando de todos, controlándolo todo y prohibiendo todo, más todavía: prohibiendo todo lo que no se conoce.
Pero bueno, existen padres y madres de familia que tienen ese "bendito" deporte, el de hacer la "vida a cuadritos" a sus hijos... quizá como liberación de sus propias frustraciones personales o como una especie de venganza solapada por lo que hicieron con ellos mismos cuando adolescentes o jóvenes. Pero bueno, esos padres de familia ya están hechos así y, salvo alguna terapia psicológico-espiritual, posiblemente mantengan esa conducta toda la vida.
Los que me preocupan más son esos jóvenes, chicos y chicas que luego de cierto tiempo de "opresión" saldrán disparados a la vida. Lo más probable es que se den grandes golpes y trancazos y que luego de tanto golpe, piedras, lodo y todo lo demás se den cuenta de que no cuidaron el rebote.
Conozco varios casos concretos de jóvenes que viven estos dramas y, aunque me dijeron que ellos tenían bien claros sus principios y sabían lo que hacían, luego de un tiempo los he observado derrumbados por sus propios rebotes.
(Claro, si durante el tiempo de tu "opresión" no te mostraron cariño, entonces apenas te liberes te vas a amarrar a la primera persona que te haga sentir amado... y... si esa persona lo único que quiere es apreovecharse de tus sentimientos, de tu cuerpo o de tus caricias pues... ya fuiste. Si durante tu tiempo de "opresión" nunca te dieron libertad para elegir nada, si siempre te marcaron el paso, escogieron por tí y hasta hablaron por tí, apenas te liberes de todo ello entonces harás estreno de tus propias elecciones y decisiones, pero como no tienes experiencia y como siempre estuviste acostumbrado a que otros piensen por tí, vendrá alguien, otra persona, que pensará por tí y va a influir tanto en tu vida que pasarás de una opresión de casa a otra peor y desconocida).
Y quisiera pedirles a todos esos chicos que hoy sufren ciertas "opresiones" paternas o maternas que tengan mucho cuidado, que vayan a los pies de Jesucristo, que se refugien en verdad en Él, que Él sea su baluarte y su fortaleza, que Él les enseñe a sobrellevar correctamente ciertas "opresiones" que la vida nos da y que saquen buen fruto de ese tiempo difícil que llevan o que han llevado.
Y quisiera ver menos jóvenes desbocados o embarrados por sus propios y descontrolados rebotes.
Y quisiera que los que ya se han desbocado por sus rebotes vuelvan a la paz de Dios, que se reconcilien con Él y que perdonen a sus padres, que se perdonen a sí mismos. Y quisiera decirles que tengan el valor y el coraje de salir de sus lodos, porque ahí arriba hay un Padre Bueno que los espera con los brazos abiertos para decirles que todo puede ser reparado, perdonado y purificado y que incluso... todo puede ser mejor... como nunca antes.
martes 11 de octubre de 2011
"En la cátedra de Moisés se han sentado..." (III parte)
III
No digo que esta triste situación de los "creyentes de cofradía" sea la tónica general entre los fieles católicos de nuestro medio. Lo que sí digo es que esa mentalidad está bien extendida en algunos sectores eclesiales y hace mucho daño al mismo Pueblo de Dios, paraliza la efusión del Espíritu de Dios en medio de nosotros, retrasa por tiempo indefinido el Nuevo Pentecostés al que nos llama insistentemente el magisterio de los últimos Sumos Pontífices. Esta mentalidad ajena y extraña al Evangelio paraliza la fe, bloquea la caridad y nubla la esperanza cristiana, infiltra en las venas de La Iglesia un maligno colesterol espiritual y no permite muchas veces la renovación de elementos y miembros en nuestras asociaciones e instituciones religiosas. Y algo muy triste: esta mentalidad ajena al Evangelio bloquea el ansia de santidad en los jóvenes y en las personas que recién se convierten y se agregan a La Iglesia.
El "creyente de cofradía" es el primero que se opone a la renovación en santidad de La Iglesia. Al aferrarse a sus costumbres humanas y al no querer dar paso a la Palabra de Dios él mismo bloquea la novedad del Espíritu Santo, bloquea la conversión de nuestras comunidades y por ello muchas bendiciones se quedan como suspendidas, muchos milagros de vida nueva quedan bloqueados y no terminan de darse. El "creyente de cofradía" teme lo nuevo, se opone a cualquier cosa que sepa a renovación, tiene mucho miedo a la revisión de la fe y de la vida, teme confrontarse con su verdad, prefiere pensar que nunca se equivoca y hace lo posible para convencerse de que él -o ella- ya lo sabe todo y ya lo ha visto todo. Su lógica dominante es la de la prudencia y la de la experiencia: es el más prudente y el más experimentado de la comunidad. Todo lo juzga desde esas dos categorías: prudencia y experiencia, esa es su máxima sabiduría (sabiduría humana, claro, no divina). Por prudente nunca se aventurará a dar paso al Espíritu Santo, no vaya a ser que le muestre un camino nuevo y más verdadero. Por prudente no se aventurará a lo nuevo y por experimentado y adorador de la "experiencia personal" carecerá de sencillez y humildad y será muy difícil que se abra a La Verdad.
Por todo esto necesitamos hacer crecer el Espíritu en nosotros para que ahogue y saque a flote todo lo carnal que podemos tener anidado en el interior de cada uno. Si los creyentes católicos no asumimos este reto tendremos la grave responsabilidad de haber puesto sobre los hombros de La Iglesia un peso muerto que luego será más difícil de llevar y de remover. Y por sobre todo, le habremos hecho un muy mal marketing a la persona viva e inigualable de Jesucristo Nuestro Señor.
Seguramente nos seguiremos topando con la realidad de creyentes que estando en la Cátedra de Moisés no den -espiritualmente hablando- la medida. Lo nuestro será asumir con sencillez y humildad una nueva actitud, más evangélica y más del agrado de Dios para salvar a más hermanos y hacer más fácil el acceso de todos al Reino de Dios.
¿Estamos dispuestos a tomar este reto?
No digo que esta triste situación de los "creyentes de cofradía" sea la tónica general entre los fieles católicos de nuestro medio. Lo que sí digo es que esa mentalidad está bien extendida en algunos sectores eclesiales y hace mucho daño al mismo Pueblo de Dios, paraliza la efusión del Espíritu de Dios en medio de nosotros, retrasa por tiempo indefinido el Nuevo Pentecostés al que nos llama insistentemente el magisterio de los últimos Sumos Pontífices. Esta mentalidad ajena y extraña al Evangelio paraliza la fe, bloquea la caridad y nubla la esperanza cristiana, infiltra en las venas de La Iglesia un maligno colesterol espiritual y no permite muchas veces la renovación de elementos y miembros en nuestras asociaciones e instituciones religiosas. Y algo muy triste: esta mentalidad ajena al Evangelio bloquea el ansia de santidad en los jóvenes y en las personas que recién se convierten y se agregan a La Iglesia.
El "creyente de cofradía" es el primero que se opone a la renovación en santidad de La Iglesia. Al aferrarse a sus costumbres humanas y al no querer dar paso a la Palabra de Dios él mismo bloquea la novedad del Espíritu Santo, bloquea la conversión de nuestras comunidades y por ello muchas bendiciones se quedan como suspendidas, muchos milagros de vida nueva quedan bloqueados y no terminan de darse. El "creyente de cofradía" teme lo nuevo, se opone a cualquier cosa que sepa a renovación, tiene mucho miedo a la revisión de la fe y de la vida, teme confrontarse con su verdad, prefiere pensar que nunca se equivoca y hace lo posible para convencerse de que él -o ella- ya lo sabe todo y ya lo ha visto todo. Su lógica dominante es la de la prudencia y la de la experiencia: es el más prudente y el más experimentado de la comunidad. Todo lo juzga desde esas dos categorías: prudencia y experiencia, esa es su máxima sabiduría (sabiduría humana, claro, no divina). Por prudente nunca se aventurará a dar paso al Espíritu Santo, no vaya a ser que le muestre un camino nuevo y más verdadero. Por prudente no se aventurará a lo nuevo y por experimentado y adorador de la "experiencia personal" carecerá de sencillez y humildad y será muy difícil que se abra a La Verdad.
Por todo esto necesitamos hacer crecer el Espíritu en nosotros para que ahogue y saque a flote todo lo carnal que podemos tener anidado en el interior de cada uno. Si los creyentes católicos no asumimos este reto tendremos la grave responsabilidad de haber puesto sobre los hombros de La Iglesia un peso muerto que luego será más difícil de llevar y de remover. Y por sobre todo, le habremos hecho un muy mal marketing a la persona viva e inigualable de Jesucristo Nuestro Señor.
Seguramente nos seguiremos topando con la realidad de creyentes que estando en la Cátedra de Moisés no den -espiritualmente hablando- la medida. Lo nuestro será asumir con sencillez y humildad una nueva actitud, más evangélica y más del agrado de Dios para salvar a más hermanos y hacer más fácil el acceso de todos al Reino de Dios.
¿Estamos dispuestos a tomar este reto?
martes 4 de octubre de 2011
"En la cátedra de Moises se han sentado..." (II parte)
II
Creo que se nos conoce poco a los católicos (fieles, sacerdotes, religiosos y religiosas incluídos) como personas del Espíritu, como hombres y mujeres de Dios. Muchas veces sólo llegamos a dar el testimonio o la imagen de ser personas "dedicadas al tema religioso". Porque estoy seguro de que la distancia que existe entre una persona externamente devota y una persona DE Dios, es muy grande.
Y es aquí donde yo constato con no poco dolor y tristeza una realidad que cunde en algunos sectores de nuestro catolicismo peruano: nos contentamos con ser "creyentes de cofradía". Solemos ser muy "religiosos" pero sabemos poco o nada lo que significa ser gente que vive una seria vida espiritual. ¿Será que los creyentes que quieran vivir una seria vida espiritual están obligados "sí o sí" a migrar a las sectas de tipo oriental donde -entre mantras y yogas- se les infunde una confusa espiritualidad?
...........
¿Y cómo es un "creyente de confradía"? Es un creyente que tiene estos rasgos:
* Sus "creencias" no modifican su vida práctica. Cree en Dios como quien sabe que existe en algún lugar el planeta Júpiter. Su fe es una cuestión teórica, se trata de saber que existe Dios y punto. Pero esa fe no le mueve a cambiar nada de su comportamiento, él o ella piensan: "Una cosa es mi fe y otra cosa es mi vida, son aspectos distintos de la vida de cada quien, cada cosa en su lugar"
* Tiene algunos signos de devoción. Se persigna, reza un poco, lleva algún detente, se pone un hábito cuando se acerca la fiesta de su patrón, puede llevar al cuello una cruz, una medalla, etc. Pero su fe sólo llega ahí y no da para más. Ni que decir que nunca se planteará el dar testimonio de su fe por medio de sus palabras. Se queda mudo ante los demás, no defiende su fe, ni defiende a La Iglesia de quienes la atacan arteramente, es más: será quizá uno de los primeros que hable mal de sacerdotes o religiosas, el primero que se queje de la misma Iglesia (¡!)
* Ama el dinero y sus placeres. Convierte la fe en un buen negocio, busca ocupar los más altos cargos de asociaciones o instituciones religiosas, no tendrá reparo en lucrar con la devoción de la gente que tiene buena voluntad. Pretende servir a Dios y también a sus propios bolsillos... al final sólo cree en el dios-dinero y usará la fe como escudo protector de su negocio vil y asqueroso.
* Ama las procesiones y las imágenes más que a Jesucristo mismo. Es un experto -o experta- en organizar, dirigir y programar procesiones. Sabe arreglar andas, contratar bandas, adornar cuadros, comprar estatuas, edificar altares, mandar hacer urnas, pedestales; sabe vestir y desvestir santos, coleccionar mantos bordados para luego cuidarlos como se cuida la bóveda de un poderoso banco y vivir poniendo sólo en esas cosas su corazón y su fe. Sin embargo le importará poco o nada Jesucristo en la Santísima Eucaristía o en los demás sacramentos, "Esas son cosas del cura y de las monjas" dirá. Por todo ello será el primero en recibir sacrílegamente la Eucaristía (para que todos vean que sí comulga y es "un católico hecho y derecho") No mostrará ningún respeto de las cosas verdaderamente santas: Los sacramentos. Vivirá pegado y prendido de sus yesos y de sus bultos, de sus cuadros y de sus andas, esas cosas tendrán para él más valor que todo lo demás (aún siendo católico terminará siendo un idólatra auténtico). ¿Vivir en gracia? No sabrá lo que es eso ni sabrá lo que es tener vida espiritual. Su fe no será bíblica: sustituirá la Sagrada Escritura por el libro de devociones. Tampoco sabrá leer los Evangelios, ni le interesará formarse en la fe, ni asistirá a retiros ni jornadas de crecimiento en el Espíritu porque él -o ella- ya lo saben todo y nadie les vendrá a enseñar nada nuevo.
* Tiene doble vida. Su conducta externa frente a la comunidad creyente en general le hará aparecer como una persona correcta y de buenas intenciones, pero por lo bajo su vida se manejará según oscuros intereses y pasiones: "Es mi vida privada" se dirá para absolverse a sí mismo. Al final podrá rezar un poco y a la vuelta de la esquina o en la misma Iglesia -y bien bajito- podrá calumniar vilmente; aprenderá el arte de acercarse a las cosas santas con el corazón muy alejado de Dios: combinará la devoción y la brujería, por ejemplo. Combinará el rezo y el chisme, la adoración y el robo, la devoción y el adulterio, el juramento y la mentira, la bendición y la maldición, el elogio y el insulto, la ayuda y la envidia, la confidencia y la intriga, el "Alabaré" y el "atacaré".
* Curiosamente, no pocas veces se presentará como el defensor de "la más genuina tradición católica" y, cual Apóstol Santiago estará a punto de salir a pasear con caballo y espada en mano para cuidar celosamente las "costumbres" católicas frente al asecho de sacerdotes y fieles "modernistas" que hablan más de Jesucristo Vivo que de tradiciones y costumbres humanas (que él considera más santas que el Santísimo mismo). Por ello mismo no pocas veces será un soterrado impulsor de acciones para cambiar, alejar o quitar de en medio a sacerdotes que los enfrentan y desenmascaran en sus doctrinas poco santas y menos evangélicas.
* Es un vanidoso sin alma y sin gracia. Jesús ya había hablado de ellos cuando dijo: "... Todo lo que hacen es para que los vea la gente... Se pasean por las plazas... les gusta que les hagan reverencias... Ya han recibido su paga..." (Cfr. Mt 6,1-4). Ocupan casi siempre los primeros puestos, les gusta los asientos de honor y se ponen fácilmente "en vitrina" con la "cara de yo no fui". Ofrecen el triste espectáculo de malos remedos de santos sobre los escaparates de la fe.
.......
(continuará)
martes 27 de septiembre de 2011
"En la cátedra de Moises se han sentado..." (I parte)
I
El mundo en que vivimos está en poder del Maligno, que duda cabe. Jesucristo lo había ya advertido en el Evangelio. Él fue muy claro al decir que Su Reino no es de este mundo (Cfr. Jn 18,36) y que Satanás es el príncipe de este mundo (Cfr. Jn 12,31). Es así que el maligno está suelto en el mundo y tiene una cierta libertad para hacer estragos en el Pueblo de Dios.
Es una terrible ingenuidad el pensar que el mundo (según la categoría de San Juan en sus escritos) está de acuerdo con la fe en Jesucristo. El mundo es un aliado estratégico del maligno y juntos tejen mil telarañas para que el Evangelio y la persona misma de Jesucristo no aparezcan ni resuenen en nuestras calles y plazas. Mundo y maligno juntos bajan el volúmen de la Verdad de Jesucristo, ocultan el bien, hacen aparecer imposible la santidad en nuestros tiempos y sacan a la luz las torpezas y desaciertos de los creyentes y los ponen ante nuestros ojos como los únicos frutos de la verdadera fe. Mundo y maligno hacen espacio y fabrican el caldo de cultivo del pecado. Pero el maligno sabe también infiltrarse en las filas de los creyentes y hace estragos.
Uno de los estragos u obras más sutiles y demoledoras que lleva adelante el maligno en nuestras comunidades es adormecer e impedir la conversión del corazón en no pocos creyentes. Y más todavía cuando estos creyentes no convertidos (es decir, que no han conocido el amor de Dios) se transforman en los primeros que detienen el avance del Reino entre nosotros. Podemos tener el nombre de cristianos y católicos pero puede ser que el Evangelio no ha bajado a lo más profundo del corazón y no lo ha transformado.
A mí me resulta evidente esta realidad en el hecho, baste un ejemplo, de que el lider de una comunidad cristiana o eclesial sea el primero en ofender los mandamientos de la ley de Dios y viva una doble moral. O cuando constato que los que dirigen alguna obra evangelizadora o religiosa son los primeros ocupados en satisfacer exclusivamente sus intereses personales, materiales. O cuando quien tiene la obligación de enseñar y guiar en santidad a sus hermanos es el primero en vivir bajo la esfera del pecado y del sacrilegio...
Y por razones como esas es el mismo Reino de Dios el que no echa raíces fuertes entre nosotros y al final se cumplen las palabras de Jesús: "En la cátedra de Moises se han sentado los escribas y fariseos. Hagan pues y observen todo lo que les digan, pero no imiten su conducta, porque dicen y no hacen" (Mt 23,2-3).
Y por ello no pocas veces tenemos un Reino de Dios maniatado, mutilado, amordazado, adormecido y bloqueado. Y por ello muchas veces las mejores iniciativas apostólicas o esprituales quedan bloqueadas, truncadas, frustradas o eliminadas. ¿El enemigo en casa? A veces me parece que sí.
Y también pienso que debemos hacer más fuertes las alas del Espíritu Santo en nosotros para poder romper tantas barreras de incredulidad, indiferencia, cerrazón, autosuficiencia y mezquindad: tanta carnalidad.
Y pienso que la única manera de contrarrestar tanta carnalidad, tanta adoración del "dios vientre" (Cfr. Filp 3,18-19), tanto culto al dinero, tanta adoración de la vanidad, del poder humano, es y será nuestro esfuerzo por dar alas al Espíritu en nosotros.
(continuará)
El mundo en que vivimos está en poder del Maligno, que duda cabe. Jesucristo lo había ya advertido en el Evangelio. Él fue muy claro al decir que Su Reino no es de este mundo (Cfr. Jn 18,36) y que Satanás es el príncipe de este mundo (Cfr. Jn 12,31). Es así que el maligno está suelto en el mundo y tiene una cierta libertad para hacer estragos en el Pueblo de Dios.
Es una terrible ingenuidad el pensar que el mundo (según la categoría de San Juan en sus escritos) está de acuerdo con la fe en Jesucristo. El mundo es un aliado estratégico del maligno y juntos tejen mil telarañas para que el Evangelio y la persona misma de Jesucristo no aparezcan ni resuenen en nuestras calles y plazas. Mundo y maligno juntos bajan el volúmen de la Verdad de Jesucristo, ocultan el bien, hacen aparecer imposible la santidad en nuestros tiempos y sacan a la luz las torpezas y desaciertos de los creyentes y los ponen ante nuestros ojos como los únicos frutos de la verdadera fe. Mundo y maligno hacen espacio y fabrican el caldo de cultivo del pecado. Pero el maligno sabe también infiltrarse en las filas de los creyentes y hace estragos.
Uno de los estragos u obras más sutiles y demoledoras que lleva adelante el maligno en nuestras comunidades es adormecer e impedir la conversión del corazón en no pocos creyentes. Y más todavía cuando estos creyentes no convertidos (es decir, que no han conocido el amor de Dios) se transforman en los primeros que detienen el avance del Reino entre nosotros. Podemos tener el nombre de cristianos y católicos pero puede ser que el Evangelio no ha bajado a lo más profundo del corazón y no lo ha transformado.
A mí me resulta evidente esta realidad en el hecho, baste un ejemplo, de que el lider de una comunidad cristiana o eclesial sea el primero en ofender los mandamientos de la ley de Dios y viva una doble moral. O cuando constato que los que dirigen alguna obra evangelizadora o religiosa son los primeros ocupados en satisfacer exclusivamente sus intereses personales, materiales. O cuando quien tiene la obligación de enseñar y guiar en santidad a sus hermanos es el primero en vivir bajo la esfera del pecado y del sacrilegio...
Y por razones como esas es el mismo Reino de Dios el que no echa raíces fuertes entre nosotros y al final se cumplen las palabras de Jesús: "En la cátedra de Moises se han sentado los escribas y fariseos. Hagan pues y observen todo lo que les digan, pero no imiten su conducta, porque dicen y no hacen" (Mt 23,2-3).
Y por ello no pocas veces tenemos un Reino de Dios maniatado, mutilado, amordazado, adormecido y bloqueado. Y por ello muchas veces las mejores iniciativas apostólicas o esprituales quedan bloqueadas, truncadas, frustradas o eliminadas. ¿El enemigo en casa? A veces me parece que sí.
Y también pienso que debemos hacer más fuertes las alas del Espíritu Santo en nosotros para poder romper tantas barreras de incredulidad, indiferencia, cerrazón, autosuficiencia y mezquindad: tanta carnalidad.
Y pienso que la única manera de contrarrestar tanta carnalidad, tanta adoración del "dios vientre" (Cfr. Filp 3,18-19), tanto culto al dinero, tanta adoración de la vanidad, del poder humano, es y será nuestro esfuerzo por dar alas al Espíritu en nosotros.
(continuará)
jueves 22 de septiembre de 2011
El "hermano sufrimiento"
Gracia y paz para todos Ustedes.
El hermano sufrimiento. Ya parece mucho llamarlo hermano. Para no pocos es algo así como un chiste de mal gusto el llamarle hermano. En verdad muy pocos aceptamos tenerlo cerca de nuestra vida. Es algo así como aquel “amigo” al que aceptamos sólo por teléfono, a cincuenta kilómetros de distancia y una vez cada que él se acuerde.
¿Quién nos dijo que el sufrimiento no era de casa? ¿Quién nos engañó haciéndonos creer que el hermano sufrimiento no era de la familia? ¿Quién lo asoció a: desgracia, mala suerte, o pero aún , quién lo asoció a: maldición? No tenemos tantas respuestas a mano.
Cuando conocí a Jesucristo la vida se me iluminó, lo viví resucitado, lo viví lleno de gozo, casi podía contemplar su sonrisa y sentir su paz, podía dejarme abrazar por su alegría y ensanchar los pulmones con su amistad tan llena de dinamismo y luz. Ese fue el Jesucristo de mis dieciséis años.
Pasaron unos años, varios. Aquel Jesucristo se ponía un poco más serio, nos veía contentos contándole como los demonios salían corriendo al poder de nuestra voz, sí, se alegraba con nosotros pero tenía que decirnos algo más, tenía que decirnos esa parte del discurso en la cual se deja la sonrisa y se piensa de verdad, esa parte del discurso del padre de familia en la que se anuncia que habrá que ajustarse los cinturones, en la que habrá que dejar muchas cosas y prepararse a cosas difíciles que nos pedirán fortaleza y paciencia. Llegó aquel día y Jesús se me puso bastante serio, qué curioso: justo ese día yo estaba radiante de alegría y ni me había dado cuenta de su rostro entre serio y preocupado. Apreté los labios como tratando de no hacer caso de ese gesto que me comenzaba a dar susto. Me dijo que era necesario conocer otro lado de Su Rostro. Me hice al que no entendía.
Vino el hermano sufrimiento. Al principio me pareció demasiado. En verdad, siempre pensé que ese tipo de cosas nunca me pasarían, que mi vida era lo suficientemente vulgar como para estar sólo adornada de vulgares e insignificantes sufrimientos. Era ese Rostro de Cristo tan propio del Viernes aquel en que era coronado de espinas. Entonces me di cuenta de que recién conocía a Jesucristo de verdad y me di cuenta de porqué Jesús siempre tuvo y tendrá pocos amigos de verdad: su amistad cuesta la vida y existen muy pocos dispuestos a dejarse clavar en una cruz sin insultar a nadie ni maldecir su suerte.
No me gustó esa entrada del hermano sufrimiento en mi vida. Nos quedamos mucho tiempo a solas los dos y sin hablar nada, no era necesario hablar nada, cuando uno sufre lo que más vale es el lenguaje del corazón. Tuvo que pasar un buen tiempo para aceptarle como hermano y compañero de camino. Era lo mismo que aceptar como rostro amado aquel de Jesús en el Viernes Santo. Me pareció a veces imposible estar enamorado de un rostro ensangrentado y desfigurado. Imité a la Verónica y me llevé el Rostro del Amigo en el pañuelo y con Él enjugué una y mil veces aquellas lágrimas silenciosas derramadas a solas. Sólo mucho tiempo después comprendí que era el mismo Jesús, ese de mis 16 años, pero con un rostro más verdadero, casi diría, con su verdadero rostro.
Ha pasado un tiempo y el hermano sufrimiento me visita con entera confianza, ya he aprendido a abrirle la puerta serenamente. Hasta me he atrevido a sonreírle.
Hoy me he atrevido a pensar que en verdad el Hermano sufrimiento no es otro que Jesús mismo, veo que es una misteriosa visita de Dios mismo, que en verdad es un honor tenerlo en casa y que gracias a Él se descubren los corazones verdaderamente generosos (y quedan al descubierto también por él, los corazones chiquitos). Me he dado cuenta de que el sufrimiento es una presencia misteriosa de Dios, que es una misteriosa visita de Su Gracia y que es el que modela a los Amigos de Dios.
Si ya sufrimos, hagamos el intento de abrirle las puertas de casa con serenidad y corazón amplio. Si aún no sufrimos nada relevante, pidamos a Dios el don de ser generosos cuando nos visite.
Hasta la próxima.
El hermano sufrimiento. Ya parece mucho llamarlo hermano. Para no pocos es algo así como un chiste de mal gusto el llamarle hermano. En verdad muy pocos aceptamos tenerlo cerca de nuestra vida. Es algo así como aquel “amigo” al que aceptamos sólo por teléfono, a cincuenta kilómetros de distancia y una vez cada que él se acuerde.
¿Quién nos dijo que el sufrimiento no era de casa? ¿Quién nos engañó haciéndonos creer que el hermano sufrimiento no era de la familia? ¿Quién lo asoció a: desgracia, mala suerte, o pero aún , quién lo asoció a: maldición? No tenemos tantas respuestas a mano.
Cuando conocí a Jesucristo la vida se me iluminó, lo viví resucitado, lo viví lleno de gozo, casi podía contemplar su sonrisa y sentir su paz, podía dejarme abrazar por su alegría y ensanchar los pulmones con su amistad tan llena de dinamismo y luz. Ese fue el Jesucristo de mis dieciséis años.
Pasaron unos años, varios. Aquel Jesucristo se ponía un poco más serio, nos veía contentos contándole como los demonios salían corriendo al poder de nuestra voz, sí, se alegraba con nosotros pero tenía que decirnos algo más, tenía que decirnos esa parte del discurso en la cual se deja la sonrisa y se piensa de verdad, esa parte del discurso del padre de familia en la que se anuncia que habrá que ajustarse los cinturones, en la que habrá que dejar muchas cosas y prepararse a cosas difíciles que nos pedirán fortaleza y paciencia. Llegó aquel día y Jesús se me puso bastante serio, qué curioso: justo ese día yo estaba radiante de alegría y ni me había dado cuenta de su rostro entre serio y preocupado. Apreté los labios como tratando de no hacer caso de ese gesto que me comenzaba a dar susto. Me dijo que era necesario conocer otro lado de Su Rostro. Me hice al que no entendía.
Vino el hermano sufrimiento. Al principio me pareció demasiado. En verdad, siempre pensé que ese tipo de cosas nunca me pasarían, que mi vida era lo suficientemente vulgar como para estar sólo adornada de vulgares e insignificantes sufrimientos. Era ese Rostro de Cristo tan propio del Viernes aquel en que era coronado de espinas. Entonces me di cuenta de que recién conocía a Jesucristo de verdad y me di cuenta de porqué Jesús siempre tuvo y tendrá pocos amigos de verdad: su amistad cuesta la vida y existen muy pocos dispuestos a dejarse clavar en una cruz sin insultar a nadie ni maldecir su suerte.
No me gustó esa entrada del hermano sufrimiento en mi vida. Nos quedamos mucho tiempo a solas los dos y sin hablar nada, no era necesario hablar nada, cuando uno sufre lo que más vale es el lenguaje del corazón. Tuvo que pasar un buen tiempo para aceptarle como hermano y compañero de camino. Era lo mismo que aceptar como rostro amado aquel de Jesús en el Viernes Santo. Me pareció a veces imposible estar enamorado de un rostro ensangrentado y desfigurado. Imité a la Verónica y me llevé el Rostro del Amigo en el pañuelo y con Él enjugué una y mil veces aquellas lágrimas silenciosas derramadas a solas. Sólo mucho tiempo después comprendí que era el mismo Jesús, ese de mis 16 años, pero con un rostro más verdadero, casi diría, con su verdadero rostro.
Ha pasado un tiempo y el hermano sufrimiento me visita con entera confianza, ya he aprendido a abrirle la puerta serenamente. Hasta me he atrevido a sonreírle.
Hoy me he atrevido a pensar que en verdad el Hermano sufrimiento no es otro que Jesús mismo, veo que es una misteriosa visita de Dios mismo, que en verdad es un honor tenerlo en casa y que gracias a Él se descubren los corazones verdaderamente generosos (y quedan al descubierto también por él, los corazones chiquitos). Me he dado cuenta de que el sufrimiento es una presencia misteriosa de Dios, que es una misteriosa visita de Su Gracia y que es el que modela a los Amigos de Dios.
Si ya sufrimos, hagamos el intento de abrirle las puertas de casa con serenidad y corazón amplio. Si aún no sufrimos nada relevante, pidamos a Dios el don de ser generosos cuando nos visite.
Hasta la próxima.
jueves 15 de septiembre de 2011
El "hermano fracaso"
Gracia y paz para todos Ustedes.
Desde niños nos prepararon para ser ganadores, para ser vencedores, para salir siempre airosos en todo, para ser efectivos y eficaces, para hallar siempre soluciones a todo y para que nada nos detenga hasta conseguir nuestras metas. Incluso nos dijeron que ser cristianos era lo mismo que ser victoriosos. Pero bien pronto, siendo algo honestos, hemos tenido que aceptar que las cosas no son así, que en verdad rara vez salimos victoriosos (porque somos honrados), rara vez alcanzamos éxito en nuestras resoluciones, que en verdad nuestras argucias y planes no son eficaces casi siempre, que en verdad lo más cercano a nuestra existencia es eso que se llama fracaso (qué mal nos suena la palabra, que antipática nos resulta).
Es el fracaso otro de los hermanos que no nos caen bien, que lo aceptamos en casa porque no tenemos otra alternativa, sabemos que es de la familia pero nos resistimos a creerlo porque no nos cuadra la idea de tenerlo tan cerca.
A raíz de más de una visita del hermano fracaso al rincón de mi vida me puse a pensar un día que en verdad no tenía porqué sorprenderme su cercanía. La explicación mejor me pareció la cruz y aquel crucificado en ella. Me parece que aquel Viernes Santo que se multiplica por los siglos y que muchas veces se hace vida cotidiana en el camino de muchos anónimos crucificados debe ser recibido con los brazos abiertos y con corazón amplio y generoso.
¿Fracasó Jesús aquél Viernes Santo? Estoy seguro que sí. Aquél día marcó para toda la historia el mayor fracaso que pudo haber existido y por ese fracaso fuimos salvados y hemos obtenido de él el perdón de nuestros pecados. Jesucristo fracasó aquel día y a partir de allí todos los que le seguirían de verdad tendrían que pasar por sus fracasos con la misma entereza que la de aquél galileo, hijo de un carpintero, bien fracasado económicamente.
Entonces no nos debería asustar ni deprimir tanto el hermano fracaso, es un misterioso camino de victoria, es un camino que conduce a la luz.
Sólo fracasa quien se atrevió a hacer algo distinto, quien se atrevió a ser auténtico, sólo fracasa el que se atreve a ser coherente con sus principios. El mundo no suele aceptar a ninguno que se atreva a superar un poco su habitual mediocridad. Los humanos solemos matar (instantánea o lentamente) a aquellos que triunfan, tenemos en lo hondo del corazón una pulsión tenebrosa que nos impulsa a mirar mal a quien consigue ver más que nosotros, a aquél que se atreve a surcar un nuevo camino. Generalmente los que nunca fracasan es porque en verdad nunca intentaron nada, a lo más se limitaron a hacer lo que siempre vieron hacer a otros.
Por otro lado, el hermano fracaso es como la valla sobre la cual hay que saltar sin detenerse en la carrera de la vida. En realidad todo verdadero éxito es la suma de muchos fracasos, grandes y chicos, estruendosos o solapados. El hermano fracaso es un compañero desafiante en el camino, pero es un hermano.
Creo que, entre líneas, existe una novena Bienaventuranza en el Evangelio: «Bienaventurados los bien fracasados, porque de ellos será el éxito del Reino de los cielos»
Escribo estas líneas para quienes experimentan el fracaso en sus vidas, ¿qué les quiero decir? Les quiero decir más que un simple «¡ánimo!», les recuerdo tan sólo que hubo Uno que fracasó estrepitosamente hace dos mil años y que por Su fracaso nos dio a todos la esperanza de que nuestros fracasos cambiarán de signo cuando un día nos encontremos allí donde Él mismo enjugará las lágrimas de nuestros ojos, allí donde ya no habrá dolor porque ya nos lo habremos bebido hasta el fondo en esta vida.
Meternos en el camino del Evangelio de Jesucristo es meternos en una rara escuela en la que sólo nos sostiene el fracaso triunfal del Maestro. Después de todo, ¿quienes somos nosotros para exigir un camino más cómodo que el del Maestro?
Hasta la próxima.
Desde niños nos prepararon para ser ganadores, para ser vencedores, para salir siempre airosos en todo, para ser efectivos y eficaces, para hallar siempre soluciones a todo y para que nada nos detenga hasta conseguir nuestras metas. Incluso nos dijeron que ser cristianos era lo mismo que ser victoriosos. Pero bien pronto, siendo algo honestos, hemos tenido que aceptar que las cosas no son así, que en verdad rara vez salimos victoriosos (porque somos honrados), rara vez alcanzamos éxito en nuestras resoluciones, que en verdad nuestras argucias y planes no son eficaces casi siempre, que en verdad lo más cercano a nuestra existencia es eso que se llama fracaso (qué mal nos suena la palabra, que antipática nos resulta).
Es el fracaso otro de los hermanos que no nos caen bien, que lo aceptamos en casa porque no tenemos otra alternativa, sabemos que es de la familia pero nos resistimos a creerlo porque no nos cuadra la idea de tenerlo tan cerca.
A raíz de más de una visita del hermano fracaso al rincón de mi vida me puse a pensar un día que en verdad no tenía porqué sorprenderme su cercanía. La explicación mejor me pareció la cruz y aquel crucificado en ella. Me parece que aquel Viernes Santo que se multiplica por los siglos y que muchas veces se hace vida cotidiana en el camino de muchos anónimos crucificados debe ser recibido con los brazos abiertos y con corazón amplio y generoso.
¿Fracasó Jesús aquél Viernes Santo? Estoy seguro que sí. Aquél día marcó para toda la historia el mayor fracaso que pudo haber existido y por ese fracaso fuimos salvados y hemos obtenido de él el perdón de nuestros pecados. Jesucristo fracasó aquel día y a partir de allí todos los que le seguirían de verdad tendrían que pasar por sus fracasos con la misma entereza que la de aquél galileo, hijo de un carpintero, bien fracasado económicamente.
Entonces no nos debería asustar ni deprimir tanto el hermano fracaso, es un misterioso camino de victoria, es un camino que conduce a la luz.
Sólo fracasa quien se atrevió a hacer algo distinto, quien se atrevió a ser auténtico, sólo fracasa el que se atreve a ser coherente con sus principios. El mundo no suele aceptar a ninguno que se atreva a superar un poco su habitual mediocridad. Los humanos solemos matar (instantánea o lentamente) a aquellos que triunfan, tenemos en lo hondo del corazón una pulsión tenebrosa que nos impulsa a mirar mal a quien consigue ver más que nosotros, a aquél que se atreve a surcar un nuevo camino. Generalmente los que nunca fracasan es porque en verdad nunca intentaron nada, a lo más se limitaron a hacer lo que siempre vieron hacer a otros.
Por otro lado, el hermano fracaso es como la valla sobre la cual hay que saltar sin detenerse en la carrera de la vida. En realidad todo verdadero éxito es la suma de muchos fracasos, grandes y chicos, estruendosos o solapados. El hermano fracaso es un compañero desafiante en el camino, pero es un hermano.
Creo que, entre líneas, existe una novena Bienaventuranza en el Evangelio: «Bienaventurados los bien fracasados, porque de ellos será el éxito del Reino de los cielos»
Escribo estas líneas para quienes experimentan el fracaso en sus vidas, ¿qué les quiero decir? Les quiero decir más que un simple «¡ánimo!», les recuerdo tan sólo que hubo Uno que fracasó estrepitosamente hace dos mil años y que por Su fracaso nos dio a todos la esperanza de que nuestros fracasos cambiarán de signo cuando un día nos encontremos allí donde Él mismo enjugará las lágrimas de nuestros ojos, allí donde ya no habrá dolor porque ya nos lo habremos bebido hasta el fondo en esta vida.
Meternos en el camino del Evangelio de Jesucristo es meternos en una rara escuela en la que sólo nos sostiene el fracaso triunfal del Maestro. Después de todo, ¿quienes somos nosotros para exigir un camino más cómodo que el del Maestro?
Hasta la próxima.
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