miércoles, 14 de diciembre de 2016

La Verdadera Radicalidad Evangélica


Desde que hace más de veinticinco años decidí secundar la llamada de Jesucristo para seguirle en Vida Consagrada, probé cómo se encendió en mi alma un fuerte deseo de radicalidad. Tanto así que desde el primer día de vida en comunidad religiosa estuve dispuesto a jugarme la vida a todo o nada, sin medias tintas. Y no es que me resultase fácil: había todo un elenco de cosas que me resultaban a veces chocantes (horarios, ciertas disciplinas, normas específicas, etc.) Pero por sobre todo ello, decidí cortar con lo que debía cortar, asumir lo que debía asumir, y me entregué a servir al Señor sin rebajas.
Tuve también mis días grises, incluso mis temporadas grises en las que todo cansaba, y cuando todo indicaba que ya no podía más. Experimenté la flojera de mi voluntad y la inestabilidad de mis deseos, supe también –por insistencia de mi propia carne- lo que es la mediocridad espiritual y moral. En ciertos momentos parecía que mi carne me mordía y se tragaba mi alma sin remedio. Sentí la tentación de vivir como anestesiado hacia todo lo espiritual, de vivir ‘volando bajo’ sin más problemas que dejarme llevar por las cosas. Sin embargo y aun con todo ello, por gracia divina y por pura misericordia de Dios, pude superar aquel feo letargo de la tibieza. Y fui otra vez feliz al redescubrir la vida nueva que fluye de la más radical y sincera generosidad para con Dios, la que se traduce en caridad gozosa y en disponibilidad para el servicio. Y es así que, con algunos años de seguimiento de Jesucristo, la ilusión por Él y el entusiasmo ‘por lo nuevo de Dios’ se hicieron parte de mi vida.
Andando los años, de tanto en tanto veía a cierta distancia el nacer o el renacer de muchas comunidades de religiosos o de fieles laicos que, aquí y allá, hacían gala de la más genuina radicalidad evangélica. En un primer momento –varios años- yo les admiré sinceramente, hasta puedo decir que les tuve una cierta y bien disimulada envidia. Siempre me identifiqué con un seguimiento exigente de Jesucristo, por ello el ver estas nuevas iniciativas apostólicas o de consagración a Dios alimentaba mi entusiasmo.
Pasaron algunos años y me fui dando cuenta de que muchas veces aquella pretendida radicalidad evangélica sólo hundía sus raíces en la más superficial epidermis religiosa. Es así que noté muchas veces en aquellos grupos un apego excesivo a la propia imagen, un cuidado vanidoso de las formas y de la estética, una orientación indisimulada por cuidar lo más externo de la fe: imágenes sacras, andas, estandartes, costumbres devocionales, oraciones, rituales, devociones particulares; sin hablar todavía de los hábitos recargados, de los nombres hiperinflados, del aire de autosuficiencia, del orgullo propio de secta y del sentimiento de superioridad sobre los demás católicos.
Y corroboré a veces la mala raíz de varios de estos movimientos y comunidades al constatar que se originaban en su seno desagradables y tristes escándalos casi siempre relacionados con las desmedidas riquezas o con la impura vida sexual de sus líderes.
Aun así, no he dejado de creer en la posibilidad de una auténtica radicalidad evangélica, pero ya no basada en lo más exterior o cosmético de la fe, ya no fijada en los medios humanos (ideas de grupo, tradiciones, sentimientos de clase, estructuras físicas imponentes, exhibición de poder de convocatoria, copamiento de puestos clave en la estructura eclesial, buen marketing, pretendida fidelidad absoluta al Magisterio, etc.), sino una radicalidad que tenga los ojos puestos en la finalidad de todo: Jesucristo, su persona, su amistad, su imitación, su palabra.
Y así, luego de tanto tiempo de intentos fallidos y equivocadas iniciativas, he llegado a la íntima convicción de que la verdadera y real radicalidad evangélica está en la caridad sincera y en la decidida renuncia a uno mismo. Caridad y renuncia. Y tanto la caridad como la auténtica renuncia a uno mismo sobrepasan y superan ampliamente la fijación terca en lo más exterior y cosmético de la fe.
Durante varios años yo también cifré mi radicalidad evangélica en el hábito talar bien presentado, en los infaltables y elegantes gemelos, en la calidad y hermosura de las casullas para la Misa. Soñaba con la elegancia de las formas y hasta llegué a pensar que utilizando más frases en latín, más radical sería. Hoy me doy cuenta de que la auténtica radicalidad evangélica no tiene nada que ver con la ostentación de los medios ni de las estructuras, ni está necesariamente en relación proporcional al número de miembros o de adherentes que tiene una obra.
Y me di cuenta de la lógica mundana que subyace en la fijación por la eficacia pastoral o apostólica. Y comprendí que lo único que salva a los hermanos es la hondura de la caridad, la amplitud del corazón, la renuncia al propio yo, la renuncia a toda búsqueda de poder, de figuración, de acumular cosas y también éxitos apostólicos, aplausos y reconocimientos.
Sí, la auténtica radicalidad evangélica no está en el estilo barroco de las construcciones, ni en una liturgia perfecta, adusta y almidonada. La elegancia ayuda, el porte firme puede edificar, pero sólo la caridad abre los corazones y permite que fluya la gracia divina. Porque es fácil también que bajo apariencias ortodoxas o conservadoras fluya también un cierto tufillo de engreimiento que a la larga –o a la corta- endurece el corazón al Evangelio.
Hoy prefiero mil veces la sonrisa abierta de un niño, un par de empolvadas sandalias y hasta un ajado y sucio hábito religioso por vivir la caridad y el desprendimiento de uno mismo.
Y, de hecho, tanto la caridad como la renuncia al propio yo conducen a una real pobreza y humildad. Es fácil ser radical cuando tienes la comida asegurada, el techo seguro y ese calorcillo que produce una vida cómoda. He conocido varias personas que podrían calificar como hombres o mujeres de Dios porque en el fondo todo lo tienen asegurado y sobre ese riel cualquiera puede ser espiritual y hasta místico. Es muy fácil pretender ser radical para con Dios cuando esa radicalidad no implica la muerte del propio yo, cuando el Evangelio meditado a medias no produce desprendimiento de sí mismo, cuando la exégesis no llega a plantear la necesidad de una real y voluntaria pobreza. Y qué curioso que en el Evangelio, se mire por donde se mire, Jesucristo puntualiza cada dos por tres la necesidad del desprendimiento de lo material en general y del dinero y del acomodo en particular. Cuando el Evangelio se hace palabra mordiente escasean los radicales, y los que se ufanan de ser muy fieles se muestran por lo menos ridículos.
El Señor me ha tenido mucha misericordia, ha sido muy paciente conmigo –sigue siéndolo-. Yo fui durante varios años un ciego para estas verdades, corrí tras las apariencias, creí falsamente encontrar en esas cosas la Verdad. Hoy valoro mucho más la pobreza real y voluntaria, la caridad amplia para con todos y la disposición a la renuncia de uno mismo. Allí está la Verdad, así fue Jesucristo. Allí está el origen de la más pura radicalidad evangélica y es a la vez su más grande fruto.
Bendito sea Dios que tengamos un Papa como Francisco –experto en estos temas-, hoy por hoy no hay signo más grande de la Voluntad de Jesucristo para con Su Iglesia, mientras esperamos Su Venida.

viernes, 18 de septiembre de 2015

Bienaventurados serán...

Desde que, a los 16 años, experimenté la presencia de Jesucristo en mi vida, nunca me preocupé por lo que los demás pudieran pensar acerca de mis decisiones y del camino que elegí para vivir.  Luego de trabajar como laico en una obra apostólica con niños y familiares, El Señor me llamó a consagrarme a Él dentro de una prestigiosa congregación religiosa católica (Oblatos de San José).  Con ellos aprendí muchas cosas y experimenté lo bueno que es Dios para quien se le confía.  Amé sinceramente todo lo que aquella comunidad amaba e hice todo lo que estuvo a mi alcance para mostrarme como hijo agradecido.  Pero yo no contaba con que en el plan de Dios había para mí una sorpresa que rebasaría ampliamente mis aspiraciones y proyectos personales. 

Cuando estaba por cumplir doce años en el ministerio sacerdotal, Dios me volvió a llamar.  Y ahora la llamada era para iniciar un camino nuevo, que aún ahora, cinco años después de haberlo iniciado, no termino de conocer.  Obrando en consecuencia de un llamado superior, pedí y obtuve los permisos necesarios para alejarme de aquella comunidad religiosa y comenzar este nuevo camino.  Salí de la destinación pastoral donde me encontraba en el más absoluto silencio y dejando todo en orden, facilitando de algún modo la llegada del sacerdote que iría a ser mi sucesor en aquella parroquia.  Puedo decir con toda seguridad que salí de aquella parroquia en el mejor momento de mi trabajo pastoral.  Aun llevando algunas cruces, había logrado varias cosas en el poco tiempo que serví allí (no las voy a enumerar ahora).  Tampoco tuve problemas con mis antiguos superiores: recuerdo que nos despedimos en los mejores y más respetuosos términos, con la promesa de la oración y la seguridad de la amistad en el Señor.  Ellos saben que no miento. 

Sin embargo, también en estas cosas entra a tallar el ‘teléfono malogrado’ y tanto el chisme como la aguda imaginación de algunas cabezas hicieron lo suyo.  A poco tiempo de haberme embarcado en esta nueva aventura, me fui dando cuenta de que ahora mi nombre estaba proscrito.  Luego me enteré, sin proponérmelo, que se habían borrado mis señas y que en algunos lugares prácticamente se había prohibido a algunos grupos de fieles el pronunciar siquiera el primer nombre de este servidor.  Fue así que perdí muchos amigos y los que aún me quedaban se vieron obligados a no conocerme o a tratarme casi a escondidas.  Sé entonces lo que es quedarse solo y casi sin apoyos humanos.  Sé que, aun cuando no cambié de número de celular ni varié de correo electrónico, de pronto muchos o casi todos los antiguos compañeros ya no tenían forma de comunicarse conmigo ni conocían mis datos.  ¿Qué historia oscura o escabrosa se habría inventado y difundido para que varios que hasta hacía poco eran mis amigos ahora de pronto ya no soportaban siquiera que se pronunciara mi nombre? ¿Cuál fue el delito que cometí?  Lo desconozco.  Pero es muy posible que para algunas personas haya cometido el grave desatino de decidir caminar por la senda de la libertad de espíritu.  Sé que fui materia de algunas polémicas y también de conversaciones de pasillos y trastiendas.  Cuando me despedí de mis antiguos superiores se me recomendó no buscar contacto alguno con ningún miembro de los Oblatos de San José por espacio de dos o tres años.  He obedecido fielmente. 

Han pasado cinco años desde que salí de entre ellos.  No estoy resentido.  Tampoco pienso volver atrás.  Estoy tranquilo.  Las heridas que he podido sufrir han sido ya curadas por la mano amorosa y paterna de Dios.  Sólo me queda una sencilla acción de gracias por haber sido llamado a cumplir en mi propia carne aquella palabra del Señor en la que se asegura a los discípulos que serán bienaventurados si proscriben sus nombres por causa del Evangelio. 

No me considero mejor o más grande que nadie, sólo sé que desde hace cinco años se me ha otorgado la responsabilidad de un don que jamás pude seriamente imaginar y que aún no acabo de comprender, y todo esto sin mérito alguno de mi parte.  Si considero, sobre todo, lo que he vivido estos últimos ocho meses veo que vale la pena haber pasado todo lo pasado y tengo por bien sufrido todo lo sufrido.  Las manifestaciones del amor de Dios han sido tan variadas, sencillas, profundas, contundentes y hermosas que ahora veo que camino en la dirección correcta y espero continuar así.

Escribo hoy para pedir la caridad de vuestra oración.  Porque quiero entender mejor el llamado que Jesucristo me ha hecho.  No me arrepiento de las decisiones que tomé por seguir la Voluntad de Dios en mi vida.  Todo lo contrario: sé que fueron las correctas, aunque hayan sido a veces incomprendidas.  Sin embargo, siento que necesito de la oración de mis amigos y conocidos, de los generosos lectores de este sencillo blog, también de la oración de quienes posiblemente no me quieren o de quienes pude haber herido por mis faltas de caridad o por mi poca virtud.  Tengo como una intuición dentro: la de que pronto se debe desatar en mí una vida nueva, un nuevo fuego.  Me siento poco preparado para ello, por eso pido la ayuda de vuestra oración e intercesión.  Oren por mí, para ser dócil a lo que el Espíritu de Dios me pida.

Jesucristo es lo mejor que me ha pasado en la vida y mi deseo mayor es llegar a verle algún día.    

Gracias. 

El Señor les bendiga a manos llenas.


Fr. Israel del Niño Jesús, R.P.S.

jueves, 23 de julio de 2015

Un Jesucristo sin cruz



Desde que hace dos mil años Jesucristo fue voluntariamente a la Cruz y aceptó morir en ella por salvarnos, la Cruz se ha convertido no sólo en signo de salvación sino también en motivo de escándalo para muchos.  El escándalo de la Cruz con un Crucificado sangrante y con el cuerpo destrozado sigue vigente.

Recuerdo cuando, hace varios años, al entrar en un templo parroquial me hizo una fuerte impresión ver en lo alto y al centro del presbiterio una gran imagen de Cristo pero sin Cruz.  Era un Resucitado.   Ciertamente, los cristianos y católicos creemos que Jesucristo resucitó, sin embargo creo que hoy en día lo más ‘profético’ es el Crucificado.  La Cruz con un Crucificado es un grito muy fuerte para nuestro mundo actual.  La imagen de un Crucificado es mucho más cuestionadora que la de un Resucitado.

Inversamente, hace unas semanas una comunidad católica me invitó a darles una enseñanza de fe.  Llegué con un poco de anticipación y entré en la Capilla.  Y tuve otra vez una fuerte impresión, pero ahora al contemplar que la imagen que presidía el lugar de oración era una gran Cruz… pero sin Jesucristo.  Tenía yo la viva impresión de que esa gran Cruz estaba vacía, incompleta.  Una cruz impersonal es una cruz que no transmite el mensaje completo, la Verdad completa.

Pero el motivo de este artículo no es el de redundar en un comentario de tipo estético o simbólico.  Mi interés está en reflexionar en lo que, al final, es un riesgo constante en los que nos llamamos creyentes: El desconfigurar la verdadera fe cristiana y católica y acabar creyendo y siguiendo a un Cristo sin Cruz o una Cruz sin Cristo.

Ciertamente, cuando somos jóvenes y vivimos una experiencia de conversión a Dios se nos hace cercano y entrañable un Jesucristo Resucitado, vencedor, sonriente, glorioso.  Nos llena el corazón el dar la vida por un Cristo que vence fácilmente, que es simpático, que es un arrasador de corazones, el que congrega multitudes, el que toca la guitarra y que, como héroe divino, no puede sufrir ni perder jamás.  Nos llena el alma un Cristo así y todo ello nos provoca en el corazón un burbujeo incontenible.  Y así, chicos y chicas afirman que el corazón se les derrite frente a toda esa emoción que viven.  Yo respeto esas experiencias.  Pero a la vez pienso que todo ello es parte de la primera etapa del seguimiento del Señor.  Creo que todo aquel que en su juventud se encontró con Jesucristo ha vivido esa efervescencia en mayor o en menor medida. 

Pero ahí no acaba todo.  A todo aquel que quiere “ir más allá”, el Señor poco a poco le muestra un camino misterioso, reservado para quien quiere madurar en su entrega.  No todos dan con él.  Es más, son pocos los que atinan a dar con esta ‘segunda etapa’ del camino de fe.  Porque se trata de la etapa más ‘costosa’ del seguimiento. Es el encuentro y la asimilación del Crucificado en la vida concreta. Es la etapa de la madurez.   La emoción y el burbujeo ya no están muchas veces, el Cristo no es sonriente y la multitud se convierte en un reducido grupo, el victorioso ahora es el vencido, el aclamado de antaño es ahora el perdedor del Calvario.  Y aquel Jesucristo de la Pasión, otrora simpático rompedor de corazones, ahora es el desfigurado ante quien se vuelve la mirada porque causa repulsa Su rostro desfigurado y sufriente.

Y aquel misterioso Crucificado invita a sus seguidores a ser también con Él pequeños crucificados.  Y esa es la idea que no gusta a quien sólo quiere encontrar en la fe “lo rico”, “lo calientito” de creer.  La cruz –y el Crucificado en ella- son un aguijón que incomoda nuestro aburguesamiento, hincan, punzan nuestra ansia natural de placer.  Frente al Crucificado aquel “me derrito por Ti” se convierte en “estoy dispuesto a morir por Ti, Señor”.  Allí el verso romántico y el suspiro repentino se convierten en bromas de mal gusto.  La cruz pide respuestas sinceras y radicales: perder la vida, dar hasta que duela, morir a uno mismo.  Allí, ante la cruz y el Crucificado se demuestra cómo es que nuestro amor y nuestra fe han pasado del “burbujeo interior” a dar la vida hasta que duela, hasta que el corazón sangre por obedecer, por ser humilde, por no buscar su propio interés, por negarse concretamente a sí mismo. 

Y no pocas veces he sentido yo una profunda tristeza cuando me he dado cuenta que para esta “segunda etapa” del seguimiento de Jesucristo se presentan tan pocos –pero tan pocos- candidatos.  Y se me parte el alma al pensar que entre tantos miles y miles de almas cristianas y católicas, incluso entre los comprometidos con La Iglesia, existan tan pocas, tan dramáticamente pocas, que quieran vivir el amor a Jesucristo no sólo a nivel de bonitas emociones sino que se atrevan a pasar a los hechos concretos de sacrificio, holocausto y entrega generosa.  Por eso es lógico que prefiramos mayormente vivir lejos del Crucificado o que lo bajemos de la Cruz para que no escandalice nuestra mundanidad terca y sordomuda.  Porque un Crucificado siempre denuncia, un Cristo que muere en Cruz siempre es profético, golpea, inquieta, cuestiona.

Y créanme que varias veces me he sentido desconcertado cuando he advertido ciertos discernimientos espirituales en los que ha salido ganando la comodidad, el orgullo, el afán por una vida tranquila, el rechazo por todo lo que cuestione la mediocridad o el apego a uno mismo.  Y pienso que en el fondo es el rechazo disimulado de la Cruz y del Crucificado en ella.  Por eso existen tantos cristianos mundanos, incluidos también sacerdotes, religiosos y religiosas mundanos –tal como lo viene predicando el Santo Padre Francisco-.

Y pienso ahora en los que son llamados a vivir de modo singular el misterio de la Crucifixión: los cristianos llamados a ser consagrados a Dios en exclusiva.  Creo que hoy en día las vocaciones a una especial consagración no escasean sino que son escasos los corazones en verdad generosos, disponibles a jugarse la vida por un amor grande.  Y es verdad, hoy como ayer, lo que gritaba San Francisco, el pobrecillo de Asís: “¡El Amor no es amado!  ¡El Amor no es amado!”

¿Será posible que hoy en día las personas sólo son capaces de amar un poquito y sólo por un cierto tiempo?  ¿Será que el ser humano actual está configurado no ya para amores grandes y perpetuos sino solo para amores medianitos que no piden mayores sacrificios?  ¿Será que los varones y mujeres actuales –jóvenes y adultos-, todos han nacido con el corazón atrofiado para amar, incapaces de aceptar y vivir a un Cristo Crucificado?  ¿Habremos de admitir que hoy en día el amor a las riquezas, al prestigio, al “nombre”, a los placeres del mundo, a “ser alguien”, el amor a sí mismo ya no permiten la entrega generosa al seguimiento real de un Crucificado?  ¿Nos atreveremos entonces a borrar de las páginas del Evangelio todo aquello que huela a Cruz, a sufrimiento redentor, a negación de sí mismo, a obediencia real, a castidad, a pobreza y desprendimiento reales, a desapego del yo para sólo quedarnos con el “dulce Jesús” que a lo sumo provoca un suspirito peregrino y un “me derrito” que luego no compromete a nada, ni redime nada, ni santifica nada?

Seguramente ya no soy joven.  Por eso hoy me emociona más un Crucificado, le siento cercano, sé que me entiende mejor, sé que le entiendo mejor.  Y me siento bien a Sus pies.  No tengo miedo de perder ni la vida, ni el prestigio, ni mis afectos, ni mis cosas, ni mi “buen nombre”, nada.  Ya no me llama la atención el llegar a “ser alguien” de cara al mundo o en la propia Iglesia.  Estoy dispuesto a todo, a perderlo todo, también a perder la popularidad y la buena fama.  Ya no me interesa todo ello.  Me siento libre frente a un Crucificado y quisiera morir libre, como Él.  Sé que aún me falta mucho trecho por caminar y que en el alma llevo más sueños e ideales que realizaciones concretas y proezas.  Me enamora Su Cruz.  Por eso no me cae bien una Cruz sin Cristo.  Y no es que no crea en el Resucitado, ¡por favor!, pero me resulta más entrañable –y también más retador- un Crucificado.  Sí.  Posiblemente me estoy envejeciendo.  Pues lo que acabo de escribir se lo oí decir tantas veces a varios religiosos ancianos y yo –de veinte años- nunca les entendía.  Ahora lo entiendo bien y eso me llena de paz.

Y pienso también en mi pequeña Comunidad.  Está claro que nosotros no estamos en competencia con nadie ni a nadie le queremos quitar nada, queremos vivir al Crucificado según lo pide la Reina de la Paz.  No sé si a mí me toque ver los “frutos” de lo que por estos años vamos sembrando, ni sé si los “frutos” serán abundantes.  Sólo sé que vamos caminando en pos de un Crucificado y que amarle es ya una gracia inmensa.  Yo deseo esta misma gracia a todos los que han sido llamados a seguirle en Cruz.

jueves, 30 de abril de 2015

"Derecho a equivocarse"



Me pregunto si en verdad existirá el “derecho a equivocarse”.  Ya voy escuchando la apología de semejante “derecho” varias veces.  Lo primero que se me ocurre pensar es que todo ser humano, cualquier ser humano, puede equivocarse.  Pienso que todos nos equivocamos diariamente.  Y también pienso que una equivocación es la resultante de haber buscado la Verdad en el lugar incorrecto.  Y el que se equivoca, el que se da cuenta de su error, cuando se le abren los ojos reconoce su error y está dispuesto a enmendar.  La Verdad siempre libera.

Sin embargo, me da la impresión de que hoy en día varias personas arguyen su “derecho a equivocarse” para justificar su testarudez o su contumacia.  No puedo yo, si soy honesto, sostener semejante “derecho” cuando ya me dí cuenta de mi error –o cuando me lo han hecho ver-.  Si invoco ese extraño derecho quizá sea porque en el fondo se reconoce el error pero no se quiere salir de él.  De ahí se pasa fácilmente a exigir otro derecho: “derecho a permanecer en el error”.

Lo más meridianamente razonable es que el ser humano una vez que reconoce su error renuncie a él y se adhiera a la Verdad, renunciando a su error antiguo.  Porque el ser humano fue creado para buscar la Verdad –y no el error- y está llamado por su propia naturaleza a adherirse a la Verdad una vez que la ha conocido o que se la han hecho conocer.  Quien persevera en el error luego de darse cuenta de ir por el camino equivocado, esa persona se pervierte, se denigra.  Y si yo termino amando mi error, me degrado como persona.  Amar el error es estar en pecado y es un modo muy concreto de autodestruirse.  No existe pues tal derecho a equivocarse.  Sólo existe el derecho de conocer la Verdad.  Invocar un derecho es exigir una cosa buena para el ser humano, que le hace mejor y más feliz; por ello todo derecho apunta a algo que es bueno, verdadero, justo y noble.  No se puede, pues, invocar el derecho de algo que no sólo es malo sino que atenta contra el mismo ser humano.  Porque el error siempre es un atentado contra la dignidad humana, nunca será bueno, ni justo, ni noble.

Quizá en el fondo de ese reclamo absurdo lo único que haya sea una actitud terca y necia para querer hacer prevalecer la propia voluntad por encima de la Voluntad de Dios.  Quizá sea un desgraciado capricho proveniente de un yo soberbio que sólo tiene ganas de reconocer sus propios derechos pero no los de los demás, menos todavía el derecho de Dios.  Debe ser de un origen tan maligno ese pretendido “derecho” que a lo único que lleva es a la infelicidad y a la negación de la propia alma.

Definitivamente yo opto por el derecho de reconocer el propio error y por el deber humano de seguir La Verdad.  Y para reconocer La Verdad y seguirla es necesario ejercitarse en la abnegación de sí mismo, en la capacidad de renuncia al propio yo y al orgullo malsano que siempre deja soledad y vacío.

Por algo será que Jesucristo –Camino, Verdad y Vida- nos advirtió con claridad: “Quien quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”.

Concédenos, Señor, amor por La Verdad y aversión por el error.  Amén.