lunes, 26 de mayo de 2008

Aquí pago mi deuda contigo.

Hace tiempo que te debía un artículo.
Te lo había prometido y créeme que lo he pensado un sinfín de veces y recién ahora me decido a escribirlo. No te niego que muchas veces ideo escritos primorosos que nunca llego a plasmar o por falta de tiempo o por cierta desidia.
No me resulta fácil escribirte, creo que fue San Agustín el que decía que temía que las palabras dichas o escritas deformen lo que el corazón en verdad siente y experimenta. A veces me pasa algo parecido y quizá también por eso no te he escrito. Pero ahora me lo he propuesto y ya verás.

¡Amigo!
(Creo que así comienzo bien).

Varias veces he escuchado que debemos decir a los nuestros que les queremos mucho estando ellos vivos, que luego ya no tiene sentido. Pero qué difícil nos resulta -por lo menos a mí sí-.
Oye buena gente, yo te quiero mucho. Te valoro como no tienes idea.
Y he aprendido a interpretar tus gestos, te has hecho muchas veces pasar por buen actor pero a mí no me has engañado, sé de qué tratan tus gestos, tus modos de mirar y diversas clases de sonrisas que sabes sacar de la manga. Ayer te ví preocupado. Pero te he visto también otras veces molesto. He respetado tu silencio, aquellos momentos en que tampoco conmigo querías hablar, reconozco que me dolió un poco pero sé que tienes derecho a tu silencio.
También he adivinado unas lágrimas que no han llegado a anegar tus ojos porque te hiciste al fuerte. Pero también -y no me digas cómo- te he visto llorar a escondidas. Yo sé que has sufrido y sufres. Y sé que no te gusta hablar mucho del asunto y sé tambien que cuando has querido hablar del tema no te ha ido bien. Sé que muchas veces te has sentido "un pez de aguas profundas", según tu frase. Sé que has sufrido porque muchas personas se han portado como "pejerreyes" y tú, tremendo animalote, no has sabido cómo ubicarte entre tanto pez chiquito.
"Me he sentido sólo, muy sólo" te has confidenciado varias veces luego de esas interminables reuniones y actividades "de sociedad" y por eso también te he visto llegar con ansias a tu lugar escondido, a tu lugar "soledoso" y por fín allí, pez de aguas profundas, te has sentido a tus anchas.
"Creen que soy muy sociable", me has dicho, y me contabas -entre ingenuo y divertido- que a parte de hablar por razón de tu oficio, luego casi no sabes hablar mucho, que te quedas casi sin palabras en una conversación coloquial, que sufres en una entrevista, que muchos juran que eres "recontra sociable" pero que tú te sientes confundido y con el corazón puesto en tu "ermita" cuando estás entre el gentío.
Y me has contado innumerables veces que no te comprenden los que deberían hacerlo, que no te escuchan, que te han etiquetado, que has sufrido lo indecible porque no te ayudaron los que deberían haberlo hecho. Y te pido perdón porque yo también me quedé callado y no te defendí en el momento oportuno.
Sé que te duele en el alma la insinceridad, que te hiere mucho el doble discurso, que no eres tú lo que llamamos, un diplomático, en absoluto. Sé que extrañas a "la gente con corazón" y que contigo no es la conversación superficial ni la apariencia.
Y me has contado -con dolor- que se han reído de tus sueños y eso te ha golpeado fuerte.
Te pido perdón porque tampoco he sabido consolarte un poco, me he quedado callado como un tonto. Y a pesar de todo, eres un gran terco, me has dicho entre lineas que aún así tu sigues soñando, que no te quitarán tu derecho de soñar en grande, que no te quitarán tu deseo de inmensidad, que nadie podrá apagar tu ilusión por el bien aunque sepas muy bien lo que es el mal y lo has sufrido. Y te agradezco porque no te has dado por vencido. Y me has dicho que posiblemente estás bien loco porque hasta ahora no han conseguido anular tus sueños, que seguramente estás bien enamorado porque por nada del mundo se te ha ocurrido dejar a quien es el amor de tu vida. Y precisamente me has confiado que le extrañas mucho al Jefe, que le echas de menos en ciertos círculos de "creyentes" e incluso de consagrados. Y me has dicho que no te has acostumbrado a tu Dios, que es tu mejor logro en esta vida. Y me has dicho que si no fuera por la fe ya te podrías haber vuelto loco, digo, más loco de lo que felizmente estás.
Oye, no creas que no me acuerdo, que tengo presente lo que me dijiste aquella vez, bien serio, vertiginosamente profundo: "Cuando me muera, por favor, que pongan en mi lápida esto y nada más: "El único éxito que tuve en la vida fue Jesucristo, por él acepté perderlo todo y con él fuí feliz"
¿Recuerdas cuando te sentías morir y me confiabas que habías pasado un mal rato pensando en el juicio personal que Dios te haría? Me has dejado pensando cuando me dijiste que en aquel día tú querías estar "en la parte de atrás del gran auditorio ... detrás de una columna y bien agachado con el rostro entre las manos".
Y me has dicho que tu oración es muchas veces un completo desastre, me has hecho reír a mandíbula batiente al escucharte. Me has contado que en pleno momento espiritual se te ocurría una gracia, un chiste, una imaginación jocosa... He gozado tanto escuchándote. Me lo dijiste un poco asustado... Y pienso que Dios no te condena por ello, que seguro tú le has provocado más de una sonrisa y estoy seguro de que cuando llorabas a solas -"para no hacer roche"- era el mismo Dios el que lloraba contigo.
Y te he tenido que decirte varias veces que Dios está contento contigo, que así yo lo creo, que casi diría que me consta -tampoco me preguntes como lo sé-. Y a duras penas te he convencido.
Quiero decirte viejo, amigo, colega, compañero, camarada, yunta, causita, chochera, mitad de mi alma, que te quiero mucho. Que me alegra haberte conocido. Que tu amistad me ha hecho un gran bien. Que nunca dejes de ser tú mismo. Que nunca cambies. Que el mundo necesita uno como tú. Que allá arriba te miran con cariño. Que aquí abajo también muchos te quieren y dan gracias a Dios por tí aunque -tontos- no te lo dicen a tiempo.
Quiero decirte que he aprendido muchas cosas de tí, que muchos no saben que bastante de lo que hoy soy ante Dios y ante los demás lo soy por tí, porque lo he aprendido de tí, maestro.
Finalmente: yo no sé si este escrito te gustará tanto como me lo imaginé, sólo sé que es sincero, que es de corazón, que si para "los modernos" es "cursi", para mí es lo mejor que me ha podido salir de esta mente que a duras penas puedo controlar.
Gracias, amigo, nunca dejes de ser tú mismo.
Hoy, esta noche, cuando -como acostumbras- eleves la vista al cielo y busques "la estrella del campamento" seguro que la volverás a ver y allí, en medio de esa maraña de lumbreras del cielo verás también tu nombre y la sonrisa de Dios, a quien amas.
Un fuerte abrazo.

2 comentarios:

Hilda dijo...

Es un mensaje muy bello, de esos que dejan en la garganta un nudo, que después de leerlo queda un inmenso deseo de conocer a una persona asi, que por lo descrito es muy especial, dichoso de usted Padre que tiene la suerte de tener un amigo con esas cualidades.

Anónimo dijo...

Es una bella carta de un amor fraterno muy grande que solamente almas buenas y elegidas como Ud. lo pueden sentir .dichoso el amigo que ha inspirado todo ese sentimiento, se nota que Ud. es una persona muy especial con mucha sensibilidad. Bendiciones Padre