sábado, 5 de abril de 2008

"Quédate... el día va de caída"

Confieso que casi siempre el tiempo que va entre las 17 y 21 horas de cada día me ha resultado mayormente poblado sino por la nostalgia por lo menos por un sentimiento de lejanía de mi propio centro, de lejanía de mi verdadera patria. No soy en absoluto un místico o algo parecido sino un simple peregrino, un caminante más. Y ahora, mientras por enésima vez vuelvo a encontrarme con aquel hermoso texto evangélico de los amigos de Emaús no me quedo indiferente.
Toda la escena es muy simpática y fundamentalmente eucarística, lo sabemos de sobra. Sin embargo esta vez me ha impresionado, me ha tocado aquel momento en que los amigos que caminan a Emaús dicen al desconocido compañero: "Quédate con nosotros porque el día va de caída". Y he relacionado ese versículo con lo que me suele pasar al atardecer.
Y he recordado que en horas como esas, al atardecer, yo escuché de Jesucristo y sentí arder mi corazón adolescente como nunca antes. Me he visto un chiquillo de dieciséis, flaquísimo y medio perdido en una atmósfera en donde se podía tocar con mano la presencia de Alguien que calentaba el alma, ese deconocido que se había metido en nuestra conversación y que sin darnos cuenta fue enseñándonos todo. Y cuando él hizo un ademán de irse, de seguir su camino yo alcé la mirada y así, en medio ya de la noche le dije: "Hey, Maestro, quédate por favor. Nadie nunca nos ha hablado así, tú has hecho arder mi alma y la has fogoneado, no te vayas" Y he vuelto a verme siempre un poco perdido pero también "pasmado" de la emoción al darme cuenta que El Maestro se ha sentado a mi lado y ha comenzado a partir el pan. Y me he visto alzar mi velita en medio de la noche y decirle otra vez más: "Yo quiero caminar contigo"
Y desde entonces creo que se me ha desatado una gran nostalgia de esa tarde, de esa noche en que sentí arder el corazón. Y vivo de ese "recuerdo" que casi se me convierte en sacramento. Y sé que hoy y mañana cuando vuelva a sentir aquello no será sino un reclamo a volver a pedirle que me parta el pan y que se quede conmigo.
Recuerdo aquel buen amigo que me decía que él no quería que se acabase nunca la misa, que no quería que el sacerdote dijera "Pueden ir en paz", que quería quedarse siempre con él, que no lo quería dejar, que si él se iba volvía la tristeza... Y bendigo su recuerdo.
Y sé ahora que esa nostalgia que se me desata en el alma no es sino un reclamo, un reclamo de infinito, de plenitud, de Su Presencia. Y a la sombra de su presencia me he vuelto un soñador, un poco loco, un poeta, un cantor de una canción extraña que arranca sus notas al viento y que toma letra del alma que llora Su lejanía.
Y ahora sé porqué me provoca las más de las veces no correr sino detenerme cuando Le tengo entre las manos cada vez que le celebro. Y le digo que no se me vaya, que sólo su palabra me hace arder el corazón; que prefiero ser un hombre traspasado por su amor y por su cruz a vivir sentado a una mesa que no alimenta y caminar al hilo de una conversación que agrieta y seca el alma.
Y le voy repitiendo: "Quédate... el día ya va de caída..." Y medio entre la niebla del tiempo y de mi propia limitación creo ver Su rostro y el corazón se me sale del pecho. Y se me nubla el entendimiento cuando pienso que en esas manos que son mis manos es Él mismo que hoy, que también esta tarde y esta noche me parte el pan y se me da en humilde alimento.
Y entonces, medio confundido y asombrado le vuelvo a decir que sí, que vale la pena caminar con Él, que Él, Jesucristo, es lo mejor que me ha podido suceder en la vida.
Y por ello voy como un loco, como un incurable, como un chiflado, a hablar, a animar a mis hermanos, a decirles que hay uno que puede hacer arder el alma, que hay uno que puede apagar las tristezas, que hay uno que da compañía, que nos parte el pan y que se da en comida y que yo le he visto, que me ha llenado de luz el corazón y que lo que más quisiera es que también llenara de luz la vida de todos.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Ud. ha explicado de una manera tan sencilla como bella la vocaciòn sacerdotal,tan malinterpretada o tergiversada por los ateos y agnòsticos. El amor a Jesùs de una forma total es tambièn una opciòn libre del ser humano, quizà es la elecciòn màs libre de todas y definitivamente es la mejor retribuida.

P. Israel Martínez, O.S.J. dijo...

Pues, sí.
De modo indirecto he hablado del sacerdocio aunque el amor a Jesús no tiene barreras vocacionales.
Desde que me encontré con Jesucristo he pensado que Él vale la pena y más todavía porque le he conocido como el Dios que llena el alma. No me podría haber satisfecho "un dios" que sólo hubiera calmado mis "ímpetus religiosos". Jesucristo es mucho más y eso es lo que quisiera dejar bien en claro. Dios amigo, Dios cercano, Dios que calienta el alma y se hace alimento, Dios que me realiza como ser humano y que luego me hace su amigo, su hermano.
Ese mismo Dios te bendiga y te guarde, amigo.