lunes, 9 de junio de 2008

¡Este es un asalto! (2da parte)

Luego de haberme liberado de mis primeros asaltantes y cuando comenzaba a respirar aliviado al dejarlos a buen recaudo con su profesora, comencé a caminar por el patio del colegio. En eso se me acercó corriendo un chiquitín que no había sido del grupo de los primeros asaltantes. Tenía seis años, le faltaban los dientes de adelante, tenía una carita de ángel en apuros.

Corrió hacia mí y se me prendió de la mano, me espetó sin tapujos:

"Yo quiero confesarme pronto con Usted... Tiene que ser ahorita... pero aquí no, tiene que ser en la Iglesia..."

Yo había pensado que bastaba una sola impresión fuerte para un día como ese.
Pero no, allí estaba el pequeñín casi jalándome a la Iglesia con un interés impresionante por confesar sus pecados.

Yo me quedé pasmado, nunca me había ocurido algo así.
Le dije que vayamos adelante, cerca del altar, le hice sentar y, muy compungido, me contó sus "pecados" (pongo entre comillas porque en verdad lo suyo no eran sino algunas travesuras comprensibles de un niño pequeño). Pero lo que me asombró fue su dolor por el mal que había hecho, le noté en extremo arrepentido. Su postura era muy seria, él no estaba jugando, no bromeaba, no hacía el papel, nada. Él se estaba poniendo ante el tribunal de Dios y muy sentidamente me contaba sus cosas. A mitad de confesión tuve que hacer un acto de fortaleza para no dejarme vencer por la emoción que me anegaba. Él no lo sabía, pero me estaba dando un tremenda cátedra de eso que los humanos y católicos casi hemos olvidado: la honradez para con Dios (léase también: contrición perfecta, dolor de los pecados, humildad, la verdad, etc). El pequeñito estaba sentado en la banca y sus pies no llegaban a tocar el suelo, sin embargo a mí se me hizo gigante por su corazón bueno. Por un momento pensé que era yo el que tenía que arrodillarme ante él. Me sentía removido.

Le traté de consolar lo mejor que pude, le hablé de que Jesús estaba contento de él, creo que se convenció de ello, y, antes de ir a rezar su penitencia, me preguntó: "¿Puede también venir a confesarse mi mamá?", me lo dijo con preocupación. Claro, le dije. (Debo aclarar que hace ya varias semanas pasó esto y que su mamá nunca apareció...)

Yo pensé para mí: ¿Qué habrá visto este pequeñín para preocuparse tanto por la salud moral de su mamá? Y recordé a varios niños a los cuales yo he escuchado y atendido y que han venido a llorar por los pecados... de sus padres (porque ellos serán bien niños pero tienen muy presentes las desviaciones y pecados de sus padres, aunque ellos juren que sus niños no saben nada....). Y me acordé de la palabra de Jesús: "Ay de aquel que escandalice a uno de estos pequeños, más le valdría ponerse una piedra de molino al cuello y echarse al mar"

Y pensé en tanta pureza e inocencia plasmada en esos pequeñitos. Y por dentro me sentí desecho, porque ante la luz nuestras obras de tinieblas siempre quedan descubiertas.
Finalmente rezamos una oración y le llevé de vuelta a su aula.

Ese pequeño me asaltó, me agarró "en primera" y sin chance para defenderme.
Ahora ya sé porque Dios se entiende bien con los pequeños, ya sé porque la oración de ellos es muy bien recibida por Dios en el cielo.

Gracias pequeño penitente, me hiciste vivir un retiro espiritual comprimido pero no menos profundo y valioso. Dios te conserve con esa alma transparente por siempre.

FIN.

1 comentario:

Gustavo Lafitte dijo...

Caramba... ando por aquí y por allá.

Se me ocurre darme entrar el bolg para alimentar el alma, y pues.... también terminé sintiéndome asaltado.

Excelente reflexión.