Hasta el día de hoy he rezado, pensado y reflexionado. Es verdad: tampoco yo entendí lo que significaba aquel acto oracional en los jardines vaticanos, pero jamás me atreví a juzgar al Papa. He escuchado y leído a varios predicadores católicos que se han desgarrado las vestiduras ante lo que ellos consideraban un 'acto de idolatría'. Ayer mismo recibí de alguien un enlace de un artículo en el que un cardenal (ya conocido por su postura anti Papa Francisco) y un obispo (tristemente célebre por su actitud déspota y poco leal) instan al mismo Papa a pedir perdón por la idolatría que supuestamente estaría promoviendo a raíz de estos hechos relacionados con el Sínodo Panamazónico. Y lo curioso es que todas esas personas tienen mucha influencia en las redes y en el mundo cibernético de evangelización.
Hoy finalmente 'me llegó la luz' (Gracias Sor Karinita). Y esta luz me la ha traído un sencillo artículo de Mons. Felipe Arizmendi, obispo emérito de San Cristobal de las Casas, México. Les comparto el artículo y luego diré algunas palabras más, si tienen la paciencia de seguir leyendo.
¿ES DIOSA LA PACHAMAMA?
Monseñor Felipe Arizmendi, obispo emérito de la diócesis de San Cristóbal de las Casas en Chiapas, México, reflexiona en el periódico vaticano L'Osservatore Romano acerca de las imágenes de la pachamama presentes durante el Sínodo para la Región Panamazónica.
VER
Gran revuelo han causado las imágenes o figuras que se usaron en ceremonias al inicio del Sínodo Panamazónico en los jardines de El Vaticano, en la procesión inicial desde la Basílica de San Pedro al Aula Sinodal, en las que participó el Papa Francisco, y después en otras iglesias de Roma. Algunos condenan estas acciones como si fueran una idolatría, una adoración a la “madre tierra” y a otras “divinidades”. Nada de eso hubo. No son diosas; no fue un culto idolátrico. Son símbolos de realidades y vivencias amazónicas, con motivaciones no solo culturales, sino también religiosas, pero no de adoración, pues esta se debe solo a Dios. Es mucho atrevimiento condenar al Papa como idólatra, pues nunca lo ha sido ni lo será. Al final de la ceremonia en os jardines vaticanos, le pidieron una palabra y se limitó a orar con el Padre nuestro. No hay otro dios que nuestro Padre del cielo.
Hace años, en un encuentro del CELAM que me tocó coordinar en Cochabamba, Bolivia, sobre los diferentes nombres de Dios en las culturas originarias del Cono Sur, pregunté a un indígena aymara si, para ellos, la pachamama (la madre tierra) y el inti (el padre sol) son dioses, y me respondió: Quienes no han recibido la evangelización, los consideran dioses; para quienes ya fuimos evangelizados, no son dioses, sino los mejores regalos de Dios. ¡Estupenda respuesta! ¡Eso son! Son manifestaciones del amor de Dios, no dioses.
En mi anterior diócesis, cuando yo escuchaba que con mucho cariño y respeto se hablaba de la “madre tierra”, me sentía molesto, pues yo me decía: Mis únicas madres son mi mamá, la Virgen María y la Iglesia. Y cuando veía que se postraban para besar la tierra, más me incomodaba. Pero conviviendo con los indígenas, comprendí que no la adoran como a una diosa, sino que la quieren valorar y reconocer como una verdadera madre, pues es la que nos da de comer, la que nos da el agua, el aire y todo lo que necesitamos para vivir: No la consideran una diosa; no la adoran; solo expresan su respeto y oran dando gracias a Dios por ella.
Lo mismo me pasaba cuando veía que se dirigían hacia los cuatro rumbos del universo, los puntos cardinales, les hacían reverencia, oraban y se dirigían también al sol con todo respeto. Antes de conocerlos y compartir la vida y la fe con ellos, sentía la tentación de juzgarlos y condenarlos como idólatras; después, aprecié su respeto a estos elementos de la naturaleza que nos dan vida, y me convencí de que no los adoran como dioses, sino como obra de Dios, regalo suyo para la humanidad, y de esta forma también educan a sus hijos para no destruirlos, sino cuidarlos y respetarlos. No son idólatras. Quienes eso afirmen, no los conocen y los juzgan a distancia, desde lejos y desde fuera. La tierra y el sol son creaturas de Dios y solo a Él adoramos.
PENSAR
Dice la Biblia: “Entonces el Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra” (Gn 2,7), El miércoles de ceniza se nos recuerda: “Acuérdate que eres polvo y al polvo has de volver”. Esta es la realidad de todos los humanos.
En el Documento de Aparecida damos el calificativo de “madre” a la hermana tierra, siguiendo el ejemplo de San Francisco de Asís, que no era idólatra: “Con los pueblos originarios de América, alabamos al Señor que creó el universo como espacio para la vida y la convivencia de todos sus hijos e hijas y nos los dejó como signo de su bondad y de su belleza. También la creación es manifestación del amor providente de Dios; nos ha sido entregada para que la cuidemos y la transformemos en fuente de vida digna para todos. Aunque hoy se ha generalizado una mayor valoración de la naturaleza, percibimos claramente de cuántas maneras el hombre amenaza y aun destruye su ‘hábitat’. “Nuestra hermana la madre tierra” (Cántico de las criaturas, 9) es nuestra casa común y el lugar de la alianza de Dios con los seres humanos y con toda la creación. Desatender las mutuas relaciones y el equilibrio que Dios mismo estableció entre las realidades creadas, es una ofensa al Creador, un atentado contra la biodiversidad y, en definitiva, contra la vida. El discípulo misionero, a quien Dios le encargó la creación, debe contemplarla, cuidarla y utilizarla, respetando siempre el orden que le dio el Creador” (DA 125).
Y para quitar toda duda sobre la actitud del Papa, basta recordar esto que escribió en Laudato si’: “Cuando tomamos conciencia del reflejo de Dios que hay en todo lo que existe, el corazón experimenta el deseo de adorar al Señor por todas sus criaturas y junto con ellas, como se expresa en el precioso himno de San Francisco de Asís: Alabado seas, mi Señor, con todas tus criaturas…” (No. 87). “Las criaturas de este mundo no pueden ser consideradas un bien sin su dueño: «Son tuyas, Señor, que amas la vida» (Sb 11,26). Esto provoca la convicción de que, siendo creados por el mismo Padre, todos los seres del universo estamos unidos por lazos invisibles y conformamos una especie de familia universal, una sublime comunión que nos mueve a un respeto sagrado, cariñoso y humilde” (No. 89). “Esto no significa igualar a todos los seres vivos y quitarle al ser humano ese valor peculiar que implica al mismo tiempo una tremenda responsabilidad. Tampoco supone una divinización de la tierra que nos privaría del llamado a colaborar con ella y a proteger su fragilidad” (No 90).
ACTUAR
Como dice Jesús, no juzguemos ni condenemos como idolatría lo que no es. Conozcamos más a fondo las culturas originarias. Y es nuestra tarea compartir el Evangelio de Jesús, que nos libera de idolatrías, cuando las hubiere.
(Fuente: Vaticannews)
Mi breve reflexión:
Hoy está de moda dentro de la Iglesia el ser más papista que el Papa. Por eso abundan hoy en internet, por ejemplo, los blogs, los canales de You Tube y las webs anti Francisco, los escritores que se han ungido a sí mismos como defensores de la auténtica fe católica y que claro, se sienten con toda la autoridad de corregir al Papa, de presentar sus 'dudas' ante lo que Él legítimamente dice y enseña. No podía estar lejos el que se sientan con toda la autoridad de juzgarle como idólatra.
Para mí es más que claro: el Papa es el Vicario de Cristo, te guste o no, es así. Y sobre él sólo está Dios. Dios tiene Su Vicario y él es el Papa Francisco. Quien se pone por encima de él para juzgarlo está ocupando el lugar de Dios mismo, se está apoderando de una autoridad que no tiene, está buscando ser como Dios. ¿Quién fue el primero que hizo esto? Con un catecismo básico esto lo sabemos bien: el primero que intentó ser como Dios es Satanás. Quien obra como él o es su discípulo o se está dejando llevar por él.
En el mensaje del día 2 de noviembre del 2019, la Virgen María en Medjugorje no nos invita a corregir al Papa pero sí a NO JUZGAR. Será necesario meditarlo más, y más todavía si nos consideramos católicos y marianos y ultraortodoxos.
No, no cambiaré mi comunión con el Santo Padre por ser parte de un grupillo de gente llevada por no sé qué espíritu.
Cuidémonos del enemigo que nos insta a juzgar y a creernos superiores a todos.
Danos, Señor, un corazón semejante al tuyo.
Fr. Israel del Niño Jesús, R.P.S.
Monje.
¡La paz contigo! En este blog encontrarás artículos y reflexiones de Fr. Israel del Niño Jesús, R.P.S. Que todo lo que leas te lleve a desear y buscar a Jesucristo, Camino, Verdad y Vida.
jueves, 14 de noviembre de 2019
viernes, 22 de febrero de 2019
Francisco, el Papa de la Gran Purificación
Dios tiene en Sus manos el devenir de la historia, es el
Señor de la Historia y no desatiende el grito de sus pobres ni se olvida de su
pequeño rebaño. Él ya lo había previsto
aquel día en el que advirtió a Pedro y a los demás discípulos que serían probados
y que el Maligno y el mismo infierno se ensañarían en contra del pequeño
rebaño. Él, Jesucristo, nos ha
garantizado la victoria final. Y fue -y
sigue siendo- Su voluntad la de confiar el pequeño rebaño al cuidado de un
hombre que le es de su completa confianza, él es Pedro.
Y Pedro es hoy Francisco, así como suena. Aceptar y respetar esto es ser católico. Porque no basta acertar con responder quién
es Jesucristo y adherirnos a Él como Mesías verdadero; es necesario también aceptar
y adherirnos a la primera voluntad del Mesías que es la de poner a Pedro como
vicario suyo, administrador y mayordomo de Su Reino.
Satanás, que es un inteligente estratega, el mismo que al
inicio de la historia humana metió la cuña de la desconfianza entre el hombre y
Dios (“No es verdad {lo que te dijo Dios}, Él sabe que si comen de este fruto
serán como dioses” Gen ….) para sumir en el pecado al ser humano, él mismo ha
buscado ahora de poner de un modo más fuerte todavía otra cuña para alejar al
hombre de Dios: “No es verdad {lo que te dice la Iglesia}, ella sabe que si me
sigues serás libre de verdad”. Pero la
estrategia del enemigo no termina allí, pues ha llegado a las esferas
episcopales y cardenalicias para meter la idea en algunos purpurados de que el
Papa {el Vaticano entero} no es legítimo.
Yo podría entender que un descreído, que un fanático de
ciertos canales anticatólicos en Youtube o que un “menteabierta” o newager use
esos argumentos y maneje cierta terminología anti Iglesia, pero me sorprende
observar que ahora eso es parte de la argumentación en ciertos grupos de fieles
y pastores: “El Papa Francisco no es legítimo”, “Es un hereje”, “Falso Papa”,
“Bergoglio y su secta”. Y no puedo sino
preguntarme ¿por qué tanto encono contra la figura del actual Sumo Pontífice?
Las razones para esta actitud “anti Francisco” creo
entreverlas en sus intervenciones, homilías, discursos y encíclicas. El Santo Padre no ha hecho sino seguir el
dictado de su conciencia iluminada por la fe y por el amor a la Verdad. Y a esta altura de nuestra reflexión debemos
recordar que la fe y la Verdad jamás han sido bien recibidas en este mundo, y
menos todavía en el mundo que nos ha tocado vivir actualmente.
Francisco es tan libre que no le ha importado en lo más
mínimo satisfacer o quedar bien con la vieja tribuna de esos cuatro o cinco que
se sienten los dueños de la Iglesia.
Todo aquel que alguna vez en su vida ha sido párroco sabe muy bien a qué
me refiero, pues de esas tribunas las hay casi en toda parroquia y veo que a
nivel internacional también existe alguna así integrada ya no por los cuatro
ancianos o ancianas sino por cuatro o cinco cardenales o arzobispos, esos que desde
su observatorio pueden cuestionar tranquilamente la infalibilidad pontificia
pero que a la vez dan por supuesta su propia infalibilidad en todo tipo de
temas, hasta en su tradicional opinión acerca de las medias rojas del Sumo
Pontífice. Definitivamente Francisco no
ha querido ni mirarlos y esa actitud tan “franciscana” les ha dolido, tanto
como duele e inutiliza un puntapié en la boca del estómago.
Francisco, al igual que su homónimo iniciador de los
frailes menores, nos está guiando a una comprensión más evangélica del
Evangelio. Y este empeño suyo deja en
evidencia a varios sectores de fieles y clérigos que de vida evangélica tienen
poco o nada. Porque está visto que uno
puede pretender ser católico sin conocer ni poner en práctica el
Evangelio. Allí están los actuales
adoradores de las tradiciones y de las “sagradas costumbres”, los que por lo
general se consideran guardianes de la fe y que no vacilan en identificarse
como caballeros y guerreros medievales –con o sin cota de malla y botas-
ungidos por quien sabe qué espíritu de supuesta fidelidad a lo que ellos llaman
“fe” o “religión”. Y definitivamente, Francisco
no calza en el oropel ni en los márgenes barrocos que ellos han impuesto y que
suelen usar para medir y pesar a los servidores de Dios. Él no les ha hecho mayor caso y eso les duele
mucho. Entonces, ¿así no resulta fácil
decir “Benedicto XVI sí, Francisco no?”
Y de allí a decir o crear la tendencia del “sedevacantismo” ya estamos a
menos de un paso. Cuando en lugar de la
fe lo que se defiende es una ideología o un esquema mental de clase se está a un
paso del absolutismo más trágico. Ya puede
Francisco tener varios detractores, incluso opositores acérrimos “en el nombre
de la fe”.
Pero Francisco, asistido por el Espíritu de la Verdad, ha
ido un poco más allá todavía. Ha
decidido limpiar la casa de Dios. He
admirado mucho su valentía al no mostrar ningún reparo para tratar abiertamente
el tema de los malos comportamientos y abusos por parte de varios sacerdotes y
religiosos. Y estoy absolutamente seguro
de que esa actitud ha sido la mejor, aunque haya abierto la puerta a una crisis
que toca a toda la Iglesia. Una crisis
que, bien mirada, puede traer a todo el cuerpo eclesial una nueva vida y un
nuevo fervor. Porque así como todo el
cuerpo de una persona se ve comprometido de algún modo cuando se le detectan
uno o varios tumores, así también es toda la Iglesia la que es y será sacudida
en el proceso de extirpar de su estructura elementos que con su pecado, doble
vida e inmoralidad la han perjudicado y la han comprometido. Y frente a una situación así siempre está la
tentación de no tocar el problema o de preferir mirar para otro lado. Francisco ha hecho bien, porque ha tenido el
valor y el coraje de ver, aceptar y mostrar la herida para que sea curada. Y,
definitivamente, esta actitud ha resultado antipática para varios que están
metidos en el problema y para los que en su momento no tuvieron el valor de
enfrentarlo y poner las medidas de curación.
¿Habrá fuga de fieles y clérigos por esta razón? Quizá fieles y clérigos tibios se irán, quizá
nuestra presencia en número disminuirá, quizá perderemos cierto prestigio y
ciertas seguridades y apoyos, quizá todo eso junto esté por venir, pues estamos
sólo al comienzo de una gran purificación.
Pero creo y estoy convencido de que todo esto es necesario que suceda
para que el pueblo de Dios sea más acorde con la voluntad de Jesucristo.
Gracias a Francisco, una Iglesia más pobre y humilde está
por venir. Gracias a Francisco, estamos
entrando por el camino de la gran prueba.
Y no te quedarás solo, Francisco. Porque aunque no tengamos mayor repercusión en
los medios, los que formamos parte del pequeño rebaño estaremos rezando por ti
y nos declaramos en comunión contigo, pues estar en comunión contigo es estar
en comunión con Jesucristo.
Hoy damos gracias a Dios por el magisterio de Pedro, que
en estos tiempos se llama Francisco.
Fr. Israel del Niño Jesús, R.P.S.
jueves, 4 de octubre de 2018
¿EL MAL MENOR O EL BIEN MAYOR?
Reflexiones
para un voto católico
En el Perú estamos a días
de unas nuevas elecciones. Nuevas
elecciones que nos encuentran con el peligro de que como electores tengamos
actitud que ya se ha hecho antigua para nosotros: votar por el mal menor. Y es que la situación política actual es
sinceramente aplatanada –y esto viene ya desde hace varios años atrás-. Tenemos cada vez más de lo mismo. Y no sólo me refiero al problema de la
corrupción generalizada y que no sabe de tintes ni de colores políticos, ya que
frente a la corrupción, es decir: frente al dinero fácil, igual se postran ante
Baphomet los de pretendidas derechas como los rojimios caviares. Está más que probado que tanto a unos como a
otros los compró aquel señor de Brasil cuyo apellido suena a constructora
gigante.
Pero el tema no queda
allí. Si sólo fuésemos electores a
secas, pues cabría la posibilidad de mirar las propuestas de los candidatos,
ver sus hojas de vida y hacer simples cálculos inclinándonos al menos malo, al
“que menos ha robado”. El tema es que
somos, además, en el Perú electores en gran mayoría católicos. Y ser católico
no es un cliché ni es tampoco una tradición, es un estilo de vida. Y si vamos a ser coherentes con lo que somos,
debemos ejercer nuestro derecho de elegir a las autoridades desde nuestro ser
católicos. ¿Qué significa esto? Vamos
por partes.
Acerca del aborto y la
eutanasia.
La Madre Iglesia nos
enseña que un fiel católico no puede apoyar a un político que promueva o
facilite el aborto para su pueblo. Hace
varios años el Cardenal Joseph Ratzinger, que fue durante más
de 20 años Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, explicó por
qué es pecado votar a favor de candidatos que favorecen el aborto.
La misiva que envió el ahora Papa Emérito Benedicto
XVI a los obispos de Estados Unidos tenía que ver con la disposición de negar
la Eucaristía a los políticos a favor del aborto. En ella afirmaba que “un católico sería culpable de cooperación
formal en el mal, y tan indigno para presentarse a la Sagrada Comunión, si
deliberadamente votara a favor de un candidato precisamente por la postura
permisiva del candidato respecto del aborto y/o la eutanasia”. Si el fiel católico vota por un político
favorable al aborto pero por otras razones que considera positivas, es
considerada esta actitud como una cooperación remota en el mal.
Acerca de la ideología de género.
La ideología de género (ID) pretende ser una
reinterpretación toda la sexualidad humana y abarca entre otras cosas el
matrimonio homosexual, la adopción de niños por parte de parejas homosexuales,
la pedofilia, la zoofilia y el incesto como expresiones sexuales lícitas,
etc. Frente a esta situación, se ha
puesto repentinamente de moda ser “tolerante” con esta ideología y no pocos
candidatos se muestran favorables a “respetar” a los que promueven la ID y a
los que viven como ella ordena. Los
medios de comunicación también se han alineado absolutamente con la ID. ¿Qué nos dice la moral católica sobre votar a
favor de candidatos que promueven o apoyan la ID? Nos dice que votar por ellos sería
convertirnos en cómplices de la degradación moral y espiritual de nuestro país.
¿Y votar por el mal menor?
Hay quienes se preguntan y se plantean votar por un
candidato que es favorable a algunas de estas cosas que no admite la fe
católica, pero los quieren apoyar en cuanto que pueden hacer también cosas
buenas y dan algunas garantías de trabajar seriamente por el bien común. ¿Es legítima esta actitud? Para ver si es buena esta actitud, tendríamos
que recordar qué cosa es el bien común.
Si pensamos que el bien común es una carretera bien hecha o mayor
seguridad ciudadana a costa de que no se respete la vida del concebido o que se
destruya sistemáticamente la institución del matrimonio y la familia aceptando
“nuevas formas” de matrimonio y familia, entonces tenemos un serio
problema. El bien común no sólo es
material y cuantificable, el bien común va más allá: se configura a partir de principios
espirituales y morales que rigen una ciudad, una nación y que constituyen su
identidad y su legado. Si se pisotean estos
principios espirituales y morales o se los pone por debajo de las “obras” entonces
hemos involucionado, hemos retrocedido en el tiempo, hemos vuelto al tiempo de
las cavernas. El bien común pasa por
apoyar verdaderamente a la vida humana, a la familia, por apoyar la institución
del matrimonio, la recta educación en la verdad del ser humano, no ideologizarlo.
Votar por el “mal menor” es inmoral y
degradante. Para entender esto habrá que
recordar el testimonio de los santos.
Muchos santos hicieron de esta frase un principio de vida: Antes morir
que pecar. Y fueron precisamente los
mártires de todos los tiempos los que eligieron la muerte antes de ofender o
negar a Jesucristo, el Señor. El mal
mayor es igual al pecado mortal. El mal
menor es igual al pecado venial. Pero
tanto uno como otro son y serán siempre pecado.
Y un fiel católico que de verdad ama a Dios y su ley no se puede
permitir ofender a Dios tan alegremente.
Por otro lado, pensemos un momento a dónde nos ha llevado como nación la
errada decisión tantas veces repetida de votar por el mal menor…
Entonces, ¿qué salida tenemos?
Es una salida que nos da el mismo sistema
democrático, una salida lícita y viable, ahora más que nunca: voto viciado o
nulo. Si los mártires prefirieron morir
antes que pecar contra Dios, pues elegiremos hacer morir nuestro voto antes que
apoyar a alguien que propone algo que no agrada a Dios ni es conforme a su ley.
Yo invitaría –que no obligo- a los fieles católicos
a votar viciado. Tomo aquí la sugerencia
que hiciera hace algunos años el Dr. Julio Vargas Prada, la de escribir en la
cédula: “Viva Cristo Rey”. El bien mayor
es la gloria de Dios, y Él es glorificado cuando optamos y vivimos en la
Verdad. A ver si así desenmascaramos de
una buena vez este oscuro sistema político y social lleno de mentiras y
podredumbre. El mismo sistema que nos
quiere hacer creer que no tenemos más salida que apoyar las opciones que nos han
metido por los ojos. Sí, ante el
monopolio del mal, la solución es decir: ¡basta! Es tiempo de decir a los que monopolizan el
sistema político que nos damos cuenta de sus jugadas, que no hay mentira
perfecta, que aunque podemos aguantar muchas injusticias también sabemos decir
¡basta!
¿Nos atreveremos a plantar cara al mal? Porque créanlo o no, el mal está detrás de
todo el andamiaje que se ha montado para estas elecciones, y los hijos de Dios
tenemos una salida: no elegir ninguna de las opciones que nos han puesto y
votar viciado.
sábado, 22 de septiembre de 2018
Más papistas que el Papa
Estoy absolutamente
sorprendido por la andanada de artículos, posts, comentarios y blogs enteros
dedicados a corregir al Papa Francisco.
Y todavía más, luego de que un ex nuncio en los Estados Unidos de
América ha hecho pública una carta en la que acusa a varias autoridades de la
Santa Sede y al mismo Papa Francisco de encubrir abusos sexuales cometidos por
ciertos miembros del clero estadounidense.
Confieso que, entre otras cosas, me ha dejado herido y dolido el ver y escuchar un comentario del P. Santiago Martín, FM, ("Presunción de Inocencia" / Magníficat TV), en el que desliza elegantemente su desafecto por el Papa Francisco y en el que sugiere que el Papa debe en todo caso ser juzgado por un tribunal especial para establecer si es culpable o no…
Todo esto me parece pesadilla de la que espero pronto pueda despertar. Y no es que mi pesadilla tenga que ver con la persona del Papa Francisco, jamás. Mi pesadilla es ver y escuchar tantos que de pronto hoy se sienten ungidos como profetas y custodios de la legítima tradición católica. Hoy ya no tenemos tan sólo a un Santiago Apóstol que a caballo y espada está dispuesto a purificar y conservar la fe de los pueblos. Hoy existen un sinnúmero de santiagos, miles, que con o sin caballo y bien enfundados de su supuesta ortodoxia se van… contra el Papa.
La ideología del “presiona
más y te harán caso” está de moda. Y la Iglesia no se ha salvado de ello,
lamentablemente. Ahora vemos a un
grupito de clérigos que de pronto creen tener más Espíritu Santo que el mismo
Vicario de Cristo. Y exigen que el Papa les responda, que les haga caso, que
les conteste, que permita de una buena vez que todo el mundo evalúe su
actuación, que se someta al tribunal de los medios de información…. Me suena
igual que cuando a Jesucristo el Señor un grupito de fariseos le pedía a gritos
una señal del cielo para que creyesen en Él.
Me duele mucho ver que gente de buena voluntad y posiblemente bien formada en lo devocional, se deje atraer por quienes con apariencia de toda ortodoxia instan a un alejamiento del Papa Francisco. Me suena a cuando aquel grupito de fariseos vociferaba aduciendo que Jesucristo no reunía los requisitos para ser declarado Mesías. No les cuadraba. Les resultaba muy molesto. Ellos querían un mensaje de estabilidad, de tranquilidad, de seguridad. Querían alguien que les ayude a conservar la estabilidad de las cosas (“estabilidad” que para ellos era un buen negocio y que les permitía una vida cómoda y tranquila, claro). Y Jesucristo a ellos, precisamente a ellos, les trajo un terremoto cotidiano, se atrevió a desestabilizarlos.
Qué tremendo debe ser el orgullo de quienes se han fabricado unos parámetros tan altos para juzgar por encima de ellos al mismo Dios y a Su Vicario. Qué peligrosa y desgraciada debe ser esa piedad que va fabricando, a la vez de la oración, un muro alto en el que la persona se siente con todo derecho a evaluar si el mismo Dios les convence o no. Esa piedad y esa ortodoxia no dan vida eterna. Es puro afán de conservar su vida cómoda, eso que algunos llaman “tradición”. Porque se puede tener una apariencia pulcra y aséptica, se puede tener una fama intachable y también hacer gala de una doctrina de lo más recta y tener también junto a todo ello un corazón orgulloso y arrogante, que no sabe de caridad ni de comunión. Es la triste situación de quien se ha enamorado perdidamente de la hermosa custodia pero que no adora al Santísimo Sacramento que va al centro de ella.
Sí. El Papa Francisco es culpable. Es culpable de haber removido la vida cómoda de muchos curiales (y de otros que ya quisieran ser curiales pero que han inventado sus propias curias). El Papa Francisco es culpable de habernos invitado a salir de nuestras seguridades. Es culpable de haber cuestionado nuestros modos mundanos de ser católicos. Es culpable de pedirnos mayor sencillez. Es culpable de no ser tan tradicionalista. Es culpable de hablar tan claro. Es culpable de haberse tirado abajo muchos acartonamientos religiosos a los que a veces llamamos “tradición católica”.
Era de esperarse. Era de esperarse
que ahora la oposición venga de los más devotos, de los más tradicionalmente
católicos, de los más “fieles” y romanos, de los más “ortodoxos”. El Papa
Francisco se ha quedado sin ellos, ya que ellos no quieren moverse a
conversión. ¿Y los “nuevos”? ¿Y los nuevos católicos? ¿Dónde estarán esos
católicos de estreno que acaban de llegar a casa gracias a Francisco? Quizá
también se sientan asustados y un poco desorientados. En todo caso, Francisco
se quedará solo. Como solo se quedó Jesucristo. Como solos se la pasaron los
profetas verdaderos, esos que no tienen blogs armados contra la opinión
contraria, contra esos que no presumen de santidad ni de rectitud doctrinal.
Por eso hoy yo digo muy de corazón: Gracias Santo Padre, Papa Francisco. Gracias porque haces lo que haces. Gracias por ser Vicario de Jesucristo. Gracias por ser Padre y Pastor de tu pueblo. Estamos contigo y oramos por ti. Los tiempos no son buenos y hoy también el viento es contrario a la barca de Pedro y aunque algunos ya quisieran que se hunda, nosotros estamos en ella para ayudar, para remar y para repararla.
Sé bien que, como lo dice el Catecismo, la Iglesia tendrá que pasar por una purificación a gran escala y que incluso no pocos fieles y pastores del pueblo de Dios la abandonarán por el temor del oleaje y por instigación del enemigo, y sin embargo luego de todo ello vendrá el triunfo de la Verdad. Quizá estamos por comenzar ese tiempo. Pues bien, voy a decir una frase arriesgada (que no es mía, por si acaso), es ésta: yo prefiero estar en el error con Pedro que estar en la verdad con los sedevacantistas. Pues donde está Pedro, está la Iglesia, y donde está la Iglesia allí tenemos la certeza de que está Jesucristo.
Ya va siendo hora de que hagamos caso de la Reina de la Paz que nos ha exhortado a hablar menos y rezar más, de no hablar mal de nuestros pastores, de dejar de criticarlos y de amarlos, de estar muy unidos a ellos.
Oremos por el Santo Padre y para mejorar nuestra Comunión con Él.
Confieso que, entre otras cosas, me ha dejado herido y dolido el ver y escuchar un comentario del P. Santiago Martín, FM, ("Presunción de Inocencia" / Magníficat TV), en el que desliza elegantemente su desafecto por el Papa Francisco y en el que sugiere que el Papa debe en todo caso ser juzgado por un tribunal especial para establecer si es culpable o no…
Todo esto me parece pesadilla de la que espero pronto pueda despertar. Y no es que mi pesadilla tenga que ver con la persona del Papa Francisco, jamás. Mi pesadilla es ver y escuchar tantos que de pronto hoy se sienten ungidos como profetas y custodios de la legítima tradición católica. Hoy ya no tenemos tan sólo a un Santiago Apóstol que a caballo y espada está dispuesto a purificar y conservar la fe de los pueblos. Hoy existen un sinnúmero de santiagos, miles, que con o sin caballo y bien enfundados de su supuesta ortodoxia se van… contra el Papa.
Me duele mucho ver que gente de buena voluntad y posiblemente bien formada en lo devocional, se deje atraer por quienes con apariencia de toda ortodoxia instan a un alejamiento del Papa Francisco. Me suena a cuando aquel grupito de fariseos vociferaba aduciendo que Jesucristo no reunía los requisitos para ser declarado Mesías. No les cuadraba. Les resultaba muy molesto. Ellos querían un mensaje de estabilidad, de tranquilidad, de seguridad. Querían alguien que les ayude a conservar la estabilidad de las cosas (“estabilidad” que para ellos era un buen negocio y que les permitía una vida cómoda y tranquila, claro). Y Jesucristo a ellos, precisamente a ellos, les trajo un terremoto cotidiano, se atrevió a desestabilizarlos.
Qué tremendo debe ser el orgullo de quienes se han fabricado unos parámetros tan altos para juzgar por encima de ellos al mismo Dios y a Su Vicario. Qué peligrosa y desgraciada debe ser esa piedad que va fabricando, a la vez de la oración, un muro alto en el que la persona se siente con todo derecho a evaluar si el mismo Dios les convence o no. Esa piedad y esa ortodoxia no dan vida eterna. Es puro afán de conservar su vida cómoda, eso que algunos llaman “tradición”. Porque se puede tener una apariencia pulcra y aséptica, se puede tener una fama intachable y también hacer gala de una doctrina de lo más recta y tener también junto a todo ello un corazón orgulloso y arrogante, que no sabe de caridad ni de comunión. Es la triste situación de quien se ha enamorado perdidamente de la hermosa custodia pero que no adora al Santísimo Sacramento que va al centro de ella.
Sí. El Papa Francisco es culpable. Es culpable de haber removido la vida cómoda de muchos curiales (y de otros que ya quisieran ser curiales pero que han inventado sus propias curias). El Papa Francisco es culpable de habernos invitado a salir de nuestras seguridades. Es culpable de haber cuestionado nuestros modos mundanos de ser católicos. Es culpable de pedirnos mayor sencillez. Es culpable de no ser tan tradicionalista. Es culpable de hablar tan claro. Es culpable de haberse tirado abajo muchos acartonamientos religiosos a los que a veces llamamos “tradición católica”.
Por eso hoy yo digo muy de corazón: Gracias Santo Padre, Papa Francisco. Gracias porque haces lo que haces. Gracias por ser Vicario de Jesucristo. Gracias por ser Padre y Pastor de tu pueblo. Estamos contigo y oramos por ti. Los tiempos no son buenos y hoy también el viento es contrario a la barca de Pedro y aunque algunos ya quisieran que se hunda, nosotros estamos en ella para ayudar, para remar y para repararla.
Sé bien que, como lo dice el Catecismo, la Iglesia tendrá que pasar por una purificación a gran escala y que incluso no pocos fieles y pastores del pueblo de Dios la abandonarán por el temor del oleaje y por instigación del enemigo, y sin embargo luego de todo ello vendrá el triunfo de la Verdad. Quizá estamos por comenzar ese tiempo. Pues bien, voy a decir una frase arriesgada (que no es mía, por si acaso), es ésta: yo prefiero estar en el error con Pedro que estar en la verdad con los sedevacantistas. Pues donde está Pedro, está la Iglesia, y donde está la Iglesia allí tenemos la certeza de que está Jesucristo.
Ya va siendo hora de que hagamos caso de la Reina de la Paz que nos ha exhortado a hablar menos y rezar más, de no hablar mal de nuestros pastores, de dejar de criticarlos y de amarlos, de estar muy unidos a ellos.
Oremos por el Santo Padre y para mejorar nuestra Comunión con Él.
miércoles, 30 de mayo de 2018
TODOS Y TODAS, TOD@S, TODES, TODXS
Reza
un antiguo dicho: “Miente, miente, que algo queda”. Es una cuestión de estrategias. El diablo bien lo sabe. De tanto repetir una mentira, esa mentira va
quedando como verdad, por lo menos como buena posibilidad. Así como cuando un hombre abusador se dedica
día y noche a repetir al oído una mentira, una amenaza, a su víctima… Así
logrará poco a poco convencerla de lo que quiere, a fuerza de repetir e
insistir con su mentira. Así pues, para
difundir una mentira bastará la insistencia diaria y contar con una masa de
gente que no tiene tiempo o que no tiene ánimo para pensar ni criticar lo que
se le presenta a los ojos, o lo que machaconamente se propala en los
medios. Allí están y estarán las grandes
masas de gente que nunca leerán más que los titulares de algunos diarios amarillos
en el kiosko de la esquina. Y está y
estará la pantalla de televisión que todo el día va dictando un discurso hecho
de imágenes, ruido, música y palabras hábilmente teledirigidas en secreto con
objetivos que rara vez conoceremos. Y en
la tele aparecerán de pronto los artistas favoritos, -esos que la gente casi
ama y sueña-, ahora con un discurso nuevo, tolerante, “abierto”, actual, “inclusivo”. Ahora resulta que no son ellos sino ellas, o
mejor: ell@s o ellxs. Y están de fondo
finalmente pequeños grupos de presión oculta que se mueven en los pasillos de
edificios donde se diseñan políticas públicas: visitas, almuerzos, telefonazos,
cuando no regalitos y regalazos, mails, videos, libros y estudios, seminarios,
congresos, viajes con todo pagado para cursos de actualización en “nuevas”
políticas públicas… Y de pronto aparece,
como resultado final de un embarazo muy deseado por algunos: Todos y todas,
tod@s, todes y todxs… “Trabajando por tod@s l@s persuan@s”
Y
entonces en el colegio de tu hijo un día la profesora dice que los tiempos han
cambiado mucho, que ahora Manuelito es Manuelita, que no habría nada de malo si
a Juana le gusta Mariela y que piensen casarse, que ahora tu papá puede que un
día de estos se levante diciendo que no es tu papá sino que él es tu mamá y que
tu mamá puede que se vaya con su amiga para casarse en una boda múltiple en
Holanda, porque allí si han progresado y son más “abiertos de mente”….
Y el
fin de semana, cuando se te ocurra ir a un mall, de shopping, seguramente
encontrarás que en los servicios higiénicos han cambiado los iconos, ya no se
ven los de un varón o de una mujer, ahora es una figura medio varón y medio
mujer o quizá está una “x”, para los más de cien géneros que ahora dice la ONU que
existen.
Pero
el lunes siguiente, verás que la cosa no ha terminado allí: ahora resulta que
si un varón se siente mujer, debe ser tratado como mujer, que si una mujer se
siente varón hay que respetarla y tratarla como varón y que por tanto en el
baño de varones puede entrar uno con cuerpo de mujer y en el de mujeres puede
entrar una con cuerpo de varón. Puede
ser que alguien quiera cambiar de sexo, operaciones mediante. Pero también nos advertirán de que “en el
futuro” también podrán existir los que no tienen ningún sexo conocido, los que
se quieran casar con un árbol, las que se quieran casar con su perro y los que
se quieran casar con su computadora. Así
se entenderá el “todxs”…
Pero
para lograr todo esto tendrán que quemar todas las bibliotecas, o por lo menos
esconder tantos y tantos libros e investigaciones científicas sobre la
masculinidad y la feminidad. Tendrán que
cambiar nombres a ciudades, calles, instituciones, países…
Se
tendrá que reformar por completo la lengua castellana y en general todos los
idiomas conocidos, posiblemente mañana
yo deba llamarme “@” y tú te llamarás “x”, y tu mamá se llamará “r76” y tu
abuelo se llamará “#2”.
Y por
si fuera poco, tendrán que reescribir la Biblia, los Evangelios mismos, tendrán
que reinventar a Jesucristo, que quizá sea ahora Jesusa Cristusa o Jesxs
Cristxs. Se tendrán que borrar las
identidades personales sexuadas o hacer lo posible por dar cabida a las más de
cien variedades sexuales que “por innovación” ya habrán creado.
Y
claro, no faltarán quienes digan que “no existe la Ideología de Género”, que
son ideas antojadizas de algunos, que son los “prejuicios patriarcales
infundidos por la religión” que se levantan como “un nuevo fundamentalismo”,
impuesto desde una “visión machista y retrógrada en donde hay exclusión de los
diferentes”. Incluso habrá por ahí algún sacerdote católico
o una monjita muy de avanzadas –izquierdosos proclives a sectores políticos izquierdistas-
que muy sueltos de huesos dirán que es cuestión de tiempo, que la Iglesia en el
futuro tendrá que aceptar todas estas cosas y más (y serán esos mismos
religiosos los que en sus colegios y asociaciones instruyan a sus alumnos y
profesores a usar machaconamente el: Todos y todas, tod@s y todxs).
Y
frente a todo esto voy a ser muy ingenuo, voy a reclamar mi libertad de pensar
con mi propia cabeza, sin que la ONU me dicte mis pensamientos, sin que el
ministerio de educación me diga ahora lo que me conviene o lo que no, sin que
“Close-up” me diga que juzgue menos. Voy
a reclamar mi libertad de pensar con mis propias neuronas. Y aun a riesgo de que me digan “intolerante”
voy a atreverme a preguntar: ¿Dónde están las bases científicamente ciertas y
verdaderas de lo que hoy se afirma muy alegremente y en grupo? ¿Hay algún estudio serio que avale los más
cien géneros sexuales que ahora promueve la ONU y sus tentáculos en nuestros
países? ¿Desde cuándo el ser varón o
mujer es una cosa que cambia con los tiempos?
¿Es suficiente con decir que “ahora es así”? ¿Es suficiente de decir “juzga menos” para así
legitimar cualquier forma de vivir la sexualidad? ¿Es suficiente la razón “amor” para que dos
varones exijan su “derecho” a casarse y formar “familia”? ¿Habremos llegado al extremo de decidirlo
todo –políticas públicas- sólo por razones sentimentales –subjetivas- o emotivas? ¿Es suficiente decir “es que yo me siento
mujer” para ser mujer? Mañana
posiblemente yo me sienta un refrigerador y tendrán que considerarme
refrigerador y tendré que operarme para producir hielo…
Y
también, ingenuamente claro, voy a preguntar lo siguiente: ¿Por qué no se
contrasta el índice de suicidios y crímenes en los países donde todas estas
cosas están permitidas por leyes humanas?
¿Instaurando los más de cien géneros sexuales que promueve la ONU se hace a
la gente más feliz de lo que era antes?
¿Por qué los psiquiatras honestos no salen al frente de los medios para
hablar de los diversos trastornos que se producen en las personas que asumen
los nuevos géneros sexuales? ¿Por qué no
se habla del altísimo índice de divorcios y violencia en parejas
homosexuales? Desde luego, ya sé que por preguntarme y por preguntar
todo esto la única respuesta que me darán será esta: Eres un intolerante, te vamos
a denunciar. Pero nunca podrán dar
razones válidas y ciertas.
Es la
dictadura silenciosa de género. Es una
de las más grandes colonizaciones ideológicas que está en boga en varios
lugares del mundo. Antes nos colonizaban
llegando a nuestro continente con barcos y carabelas llenas de hombres
armados. Hoy los colonizadores se
introducen en nuestras casas usando las modernas carabelas que son la TV, el
internet, el celular y la música de moda.
Hoy los colonizadores no necesitan armas ni pólvora para asustarnos o para
someternos; hoy basta una mentira repetida mil veces, bastan las declaraciones
de un actor o el post de un cantante alineado con la ideología que se quiere
implantar. Y no hay mayor resistencia
por parte de la masa. Antes los incas,
los aztecas, los guaraníes luchaban a sangre y flechas por sus territorios y
por sus pueblos y familias. Hoy el
colonizador no encuentra resistencia pues gracias a un plan hábilmente diseñado
se ha metido hace tiempo en tu casa y en la mía, en tu colegio y en la
universidad y nos ha ido lavando el cerebro tranquilamente. Y entonces te han cambiado la cabeza, ahora
rechazas lo que antes amabas y defendías, antes cuidabas lo tuyo propio: tu
vida, tu cuerpo, tu familia, tu fe católica, tus tradiciones, tus principios
morales, tu cultura… Ahora ya no cuidas nada de eso, basta con que pienses que “eso
ya pasó”. Eres un esclavo y no te das
cuenta. Hacen contigo lo que
quieren. Les das toda la razón a ellos,
a tus colonizadores anónimos. Piensas que
es cuestión de modernidad. Razón tenía
nuestra Madre, la Santísima Virgen María, cuando en Medjugorje dijo alguna vez
que el Diablo muchas veces hace con nosotros lo que quiere, que nos destroza y
nos trata como trapos sucios… Por eso
también se puede entender cómo un gobierno o un gobernante, teniendo un pueblo
convertido en masa que no piensa, pueda fácilmente hacer aprobar leyes a favor
del oculto colonizador que le paga y que le dicta el discurso, con el todos y
todas, todes, tod@s, todxs bien puestecitos, claro.
¿Quién
nos librará de esta solapada colonización ideológica? Desde luego, como creyentes cristianos y
católicos tenemos nuestra esperanza puesta en el poder de Jesucristo y en la
poderosa intercesión de María Santísima.
Pero no basta con mirar al cielo, debemos ponernos de pie para recuperar
nuestra soberanía, para recuperar nuestra libertad y la verdadera paz. Porque la paz verdadera va de la mano con la
verdad. No puede haber paz cuando no hay
verdad. Y la única verdad es la del
Evangelio de Jesucristo, entregado a la Iglesia para su administración en bien
de todos.
Extraño
la capacidad de lucha de los cristianos de los primeros siglos. Hoy suelo ver a gente que se ha resignado a
que las cosas estén como estén, esperando un milagro y nada más. Creo que Dios
nos juzgará por el amor. Y creo
firmemente que la primera obra de amor con el prójimo es mostrarle la
verdad. Creo que la pasividad no es una
virtud, como tampoco lo es el silencio si encierra miedo o indiferencia hacia
un problema que toca a todos. Recuerdo mucho
aquel texto de San Agustín en el que advierte que no pocas veces los pastores
del rebaño de Dios se comportan como perros mudos que no ladran cuando ven
venir al lobo y permiten que el lobo haga estragos entre las ovejas. Yo no quisiera ser un perro mudo. Por ello escribo y predico, aunque
posiblemente no sea muy escuchado o leído.
La
Ideología de Género (enfoque de género, perspectiva de género, teoría, dimensión,
etc.) hunde sus raíces en la ideología del comunismo y del feminismo
radical. Ya en 1848, en el “Manifiesto
Comunista”, Carlos Marx y Federico Engels proclamaron: “¡Abolición de la
familia!”. Hacia el 1930 el italiano
Antonio Gramsci habló de la “revolución cultural” para conseguir lo que se había
proclamado en el “Manifiesto Comunista”.
Varios intelectuales y psiquiatras vinculados a la Escuela de Frankfurt
especificaron que esta revolución sería sobre todo una “revolución sexual”. En 1949, Simone de Beauvoir dijo: “No se nace
mujer, se llega a serlo”. En los años
60, Jhon Money da a la palabra género su significa ideológico usando la frase: “identidad
de género” que dependería, según él, del condicionamiento cultural de las
personas y no de su sexo biológico. Como
única demostración presentó el caso de los mellizos Reimer. Money indujo a los padres de los mellizos a
castrar a uno de ellos, que habría sufrido un accidente quirúrgico genital, y
educarlo luego como niña. Money “vendió”
este caso como prueba científica de sus ideas, aduciendo que el género es una
construcción cultural. Años después tanto
el niño castrado, criado como niña, así como su hermano se suicidaron, uno el
2002 y el otro en el 2004. En 1969, Kate
Millet en su libro “Política sexual” presenta el género como principal bandera
contra el patriarcado. ¿La principal
institución del patriarcado? La familia.
Millet sostuvo además que “el amor ha sido el opio de las mujeres” y que el
objetivo es hacer desaparecer la heterosexualidad, abolir toda distinción de
sexos, fruto de una “lucha de clases sexuales”.
Ya que el comunismo no pudo probar la validez de sus teorías ni
demostrar su eficacia en la abolición de las clases sociales, ahora trasladaría
su lucha al campo de los sexos, así la nueva lucha armada no la lleva adelante
una columna subversiva terrorista sino los pseudointelectuales de la Ideología
de Género y sus artistas invitados: Miente, miente, que algo queda.
¿Nos
quedaremos callados ante tanta barbarie?
¿Pensaremos
todavía -a estas alturas- que un creyente, un católico, no debe pronunciarse
sobre estas cosas?
¿Seguiremos
sosteniendo que hablar sobre este tema es “meterse en política” y que por eso nos
quedamos calladitos, porque somos muy devotos?
¿Nuestra
fe no nos debe llevar a la acción?
Temo
mucho el silencio culpable, el silencio que otorga razón al que no la tiene, el
silencio de quienes deben denunciar al lobo y se quedan callados.
No
permitamos que nuestro país, el Perú, ofenda la memoria de los grandes santos
que aquí crecieron y se santificaron en la verdad.
Que nuestro
amor a Jesucristo no nos deje en silencio.
martes, 7 de noviembre de 2017
Como si hubiera sido ayer
Hace algunos
años me sucedió algo muy curioso. De tanto
caminar y servir a Dios en diversas cosas, entre minucias y cosas más “vistosas”,
de pronto me sentí algo cansado y zas, se encendió una neurona dormida en mi
sistema y me permitió darme cuenta, ¡oh sorpresa!, de que ya tenía más cuarenta
años de vida. ¿Mi primera sensación?
Sorpresa. ¿Mi segunda sensación?
Incredulidad. ¿Mi primer pensamiento?
¡Qué rápido se pasa la vida! Y es que,
cada uno interprételo como quiera, me siento como un adolescente metido en una
carrocería más vieja, como de cuarenta y seis años. Y es verdad, lo acepto y doy gracias también:
han pasado treinta años redondos desde que, a mis dieciséis, me encontré con
Jesucristo.
No lo
he sentido. Para nada. A veces me parece muy poco lo que he podido
hacer por amor a Él. Nunca me aburrió
Jesucristo. He aprendido a encontrar en
Él y con Él mi diversión. Me ha llenado
el corazón. Su amistad nunca me ha
fallado. Su Gracia hizo que vivir en
castidad, pobreza y obediencia no sólo no me resulten cargas o pesos, sino la
consecuencia lógica de querer contribuir con mi “granito de arena” en la
redención del mundo. Él siempre ha sido
fiel.
Y se me
han ido como agua entre los dedos estos treinta años de camino desde aquel
retiro en “Cruz Blanca”. No he logrado
construir palacios ni pienso dejar “obras” que acaso me inmortalicen. He contribuido un poquito a forjar algunos
corazones y eso me alegra. El recuerdo
del Evangelio en el que Jesús nos invita a obrar en lo escondido para recibir
sólo del Padre del Cielo la recompensa, ha estado constantemente en mi alma.
Y me parece
que hubiera sido ayer cuando entré a esa humilde capilla en medio de la noche
y, sin saber hacia quién me dirigía exactamente, elevé mi vela y sentí de
pronto un ramalazo de paz, de plenitud, de alegría, de sentido, de Verdad. Desde esa noche quedé trastornado. Y la alegría se hizo de casa. Todo dio un vuelco en mi interior. Y ese vuelco se me hizo convicción. Y nació así lo de “vivir al revés”. Y ahora comprendo al pequeño Juan bautista
cuando dio esa voltereta en el vientre de Isabel al percibir cerca de él la
Presencia del Verbo hecho carne.
Unos dijeron
que era algo así como una sugestión psicológica, pero creo que nadie puede
vivir sugestionado treinta años de su vida.
Otros vaticinaron que esa “fiebre religiosa” no duraría más de unos
meses. Algunos -muy comprensivos-
dijeron que era “una etapa” que luego se supera porque uno tiene que ser
realista y que “de eso no se puede vivir”.
Años más adelante también hubo alguien que me recomendó un buen psiquiatra. Y, aclaro que por otras razones –ojo-, visité
a un psiquiatra muy prestigioso y el doctor terminó riéndose de mis bromas y
mostrándome toda su consideración y respeto por lo que estaba llevando adelante
desde hacía algún tiempo.
Y es
que aquella noche entre el 7 y 8 de noviembre de 1987 “Alguien” se me acercó y
me miró con cariño. Las palabras siempre
traicionan una experiencia sobrenatural.
Pero puedo decir que aquel “Alguien” hizo brotar la luz en mis
oscuridades e hizo que de mi frío interior brotase un fuego que, aun a pesar de
las contrariedades y de las cruces, no sólo no se ha apagado sino que permanece
fuego joven, liberador y sanador.
Yo no
me lo busqué. A mí prácticamente el
Señor me acorraló. Creo que no había
otra forma para que yo reaccionase y le aceptase. Y hoy yo agradezco a Dios misericordioso que
quiso fijarse en mí. No tengo méritos ni
glorias personales. Me alegro sólo de
haber sido objeto de un amor que humanamente hablando puede que no tenga
explicación. Pero es un amor que yo
acepto cada día y que quisiera nunca perder.
Sí. Jesucristo es lo mejor que me
ha pasado en la vida.
Me gusta
Jesucristo. Me gusta su Evangelio. No le tengo miedo sino sólo a quedarme sin
Él. La muerte, el dolor, el sufrimiento,
la adversidad, la soledad, el fracaso humano, la incomprensión que he podido
pasar y que pudieran venir luego, todo ello lo considero como condecoraciones
que, en la Gloria, se convertirán en alegría infinita y paz. Estoy contento y siento que tengo mucho por hacer,
orar y ofrecer. Con Jesucristo me siento
realizado como persona. Me siento libre
y sé que esa libertad no me la podrá quitar nadie.
Hoy
agradezco al Señor por estos treinta años de camino. Dentro de ellos están mis 23 años en vida
religiosa, mis diecinueve como sacerdote y mis cuatro como monje.
Les
suplico, amigos, la gracia de su oración por mí: para que pueda ser fiel a La
Verdad y al Fuego de Dios que Él quiso regalarme para el bien de muchos.
Alabado
sea Jesucristo.
jueves, 13 de julio de 2017
ANTE EL DESPUNTE DE UNA SOLAPADA DICTADURA EN EL PERÚ.
¿Mi último artículo antes de la era de la “ley mordaza”?
Desde hace ya varios meses, no sólo semanas, que he venido pensando
escribir este artículo. Por un lado mis continuas ocupaciones de comunidad y de
apostolado y por otro lado, el sucederse como en cascada de una serie de
acontecimientos cada uno más sorprendente que el otro en la escena política
peruana, han hecho que retrasara la publicación de estas letras. Ahora lo hago,
con más convicción que nunca.
Nos encontramos ante el despunte de la más artera, miserable y solapada
dictadura en el Perú. Pero ojo, ya no se trata de un señor que aparece y que
con tanques y tropas se tumba todo orden establecido y se endiosa a la vista de
todos, prensa anulada mediante. Ahora la dictadura es silenciosa, sutil, y poco
a poco gana terreno, y se enquista en el trono de un poder que es
kilométricamente más poderoso que el poder que puede ostentar un simple presidente
de la república o un folclórico congreso. Se trata del endiosamiento de una
idea, de una mentira con trazas de verdad. Es el poder de una mentira que no
resiste a la más mínima comprobación científica. Es una mentira avalada por la
emoción, por el sentimiento y la subjetividad antojadiza de algunos y apoyada
por el entumecimiento neuronal y la fragilidad psicológica de varios en nuestro
país.
La dictadura que está por aparecer ha encontrado un ambiente social,
cultural y afectivo ideal. Ha encontrado a nuestro país en medio de una grave
crisis familiar y moral. No voy a entrar a proporcionar estadísticas, pero como
quien confiesa y escucha a muchas personas en el contacto pastoral, puedo decir
sin temor alguno a equivocarme que la institución del matrimonio y de la
familia están muy afectadas en nuestro país. Y el fruto de todo ello es la
aparición de una generación o dos que llevan sobre sus espaldas un fuerte
desamparo y fragilidad afectiva y psicológica que les bloquea en muchos casos
la capacidad de un sereno discernimiento moral sobre sus actitudes, sobre sus
ideas y opiniones. Quien piensa, pierde. En suma: no se piensa, se siente… y
eso basta. Y entonces si yo siento que soy una mesa, soy una mesa; si siento
que soy un árbol, soy un árbol. Y puede que yo sea un árbol atrapado en el
cuerpo de un hombre y que tú seas un poste de luz atrapado en el cuerpo de una
mujer. Seguramente un capricho de los astros o del destino o de la masa de
energía fallada que me tocó en suertes, luego de la gran explosión y del
enfriamiento planetario.
La dictadura en ciernes no podía encontrar mejor terreno ni mejores
súbditos. Con la generación que rinde culto a “Esto es guerra” y que tiene como
única enciclopedia de vida a “Al fondo hay sitio”; con el grueso de la población
que tiene a la televisión como único medio de instrucción cultural y que por
ello disfruta alegremente de los chismes del espectáculo que literalmente les
llueven mañana, tarde y noche; con una población adulta que va perdiendo
esperanzas porque ya mil veces les han engañado y que concurre a votar cada
tres o cinco años con un real sentimiento de “sea todo para no pagar la multa”;
con una clase política que hace más de treinta años perdió la decencia y el
cerebro; con un sistema educativo enfocado en cuidar el formalismo de los
programas, que rinde homenaje a la rimbombancia de los títulos, que está
confiado en la solidez y en la belleza de las estructuras físicas –colegios
emblemáticos, les dicen-, que se siente complacido con la impecabilidad de los objetivos
transversales, que confía ciegamente en la visión y misión claramente definidas
pero que en el concreto influyen poco y cambian casi nada –porque los colegios
siguen produciendo lo mismo de siempre-; con una fe religiosa que no ha llegado
a cuestionar la vida cotidiana y práctica de los mismos creyentes ni ha logrado
convencerles de que esa misma fe debe performar sus vidas; con un sistema
judicial podrido de corrupción desde su raíz; con todo esto y más la dictadura
próxima tiene el plato servido.
Pero esta dictadura no viene sola, se la han inventado como una manera
“inteligente” para asegurar un reino en el que el dinero por lo bajo y el
sometimiento mental, cuando no físico, están a la orden del día. Avanza
silenciosa y frente a ella todos los medios de comunicación –radio, televisión,
periódicos, etc.- se rinden infaliblemente. Es así que de pronto todos dicen lo
mismo, de la noche a la mañana todos opinan igual. De pronto se olvidan de los
problemas realmente cruciales –ya no importa el solucionar el problema de la
inseguridad ciudadana, ni el problema de los bajos sueldos, ni la minería
indiscriminada que envenena el agua y mata la naturaleza, ni los tentáculos
oscuros de Odebrecht-, al margen de todo ello, ahora todos deben hablar, pensar
y escuchar lo mismo, esa idea que impera, "lo que le gusta a la gente”, lo
que ha dicho el dueño del medio que se debe decir esta mañana, lo que dijeron
que se dijera hoy, lo que hay que repetir machaconamente. Dijo alguien:
“Miente, miente, que algo queda”.
Y claro, al servicio de esta dictadura está un gobierno fantoche, que
de lujo no tiene sino su propia ineptitud y su amoralidad. Y para hacer viable
su servidumbre a la dictadura naciente puede también –recordando las viejas
técnicas de Nerón al incendiar Roma- provocar incendios, los metafóricos y los
reales, para que le hagan de “cortina de humo” y así la gente no se dé cuenta
de que están por robarles la libertad de pensar y discernir por sí mismos, lo
último que ya les queda, luego de que por años les han saqueado sus sueldos, su
esperanza y su propia fe.
Pero también están al servicio de esta dictadura ciertas elites
intelectuales, ciertos círculos de profesores, desde los que enseñan a los
niños, pasando por los que educan a los adolescentes llegando hasta los que
enseñan en algunas universidades. De pronto, todos –o casi todos- piensan lo
mismo. Y quien no ha renunciado a pensar por sí mismo, y quien no se traga
ningún cuento tiene que pasar por ese feo momento en el que te das la vuelta y
resulta que ya te miran mal porque tú no piensas como la mayoría. Y se inventan
palabras, que ahora son los mayores y más temidos proyectiles: homofóbico,
intolerante, trasnochado, dogmático, cerrado, oscurantista, ignorante, etc. Se
reclama tolerancia hacia los nuevos “estilos de vida” pero ya no se tolera a
quien decide –en plena libertad- pensar y hablar conforme a lo que le indica su
propia conciencia moral. Ahora eso no se podrá. Son crímenes de odio. Es
intolerancia, es discriminación. El odio ahora pasará a ser un delito. ¿Cómo
harán para medir el odio? ¿Fabricarán un aparato para hacer la medición? Si lo
logran, deberán primero aplicarlo a quienes odian la verdad que les dicta su
propia naturaleza humana inscrita en sus cuerpos –que ahora también quieren
operar para borrar su huella-.
Sí, la dictadura está por comenzar. Y como toda dictadura, debe –sí o
sí- perseguir a los que le contradicen: silenciarlos, encerrarlos,
ridiculizarlos por lo menos. Y entonces la mentira disparada cada día por los
medios va generando una vergüenza a pensar rectamente, un cierto miedo a ser
impopular, un miedo a “quedar mal”, un miedo a ser políticamente incorrectos, y
por ello los buenos, los honrados a veces se quedan callados, y entonces nadie
–o casi nadie- dice nada. Sí, miedo. Ese mismo miedo del que se vale toda
dictadura para someter, controlar, sojuzgar y silenciar, cuando no matar. El
miedo es –siempre lo ha sido- el arma del Demonio para impedir que los hijos de
Dios tomen autoridad.
Pero no he dicho el nombre de la dictadura que pretende apoderarse de
nuestro país, lo digo ya: La dictadura LGTBI (lobby lésbico, gay, transexual,
bisexual, intersexual). Aunque el nombre es insuficiente, puesto que –fieles a
sus principios- cada día van encontrando nuevos modos de expresiones sexuales,
identidad de género le dicen: eco sexuales, trans especies, zoo sexuales, etc.
Podría también decirse: La dictadura LGTBIPQRSTUVWXYZ…
La dictadura LGTBIPQRSTUVWXYZ pondrá como cultura y como religión a la
Ideología de Género. Entonces aprenderemos a negar lo evidente, bajo pena de
cárcel, supongo. ¿Qué la Ideología de Género es un invento de algunos? ¿Qué la
ideología de género es un psicosocial? Pues, habrá que revisar los últimos
decretos, decisiones, normas y medidas de los ministerios de educación, de
justicia, de salud, y de la mujer en los últimos meses, cuando no ciertas
decisiones de alguna universidad supuestamente católica y pontificia.
Posiblemente algunos de mis lectores no sepan exactamente qué es la
Ideología de Género, pues aquí se los voy a resumir: Es un conjunto cerrado de
ideas que no admite críticas y que se impone por la manipulación de las masas y
por la compra de los medios, sosteniendo que no existe la naturaleza humana y
que el aspecto biológico del sexo no condiciona la psicología de las personas y
que por tanto el género de ellas sería el sexo construido socialmente (Yo me
hago varón, tú te haces mujer, la sociedad te hace varón, la sociedad te hace
mujer por los estereotipos que se te imponen, patriarcado mediante, etc.). La
ideología de género busca no sólo “rehacer” la sexualidad humana, sino que va
más allá: quiere reelaborar la historia, la ciencia y la misma religión con
“perspectiva de género” (enfoque de género, teoría de género, etc.). En
historia eliminan o minusvaloran los personajes varones para centrarse en el aporte
anónimo de las mujeres. En teología rechazan la paternidad de Dios y pretenden
la existencia de una divinidad femenina. No es novedad que en ciertos círculos
religiosos hoy se rece incluso la oración del Señor así: “Padre-Madre que estás
en el cielo…” Ya algún teólogo católico en el oriente hace algunos años levantó
polvareda con una publicación en la que afirmaba que hay que adorar a “Jesusa
Cristusa”. Ni qué se diga de la extraña pretensión lingüística de algunos
comunicadores y escritores de poner en cada cosa: todos y todas, hermanos y
hermanas, ciudadanos y ciudadanas, amig@s, etc., aunque ya la Real Academia de
la Lengua lo ha desautorizado formalmente.
A prepararse antropólogos, biólogos, hematólogos, ginecólogos, etc.,
porque tendrán que olvidar pronto todo lo que aprendieron durante años, ya que
estará prohibido pensar y hablar distinto a como lo hacen los activistas
LGTBIPQRSTUVWXYZ. Tendrán que condenar y quemar los manuales de medicina y de
biología básicos. ¿Quemarán bibliotecas? Quizá los libros y manuales sean los
primeros en irse a la cárcel. Y entonces en los formularios para trámites
tendrán que incluirse los más de ciento veinte géneros que han inventado los
activistas LGTBIPQRSTUVWXYZ, para no discriminar digo… ¿Harán lo mismo con los baños
públicos? Porque si es así, en pro de la no discriminación cada institución
tendría que construir y equipar servicios higiénicos para todas las identidades
de género… no me imagino un pequeño restaurant con ciento veinte baños…
Y esta dictadura, de hecho, tendrá el respaldo internacional del
secularismo a ultranza que hoy se respira en varias naciones. Por ello quizá
mañana si algún “menteabierta” ve que te santiguas frente a una iglesia te
denuncie por intolerancia o por falta de respeto a los que no creen. Quizá
mañana quede yo detenido por el simple hecho de llevar mi hábito religioso.
Quizá este artículo sirva para que yo sea denunciado por homofóbico e
intolerante. Quizá el decir que Jesucristo es el camino, la Verdad y la Vida
mañana sea visto como fundamentalismo. Y si fuese así, tendríamos que cambiar
también el Himno Nacional, ya que allí cantamos que los peruanos no debemos
faltar al voto solemne hecho al Dios de Jacob. O quizá, para ser más tolerantes
tendríamos que agregar varias estrofas más, entre ellas una dirigida a Alá,
otra a Buda, otra a Khrisna, otra a la Pachamama, otra a la energía, otra a las
vibras, etc. Pero entonces tendríamos que hacer votos solemnes a cada uno de
ellos…
Y frente a todo esto que está cocinándose, mientras el peruano de a pie
ve la televisión y escucha reggetón, me pregunto entre otras cosas: ¿Dónde está
la voz de los laicos católicos? ¿Dónde está la voz del Consorcio de Colegios
Católicos? ¿Dónde está la voz de los profesionales honrados y capaces? No voy a
preguntarme dónde están las conferencias de religiosos católicos (Confer),
porque ya sé dónde están y sospecho por qué se han quedado muy calladitos.
Es un hecho probado y comprobado el que las dictaduras se valen del
silencio de los inocentes y de la pasividad de los buenos, como también de los
medios de masas debidamente comprados, “aceitados” les dicen. ¿Qué pasará con
los peruanos de a pie? ¿Nos quedaremos callados ante tanto zafarrancho de
género? ¿Tendremos que endosar a la historia del Perú aquél feo día en el que,
dejando atrás un pasado casi glorioso de cultura y de fe, el extravío gay pasó
a modificar todo lo anterior? ¿Todavía habrá gente que piense que la ideología
de género es el “progreso”? ¿Progreso hacia qué? ¿Hacia dónde?
Yo no pido la muerte de nadie, eso no. Tampoco odio a nadie, ni a los
activistas LGTBI, ni a los que se han alineado con ellos, “aceitada” o miedo
mediante. Mi artículo no es muestra de odio, no puedo odiar puesto que soy
cristiano y católico. Pero sí puedo y debo manifestar mi indignación pues veo
que la mentira se la quiere hacer pasar por verdad y con categoría de ley.
Tengo algunos amigos que se definen homosexuales y no los condeno en absoluto,
pero ellos mismos saben lo que deben y no deben hacer pues son honrados con
ellos mismos y con Dios y no se atreverían a hacer pasar lo suyo como una
opción más de vida, equiparable a las otras. Me opongo abiertamente al imperio
de la decadencia moral y espiritual de mi país.
No quiero que se destruya la institución de la familia y del matrimonio
en mi país. No quiero que pese sobre mi patria una maldición ni una condena. No
quiero ser cómplice de una barbarie. Quizá no tenga manera de influir en
ciertas esferas de opinión pero mi palabra es ésta y no otra. No temo
“quemarme” política o eclesialmente: como monje y sacerdote no aspiro a cargos
sino a salvarme y a contribuir en la salvación de mis hermanos.
Ruego a todos mis hermanos sacerdotes y religiosos que celebren y
ofrezcan Misas cada día por la liberación espiritual del Perú, por la liberación
espiritual de los gobernantes y de los comunicadores, por la liberación
espiritual de los profesores y de los mismos evangelizadores. Que ni el miedo
ni la vergüenza nos paralicen ni nos callen.
Que San José, que es Patrono del Perú, nos ayude a ser fieles al
Evangelio y que él, que es Terror de los demonios, ponga en fuga a todos
aquellos malos espíritus de desidentificación y de confusión que rondan nuestra
sociedad peruana.
miércoles, 14 de diciembre de 2016
La Verdadera Radicalidad Evangélica
Desde que hace más de veinticinco años decidí secundar la llamada de Jesucristo para seguirle en Vida Consagrada, probé cómo se encendió en mi alma un fuerte deseo de radicalidad. Tanto así que desde el primer día de vida en comunidad religiosa estuve dispuesto a jugarme la vida a todo o nada, sin medias tintas. Y no es que me resultase fácil: había todo un elenco de cosas que me resultaban a veces chocantes (horarios, ciertas disciplinas, normas específicas, etc.) Pero por sobre todo ello, decidí cortar con lo que debía cortar, asumir lo que debía asumir, y me entregué a servir al Señor sin rebajas.
Tuve también mis días grises, incluso mis temporadas grises en las que todo cansaba, y cuando todo indicaba que ya no podía más. Experimenté la flojera de mi voluntad y la inestabilidad de mis deseos, supe también –por insistencia de mi propia carne- lo que es la mediocridad espiritual y moral. En ciertos momentos parecía que mi carne me mordía y se tragaba mi alma sin remedio. Sentí la tentación de vivir como anestesiado hacia todo lo espiritual, de vivir ‘volando bajo’ sin más problemas que dejarme llevar por las cosas. Sin embargo y aun con todo ello, por gracia divina y por pura misericordia de Dios, pude superar aquel feo letargo de la tibieza. Y fui otra vez feliz al redescubrir la vida nueva que fluye de la más radical y sincera generosidad para con Dios, la que se traduce en caridad gozosa y en disponibilidad para el servicio. Y es así que, con algunos años de seguimiento de Jesucristo, la ilusión por Él y el entusiasmo ‘por lo nuevo de Dios’ se hicieron parte de mi vida.
Andando los años, de tanto en tanto veía a cierta distancia el nacer o el renacer de muchas comunidades de religiosos o de fieles laicos que, aquí y allá, hacían gala de la más genuina radicalidad evangélica. En un primer momento –varios años- yo les admiré sinceramente, hasta puedo decir que les tuve una cierta y bien disimulada envidia. Siempre me identifiqué con un seguimiento exigente de Jesucristo, por ello el ver estas nuevas iniciativas apostólicas o de consagración a Dios alimentaba mi entusiasmo.
Pasaron algunos años y me fui dando cuenta de que muchas veces aquella pretendida radicalidad evangélica sólo hundía sus raíces en la más superficial epidermis religiosa. Es así que noté muchas veces en aquellos grupos un apego excesivo a la propia imagen, un cuidado vanidoso de las formas y de la estética, una orientación indisimulada por cuidar lo más externo de la fe: imágenes sacras, andas, estandartes, costumbres devocionales, oraciones, rituales, devociones particulares; sin hablar todavía de los hábitos recargados, de los nombres hiperinflados, del aire de autosuficiencia, del orgullo propio de secta y del sentimiento de superioridad sobre los demás católicos.
Y corroboré a veces la mala raíz de varios de estos movimientos y comunidades al constatar que se originaban en su seno desagradables y tristes escándalos casi siempre relacionados con las desmedidas riquezas o con la impura vida sexual de sus líderes. Aun así, no he dejado de creer en la posibilidad de una auténtica radicalidad evangélica, pero ya no basada en lo más exterior o cosmético de la fe, ya no fijada en los medios humanos (ideas de grupo, tradiciones, sentimientos de clase, estructuras físicas imponentes, exhibición de poder de convocatoria, copamiento de puestos clave en la estructura eclesial, buen marketing, pretendida fidelidad absoluta al Magisterio, etc.), sino una radicalidad que tenga los ojos puestos en la finalidad de todo: Jesucristo, su persona, su amistad, su imitación, su palabra.
Y así, luego de tanto tiempo de intentos fallidos y equivocadas iniciativas, he llegado a la íntima convicción de que la verdadera y real radicalidad evangélica está en la caridad sincera y en la decidida renuncia a uno mismo. Caridad y renuncia. Y tanto la caridad como la auténtica renuncia a uno mismo sobrepasan y superan ampliamente la fijación terca en lo más exterior y cosmético de la fe. Durante varios años yo también cifré mi radicalidad evangélica en el hábito talar bien presentado, en los infaltables y elegantes gemelos, en la calidad y hermosura de las casullas para la Misa. Soñaba con la elegancia de las formas y hasta llegué a pensar que utilizando más frases en latín, más radical sería.
Hoy me doy cuenta de que la auténtica radicalidad evangélica no tiene nada que ver con la ostentación de los medios ni de las estructuras, ni está necesariamente en relación proporcional al número de miembros o de adherentes que tiene una obra. Y me di cuenta de la lógica mundana que subyace en la fijación por la eficacia pastoral o apostólica. Y comprendí que lo único que salva a los hermanos es la hondura de la caridad, la amplitud del corazón, la renuncia al propio yo, la renuncia a toda búsqueda de poder, de figuración, de acumular cosas y también éxitos apostólicos, aplausos y reconocimientos.
Sí, la auténtica radicalidad evangélica no está en el estilo barroco de las construcciones, ni en una liturgia perfecta, adusta y almidonada. La elegancia ayuda, el porte firme puede edificar, pero sólo la caridad abre los corazones y permite que fluya la gracia divina. Porque es fácil también que bajo apariencias ortodoxas o conservadoras fluya también un cierto tufillo de engreimiento que a la larga –o a la corta- endurece el corazón al Evangelio. Hoy prefiero mil veces la sonrisa abierta de un niño, un par de empolvadas sandalias y hasta un ajado y sucio hábito religioso por vivir la caridad y el desprendimiento de uno mismo. Y, de hecho, tanto la caridad como la renuncia al propio yo conducen a una real pobreza y humildad.
Es fácil ser radical cuando tienes la comida asegurada, el techo seguro y ese calorcillo que produce una vida cómoda. He conocido varias personas que podrían calificar como hombres o mujeres de Dios porque en el fondo todo lo tienen asegurado y sobre ese riel cualquiera puede ser espiritual y hasta místico. Es muy fácil pretender ser radical para con Dios cuando esa radicalidad no implica la muerte del propio yo, cuando el Evangelio meditado a medias no produce desprendimiento de sí mismo, cuando la exégesis no llega a plantear la necesidad de una real y voluntaria pobreza. Y qué curioso que en el Evangelio, se mire por donde se mire, Jesucristo puntualiza cada dos por tres la necesidad del desprendimiento de lo material en general y del dinero y del acomodo en particular.
Cuando el Evangelio se hace palabra mordiente escasean los radicales, y los que se ufanan de ser muy fieles se muestran por lo menos ridículos. El Señor me ha tenido mucha misericordia, ha sido muy paciente conmigo –sigue siéndolo-. Yo fui durante varios años un ciego para estas verdades, corrí tras las apariencias, creí falsamente encontrar en esas cosas la Verdad.
Hoy valoro mucho más la pobreza real y voluntaria, la caridad amplia para con todos y la disposición a la renuncia de uno mismo. Allí está la Verdad, así fue Jesucristo. Allí está el origen de la más pura radicalidad evangélica y es a la vez su más grande fruto.
Bendito sea Dios que tengamos un Papa como Francisco –experto en estos temas-, hoy por hoy no hay signo más grande de la Voluntad de Jesucristo para con Su Iglesia, mientras esperamos Su Venida.
Tuve también mis días grises, incluso mis temporadas grises en las que todo cansaba, y cuando todo indicaba que ya no podía más. Experimenté la flojera de mi voluntad y la inestabilidad de mis deseos, supe también –por insistencia de mi propia carne- lo que es la mediocridad espiritual y moral. En ciertos momentos parecía que mi carne me mordía y se tragaba mi alma sin remedio. Sentí la tentación de vivir como anestesiado hacia todo lo espiritual, de vivir ‘volando bajo’ sin más problemas que dejarme llevar por las cosas. Sin embargo y aun con todo ello, por gracia divina y por pura misericordia de Dios, pude superar aquel feo letargo de la tibieza. Y fui otra vez feliz al redescubrir la vida nueva que fluye de la más radical y sincera generosidad para con Dios, la que se traduce en caridad gozosa y en disponibilidad para el servicio. Y es así que, con algunos años de seguimiento de Jesucristo, la ilusión por Él y el entusiasmo ‘por lo nuevo de Dios’ se hicieron parte de mi vida.
Andando los años, de tanto en tanto veía a cierta distancia el nacer o el renacer de muchas comunidades de religiosos o de fieles laicos que, aquí y allá, hacían gala de la más genuina radicalidad evangélica. En un primer momento –varios años- yo les admiré sinceramente, hasta puedo decir que les tuve una cierta y bien disimulada envidia. Siempre me identifiqué con un seguimiento exigente de Jesucristo, por ello el ver estas nuevas iniciativas apostólicas o de consagración a Dios alimentaba mi entusiasmo.
Pasaron algunos años y me fui dando cuenta de que muchas veces aquella pretendida radicalidad evangélica sólo hundía sus raíces en la más superficial epidermis religiosa. Es así que noté muchas veces en aquellos grupos un apego excesivo a la propia imagen, un cuidado vanidoso de las formas y de la estética, una orientación indisimulada por cuidar lo más externo de la fe: imágenes sacras, andas, estandartes, costumbres devocionales, oraciones, rituales, devociones particulares; sin hablar todavía de los hábitos recargados, de los nombres hiperinflados, del aire de autosuficiencia, del orgullo propio de secta y del sentimiento de superioridad sobre los demás católicos.
Y corroboré a veces la mala raíz de varios de estos movimientos y comunidades al constatar que se originaban en su seno desagradables y tristes escándalos casi siempre relacionados con las desmedidas riquezas o con la impura vida sexual de sus líderes. Aun así, no he dejado de creer en la posibilidad de una auténtica radicalidad evangélica, pero ya no basada en lo más exterior o cosmético de la fe, ya no fijada en los medios humanos (ideas de grupo, tradiciones, sentimientos de clase, estructuras físicas imponentes, exhibición de poder de convocatoria, copamiento de puestos clave en la estructura eclesial, buen marketing, pretendida fidelidad absoluta al Magisterio, etc.), sino una radicalidad que tenga los ojos puestos en la finalidad de todo: Jesucristo, su persona, su amistad, su imitación, su palabra.
Y así, luego de tanto tiempo de intentos fallidos y equivocadas iniciativas, he llegado a la íntima convicción de que la verdadera y real radicalidad evangélica está en la caridad sincera y en la decidida renuncia a uno mismo. Caridad y renuncia. Y tanto la caridad como la auténtica renuncia a uno mismo sobrepasan y superan ampliamente la fijación terca en lo más exterior y cosmético de la fe. Durante varios años yo también cifré mi radicalidad evangélica en el hábito talar bien presentado, en los infaltables y elegantes gemelos, en la calidad y hermosura de las casullas para la Misa. Soñaba con la elegancia de las formas y hasta llegué a pensar que utilizando más frases en latín, más radical sería.
Hoy me doy cuenta de que la auténtica radicalidad evangélica no tiene nada que ver con la ostentación de los medios ni de las estructuras, ni está necesariamente en relación proporcional al número de miembros o de adherentes que tiene una obra. Y me di cuenta de la lógica mundana que subyace en la fijación por la eficacia pastoral o apostólica. Y comprendí que lo único que salva a los hermanos es la hondura de la caridad, la amplitud del corazón, la renuncia al propio yo, la renuncia a toda búsqueda de poder, de figuración, de acumular cosas y también éxitos apostólicos, aplausos y reconocimientos.
Sí, la auténtica radicalidad evangélica no está en el estilo barroco de las construcciones, ni en una liturgia perfecta, adusta y almidonada. La elegancia ayuda, el porte firme puede edificar, pero sólo la caridad abre los corazones y permite que fluya la gracia divina. Porque es fácil también que bajo apariencias ortodoxas o conservadoras fluya también un cierto tufillo de engreimiento que a la larga –o a la corta- endurece el corazón al Evangelio. Hoy prefiero mil veces la sonrisa abierta de un niño, un par de empolvadas sandalias y hasta un ajado y sucio hábito religioso por vivir la caridad y el desprendimiento de uno mismo. Y, de hecho, tanto la caridad como la renuncia al propio yo conducen a una real pobreza y humildad.
Es fácil ser radical cuando tienes la comida asegurada, el techo seguro y ese calorcillo que produce una vida cómoda. He conocido varias personas que podrían calificar como hombres o mujeres de Dios porque en el fondo todo lo tienen asegurado y sobre ese riel cualquiera puede ser espiritual y hasta místico. Es muy fácil pretender ser radical para con Dios cuando esa radicalidad no implica la muerte del propio yo, cuando el Evangelio meditado a medias no produce desprendimiento de sí mismo, cuando la exégesis no llega a plantear la necesidad de una real y voluntaria pobreza. Y qué curioso que en el Evangelio, se mire por donde se mire, Jesucristo puntualiza cada dos por tres la necesidad del desprendimiento de lo material en general y del dinero y del acomodo en particular.
Cuando el Evangelio se hace palabra mordiente escasean los radicales, y los que se ufanan de ser muy fieles se muestran por lo menos ridículos. El Señor me ha tenido mucha misericordia, ha sido muy paciente conmigo –sigue siéndolo-. Yo fui durante varios años un ciego para estas verdades, corrí tras las apariencias, creí falsamente encontrar en esas cosas la Verdad.
Hoy valoro mucho más la pobreza real y voluntaria, la caridad amplia para con todos y la disposición a la renuncia de uno mismo. Allí está la Verdad, así fue Jesucristo. Allí está el origen de la más pura radicalidad evangélica y es a la vez su más grande fruto.
Bendito sea Dios que tengamos un Papa como Francisco –experto en estos temas-, hoy por hoy no hay signo más grande de la Voluntad de Jesucristo para con Su Iglesia, mientras esperamos Su Venida.
viernes, 18 de septiembre de 2015
Bienaventurados serán...
Desde que, a los 16 años, experimenté la
presencia de Jesucristo en mi vida, nunca me preocupé por lo que los demás
pudieran pensar acerca de mis decisiones y del camino que elegí para
vivir. Luego de trabajar como laico en
una obra apostólica con niños y familiares, El Señor me llamó a consagrarme a
Él dentro de una prestigiosa congregación religiosa católica (Oblatos de San
José). Con ellos aprendí muchas cosas y
experimenté lo bueno que es Dios para quien se le confía. Amé sinceramente todo lo que aquella
comunidad amaba e hice todo lo que estuvo a mi alcance para mostrarme como hijo
agradecido. Pero yo no contaba con que
en el plan de Dios había para mí una sorpresa que rebasaría ampliamente mis
aspiraciones y proyectos personales.
Cuando estaba por cumplir doce años en
el ministerio sacerdotal, Dios me volvió a llamar. Y ahora la llamada era para iniciar un camino
nuevo, que aún ahora, cinco años después de haberlo iniciado, no termino de
conocer. Obrando en consecuencia de un
llamado superior, pedí y obtuve los permisos necesarios para alejarme de
aquella comunidad religiosa y comenzar este nuevo camino. Salí de la destinación pastoral donde me
encontraba en el más absoluto silencio y dejando todo en orden, facilitando de
algún modo la llegada del sacerdote que iría a ser mi sucesor en aquella
parroquia. Puedo decir con toda seguridad
que salí de aquella parroquia en el mejor momento de mi trabajo pastoral. Aun llevando algunas cruces, había logrado
varias cosas en el poco tiempo que serví allí (no las voy a enumerar ahora). Tampoco tuve problemas con mis antiguos
superiores: recuerdo que nos despedimos en los mejores y más respetuosos
términos, con la promesa de la oración y la seguridad de la amistad en el
Señor. Ellos saben que no miento.
Sin embargo, también en estas cosas
entra a tallar el ‘teléfono malogrado’ y tanto el chisme como la aguda
imaginación de algunas cabezas hicieron lo suyo. A poco tiempo de haberme embarcado en esta
nueva aventura, me fui dando cuenta de que ahora mi nombre estaba
proscrito. Luego me enteré, sin proponérmelo,
que se habían borrado mis señas y que en algunos lugares prácticamente se había
prohibido a algunos grupos de fieles el pronunciar siquiera el primer nombre de
este servidor. Fue así que perdí muchos
amigos y los que aún me quedaban se vieron obligados a no conocerme o a
tratarme casi a escondidas. Sé entonces lo
que es quedarse solo y casi sin apoyos humanos.
Sé que, aun cuando no cambié de número de celular ni varié de correo
electrónico, de pronto muchos o casi todos los antiguos compañeros ya no tenían
forma de comunicarse conmigo ni conocían mis datos. ¿Qué historia oscura o escabrosa se habría
inventado y difundido para que varios que hasta hacía poco eran mis amigos
ahora de pronto ya no soportaban siquiera que se pronunciara mi nombre? ¿Cuál
fue el delito que cometí? Lo
desconozco. Pero es muy posible que para
algunas personas haya cometido el grave desatino de decidir caminar por la
senda de la libertad de espíritu. Sé que
fui materia de algunas polémicas y también de conversaciones de pasillos y
trastiendas. Cuando me despedí de mis
antiguos superiores se me recomendó no buscar contacto alguno con ningún
miembro de los Oblatos de San José por espacio de dos o tres años. He obedecido fielmente.
Han pasado cinco años desde que salí de
entre ellos. No estoy resentido. Tampoco pienso volver atrás. Estoy tranquilo. Las heridas que he podido sufrir han sido ya
curadas por la mano amorosa y paterna de Dios.
Sólo me queda una sencilla acción de gracias por haber sido llamado a
cumplir en mi propia carne aquella palabra del Señor en la que se asegura a los
discípulos que serán bienaventurados si proscriben sus nombres por causa del
Evangelio.
No me considero mejor o más grande que
nadie, sólo sé que desde hace cinco años se me ha otorgado la responsabilidad
de un don que jamás pude seriamente imaginar y que aún no acabo de comprender,
y todo esto sin mérito alguno de mi parte.
Si considero, sobre todo, lo que he vivido estos últimos ocho meses veo
que vale la pena haber pasado todo lo pasado y tengo por bien sufrido todo lo
sufrido. Las manifestaciones del amor de
Dios han sido tan variadas, sencillas, profundas, contundentes y hermosas que
ahora veo que camino en la dirección correcta y espero continuar así.
Escribo hoy para pedir la caridad de
vuestra oración. Porque quiero entender
mejor el llamado que Jesucristo me ha hecho.
No me arrepiento de las decisiones que tomé por seguir la Voluntad de
Dios en mi vida. Todo lo contrario: sé
que fueron las correctas, aunque hayan sido a veces incomprendidas. Sin embargo, siento que necesito de la
oración de mis amigos y conocidos, de los generosos lectores de este sencillo
blog, también de la oración de quienes posiblemente no me quieren o de quienes
pude haber herido por mis faltas de caridad o por mi poca virtud. Tengo como una intuición dentro: la de que
pronto se debe desatar en mí una vida nueva, un nuevo fuego. Me siento poco preparado para ello, por eso
pido la ayuda de vuestra oración e intercesión.
Oren por mí, para ser dócil a lo que el Espíritu de Dios me pida.
Jesucristo es lo mejor que me ha pasado
en la vida y mi deseo mayor es llegar a verle algún día.
Gracias.
El Señor les bendiga a manos llenas.
Fr. Israel del Niño Jesús, R.P.S.
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