El informe había llegado hacía unos días. El Jefe estaba, más que molesto, preocupado. Ya había leído todo el legajo y finalmente hoy había decidido proceder. Estaba todo muy claro: esas dos ciudades eran de lo peor, sus habitantes habían hecho todo lo posible por colmar su paciencia y los vicios que en ellas imperaban le habían provocado fuertemente, era como si le escupiesen a la cara constantemente. Era evidente, a esa gente no le interesaba vivir decentemente: no sólo eran pecadores, eran provocadores y desafiantes en sus pecados, tantas veces habían escupido al cielo y se reían pensando que Él no haría nada finalmente, porque "es buenito".
En los pasillos del palacio el aire estaba tenso, todos sabían del drama de esas ciudades. Sabían los que allí trabajaban que El Jefe era bueno pero ya esto era demasiado; nadie se atrevía a decir nada más sobre el asunto. Por su parte, El Jefe era la bondad misma y por eso estaba preocupado, porque esas ciudades se habían buscado su ruina con un empeño sorprendente.
De pronto entró en las instalaciones del alto mando ese amigo del jefe, todos lo saludaron cortezmente, algún funcionario trato de decirle algo del problema y él lo cortó diciendo que sabía del asunto y que quería conversar de ello con El Jefe. Apenas lo vio, El Jefe se alegró, como que necesitaba ver a un amigo, siempre es bueno ver a un amigo en momentos difíciles.
Luego del apretón de manos y de algunas palabras, El Jefe comunicó a su amigo lo que pensaba: «La acusación contra esas ciudades es muy seria y grave, voy a... destruirlas». Abraham contuvo un poco la respiración, sabía lo que eso costaba al corazón del Jefe, él no se alegraba de la muerte del pecador pero lo habían provocado ya demasiado. Pensaba rápidamente si algo se podía hacer todavía, era experto en ver el lado positivo de las cosas, siempre lograba ver algo bueno en las personas y en cada cosa, por eso se llevaba bien con El Jefe, porque éste había hecho todas las cosas muy buenas. Pero, claro, últimamente un tufillo extraño y horrible lo estaba invadiendo todo, ¿cómo era posible ser tan desalmados, tan descarados?
Y recordaba que varias veces había estado por esa ciudad de paso y... ¡claro! ¡lo tenía! Y carraspeó y dijo:
- Disculpe, mi Señor, pero... yo conozco una comunidad de gente muy buena que vive en esas ciudades, son buenos en verdad, son justos. ¿Te atreverás a castigar y eliminar a esos 50 justos junto con los demás pecadores? Lejos de tí hacer eso, no puedes hacer que corran la misma suerte los justos con los pecadores...
Abraham dijo esto por la gran confianza que tenía en El Jefe y sabía que él le escucharía. El Jefe lo miró y comprendió que su amigo tenía razón y que si él decía que había un grupo de justos entonces no era propio eliminar la ciudad toda con ellos y entonces en razón de esos justos perdonaría las ciudades.
- No, en razón de esos 50 justos no eliminaré la ciudad.
Abraham respiró aliviado por todos esos amigos que tenía. pero luego de unos segundos pensó: Aunque viéndolo bien, creo que no son 50, porque está ese señor que no es tan bueno que digamos, ese que habla mal de los demás, luego está esa señora que odia a muerte a la otra señora que antes fue su amiga, claro, ah, y están esos dos muchachos que no van bien, yo les he hablado pero no se convencen...
Y llegó a la conclusión de que no eran 50 sino más bien 40. Se frotó la cara y dijo al Jefe:
- No se enoje mi Señor, pero ¿y qué tal si son sólo 40? ¿Vas a destruir esas ciudades sin importarte que hay en ellas cuarenta justos?\
- Por esos 40 justos no las destruiré, tenlo por cierto.
Abraham siempre miraba el lado positivo de todo, sin embargo le invadía un tremendo sentido de realismo y se dio cuenta de que habían más del lado de los falsos, de los que tenían el corazón doble y sacó la cuenta y dijo:
- Ya sé que soy un poco atrevido, pero, mi Señor, ¿y si son treinta los justos de sas ciudades? ¿Los vas a eliminar junto con los pecadores?
- En razón de esos treinta no destruiré las ciudades, no te preocupes.
Ahora Abraham estaba muy preocupado, él no perdía la confianza en la gente jamás, pero conmo que estaba en un acceso de realismo muy descarnado y enjugando un sudor repentino revisó su lista y vio que en verdad había más gente con doblez, que había gente que jugaba casi siempre a dos amos, que algunos tenían fachado buena pero nada más y sacó la cuenta: veinte, sí, son veinte y se atrevió:
- Disculpe, mi Señor, pero... yo conozco una comunidad de gente muy buena que vive en esas ciudades, son buenos en verdad, son justos. ¿Te atreverás a castigar y eliminar a esos 50 justos junto con los demás pecadores? Lejos de tí hacer eso, no puedes hacer que corran la misma suerte los justos con los pecadores...
Abraham dijo esto por la gran confianza que tenía en El Jefe y sabía que él le escucharía. El Jefe lo miró y comprendió que su amigo tenía razón y que si él decía que había un grupo de justos entonces no era propio eliminar la ciudad toda con ellos y entonces en razón de esos justos perdonaría las ciudades.
- No, en razón de esos 50 justos no eliminaré la ciudad.
Abraham respiró aliviado por todos esos amigos que tenía. pero luego de unos segundos pensó: Aunque viéndolo bien, creo que no son 50, porque está ese señor que no es tan bueno que digamos, ese que habla mal de los demás, luego está esa señora que odia a muerte a la otra señora que antes fue su amiga, claro, ah, y están esos dos muchachos que no van bien, yo les he hablado pero no se convencen...Y llegó a la conclusión de que no eran 50 sino más bien 40. Se frotó la cara y dijo al Jefe:
- No se enoje mi Señor, pero ¿y qué tal si son sólo 40? ¿Vas a destruir esas ciudades sin importarte que hay en ellas cuarenta justos?
- Por esos 40 justos no las destruiré, tenlo por cierto.
Abraham siempre miraba el lado positivo de todo, sin embargo le invadía un tremendo sentido de realismo y se dio cuenta de que habían más del lado de los falsos, de los que tenían el corazón doble y sacó la cuenta y dijo:
- Ya sé que soy un poco atrevido, pero, mi Señor, ¿y si son treinta los justos de sas ciudades? ¿Los vas a eliminar junto con los pecadores?
- En razón de esos treinta no destruiré las ciudades, no te preocupes.
Ahora Abraham estaba muy preocupado, él no perdía la confianza en la gente jamás, pero conmo que estaba en un acceso de realismo muy descarnado y enjugando un sudor repentino revisó su lista y vio que en verdad había más gente con doblez, que había gente que jugaba casi siempre a dos amos, que algunos tenían fachado buena pero nada más y sacó la cuenta: veinte, sí, son veinte y se atrevió:
- Mi Señor, últimamente voy mal en matemáticas, tú sabes, creo que es la edad, sucede que son un poquito menos... ehhh ¿qué pasa si son veinte nomás? ¿Los vas a eliminar junto con los pecadores?
- Abraham, eres un pillo, pero no te preocupes, por esos veinte justos no destruiré las ciudades.
Pero el asunto no terminaba allí, Abraham sufría, ¿qué le pasaba ese día? ¿dónde estaba su optimismo? ¿no que sabía ver el lado bueno de las cosas y de las personas? El Jefe lo contemplaba sufriendo y estaba dispuesto a concederle lo que pidiese, no quería verle así, El Jefe ya se había olvidado de su propia preocupación.
Fue entonces que el mismo Jefe le dijo:
-¿Pasa algo, Abraham?
-Sí, Señor, disculpa que sea tan pesado, pero es que...
- Son diez, ¿verdad?
- Sí, son diez.
- Ok, buena gente, las ciudades se salvarán por esos diez, ¿correcto?
Y Abraham sintió como el alma le volvía al cuerpo, él amaba a su gente y, lo mismo que El Jefe, no quería la muerte del pecador sino que se convierta y viva.
(Pregunta final: ¿Cuántos justos existirán en nuestras ciudades? ¿Habrá alguien que interceda por los que provocan a Dios? ¿Existirán diez justos por lo menos para salvar la situación? ¿No importa un asunto tan trascendente? Ustedes tienen la palabra.)
Hasta la próxima.
¡La paz contigo! En este blog encontrarás artículos y reflexiones de Fr. Israel del Niño Jesús, R.P.S. Que todo lo que leas te lleve a desear y buscar a Jesucristo, Camino, Verdad y Vida.
miércoles, 15 de agosto de 2007
domingo, 5 de agosto de 2007
«La gastritis nuestra de cada día»
El día estaba un poco soleado y aquel hombrote entró corriendo donde estaba El Maestro y le dijo: «Rabí, por favor, mi hermano se ha quedado con toda la herencia de mi padre que murió ayer, dile que me dé lo que me toca, por favor, a tí te hará caso...»
El hombrote lloriqueaba y Jesús, contrariamente a lo que él pensaba, le miró y le dijo: «Amigo, yo no soy conciliador extrajudicial ni soy juez, lo siento»
El hombrote estaba desconcertado, él había pensado muy sinceramente que Dios era para eso, que Dios era un buen seguro de vida, que Dios era el mejor vigilante de sus cosas, él oraba cada día para recibir "la bendición de Dios" y eso le contentaba, él estaba seguro de que "la bendición de Dios" era que tuviera dinero suficiente, que tuviera las cosas necesarias (y si era algo más, mejor), él siempre había pensado así. Y ahora resultaba que El Maestro no le quería ayudar.
Y Jesús, El Maestro, sintió una vez más ese dolor que le atravesaba el alma cada que observaba a alguien tan amarrado a sus cosas, a su dinero, a sí mismo. Hacía unas semanas nomás aquel otro muchacho se había puesto muy triste cuando le dijo que era preciso que vendiera todo y se lo diera a los pobres si quería ser su discípulo...
Y dijo a los presentes: «Amigos, qué difícil es para cualquier ser humano atreverse a ser libre de verdad. Cuánto atan las cosas y la codicia. Si supieran hoy lo que significa ser libres!!!»
El hombrote se preguntaba que significaba eso de libertad, él sólo tenía una preocupación: recuperar la parte de herencia que le correspondía y punto.
Y el Maestro continuó diciendo: «Muchachos, no sean necios como aquel gran señor que murió la semana pasada, ¿se enteraron? Aquel gran señor la misma tarde de su muerte había proyectado construir unos almacenes más grandes, había ya comprado un montón de cemento y fierros, tenía el personal listo y estaba muy procupado en construir, incluso había pensado contratar tres cuadrillas de obreros para que la construcción sea sin parar y tenía una única ilusión para cuando acabara todo: tumbarse a descansar y decirse: "Eres un tipo muy inteligente, ahora sólo come, bebe y túmbate a ver los 457 canales de TV que tienes en casa, duerme cuando quieras y goza de todo lo que puedas gozar". Pero la ilusión le duró poco a ese gran señor, esa noche se murió y seguramente le habrá pasado lo que a ese otro epulón que nunca dio de comer a Lázaro, el mendigo que tenía a su puerta, ¿se acuerdan?
Ustedes no se imaginan cómo les va al otro lado de la cortina a los que no se hacen ricos en Dios».
Y añadió: «Si tuvieran el valor y la valentía de considerar a Dios como su tesoro... Si consideraran a Dios como su mayor y mejor riqueza... Si Dios fuera de verdad vuestra riqueza... Yo les aseguro que conocerían La Verdad y serían libres y felices...»
En ese instante, Felipe, ese buen apóstol, se le quedó mirando y aunque no entendía muy bien el tema le pareció de saborear algo de La Verdad y sonrió al Maestro.
Y El Maestro le devolvió la sonrisa... y supo que, aunque sean pocos, siempre existirán los que se atrevan a decir Sí a Dios aunque no todo lo vean claro... y agradeció a Su Padre de que siempre existan algunos que estén dispuestos a arriesgarse para tener a Dios como el tesoro de la vida.
Y el hombrote, mientras tanto, se fue a buscar un juez y decidió desde entonces ser agnóstico y librepensador... Y gozó también de una gastristis crónica y de unas cuántas úlceras por ahí, ustedes saben, de algo se tiene que sufrir, total, la culpa la tenía su hermano, ese que dicho sea de paso, al final no le devolvió ni el saludo.
(Cuántas gastritis, úlceras, stress, depresiones, nerviosismos, imsomnios menos tendríamos si pudiéramos encontrar en Dios nuestra única riqueza y nuestra verdadera paz...)
El hombrote lloriqueaba y Jesús, contrariamente a lo que él pensaba, le miró y le dijo: «Amigo, yo no soy conciliador extrajudicial ni soy juez, lo siento»
El hombrote estaba desconcertado, él había pensado muy sinceramente que Dios era para eso, que Dios era un buen seguro de vida, que Dios era el mejor vigilante de sus cosas, él oraba cada día para recibir "la bendición de Dios" y eso le contentaba, él estaba seguro de que "la bendición de Dios" era que tuviera dinero suficiente, que tuviera las cosas necesarias (y si era algo más, mejor), él siempre había pensado así. Y ahora resultaba que El Maestro no le quería ayudar.
Y Jesús, El Maestro, sintió una vez más ese dolor que le atravesaba el alma cada que observaba a alguien tan amarrado a sus cosas, a su dinero, a sí mismo. Hacía unas semanas nomás aquel otro muchacho se había puesto muy triste cuando le dijo que era preciso que vendiera todo y se lo diera a los pobres si quería ser su discípulo...
Y dijo a los presentes: «Amigos, qué difícil es para cualquier ser humano atreverse a ser libre de verdad. Cuánto atan las cosas y la codicia. Si supieran hoy lo que significa ser libres!!!»
El hombrote se preguntaba que significaba eso de libertad, él sólo tenía una preocupación: recuperar la parte de herencia que le correspondía y punto.
Y el Maestro continuó diciendo: «Muchachos, no sean necios como aquel gran señor que murió la semana pasada, ¿se enteraron? Aquel gran señor la misma tarde de su muerte había proyectado construir unos almacenes más grandes, había ya comprado un montón de cemento y fierros, tenía el personal listo y estaba muy procupado en construir, incluso había pensado contratar tres cuadrillas de obreros para que la construcción sea sin parar y tenía una única ilusión para cuando acabara todo: tumbarse a descansar y decirse: "Eres un tipo muy inteligente, ahora sólo come, bebe y túmbate a ver los 457 canales de TV que tienes en casa, duerme cuando quieras y goza de todo lo que puedas gozar". Pero la ilusión le duró poco a ese gran señor, esa noche se murió y seguramente le habrá pasado lo que a ese otro epulón que nunca dio de comer a Lázaro, el mendigo que tenía a su puerta, ¿se acuerdan?
Ustedes no se imaginan cómo les va al otro lado de la cortina a los que no se hacen ricos en Dios».
Y añadió: «Si tuvieran el valor y la valentía de considerar a Dios como su tesoro... Si consideraran a Dios como su mayor y mejor riqueza... Si Dios fuera de verdad vuestra riqueza... Yo les aseguro que conocerían La Verdad y serían libres y felices...»
En ese instante, Felipe, ese buen apóstol, se le quedó mirando y aunque no entendía muy bien el tema le pareció de saborear algo de La Verdad y sonrió al Maestro.
Y El Maestro le devolvió la sonrisa... y supo que, aunque sean pocos, siempre existirán los que se atrevan a decir Sí a Dios aunque no todo lo vean claro... y agradeció a Su Padre de que siempre existan algunos que estén dispuestos a arriesgarse para tener a Dios como el tesoro de la vida.
Y el hombrote, mientras tanto, se fue a buscar un juez y decidió desde entonces ser agnóstico y librepensador... Y gozó también de una gastristis crónica y de unas cuántas úlceras por ahí, ustedes saben, de algo se tiene que sufrir, total, la culpa la tenía su hermano, ese que dicho sea de paso, al final no le devolvió ni el saludo.
(Cuántas gastritis, úlceras, stress, depresiones, nerviosismos, imsomnios menos tendríamos si pudiéramos encontrar en Dios nuestra única riqueza y nuestra verdadera paz...)
lunes, 30 de julio de 2007
Uno que intercede por los demás
El informe había llegado hacía unos días. El Jefe estaba, más que molesto, preocupado. Ya había leído todo el legajo y finalmente hoy había decidido proceder. Estaba todo muy claro: esas dos ciudades eran de lo peor, sus habitantes habían hecho todo lo posible por colmar su paciencia y los vicios que en ellas imperaban le habían provocado fuertemente. Era evidente, a esa gente no le interesaba vivir decentemente: no sólo eran pecadores, eran provocadores y desafiantes en sus pecados; tantas veces habían escupido al cielo y se reían pensando que Él no haría nada finalmente, porque "es buenito". Le provocaban, como cuando la mujer infiel se pasea con el amante delante del esposo...
En los pasillos del palacio supremo, el aire estaba tenso, todos sabían del drama de esas ciudades. Sabían los del equipo que El Jefe era bueno pero ya esto era demasiado, nadie se atrevía a decir nada más sobre el asunto. El Jefe era la bondad misma y por eso estaba preocupado, porque esas ciudades se habían buscado su ruina con un empeño sorprendente, se dirigían derechitas y contoneándose, meneando las caderas, al fuego mismo.
De pronto entró en las instalaciones del alto mando ese amigo del Jefe, todos lo saludaron cortezmente, algún funcionario trato de decirle algo del problema y él lo cortó diciendo que sabía del asunto y que quería conversar de ello con El Jefe. Apenas lo vio, El Jefe se alegró, como que necesitaba ver a un amigo, siempre es bueno ver a un amigo en momentos difíciles. Luego del apretón de manos y de algunas palabras, El Jefe comunicó a su amigo lo que pensaba: La acusación contra esas ciudades es muy seria y grave, voy a... destruirlas. Abraham, que así se llamaba el amigo, contuvo un poco la respiración, sabía lo que eso costaba al corazón del Jefe, él no se alegraba de la muerte del pecador pero lo habían provocado ya demasiado. Pensaba rápidamente si algo se podía hacer todavía, era experto en ver el lado positivo de las cosas, siempre lograba ver algo bueno en las personas y en cada cosa, por eso se llevaba bien con El Jefe, porque éste había hecho todas las cosas muy buenas. Pero, claro, últimamente un tufillo extraño y horrible lo estaba invadiendo todo, ¿cómo era posible ser tan desalmados, tan descarados? Y recordaba que varias veces había estado por esa ciudad de paso y... ¡claro! ¡lo tenía! Y carraspeó y dijo:
- Disculpe, mi Señor, pero... yo conozco una comunidad de gente muy buena que vive en esas ciudades, son buenos en verdad, son justos. ¿Te atreverás a castigar y eliminar a esos 50 justos junto con los demás pecadores? Lejos de tí hacer eso, no puedes hacer que corran la misma suerte los justos con los pecadores...
Abraham dijo esto por la gran confianza que tenía en El Jefe y sabía que él le escucharía. El Jefe lo miró y comprendió que su amigo tenía razón y que si él decía que había un grupo de justos entonces no era propio eliminar la ciudad toda con ellos y entonces en razón de esos justos perdonaría las ciudades.
- No, en razón de esos 50 justos no eliminaré la ciudad.
Abraham respiró aliviado por todos esos amigos que tenía. pero luego de unos segundos pensó: Aunque viéndolo bien, creo que no son 50, porque está ese señor que no es tan bueno que digamos, ese que habla mal de los demás, luego está esa señora que odia a muerte a la otra señora que antes fue su amiga, claro, ah, y están esos dos muchachos que no van bien, yo les he hablado pero no se convencen...
Y llegó a la conclusión de que no eran 50 sino más bien 40. Se frotó la cara y dijo al Jefe:
- No se enoje mi Señor, pero ¿y qué tal si son sólo 40? ¿Vas a destruir esas ciudades sin importarte que hay en ellas cuarenta justos?
- Por esos 40 justos no las destruiré, tenlo por cierto.
Pero seguía pensando y, caray, se dio cuenta de que también habían algunos más que solían tener una doble moral, claro, esos que aparentaban ser muy buenos pero que en el fondo no eran de Dios y se atrevio:
- Mi Señor, estaba pensando que no son cuarenta sino treinta, ¿podrías reconsiderar las cosas y no destruir esas ciudades en razón de esos 30 justos?
El Jefe sonrió y le dijo:
- De acuerdo, por esos 30, no destruiré las ciudades.
Abraham siempre había sido un tipo positivo, siempre había pensado bien, pero ese día como que tenía un ataque de descarnado realismo y se le vinieron a la mente algunas cosas que había visto: que varios de esos justos no lo eran tanto, que habían hipócritas, que habían adúlteros, que había gente que odiaba... carraspeó y enjugando un repentino sudor, dijo:
- Mi Señor, mira, ehhh... Yo quisiera saber... ¿Qué pasaría si fueran 20? ¿destruirías las ciudades incluidos esos 20 justos?
- No Abraham, por esos veinte se salvarían las ciudades, descuida.
El servidor y amigo respiró aliviado. Pensaba que todo acabaría allí, pero ¡ayyy! ¿Qué le pasaba hoy? Se quedó pensativo, ¿y si son sólo diez? No dudaba de la bondad del jefe, es que le dolía la escasez de gente realmente buena, la escasez de gente que no había doblado la rodilla ante ningún ídolo. El Jefe lo miró y entendió:
- Son 10, ¿verdad?
- Sí, Mi Señor, son sólo diez.
- Descuida pequeño, por esos diez se salvarán las ciudades, no temas.
Y El Jefe terminó reanimando al amigo fiel.
Y El Jefe pensó que por esos diez justos valía la pena dar una oportunidad a esas ciudades.
Y El Jefe tenía la esperanza puesta en esos diez justos y por ello esa noche durmió tranquilo.
Y abraham, por su parte, pensó que al Jefe no le gusta la muerte del pecador sino que cambie de conducta y que viva.
Y esa noche, aunque en muchos lugares de esas ciudades la gente seguía en sus pecados, habían 10 justos que vivían respetando y agradando a Dios.
Y El Jefe los miró con alegría, con cariño.
(Para pensar:
¿Existirán en nuestras ciudades "diez justos" por lo menos?
¿Qué podríamos hacer para que su número aumente?
¿Hasta qué punto es necesario un intercesor ante Dios mismo?
¿Qué pasaría si a uno a o muchos de esos inicuos pecadores no les interesa convertirse pensando que basta con que otros recen por ellos para salvarse mientars ellos siguen encharcados en su lodo de pecado?)
En los pasillos del palacio supremo, el aire estaba tenso, todos sabían del drama de esas ciudades. Sabían los del equipo que El Jefe era bueno pero ya esto era demasiado, nadie se atrevía a decir nada más sobre el asunto. El Jefe era la bondad misma y por eso estaba preocupado, porque esas ciudades se habían buscado su ruina con un empeño sorprendente, se dirigían derechitas y contoneándose, meneando las caderas, al fuego mismo.
De pronto entró en las instalaciones del alto mando ese amigo del Jefe, todos lo saludaron cortezmente, algún funcionario trato de decirle algo del problema y él lo cortó diciendo que sabía del asunto y que quería conversar de ello con El Jefe. Apenas lo vio, El Jefe se alegró, como que necesitaba ver a un amigo, siempre es bueno ver a un amigo en momentos difíciles. Luego del apretón de manos y de algunas palabras, El Jefe comunicó a su amigo lo que pensaba: La acusación contra esas ciudades es muy seria y grave, voy a... destruirlas. Abraham, que así se llamaba el amigo, contuvo un poco la respiración, sabía lo que eso costaba al corazón del Jefe, él no se alegraba de la muerte del pecador pero lo habían provocado ya demasiado. Pensaba rápidamente si algo se podía hacer todavía, era experto en ver el lado positivo de las cosas, siempre lograba ver algo bueno en las personas y en cada cosa, por eso se llevaba bien con El Jefe, porque éste había hecho todas las cosas muy buenas. Pero, claro, últimamente un tufillo extraño y horrible lo estaba invadiendo todo, ¿cómo era posible ser tan desalmados, tan descarados? Y recordaba que varias veces había estado por esa ciudad de paso y... ¡claro! ¡lo tenía! Y carraspeó y dijo:
- Disculpe, mi Señor, pero... yo conozco una comunidad de gente muy buena que vive en esas ciudades, son buenos en verdad, son justos. ¿Te atreverás a castigar y eliminar a esos 50 justos junto con los demás pecadores? Lejos de tí hacer eso, no puedes hacer que corran la misma suerte los justos con los pecadores...
Abraham dijo esto por la gran confianza que tenía en El Jefe y sabía que él le escucharía. El Jefe lo miró y comprendió que su amigo tenía razón y que si él decía que había un grupo de justos entonces no era propio eliminar la ciudad toda con ellos y entonces en razón de esos justos perdonaría las ciudades.
- No, en razón de esos 50 justos no eliminaré la ciudad.
Abraham respiró aliviado por todos esos amigos que tenía. pero luego de unos segundos pensó: Aunque viéndolo bien, creo que no son 50, porque está ese señor que no es tan bueno que digamos, ese que habla mal de los demás, luego está esa señora que odia a muerte a la otra señora que antes fue su amiga, claro, ah, y están esos dos muchachos que no van bien, yo les he hablado pero no se convencen...
Y llegó a la conclusión de que no eran 50 sino más bien 40. Se frotó la cara y dijo al Jefe:
- No se enoje mi Señor, pero ¿y qué tal si son sólo 40? ¿Vas a destruir esas ciudades sin importarte que hay en ellas cuarenta justos?
- Por esos 40 justos no las destruiré, tenlo por cierto.
Pero seguía pensando y, caray, se dio cuenta de que también habían algunos más que solían tener una doble moral, claro, esos que aparentaban ser muy buenos pero que en el fondo no eran de Dios y se atrevio:
- Mi Señor, estaba pensando que no son cuarenta sino treinta, ¿podrías reconsiderar las cosas y no destruir esas ciudades en razón de esos 30 justos?
El Jefe sonrió y le dijo:
- De acuerdo, por esos 30, no destruiré las ciudades.
Abraham siempre había sido un tipo positivo, siempre había pensado bien, pero ese día como que tenía un ataque de descarnado realismo y se le vinieron a la mente algunas cosas que había visto: que varios de esos justos no lo eran tanto, que habían hipócritas, que habían adúlteros, que había gente que odiaba... carraspeó y enjugando un repentino sudor, dijo:
- Mi Señor, mira, ehhh... Yo quisiera saber... ¿Qué pasaría si fueran 20? ¿destruirías las ciudades incluidos esos 20 justos?
- No Abraham, por esos veinte se salvarían las ciudades, descuida.
El servidor y amigo respiró aliviado. Pensaba que todo acabaría allí, pero ¡ayyy! ¿Qué le pasaba hoy? Se quedó pensativo, ¿y si son sólo diez? No dudaba de la bondad del jefe, es que le dolía la escasez de gente realmente buena, la escasez de gente que no había doblado la rodilla ante ningún ídolo. El Jefe lo miró y entendió:
- Son 10, ¿verdad?
- Sí, Mi Señor, son sólo diez.
- Descuida pequeño, por esos diez se salvarán las ciudades, no temas.
Y El Jefe terminó reanimando al amigo fiel.
Y El Jefe pensó que por esos diez justos valía la pena dar una oportunidad a esas ciudades.
Y El Jefe tenía la esperanza puesta en esos diez justos y por ello esa noche durmió tranquilo.
Y abraham, por su parte, pensó que al Jefe no le gusta la muerte del pecador sino que cambie de conducta y que viva.
Y esa noche, aunque en muchos lugares de esas ciudades la gente seguía en sus pecados, habían 10 justos que vivían respetando y agradando a Dios.
Y El Jefe los miró con alegría, con cariño.
(Para pensar:
¿Existirán en nuestras ciudades "diez justos" por lo menos?
¿Qué podríamos hacer para que su número aumente?
¿Hasta qué punto es necesario un intercesor ante Dios mismo?
¿Qué pasaría si a uno a o muchos de esos inicuos pecadores no les interesa convertirse pensando que basta con que otros recen por ellos para salvarse mientars ellos siguen encharcados en su lodo de pecado?)
domingo, 22 de julio de 2007
¿Resignación?
Desde hace algún tiempo ronda en mi cabeza un “descubrimiento”, acaso una constatación no muy feliz. Se trata de lo siguiente: Hoy en día muchos jóvenes, incluso también nuestros niños y adolescentes, están absorbiendo una serie de extrañas ideas en sus propias escuelas y por los medios de comunicación masiva, curiosas ideas que los están convenciendo de una gran mentira: el pensar que los valores y la moral que siempre existió, hoy ya no está en vigencia, que era sólo el fruto de una convención humana, fruto de una época (ya superada), que a fin de cuentas ya estamos en otros tiempos, que todo aquello que para sus padres era verdad (comprendidos los abuelos y educadores mayores) hoy ya no lo es más, que hoy existen otros principios (mejor dicho, no existen ya más principios)...
¿Será esto un mal sueño en una mala posada? ¡Me gustaría tanto equivocarme al tener esta percepción de la actual realidad de nuestra sociedad!
Pero lo peor no es eso, que nuestros jóvenes y niños piensen eso, lo peor es lo que viene a continuación: que los padres y abuelos (y aquellos que no lo somos, pero que hacemos de guías y maestros de muchos) nos dejemos convencer por quienes piensan así. Lo peor es acabar pensando precisamente eso, que ya pasó nuestro tiempo, que nuestros valores hoy ya no tienen cabida, que pertenecemos a un mundo que hoy ya casi no existe y en el que hay "otros valores".
Me parece que ya es cruel que un joven (adolescentes incluidos), le diga a su padre (o madre) que los principios con los cuales fue educado ya han pasado, que ya hicieron su tiempo y que estos son tiempos nuevos en los que padres y abuelos (léase, mayores de cuarenta años) ya prácticamente no tienen nada que decir.
Pero me parece aún más cruel que los mismos padres y abuelos comiencen a resignarse pensando que sus hijos (nietos o alumnos) tienen razón y que al fin y al cabo ya para ellos pasó el tiempo y que indefectiblemente están condenados a vegetar, espiritual y moralmente hablando. Me parece que ya es una gran falta de respeto “enterrar” a nuestros mayores haciéndoles creer que sus ideas y principios de la vida ya no tienen vigencia hoy en día, creo que ese es un gran pecado de nuestra juventud actual. Pero es todavía más triste que nuestros mayores comiencen a pensar que es así y que ya no tienen nada que decir, que ya no tienen porqué juzgar nada... me da la impresión que con el moderno pensamiento juvenil dejamos a nuestros mayores amordazados, con tapones en los oídos, arrinconados a ver todo y no decir nada... “por que ya pasó su tiempo”
¡Jóvenes amigos: hay valores y principios que nunca pasarán de moda, hay una ley moral que no depende de lo que hoy se hable en la televisión o se vea en los diarios de medio sol, hay principios de vida y valores morales que están mucho antes que las meras convenciones humanas y sería bueno que tengan por lo menos una cuota de humildad y honestidad para afirmar que con ustedes el mundo no ha comenzado a existir, que mucho más antes que ustedes vinieran al mundo han existido grandes hombres y mujeres que supieron escuchar a sus mayores para saber de verdad lo que es la vida!
¡Padres y abuelos: por favor, no se queden callados, den batalla hasta el final, estén firmemente convencidos de que todo aquello que aprendieron de sus maestros y padres era y es cierto, de que hay cosas que nunca pasarán de moda, por más que de ello ya no se hable en público, por más que de ello ahora se hable con mucho temor y casi a escondidas: la fe, la moral, el respeto a la vida, la pureza, la castidad, el respeto a los padres, la buena educación, la amabilidad, la honestidad, el amor a la verdad, la fidelidad, la honradez, al amor al sacrificio, la abnegación y la renuncia por amor a bienes e ideales mayores. No dejen que los callen fácilmente, hagan relucir su experiencia de vida con una buena dosis de amabilidad y cariño!
Padres y abuelos, maestros y educadores de verdad: No opten por esa especie de eutanasia moral, no tienen derecho de hacerlo, los jóvenes honrados y honestos queremos escucharlos una vez más. No se callen y no dejen que nadie los calle, que nadie les tape la boca ni les arrincone en la vida, tienen mucho qué decir. La resignación no es una virtud ni mucho menos es una actitud cristiana.
Se lo pide un sacerdote y religioso joven, que bien podría ser vuestro hijo o vuestro nieto.
¿Será esto un mal sueño en una mala posada? ¡Me gustaría tanto equivocarme al tener esta percepción de la actual realidad de nuestra sociedad!
Pero lo peor no es eso, que nuestros jóvenes y niños piensen eso, lo peor es lo que viene a continuación: que los padres y abuelos (y aquellos que no lo somos, pero que hacemos de guías y maestros de muchos) nos dejemos convencer por quienes piensan así. Lo peor es acabar pensando precisamente eso, que ya pasó nuestro tiempo, que nuestros valores hoy ya no tienen cabida, que pertenecemos a un mundo que hoy ya casi no existe y en el que hay "otros valores".
Me parece que ya es cruel que un joven (adolescentes incluidos), le diga a su padre (o madre) que los principios con los cuales fue educado ya han pasado, que ya hicieron su tiempo y que estos son tiempos nuevos en los que padres y abuelos (léase, mayores de cuarenta años) ya prácticamente no tienen nada que decir.
Pero me parece aún más cruel que los mismos padres y abuelos comiencen a resignarse pensando que sus hijos (nietos o alumnos) tienen razón y que al fin y al cabo ya para ellos pasó el tiempo y que indefectiblemente están condenados a vegetar, espiritual y moralmente hablando. Me parece que ya es una gran falta de respeto “enterrar” a nuestros mayores haciéndoles creer que sus ideas y principios de la vida ya no tienen vigencia hoy en día, creo que ese es un gran pecado de nuestra juventud actual. Pero es todavía más triste que nuestros mayores comiencen a pensar que es así y que ya no tienen nada que decir, que ya no tienen porqué juzgar nada... me da la impresión que con el moderno pensamiento juvenil dejamos a nuestros mayores amordazados, con tapones en los oídos, arrinconados a ver todo y no decir nada... “por que ya pasó su tiempo”
¡Jóvenes amigos: hay valores y principios que nunca pasarán de moda, hay una ley moral que no depende de lo que hoy se hable en la televisión o se vea en los diarios de medio sol, hay principios de vida y valores morales que están mucho antes que las meras convenciones humanas y sería bueno que tengan por lo menos una cuota de humildad y honestidad para afirmar que con ustedes el mundo no ha comenzado a existir, que mucho más antes que ustedes vinieran al mundo han existido grandes hombres y mujeres que supieron escuchar a sus mayores para saber de verdad lo que es la vida!
¡Padres y abuelos: por favor, no se queden callados, den batalla hasta el final, estén firmemente convencidos de que todo aquello que aprendieron de sus maestros y padres era y es cierto, de que hay cosas que nunca pasarán de moda, por más que de ello ya no se hable en público, por más que de ello ahora se hable con mucho temor y casi a escondidas: la fe, la moral, el respeto a la vida, la pureza, la castidad, el respeto a los padres, la buena educación, la amabilidad, la honestidad, el amor a la verdad, la fidelidad, la honradez, al amor al sacrificio, la abnegación y la renuncia por amor a bienes e ideales mayores. No dejen que los callen fácilmente, hagan relucir su experiencia de vida con una buena dosis de amabilidad y cariño!
Padres y abuelos, maestros y educadores de verdad: No opten por esa especie de eutanasia moral, no tienen derecho de hacerlo, los jóvenes honrados y honestos queremos escucharlos una vez más. No se callen y no dejen que nadie los calle, que nadie les tape la boca ni les arrincone en la vida, tienen mucho qué decir. La resignación no es una virtud ni mucho menos es una actitud cristiana.
Se lo pide un sacerdote y religioso joven, que bien podría ser vuestro hijo o vuestro nieto.
lunes, 16 de julio de 2007
Un dolor esdrújulo
Ya que este blog lo leen personas si no piadosas por lo menos de buena voluntad, se me ha ocurrido avisarles acerca de una dolencia que desde hace mucho tiempo ha estado atacando a la gente que precisamente dice vivir junto a Dios. El problema es que muchos la sufren pero no le dan importancia, pero a la larga hace de nuestra existencia creyente algo muy insípido e incoloro.
Según el reporte de dos terapeutas reconocidos se trata de una dolencia peculiar que ataca el organismo espiritual, se manifiesta por medio de un dolor que no es grave pero que tampoco es agudo, siendo así se trata de un dolor... esdrújulo.
Ya que no es dolor grave, puede uno vivir con él, convivir con ese dolor y hasta acostumbrarse a que le duela, total, si no es grave... Pero tampoco es agudo, porque aparentemente no fastidia mucho, no inca tanto, no es un retortijón, no es una punzada que nos bloquea, no, no es agudo.
La enfermedad del dolor esdrújulo ataca a quienes afirman practicar la fe pero de memoria, de oídas, siguiendo simples tradiciones pero sin poner el corazón en cada cosa, ataca de preferencia a los que se contentan con vivir una religión de fachadas piadosas. Se ha informado que últimamente estaría atacando a quienes dan charlas sobre los sacramentos pero sin vivirlos, también nos informan que ataca a algunos (mejor dicho, varios) predicadores que hablan sin convicción y a no pocos creyentes y voluntarios superparroquiales que hacen de todo en la parroquia pero que no tienen oración ni se confiesan ni comulgan pudiendo hacerlo. Parece ser que ha atacado a muchos catequistas que dan sus charlas y clases y que no tienen a Jesús como alegría en el corazón. Precisamente ese es uno de los síntomas: se vive la fe sin alegría, sin ilusión, sin asombro, sin entusiasmo, simplemente se subsiste en la fe, se saben los contenidos pero esos contenidos no bajan al afecto y la emoción por darse una obstrucción a la altura del corazón, la cual provoca el dolor esdrújulo.
Aun no se ha descubierto una medicina adecuada para curar este dolor esdrújulo, la única salvación es un fuerte golpe de gracia, de este modo el dolor esdrújulo se tendrá que volver agudo y se pedirá sin chistar el auxilio necesario de Dios para la total curación.
Hay algunos que afirman que este dolor es primo hermano de la tibieza moral y espiritual, otros dicen que es lo mismo que la mediocridad en vida espiritual, lo cierto es que los que sufren este dolor a veces ni se dan cuenta, total, como no es grave ni es agudo...
El dolor esdrújulo produce cristianos superficiales, que así como están con Dios también están dispuestos a estar con el enemigo, produce cristianos cuyas actitudes en nada se diferencian de la de los mundanos o increyentes (Dios y mundo no pueden estar juntos, de hecho). Lo triste del dolor esdrújulo es que nos quita el empuje de la fe, la alegría de seguir a Jesucristo, el entusiasmo por su Reino, nos acostumbra a las cosas de Dios, nos quita ese encanto de la fe recién descubierta, nos corta la esperanza de ver su Rostro algún día, nos inyecta tristeza y pesadumbre en las venas.
¿Qué hacer? Pienso que el dolor esdrújulo se puede combatir si nos confrontamos cada día con el Evangelio y con Jesús silencioso presente en el sagrario, Evangelio y sagrario son los antídotos que debemos usar y la terapia inmediata es la caridad efectiva y alegre, aunque no haya ganas.
¿Tienen alguna otra información y/o alcance sobre esta enfermedad?
Avísennos pronto por este medio
Hasta la próxima.
Según el reporte de dos terapeutas reconocidos se trata de una dolencia peculiar que ataca el organismo espiritual, se manifiesta por medio de un dolor que no es grave pero que tampoco es agudo, siendo así se trata de un dolor... esdrújulo.
Ya que no es dolor grave, puede uno vivir con él, convivir con ese dolor y hasta acostumbrarse a que le duela, total, si no es grave... Pero tampoco es agudo, porque aparentemente no fastidia mucho, no inca tanto, no es un retortijón, no es una punzada que nos bloquea, no, no es agudo.
La enfermedad del dolor esdrújulo ataca a quienes afirman practicar la fe pero de memoria, de oídas, siguiendo simples tradiciones pero sin poner el corazón en cada cosa, ataca de preferencia a los que se contentan con vivir una religión de fachadas piadosas. Se ha informado que últimamente estaría atacando a quienes dan charlas sobre los sacramentos pero sin vivirlos, también nos informan que ataca a algunos (mejor dicho, varios) predicadores que hablan sin convicción y a no pocos creyentes y voluntarios superparroquiales que hacen de todo en la parroquia pero que no tienen oración ni se confiesan ni comulgan pudiendo hacerlo. Parece ser que ha atacado a muchos catequistas que dan sus charlas y clases y que no tienen a Jesús como alegría en el corazón. Precisamente ese es uno de los síntomas: se vive la fe sin alegría, sin ilusión, sin asombro, sin entusiasmo, simplemente se subsiste en la fe, se saben los contenidos pero esos contenidos no bajan al afecto y la emoción por darse una obstrucción a la altura del corazón, la cual provoca el dolor esdrújulo.
Aun no se ha descubierto una medicina adecuada para curar este dolor esdrújulo, la única salvación es un fuerte golpe de gracia, de este modo el dolor esdrújulo se tendrá que volver agudo y se pedirá sin chistar el auxilio necesario de Dios para la total curación.
Hay algunos que afirman que este dolor es primo hermano de la tibieza moral y espiritual, otros dicen que es lo mismo que la mediocridad en vida espiritual, lo cierto es que los que sufren este dolor a veces ni se dan cuenta, total, como no es grave ni es agudo...
El dolor esdrújulo produce cristianos superficiales, que así como están con Dios también están dispuestos a estar con el enemigo, produce cristianos cuyas actitudes en nada se diferencian de la de los mundanos o increyentes (Dios y mundo no pueden estar juntos, de hecho). Lo triste del dolor esdrújulo es que nos quita el empuje de la fe, la alegría de seguir a Jesucristo, el entusiasmo por su Reino, nos acostumbra a las cosas de Dios, nos quita ese encanto de la fe recién descubierta, nos corta la esperanza de ver su Rostro algún día, nos inyecta tristeza y pesadumbre en las venas.
¿Qué hacer? Pienso que el dolor esdrújulo se puede combatir si nos confrontamos cada día con el Evangelio y con Jesús silencioso presente en el sagrario, Evangelio y sagrario son los antídotos que debemos usar y la terapia inmediata es la caridad efectiva y alegre, aunque no haya ganas.
¿Tienen alguna otra información y/o alcance sobre esta enfermedad?
Avísennos pronto por este medio
Hasta la próxima.
lunes, 9 de julio de 2007
Palabras "intolerantes"
Dos intolerantes hablando en las catacumbas
Les cuento que por gracia de Dios tengo un amigo con el cual compartimos la "intolerancia" de creer en Jesucristo a quemarropa y de cuando en cuando nos juntamos a conversar y pensar en alta voz nuestra fe y adhesión a El. De hecho nuestras conversaciones no son "tolerantes" ni modernas, nos damos el gusto de ser distintos y eso nos hace felices.
Ayer me volví a encontrar con Gus y se nos pasó el tiempo comentando varias cosas y riéndonos de muchas otras. El viejo Gus no pierde la chispa y yo lo he provocado varias veces para que diga esas frases de antología tan suyas y tan sabias.
Una de las cosas en las coincidimos es en identificar, individuar dirían los contemporáneos, un fenómeno que se da a todas luces entre los que nos llamamos humanos civilizados. El hecho es éste, así nomás, sin rodeos: la repetida acusación que se hace a quien tiene serias convicciones de fe y moral de ser intolerante. Este es el punto que ahora les dejo.
¡Intolerantes!
Intolerante!!!!!!!!!! No hay mayor insulto hoy en día, creo yo. Cualquiera que recibe ese mote ya puede ir despidiéndose de su buena o respetable fama (posiblemente ya me despedí de mi muy buena fama desde que comencé a escribir este "blog"..., no importa, lo asumimos serenamente). Al desdichado que le cae ese calificativo ("intolerante") ya se lo puede tragar la tierra porque ya los demás, "intelectuales" incluidos, lo van a considerar por lo menos retrasado, anacrónico.
Intolerante!!!!!!!!! Te lo van a decir bien firmes si dices que alguna actitud "moderna" es pecado (¡Ayyyy! Ya hablar del tema seguramente provoca una sonrisita compasiva en quien nos escucha o nos lee...)
Intolerante!!!!!!!! Te lo dirán si afirmas con gran convicción tu propia fe, la fe en la que fuiste bautizado.
Intolerante!!!!!!!! Si afirmas (pobre de tí....) que Jesucristo es el Único Salvador del mundo, a lo sumo te dirán con pena: "Eso es para tí..."
Intolerante!!!!!!!! Si pretendes corregir alguna mala conducta, que tú sabes que es mala....
Hasta tal punto que muchos jóvenes buenos ya dudan si estarán haciendo bien cuando dicen lo que es recto y lo que es bueno.
Me provoca un tremendo dolor cuando veo el drama de los buenos que comienzan a dudar si sus principios morales serán los correctos cuando todo el mundo, mañana, tarde y noche, les dice que no es así, que todo eso ya pasó, que ahora se vive de otro modo, que "los tiempos han cambiado".
Hasta tal punto que muchos educadores, profesores, formadores, catedráticos, dejan de decir lo que tenían que haber dicho a sus jóvenes y alumnos para no hacerse acreedores al nefasto título: "Intolerante"
Me impresiona observar que el mal, la inmoralidad, ahora piden tolerancia, piden comprensión, pero no hablan nada de arrepentimiento (La inmoralidad no admite leyes absolutas, con ello es mucho más intolerante y dogmática que aquellos a quienes pretende atacar).
Debo aclarar: No admito ni de lejos las verdaderas intolerancias: el fundamentalismo ciego, el laicismo procaz, el pansexualismo, el relativismo sutil, los racismos, las religiosidades estrechas y mentirosas, la industria del aborto, de los anticonceptivos y preservativos nuestros de cada día. Esas son las verdaderas intolerancias, como cuando ciertas facciones feministas no toleran que se hable en favor de la vida del no nacido y no toleran que se defiendan los valores cristianos.
Que feo y triste cuando lo inmoral pide tolerancia y acusa de intolerantes a quienes no piensan como ellos.
Pero más feo se pone todo cuando por temor a quedarnos solos o sin amigos cedemos a la "tolerancia" actual: no decir nada, no meterse en problemas, no amargarse la vida, cada quien que se la vea... cristianos y creyentes en Jesucristo que se quedan callados para no "malograrse" la vida.
Estas líneas son una palabra de ánimo a todos aquellos que sienten la tentación de sentirse "marcianos" en medio de la intolerancia propia de la mentalidad relativista y laicista que respiramos cada día.
Ser de Jesucristo es nadar contracorriente y es buscar La Verdad y amarla, porque él es la única Verdad. No temamos entonces pasar por "intolerantes", Él nos ha dicho que ha vencido al mundo y que nosotros también lo venceremos.
Ánimo.
Parafraseando a aquel tipo cuyo nombre no me acuerdo, podemos decir, con las salvedades correspondientes:
¡Intolerantes del mundo, uníos!
Y Ustedes, ¿qué dicen?
Les cuento que por gracia de Dios tengo un amigo con el cual compartimos la "intolerancia" de creer en Jesucristo a quemarropa y de cuando en cuando nos juntamos a conversar y pensar en alta voz nuestra fe y adhesión a El. De hecho nuestras conversaciones no son "tolerantes" ni modernas, nos damos el gusto de ser distintos y eso nos hace felices.
Ayer me volví a encontrar con Gus y se nos pasó el tiempo comentando varias cosas y riéndonos de muchas otras. El viejo Gus no pierde la chispa y yo lo he provocado varias veces para que diga esas frases de antología tan suyas y tan sabias.
Una de las cosas en las coincidimos es en identificar, individuar dirían los contemporáneos, un fenómeno que se da a todas luces entre los que nos llamamos humanos civilizados. El hecho es éste, así nomás, sin rodeos: la repetida acusación que se hace a quien tiene serias convicciones de fe y moral de ser intolerante. Este es el punto que ahora les dejo.
¡Intolerantes!
Intolerante!!!!!!!!!! No hay mayor insulto hoy en día, creo yo. Cualquiera que recibe ese mote ya puede ir despidiéndose de su buena o respetable fama (posiblemente ya me despedí de mi muy buena fama desde que comencé a escribir este "blog"..., no importa, lo asumimos serenamente). Al desdichado que le cae ese calificativo ("intolerante") ya se lo puede tragar la tierra porque ya los demás, "intelectuales" incluidos, lo van a considerar por lo menos retrasado, anacrónico.
Intolerante!!!!!!!!! Te lo van a decir bien firmes si dices que alguna actitud "moderna" es pecado (¡Ayyyy! Ya hablar del tema seguramente provoca una sonrisita compasiva en quien nos escucha o nos lee...)
Intolerante!!!!!!!! Te lo dirán si afirmas con gran convicción tu propia fe, la fe en la que fuiste bautizado.
Intolerante!!!!!!!! Si afirmas (pobre de tí....) que Jesucristo es el Único Salvador del mundo, a lo sumo te dirán con pena: "Eso es para tí..."
Intolerante!!!!!!!! Si pretendes corregir alguna mala conducta, que tú sabes que es mala....
Hasta tal punto que muchos jóvenes buenos ya dudan si estarán haciendo bien cuando dicen lo que es recto y lo que es bueno.
Me provoca un tremendo dolor cuando veo el drama de los buenos que comienzan a dudar si sus principios morales serán los correctos cuando todo el mundo, mañana, tarde y noche, les dice que no es así, que todo eso ya pasó, que ahora se vive de otro modo, que "los tiempos han cambiado".
Hasta tal punto que muchos educadores, profesores, formadores, catedráticos, dejan de decir lo que tenían que haber dicho a sus jóvenes y alumnos para no hacerse acreedores al nefasto título: "Intolerante"
Me impresiona observar que el mal, la inmoralidad, ahora piden tolerancia, piden comprensión, pero no hablan nada de arrepentimiento (La inmoralidad no admite leyes absolutas, con ello es mucho más intolerante y dogmática que aquellos a quienes pretende atacar).
Debo aclarar: No admito ni de lejos las verdaderas intolerancias: el fundamentalismo ciego, el laicismo procaz, el pansexualismo, el relativismo sutil, los racismos, las religiosidades estrechas y mentirosas, la industria del aborto, de los anticonceptivos y preservativos nuestros de cada día. Esas son las verdaderas intolerancias, como cuando ciertas facciones feministas no toleran que se hable en favor de la vida del no nacido y no toleran que se defiendan los valores cristianos.
Que feo y triste cuando lo inmoral pide tolerancia y acusa de intolerantes a quienes no piensan como ellos.
Pero más feo se pone todo cuando por temor a quedarnos solos o sin amigos cedemos a la "tolerancia" actual: no decir nada, no meterse en problemas, no amargarse la vida, cada quien que se la vea... cristianos y creyentes en Jesucristo que se quedan callados para no "malograrse" la vida.
Estas líneas son una palabra de ánimo a todos aquellos que sienten la tentación de sentirse "marcianos" en medio de la intolerancia propia de la mentalidad relativista y laicista que respiramos cada día.
Ser de Jesucristo es nadar contracorriente y es buscar La Verdad y amarla, porque él es la única Verdad. No temamos entonces pasar por "intolerantes", Él nos ha dicho que ha vencido al mundo y que nosotros también lo venceremos.
Ánimo.
Parafraseando a aquel tipo cuyo nombre no me acuerdo, podemos decir, con las salvedades correspondientes:
¡Intolerantes del mundo, uníos!
Y Ustedes, ¿qué dicen?
miércoles, 4 de julio de 2007
¿Por qué ser diferentes? (2ª parte)
Vivimos en un ambiente pretendidamente pluralista y abierto de mente, muy democrático y nada impositivo. Por todas partes se oye una constante voz de repudio a cualquier clase de "fundamentalismos" "totalitarismos" "absolutismos"
Prácticamente hablar del tema y en una determinada dirección es sinónimo de "estar al día", es una buena manera de estar "a tono". Todo aquel de desentona está "desubicado" y... o se le combate ridiculizándolo o se le deja de lado para que muera en su soledad. Muy posiblemente el hecho de que alguien escriba lo que trato de escribir sea a los ojos de muchos el signo de que aún quedan personas "cerradas" en sus ideas. Pero analicemos un poco si es o no racional la postura de quienes dicen ser pluralistas y modernos en su pensamiento.
Me permito hacer esta reflexión:
¿No será que el pretendido pluralismo que hoy se ostenta (en lo intelecual, moral, político, cultural, etc.) en nuestra sociedad es una nueva forma de totalitarismo empobrecedor y asfixiante? Es decir, se afirma: no hay ya lugar para ninguna idea con pretensión de verdad absoluta para todos.
Y yo pregunto: Decir eso, ¿No es ya contradecir el principio que se defiende? Porque se acaba creyendo en un absoluto: que no hay verdad absoluta, y se afirma esto como verdad absoluta para todos y sin críticas (el que critica esto es mal visto o desestimado: fanático).
El pretendido pluralismo de hoy en día es un auténtico totalitarismo, mentiroso y cruel como todos los totalitarismos políticos y sociales. ¿Por qué? Por el hecho de que se burla y combate sutilmente a todos aquellos que no piensan como él. El pluralismo de hoy en día no acepta que nadie piense distinto de él, lo ataca, lo ridiculiza sin más, lo silencia, lo margina.
Tan sólo les invito a pensar cómo trata el pretendido mundo pluralista de hoy a los que creemos en Jesucristo, ¿acaso no se nos ridiculiza? ¿acaso no se nos silencia? ¿acaso no se nos margina? No nos dan cabida en la discusión política, no nos dejan hablar de los problemas sociales, no dejan que entremos a los medios de comunicación social o se reducen tanto los espacios para la fe que la información sobre la muerte de un perro tiene una página entera y en cambio se ha anulado hace tiempo la columna que se escribía con el comentario del evangelio dominical (me refiero al diario El Comercio, ver el del domingo 1 de julio, suplemento sobre el hogar).
El falso pluralismo es falso desde la raíz, porque no acepta una palabra distinta, no acepta a quien hable de absolutos, no es plural. No acepta a Jesucristo porque sabe, intuye, que como Jesucristo no hay otro ni lo habrá. El falso pluralismo se jacta de ser muy "abierto" de mente pero no acepta a quienes piensen distinto, le molesta sobre manera que alguien se atreva a vivir y pensar distinto.
Este blog quiere ser un espacio para quienes quieren pensar y vivir distinto desde Jesucristo. Tenemos todo el derecho y el deber de hacerlo, el evangelio nos lo reclama.
Posiblemente luego de leer este breve comentario alguno crea que quien escribe todo esto es un obseso. Quizá. Pero ante todo quien escribe sólo reclama su derecho de pensar distinto y de vivir distinto.
Y Ustedes, ¿qué dicen?
Prácticamente hablar del tema y en una determinada dirección es sinónimo de "estar al día", es una buena manera de estar "a tono". Todo aquel de desentona está "desubicado" y... o se le combate ridiculizándolo o se le deja de lado para que muera en su soledad. Muy posiblemente el hecho de que alguien escriba lo que trato de escribir sea a los ojos de muchos el signo de que aún quedan personas "cerradas" en sus ideas. Pero analicemos un poco si es o no racional la postura de quienes dicen ser pluralistas y modernos en su pensamiento.
Me permito hacer esta reflexión:
¿No será que el pretendido pluralismo que hoy se ostenta (en lo intelecual, moral, político, cultural, etc.) en nuestra sociedad es una nueva forma de totalitarismo empobrecedor y asfixiante? Es decir, se afirma: no hay ya lugar para ninguna idea con pretensión de verdad absoluta para todos.
Y yo pregunto: Decir eso, ¿No es ya contradecir el principio que se defiende? Porque se acaba creyendo en un absoluto: que no hay verdad absoluta, y se afirma esto como verdad absoluta para todos y sin críticas (el que critica esto es mal visto o desestimado: fanático).
El pretendido pluralismo de hoy en día es un auténtico totalitarismo, mentiroso y cruel como todos los totalitarismos políticos y sociales. ¿Por qué? Por el hecho de que se burla y combate sutilmente a todos aquellos que no piensan como él. El pluralismo de hoy en día no acepta que nadie piense distinto de él, lo ataca, lo ridiculiza sin más, lo silencia, lo margina.
Tan sólo les invito a pensar cómo trata el pretendido mundo pluralista de hoy a los que creemos en Jesucristo, ¿acaso no se nos ridiculiza? ¿acaso no se nos silencia? ¿acaso no se nos margina? No nos dan cabida en la discusión política, no nos dejan hablar de los problemas sociales, no dejan que entremos a los medios de comunicación social o se reducen tanto los espacios para la fe que la información sobre la muerte de un perro tiene una página entera y en cambio se ha anulado hace tiempo la columna que se escribía con el comentario del evangelio dominical (me refiero al diario El Comercio, ver el del domingo 1 de julio, suplemento sobre el hogar).
El falso pluralismo es falso desde la raíz, porque no acepta una palabra distinta, no acepta a quien hable de absolutos, no es plural. No acepta a Jesucristo porque sabe, intuye, que como Jesucristo no hay otro ni lo habrá. El falso pluralismo se jacta de ser muy "abierto" de mente pero no acepta a quienes piensen distinto, le molesta sobre manera que alguien se atreva a vivir y pensar distinto.
Este blog quiere ser un espacio para quienes quieren pensar y vivir distinto desde Jesucristo. Tenemos todo el derecho y el deber de hacerlo, el evangelio nos lo reclama.
Posiblemente luego de leer este breve comentario alguno crea que quien escribe todo esto es un obseso. Quizá. Pero ante todo quien escribe sólo reclama su derecho de pensar distinto y de vivir distinto.
Y Ustedes, ¿qué dicen?
lunes, 25 de junio de 2007
¿Por qué ser diferentes? (1º parte)
«Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para conocer las gracias que nos ha otorgado, de las cuales también nosotros hablamos, no con palabras enseñadas por la sabiduría humana, sino enseñadas por el Espíritu, expresando realidades espirituales en términos espirituales. El hombre naturalmente no acepta las cosas del Espíritu de Dios; son locura para él. Y no las puede entender, pues sólo espiritualmente pueden ser juzgadas. En cambio, el hombre de espíritu lo juzga todo; y a él nadie puede juzgarle. Porque ¿quién conoció la mente del Señor para instruirle? Pero nosotros tenemos la mente de Cristo» (1Cor2, 12-16)
Este texto de la primera carta de San Pablo a los corintios junto con este otro: «¡No se unan en yugo desigual con los infieles! Pues ¿qué relación hay entre la justicia y la iniquidad? ¿Qué unión entre la luz y las tinieblas? ¿Qué armonía entre Cristo y Beliar? ¿Qué comunicación entre el fiel y el infiel?» (2Cor 6, 14-15) nos colocan bíblicamente en la idea central de nuestro blog, «Para ser diferentes».
A la edad de 16 años me encontré con Jesucristo y desde aquel entonces me sentí impulsado a ver las personas y los acontecimientos con ojos nuevos. Tuvieron que pasar varios años para que cayera en la cuenta de que me había encontrado con la misma Sabiduría de Dios, la que enseña el Espíritu de Dios, Jesucristo. Desde aquella noche de noviembre de 1987 me sentí invadido por la locura de Dios y elegí caminar y vivir al revés. Han pasado 20 años desde aquel entonces y hoy les presento estos escritos no sé si bien madurados pero sí bien sinceros y verdaderos que espero puedan ayudar a muchos a lograr vivir a Jesucristo en lo cotidiano de la vida.
Y es que la fe en Jesucristo El Señor es para vivirse más fuera que dentro de las iglesias. Lamentablemente habemos cristianos que estamos convencidos de que la fe es sólo una cuestión más en la vida (“la cuestión religiosa”, dicen), como si Dios no bastara para vivir. Jesucristo es para vivirse en las calles y allí donde los hombres arman y desarman sus juegos de felicidad y de vida.
Una de las cosas que me ha impactado enormemente en los últimos años es el hecho de observar cómo creyentes, cristianos y católicos, no sé decir si muchos o pocos, han terminado uniendo en sus vidas el espíritu del mundo con el Espíritu de Dios. Sé que vivimos hoy por hoy una época de dialogicidad, de pluralismo, de democracia y tolerancia pero también me gusta recordar y meditar lo que nos ha dicho San Pablo en la segunda carta a los corintios: «¿Qué unión (existe) entre la luz y las tinieblas?» (6,14). Aceptamos, como no, un serio ecumenismo con los demás creyentes pero de hecho no existe, no puede existir –si queremos ser fieles a la palabra de Dios- no pueden existir componendas con el espíritu del mundo, no puede haber diálogo entre la luz y las tinieblas.
De todo esto se deduce fácilmente que vivir en clave verdaderamente cristiana es Vivir al revés de los demás, ser diferentes. Vivir en clave cristiana es vivir a contracorriente. Y para vivir a contracorriente se requiere de una fuerte dosis de valentía y de coraje.
La fe en Jesucristo es lucha, no suspiro piadoso. La fe en Jesucristo es grito y no maullido de gata en celo. La verdadera fe en Jesucristo es para despertar y no para adormecer a nadie. La verdadera fe en Jesucristo es como un resorte que nos devuelve a la vida y no un refugio para quien no quiere o no puede enfrentarse a la dura batalla de vivir.
Y es que tener fe no quiere decir suspirar más ni adormecernos más. Tener fe en Jesucristo significa adherir con toda el alma a todo aquello que Él nos ha dicho. Y lo que sabemos por su palabra es que estamos en el mundo pero no somos del mundo (Cf. Jn 17,6-21).
Pero muy fácilmente el mundo se nos pega, se nos pegan sus quereres, sus intereses, sus ideologías, sus modas, sus estilos de vida, tanto así que acabamos uniendo en yugo desigual lo puro con lo impuro, Dios y Beliar, como dice San Pablo.
Varias veces he pensado que hemos hecho una barbaridad porque, estando en el mundo como quienes esperan en un paradero la llegada del ómnibus de la eternidad, hemos acabado olvidando lo que esperábamos y hemos incluso construido una casa de cemento y piedra en el mismo paradero. Es el absurdo más grande que hemos cometido. Y lo peor de todo es que hemos acabado adorando nuestro cemento y nuestra piedra chancada.
Y quien ya no espera nada no puede encontrarse con Jesucristo, porque Él ha venido para los que se sienten muy necesitados.
Necesitamos un encuentro con la Verdad de Dios, la Verdad que nos traiga Luz y Vida, necesitamos un encuentro con Jesucristo El Señor, necesitamos conocer de verdad al Hijo de Dios e Hijo de María.
No creemos en Jesucristo para que nos arregle los problemas de la vida, tampoco le queremos seguir por sus milagros. Creemos, creo en Jesucristo no porque me haya hecho un favorcito, no porque me haya hecho un milagrito, creo en Jesucristo y le sigo porque desde hace varios años él me hizo el invalorable milagro de meterse en mi vida y porque desde ese entonces comprendí que el milagro más grande es que exista alguien como Él.
Y Ustedes, ¿qué dicen?
Este texto de la primera carta de San Pablo a los corintios junto con este otro: «¡No se unan en yugo desigual con los infieles! Pues ¿qué relación hay entre la justicia y la iniquidad? ¿Qué unión entre la luz y las tinieblas? ¿Qué armonía entre Cristo y Beliar? ¿Qué comunicación entre el fiel y el infiel?» (2Cor 6, 14-15) nos colocan bíblicamente en la idea central de nuestro blog, «Para ser diferentes».
A la edad de 16 años me encontré con Jesucristo y desde aquel entonces me sentí impulsado a ver las personas y los acontecimientos con ojos nuevos. Tuvieron que pasar varios años para que cayera en la cuenta de que me había encontrado con la misma Sabiduría de Dios, la que enseña el Espíritu de Dios, Jesucristo. Desde aquella noche de noviembre de 1987 me sentí invadido por la locura de Dios y elegí caminar y vivir al revés. Han pasado 20 años desde aquel entonces y hoy les presento estos escritos no sé si bien madurados pero sí bien sinceros y verdaderos que espero puedan ayudar a muchos a lograr vivir a Jesucristo en lo cotidiano de la vida.
Y es que la fe en Jesucristo El Señor es para vivirse más fuera que dentro de las iglesias. Lamentablemente habemos cristianos que estamos convencidos de que la fe es sólo una cuestión más en la vida (“la cuestión religiosa”, dicen), como si Dios no bastara para vivir. Jesucristo es para vivirse en las calles y allí donde los hombres arman y desarman sus juegos de felicidad y de vida.
Una de las cosas que me ha impactado enormemente en los últimos años es el hecho de observar cómo creyentes, cristianos y católicos, no sé decir si muchos o pocos, han terminado uniendo en sus vidas el espíritu del mundo con el Espíritu de Dios. Sé que vivimos hoy por hoy una época de dialogicidad, de pluralismo, de democracia y tolerancia pero también me gusta recordar y meditar lo que nos ha dicho San Pablo en la segunda carta a los corintios: «¿Qué unión (existe) entre la luz y las tinieblas?» (6,14). Aceptamos, como no, un serio ecumenismo con los demás creyentes pero de hecho no existe, no puede existir –si queremos ser fieles a la palabra de Dios- no pueden existir componendas con el espíritu del mundo, no puede haber diálogo entre la luz y las tinieblas.
De todo esto se deduce fácilmente que vivir en clave verdaderamente cristiana es Vivir al revés de los demás, ser diferentes. Vivir en clave cristiana es vivir a contracorriente. Y para vivir a contracorriente se requiere de una fuerte dosis de valentía y de coraje.
La fe en Jesucristo es lucha, no suspiro piadoso. La fe en Jesucristo es grito y no maullido de gata en celo. La verdadera fe en Jesucristo es para despertar y no para adormecer a nadie. La verdadera fe en Jesucristo es como un resorte que nos devuelve a la vida y no un refugio para quien no quiere o no puede enfrentarse a la dura batalla de vivir.
Y es que tener fe no quiere decir suspirar más ni adormecernos más. Tener fe en Jesucristo significa adherir con toda el alma a todo aquello que Él nos ha dicho. Y lo que sabemos por su palabra es que estamos en el mundo pero no somos del mundo (Cf. Jn 17,6-21).
Pero muy fácilmente el mundo se nos pega, se nos pegan sus quereres, sus intereses, sus ideologías, sus modas, sus estilos de vida, tanto así que acabamos uniendo en yugo desigual lo puro con lo impuro, Dios y Beliar, como dice San Pablo.
Varias veces he pensado que hemos hecho una barbaridad porque, estando en el mundo como quienes esperan en un paradero la llegada del ómnibus de la eternidad, hemos acabado olvidando lo que esperábamos y hemos incluso construido una casa de cemento y piedra en el mismo paradero. Es el absurdo más grande que hemos cometido. Y lo peor de todo es que hemos acabado adorando nuestro cemento y nuestra piedra chancada.
Y quien ya no espera nada no puede encontrarse con Jesucristo, porque Él ha venido para los que se sienten muy necesitados.
Necesitamos un encuentro con la Verdad de Dios, la Verdad que nos traiga Luz y Vida, necesitamos un encuentro con Jesucristo El Señor, necesitamos conocer de verdad al Hijo de Dios e Hijo de María.
No creemos en Jesucristo para que nos arregle los problemas de la vida, tampoco le queremos seguir por sus milagros. Creemos, creo en Jesucristo no porque me haya hecho un favorcito, no porque me haya hecho un milagrito, creo en Jesucristo y le sigo porque desde hace varios años él me hizo el invalorable milagro de meterse en mi vida y porque desde ese entonces comprendí que el milagro más grande es que exista alguien como Él.
Y Ustedes, ¿qué dicen?
lunes, 18 de junio de 2007
San Zaqueo, el generoso
San Zaqueo, el generoso[1]
Un pequeño de corazón grande.
Zaqueín era chiquito, ya lo saben. Desde chico era muy chico. En el colegio le fastidiaban por su estatura, se mofaban de él. Creció un poco resentido, resentido con la vida que lo había hecho así de pequeño, le habían puesto un sinnúmero de sobrenombres y apodos, era el blanco favorito de varios astutos compañeros de clase. En su interior juró algún día vengarse de todos los que se burlaban de él. Era demasiado: que si enano, que si chato, que si chichón de suelo, etc. Llegaba a casa serio y sin ganas de hablar.
Fue creciendo… en edad, quiero decir, pero las piernas no se le estiraban por nada. Hacía muchos ejercicios. Pensaba que quizá tomando tres o más vasos de leche, como dice la propaganda, pero nada, ni un centímetro más. Se tuvo que acostumbrar.
Llegó el momento de elegir algún modo de ganarse la vida. Definitivamente no iría por el circo, no, no, sus heridas no estaban curadas y recordaba bien su juramento de hacer que paguen los que se mofaron de él. Se enteró que había un grupo de tipos que tenían un buen negocio, que se trataba de recaudar impuestos para el tirano de turno, que literalmente el negocio consistía en hacer pagar a muchos lo que debían a sus jefes, los podrían incluso agarrar por el cuello y exprimirlos, podrían quitarles sus bienes y seguro que se postrarían a sus pies y les pedirían piedad.
Se olvidaría entonces de tantas noches en las que a solas y a escondidas lloraba su soledad. Porque había llorado mucho, pero eso no lo iba a decir a nadie.
Y comenzó con lo suyo y lentamente a fuerza de abuso y también de otros “amigos” fue amasando una considerable fortuna. Llegó a tener muchos siervos, una casa grande en la que siempre habían las mejores comidas y mucho de beber. Le comenzaron a llover los amigos y amigas. Él no amaba a nadie, él sabía que ellos le usaban y él a su vez también los usaba, no los quería para nada, sólo se divertía a costa de todos ellos. Pero cuando llegaba la noche de nuevo la soledad, de nuevo el llanto y la frustración. Ya le tenía miedo a la noche, a veces se metía y se enfundaba con vino hasta quedarse inconciente, así se dormía.
No se sentía querido, nadie le había querido de verdad en la vida. Pero se regodeaba viendo a muchos que se arrastraban a pedirle piedad por deudas de impuestos, ese era su modo de vengarse de tanta burla.
Y un día escuchó hablar de un cierto maestro, un rabbí, que era muy amigo de los de su “club”. Al principio no le dio importancia. Pero luego llegaron a su oficina varios conocidos suyos que le contaban con ilusión en los ojos que ese rabbí les había cambiado el norte de la vida. Le hicieron impresión esos ojos chispeantes de vida en esos raros testigos. Él nunca había sido muy piadoso. Recordaba vagamente su iniciación en la sinagoga pero nada más. Tenía un poco de temor de acercarse a ese rabbí, quien sabe si sería un santo, un profeta y él qué tenía que hacer al lado suyo. Los fariseos se pasaban el día hablando de integridad y santidad….. Él no se sentía ni santo ni íntegro. Sabía que su historia era triste y negra.
Hasta que un día le vienen con la noticia. El rabbí está llegando al pueblo, viene con sus discípulos y con mucha gente que lo sigue. Y dicen que ya ha curado a varios ciegos, a levantado a varios muertos y ha curado a tullidos y posesos del demonio. Por un momento pensó –que niño fue entonces- en que el rabbí podría estirarlo un poquito, agrandarlo, en fin…
Se encargó de averiguar bien cuándo y por dónde pensaba pasar exactamente.
Llegado el día fue a la calle indicada. La gente estaba ya apiñada. La noticia era vox pópuli. No le dejaban pasar adelante. Él gritaba y hasta dijo algunas palabras no muy decentes, pero nada. Amenazó con sus guardaespaldas, pero nada. La gente quería un milagrito, y cuando de eso se trata no se respetan los protocolos ni el dinero ni el título nobiliario, el que la sigue la consigue.
No sabía qué hacer. Vio un árbol. Se acordó que de niño varias veces se había subido a un árbol parecido a ese, unas veces para sacar algún fruto, pero las más de las veces para refugiarse y sentirse de alguna manera más grande que todos los demás, desde allí dominaba todo y nadie le podía fastidiar. Lo hizo tantas veces que fue convirtiéndose en un experto en el asunto.
Miró el sicómoro y dijo: esto es pan comido. Se quitó la túnica, volvió a ser niño y fue trepando. Cuando estaba a mitad se dio cuenta que ya no era más un niño y que las fuerzas no eran muchas. Pero siguió y con mucho esfuerzo llegó hasta la copa, se limpió la frente y sonrió victorioso. Trató de divisar la comitiva del rabbí y pudo ubicarla. Aguzó la vista y pudo ver el rostro del rabbí. Era el rabbí un tipo bien plantado, apuesto, sonreía con mucha sencillez, se le veía cercano a todos. Qué distinto a los rabbíes que había visto: esos eran serios, tenían porte de santones, eran muy solemnes y distantes, qué serios y poco humanos se le veía.
Pero el rabbí Jesús era distinto. Le quedó mirando y por primera vez sintió en su interior algo parecido al cariño. Sintió que dentro se le revolvía, no sabía cómo, una cierta alma de niño, de niño robado. Lo estaba mirando y se le cayó una lágrima. ¡Qué lindo sería que pudiese hablar con él, parece tan bueno!
El rabbí estaba bendiciendo y abrazando a unos niños y pobres. Estaba cansado pero no perdía la amabilidad. En eso el rabbí comienza a mirar el sicómoro como si buscara a alguien. Zaqueo se puso nervioso. No se imaginaba lo que iría a pasar.
De pronto el rabbí le mira de frente. Zaqueo no sabe qué hacer. La gente comienza también a mirarlo. El rabbí sonríe y le dice delante de todos: «Zaqueo, baja pronto, que hoy voy a comer a tu casa, ¿me entiendes? Ah, y voy con mis amigos, somos unos….25, ¿correcto?»
Zaqueo se trabó. No sabía que decir. Pero reaccionó al momento: Sí rabbí, mi casa está en… Sí, sí, conozco dónde vives, le interrumpió rabbí Jesús. Zaqueo no entendía cómo sabía su nombre y su dirección. El rabbí siguió con el séquito, tenía pendiente unos dos o tres muertos por resucitar y algunas suegras que poner en pie.
El hecho es que Zaqueo hasta ahora no sabe bien cómo bajó del árbol. Lo cierto era que ahora estaba en el suelo con el traje hecho jirones y empolvado. Pero ahora sonreía, ¿desde cuándo no sonreía? Ni él mismo lo sabía. Su trabajo no era para repartir sonrisas ni él era un terrón de azúcar. Pero ahora sonreía y sentía como que le circulaba nuevo aire en los pulmones, ¿se estaba agrandando?
Lo mejor vino cuando por la noche el rabbí llegó a casa, eso era digno de televisarse. Zaqueo había corrido toda la tarde de un lado para otro contratando lo mejor de lo mejor, total a él la plata era lo que le sobraba y ahora recibir a tan ilustre rabbí no era para poca cosa. Además él estaba acostumbrado a quedar siempre bien cuando de banquetes se trataba.
El servicio era de primera, la comida era insuperable, el vino el mejor de la región, ni qué se diga el manto que llevaba Zaqueo, lo tenía guardado para las grandes ocasiones, en verdad nunca lo había usado. Pero los invitados aunque bien vestidos no eran de lo mejor del pueblo. Es que suele ser así: un ladrón tiene amigos ladrones, un mentiroso tiene amigos mentirosos, un hipócrita tiene amigos hipócritas, un adicto tiene amigos adictos. Y Zaqueo no era la excepción a esa triste regla. Sus amigos eran como él: el desecho moral del pueblo, no era la suya una congregación de íntegros o elegidos para una santidad elitista.
Llegó el rabbí Jesús con su gente. Lo primero que sacó de quicio a Zaqueo fue un tremendo abrazo que le dio rabbí Jesús. Tuvo la tentación de emocionarse otra vez, es que desde que tenía uso de razón nadie lo había abrazado así. Rabbí Jesús le preguntó por su trabajo y le dijo que sabía en qué andaba pero que no se preocupara, que le tenía una sorpresa.
Al frente de la casa de Zaqueo, que podría haberse llamado “Villa perdición”, se habían quedado autoexcluidos esa gente que siempre se la da de santos pero que luego no aceptan a los santos: los fariseos. Estaban murmurando: si aquél rabbí fuera un profeta no iría a casa de un pecador ni comería con publicanos y pecadores, ¡¡¡qué escándalo!!! ¡Cómo está la Iglesia, por Dios!
Adentro, rabbí Jesús conversaba animadamente con Zaqueo y sus amigos. Para todos fue una tremenda sorpresa la sencillez del rabbí e incluso su chispa, contaba unos chistes tremendos, buenísimos. Cuando se estaban riendo de la última del fariseo Yiye, Zaqueo tocó la campanilla, era el dueño de casa y quería dirigir la palabra a los presentes. Un par de camareros trajeron disimuladamente un podium de madera para que el jefe fuera visto con mayor claridad. Zaqueo afinó la voz y dijo emocionado: Rabbí Jesús, estoy muy contento de que hayas venido a mi casa. Nunca pensé que esta maravilla sucediera en mi casa. Nos has sonreído a todos los que sólo cosechamos gestos de desprecio. Tú sabes que no somos muy buenos en este barrio pero has venido a comer con nosotros. Mi casa ahora tiene vida y soy inmensamente feliz por este momento que nos regalas...
Los aplausos estallaron. Todo el club aplaudió a rabiar. Rabbí también aplaudía a Zaqueo. Zaqueo agarró viada y prosiguió emocionado: Señor, daré la mitad de mis bienes a los pobres y si a alguien he defraudado le devolveré cuatro veces más.
Todos se miraban unos a otros. Y comenzó a aplaudir el grupo de pordioseros que estaban a la puerta, a ellos pronto se sumaron los apóstoles y los camareros. Uno de los publicanos codeó a un colega y le dijo: Ya ves, yo te dije que Zaqueo estaba loco.
Zaqueo se volvió loco esa noche. Por la tarde se había vuelto niño y ahora loco.
Rabbí Jesús abrazó sonriente a Zaqueo, que no cabía en sí por la alegría de haberlo dado todo. Mandó tocar la orquesta y se armó una fiesta como pocas en el barrio que hasta ahora era de perdición beach. Zaqueo le contó su vida negra a Jesús en dos palabras, rabbí le dijo que él sabía muy bien que lloraba su soledad por las noches, le dijo que eso ya era historia pasada, que ahora se instalaba el reino de la locura y que su casa iba a ser una agencia de ese reino. Cuando la orquesta acabó una pieza musical, el mismo rabbí Jesús se puso en pie y dijo con su voz inconfundible e inigualable, radiante y seguro: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también éste es hijo de Abraham, pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido»
Zaqueo casi se desmaya al escuchar las palabras de rabbí Jesús. ¿Dijo la salvación? Preguntaba a los camareros: ¿salvación? Él sabía poco de catequesis pero dentro de eso poco sabía que decir salvación es lo máximo, es lo que todos quieren aunque no lo quieran admitir o decir. Y ya que miraba a rabbí Jesús con cara de pregunta, éste le dijo: Sí Zaqueo, la salvación ha llegado a esta casa, porque a quien da todo lo que tiene, Dios le da también lo que tiene para dar: salvación. Y prosiguió: ¿Sabes que hoy, Zaqueín, te has arruinado económicamente? Me alegra que te hayas arruinado por la alegría de haberme conocido. Yo también soy generoso, Zaqueo, y lo que tengo te doy: salvación. ¿Qué tal?
Luego de aspirar el frasco de agua de azahar y alcohol, Zaqueo fue convenciéndose de que todo era real. Empezó a bailar como nunca. Nadie sabe cómo acabó la fiesta.
Los asistentes dicen que rabbí Jesús se retiró poco después porque al día siguiente tenía una agenda muy apretada y tenía tres confrontaciones con los fariseos. Zaqueo se fue con ellos luego de librarse de 54 pordioseros que gracias a sus antiguas malas artes él los había dejado en la calle. Les dio todo lo que tenía, le quitaron hasta la túnica, las sandalias, el hombre terminó literalmente arruinado… pero contento. El corazón le bailaba de alegría, rabbí Jesús le había regalado su reino. Besaba a todo aquel que encontraba por la calle, repartió hasta lo último que tenía de dinero. Alguno le gritó: ¡¡¡endemoniado!!! Él se iba feliz cantando y silbando, el reino de la locura había llegado.
Dicen que esa noche Zaqueo durmió en una banca del parque, sonriente.
Rabbí Jesús lo agregó a sus discípulos como un nuevo pobre.
No creció físicamente, pero el corazón se le ensanchó, se le hizo gigante.
Dicen que murió unos años después porque el corazón no le cabía más en el pecho, arruinado y muy contento, testimoniando que si alguien da a Dios todo lo que es y tiene, Dios le da lo mejor que tiene: su amistad y salvación que bien merecen cualquier sacrificio.
Desde entonces algunos locos le invocan así:
San Zaqueo el generoso, ruega por nosotros, para que tengamos un corazón ancho y generoso, como el de Jesús.
Sí, San Zaqueo, ayúdanos a comprender la locura de la generosidad.
Amén.
[1] No he consultado el santoral, pero creo que aún si no está considerado como santo, Jesús lo visitó y declaró salvada su casa, por lo tanto, santificó a Zaqueo y a todos los suyos.
Un pequeño de corazón grande.
Zaqueín era chiquito, ya lo saben. Desde chico era muy chico. En el colegio le fastidiaban por su estatura, se mofaban de él. Creció un poco resentido, resentido con la vida que lo había hecho así de pequeño, le habían puesto un sinnúmero de sobrenombres y apodos, era el blanco favorito de varios astutos compañeros de clase. En su interior juró algún día vengarse de todos los que se burlaban de él. Era demasiado: que si enano, que si chato, que si chichón de suelo, etc. Llegaba a casa serio y sin ganas de hablar.
Fue creciendo… en edad, quiero decir, pero las piernas no se le estiraban por nada. Hacía muchos ejercicios. Pensaba que quizá tomando tres o más vasos de leche, como dice la propaganda, pero nada, ni un centímetro más. Se tuvo que acostumbrar.
Llegó el momento de elegir algún modo de ganarse la vida. Definitivamente no iría por el circo, no, no, sus heridas no estaban curadas y recordaba bien su juramento de hacer que paguen los que se mofaron de él. Se enteró que había un grupo de tipos que tenían un buen negocio, que se trataba de recaudar impuestos para el tirano de turno, que literalmente el negocio consistía en hacer pagar a muchos lo que debían a sus jefes, los podrían incluso agarrar por el cuello y exprimirlos, podrían quitarles sus bienes y seguro que se postrarían a sus pies y les pedirían piedad.
Se olvidaría entonces de tantas noches en las que a solas y a escondidas lloraba su soledad. Porque había llorado mucho, pero eso no lo iba a decir a nadie.
Y comenzó con lo suyo y lentamente a fuerza de abuso y también de otros “amigos” fue amasando una considerable fortuna. Llegó a tener muchos siervos, una casa grande en la que siempre habían las mejores comidas y mucho de beber. Le comenzaron a llover los amigos y amigas. Él no amaba a nadie, él sabía que ellos le usaban y él a su vez también los usaba, no los quería para nada, sólo se divertía a costa de todos ellos. Pero cuando llegaba la noche de nuevo la soledad, de nuevo el llanto y la frustración. Ya le tenía miedo a la noche, a veces se metía y se enfundaba con vino hasta quedarse inconciente, así se dormía.
No se sentía querido, nadie le había querido de verdad en la vida. Pero se regodeaba viendo a muchos que se arrastraban a pedirle piedad por deudas de impuestos, ese era su modo de vengarse de tanta burla.
Y un día escuchó hablar de un cierto maestro, un rabbí, que era muy amigo de los de su “club”. Al principio no le dio importancia. Pero luego llegaron a su oficina varios conocidos suyos que le contaban con ilusión en los ojos que ese rabbí les había cambiado el norte de la vida. Le hicieron impresión esos ojos chispeantes de vida en esos raros testigos. Él nunca había sido muy piadoso. Recordaba vagamente su iniciación en la sinagoga pero nada más. Tenía un poco de temor de acercarse a ese rabbí, quien sabe si sería un santo, un profeta y él qué tenía que hacer al lado suyo. Los fariseos se pasaban el día hablando de integridad y santidad….. Él no se sentía ni santo ni íntegro. Sabía que su historia era triste y negra.
Hasta que un día le vienen con la noticia. El rabbí está llegando al pueblo, viene con sus discípulos y con mucha gente que lo sigue. Y dicen que ya ha curado a varios ciegos, a levantado a varios muertos y ha curado a tullidos y posesos del demonio. Por un momento pensó –que niño fue entonces- en que el rabbí podría estirarlo un poquito, agrandarlo, en fin…
Se encargó de averiguar bien cuándo y por dónde pensaba pasar exactamente.
Llegado el día fue a la calle indicada. La gente estaba ya apiñada. La noticia era vox pópuli. No le dejaban pasar adelante. Él gritaba y hasta dijo algunas palabras no muy decentes, pero nada. Amenazó con sus guardaespaldas, pero nada. La gente quería un milagrito, y cuando de eso se trata no se respetan los protocolos ni el dinero ni el título nobiliario, el que la sigue la consigue.
No sabía qué hacer. Vio un árbol. Se acordó que de niño varias veces se había subido a un árbol parecido a ese, unas veces para sacar algún fruto, pero las más de las veces para refugiarse y sentirse de alguna manera más grande que todos los demás, desde allí dominaba todo y nadie le podía fastidiar. Lo hizo tantas veces que fue convirtiéndose en un experto en el asunto.
Miró el sicómoro y dijo: esto es pan comido. Se quitó la túnica, volvió a ser niño y fue trepando. Cuando estaba a mitad se dio cuenta que ya no era más un niño y que las fuerzas no eran muchas. Pero siguió y con mucho esfuerzo llegó hasta la copa, se limpió la frente y sonrió victorioso. Trató de divisar la comitiva del rabbí y pudo ubicarla. Aguzó la vista y pudo ver el rostro del rabbí. Era el rabbí un tipo bien plantado, apuesto, sonreía con mucha sencillez, se le veía cercano a todos. Qué distinto a los rabbíes que había visto: esos eran serios, tenían porte de santones, eran muy solemnes y distantes, qué serios y poco humanos se le veía.
Pero el rabbí Jesús era distinto. Le quedó mirando y por primera vez sintió en su interior algo parecido al cariño. Sintió que dentro se le revolvía, no sabía cómo, una cierta alma de niño, de niño robado. Lo estaba mirando y se le cayó una lágrima. ¡Qué lindo sería que pudiese hablar con él, parece tan bueno!
El rabbí estaba bendiciendo y abrazando a unos niños y pobres. Estaba cansado pero no perdía la amabilidad. En eso el rabbí comienza a mirar el sicómoro como si buscara a alguien. Zaqueo se puso nervioso. No se imaginaba lo que iría a pasar.
De pronto el rabbí le mira de frente. Zaqueo no sabe qué hacer. La gente comienza también a mirarlo. El rabbí sonríe y le dice delante de todos: «Zaqueo, baja pronto, que hoy voy a comer a tu casa, ¿me entiendes? Ah, y voy con mis amigos, somos unos….25, ¿correcto?»
Zaqueo se trabó. No sabía que decir. Pero reaccionó al momento: Sí rabbí, mi casa está en… Sí, sí, conozco dónde vives, le interrumpió rabbí Jesús. Zaqueo no entendía cómo sabía su nombre y su dirección. El rabbí siguió con el séquito, tenía pendiente unos dos o tres muertos por resucitar y algunas suegras que poner en pie.
El hecho es que Zaqueo hasta ahora no sabe bien cómo bajó del árbol. Lo cierto era que ahora estaba en el suelo con el traje hecho jirones y empolvado. Pero ahora sonreía, ¿desde cuándo no sonreía? Ni él mismo lo sabía. Su trabajo no era para repartir sonrisas ni él era un terrón de azúcar. Pero ahora sonreía y sentía como que le circulaba nuevo aire en los pulmones, ¿se estaba agrandando?
Lo mejor vino cuando por la noche el rabbí llegó a casa, eso era digno de televisarse. Zaqueo había corrido toda la tarde de un lado para otro contratando lo mejor de lo mejor, total a él la plata era lo que le sobraba y ahora recibir a tan ilustre rabbí no era para poca cosa. Además él estaba acostumbrado a quedar siempre bien cuando de banquetes se trataba.
El servicio era de primera, la comida era insuperable, el vino el mejor de la región, ni qué se diga el manto que llevaba Zaqueo, lo tenía guardado para las grandes ocasiones, en verdad nunca lo había usado. Pero los invitados aunque bien vestidos no eran de lo mejor del pueblo. Es que suele ser así: un ladrón tiene amigos ladrones, un mentiroso tiene amigos mentirosos, un hipócrita tiene amigos hipócritas, un adicto tiene amigos adictos. Y Zaqueo no era la excepción a esa triste regla. Sus amigos eran como él: el desecho moral del pueblo, no era la suya una congregación de íntegros o elegidos para una santidad elitista.
Llegó el rabbí Jesús con su gente. Lo primero que sacó de quicio a Zaqueo fue un tremendo abrazo que le dio rabbí Jesús. Tuvo la tentación de emocionarse otra vez, es que desde que tenía uso de razón nadie lo había abrazado así. Rabbí Jesús le preguntó por su trabajo y le dijo que sabía en qué andaba pero que no se preocupara, que le tenía una sorpresa.
Al frente de la casa de Zaqueo, que podría haberse llamado “Villa perdición”, se habían quedado autoexcluidos esa gente que siempre se la da de santos pero que luego no aceptan a los santos: los fariseos. Estaban murmurando: si aquél rabbí fuera un profeta no iría a casa de un pecador ni comería con publicanos y pecadores, ¡¡¡qué escándalo!!! ¡Cómo está la Iglesia, por Dios!
Adentro, rabbí Jesús conversaba animadamente con Zaqueo y sus amigos. Para todos fue una tremenda sorpresa la sencillez del rabbí e incluso su chispa, contaba unos chistes tremendos, buenísimos. Cuando se estaban riendo de la última del fariseo Yiye, Zaqueo tocó la campanilla, era el dueño de casa y quería dirigir la palabra a los presentes. Un par de camareros trajeron disimuladamente un podium de madera para que el jefe fuera visto con mayor claridad. Zaqueo afinó la voz y dijo emocionado: Rabbí Jesús, estoy muy contento de que hayas venido a mi casa. Nunca pensé que esta maravilla sucediera en mi casa. Nos has sonreído a todos los que sólo cosechamos gestos de desprecio. Tú sabes que no somos muy buenos en este barrio pero has venido a comer con nosotros. Mi casa ahora tiene vida y soy inmensamente feliz por este momento que nos regalas...
Los aplausos estallaron. Todo el club aplaudió a rabiar. Rabbí también aplaudía a Zaqueo. Zaqueo agarró viada y prosiguió emocionado: Señor, daré la mitad de mis bienes a los pobres y si a alguien he defraudado le devolveré cuatro veces más.
Todos se miraban unos a otros. Y comenzó a aplaudir el grupo de pordioseros que estaban a la puerta, a ellos pronto se sumaron los apóstoles y los camareros. Uno de los publicanos codeó a un colega y le dijo: Ya ves, yo te dije que Zaqueo estaba loco.
Zaqueo se volvió loco esa noche. Por la tarde se había vuelto niño y ahora loco.
Rabbí Jesús abrazó sonriente a Zaqueo, que no cabía en sí por la alegría de haberlo dado todo. Mandó tocar la orquesta y se armó una fiesta como pocas en el barrio que hasta ahora era de perdición beach. Zaqueo le contó su vida negra a Jesús en dos palabras, rabbí le dijo que él sabía muy bien que lloraba su soledad por las noches, le dijo que eso ya era historia pasada, que ahora se instalaba el reino de la locura y que su casa iba a ser una agencia de ese reino. Cuando la orquesta acabó una pieza musical, el mismo rabbí Jesús se puso en pie y dijo con su voz inconfundible e inigualable, radiante y seguro: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también éste es hijo de Abraham, pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido»
Zaqueo casi se desmaya al escuchar las palabras de rabbí Jesús. ¿Dijo la salvación? Preguntaba a los camareros: ¿salvación? Él sabía poco de catequesis pero dentro de eso poco sabía que decir salvación es lo máximo, es lo que todos quieren aunque no lo quieran admitir o decir. Y ya que miraba a rabbí Jesús con cara de pregunta, éste le dijo: Sí Zaqueo, la salvación ha llegado a esta casa, porque a quien da todo lo que tiene, Dios le da también lo que tiene para dar: salvación. Y prosiguió: ¿Sabes que hoy, Zaqueín, te has arruinado económicamente? Me alegra que te hayas arruinado por la alegría de haberme conocido. Yo también soy generoso, Zaqueo, y lo que tengo te doy: salvación. ¿Qué tal?
Luego de aspirar el frasco de agua de azahar y alcohol, Zaqueo fue convenciéndose de que todo era real. Empezó a bailar como nunca. Nadie sabe cómo acabó la fiesta.
Los asistentes dicen que rabbí Jesús se retiró poco después porque al día siguiente tenía una agenda muy apretada y tenía tres confrontaciones con los fariseos. Zaqueo se fue con ellos luego de librarse de 54 pordioseros que gracias a sus antiguas malas artes él los había dejado en la calle. Les dio todo lo que tenía, le quitaron hasta la túnica, las sandalias, el hombre terminó literalmente arruinado… pero contento. El corazón le bailaba de alegría, rabbí Jesús le había regalado su reino. Besaba a todo aquel que encontraba por la calle, repartió hasta lo último que tenía de dinero. Alguno le gritó: ¡¡¡endemoniado!!! Él se iba feliz cantando y silbando, el reino de la locura había llegado.
Dicen que esa noche Zaqueo durmió en una banca del parque, sonriente.
Rabbí Jesús lo agregó a sus discípulos como un nuevo pobre.
No creció físicamente, pero el corazón se le ensanchó, se le hizo gigante.
Dicen que murió unos años después porque el corazón no le cabía más en el pecho, arruinado y muy contento, testimoniando que si alguien da a Dios todo lo que es y tiene, Dios le da lo mejor que tiene: su amistad y salvación que bien merecen cualquier sacrificio.
Desde entonces algunos locos le invocan así:
San Zaqueo el generoso, ruega por nosotros, para que tengamos un corazón ancho y generoso, como el de Jesús.
Sí, San Zaqueo, ayúdanos a comprender la locura de la generosidad.
Amén.
[1] No he consultado el santoral, pero creo que aún si no está considerado como santo, Jesús lo visitó y declaró salvada su casa, por lo tanto, santificó a Zaqueo y a todos los suyos.
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