jueves, 21 de julio de 2011

Hemos encontrado al Mesías

Gracia y paz para todos ustedes. En estos momentos existen en nuestro país varios cientos de jóvenes que están haciendo una primera experiencia de seguimiento de Jesús en vida consagrada. En varios seminarios, conventos y casas religiosas hay jóvenes que han decidido ir y ver donde vive el Maestro Jesucristo y los suyos. Es nuestro deber como gente de fe, como gente de Iglesia, orar por ellos.
Hace unos días vi un grupo de estos jóvenes que entre contentos y asombrados (a veces también un poco asustados) se están atreviendo a decir SI a Jesucristo y quieren optar por la vida consagrada y/o el sacerdocio. Verlos me ha hecho recordar los inicios de mi propia vocación. De hecho aquellos jeans gastados ya no existen, la vieja mochila negra tampoco, aquellas zapatillas ya no están. Y esa vieja guitarra aulladora ya es parte de la historia. Pero me queda aún esa terca ilusión por darlo todo por Cristo, por su Reino en la Iglesia.
Creo que debemos orar para que nuestros jóvenes no permitan que les maten la ilusión. Este mundo en el que estamos metidos es un gran asesino de ilusiones, de esperanzas y de ideales superiores. La mentalidad actual nos adormece y termina por convencernos de que todo está bien así como es.
Encontrar al Mesías, a Jesucristo, en la vida propia es meterse audazmente en la consecución de un ideal que reclama y pide el sacrificio de la propia vida. Encontrarse al Mesías en el propio camino es lanzarse a una aventura impredecible cada día. La alegría de haber encontrado un tesoro es la que no debe dejar de permearnos a cada momento, la alegría de aquel pastor que encuentra la oveja que se le había perdido.
Encontrar al Mesías es encontrar el sentido de la vida. Copio aquí la siguiente reflexión sobre el sentido de la vida, en el cual se ubica la realidad de la vocación religiosa:
Lo importante de la vida no es tenerla, sino gastarla en alguna causa que merezca la pena. Y también, muchas veces, encontrarle un sentido para seguir viviendo. Lo decisivo no es la duración de la existencia, sino llenar de sentido esa existencia. Todos los seres humanos buscan un fundamento para su felicidad. Y ocurre que, si logran el principal objeto de la vida (propósito y sentido), la felicidad «les sobreviene» espontáneamente.
Todo el secreto de la vida consiste en encontrar razones para vivir, para luchar y para esperar. Sólo quien las halla encuentra la felicidad. El hombre está, incluso, dispuesto a sufrir, con tal de que su sufrimiento tenga un sentido. Aquél que tenga un «porqué» para vivir, puede soportar todos los «cómo».
Las fuentes del sentido se hallan dentro de nosotros, y por ello el primer pecado contra la vida es no detenernos —no entrar en nosotros— para descubrir qué sentido tiene.
Tener un sentido es vivir fascinados y apasionados por alguien o por algo que polariza todas nuestras energías, es haber descubierto un tesoro por el cual estaríamos dispuestos a morir, es sentimos incendiados por un ideal que nos permite salir de nosotros mismos y trascendemos, entregándonos a una gran causa o a un gran amor.
Y esa es nuestra vocación, la vocación de los consagrados: ser contentos y felices al haber encontrado al Mesías y salir de inmediato a contárselo a todos sin demora.
Oremos para que más jóvenes encuentren en su vida al Mesías y para que tengan el valor de dejarlo todo por su causa, para que tengan el valor de ir detrás de él, ver donde vive y quedarse para ser sus amigos cercanos.

jueves, 14 de julio de 2011

¿Eutanasia moral?

Gracia y paz para todos Ustedes. Desde hace algún tiempo ronda en mi cabeza un “descubrimiento”, acaso una constatación, no muy feliz. Se trata de lo siguiente: Hoy en día los jóvenes, incluso también nuestros niños, están absorbiendo una serie de ideas en sus propias escuelas y por los medios de comunicación masiva, ideas que los están convenciendo de una gran mentira: que los valores y la moral que siempre existió, hoy ya no está en vigencia, que era sólo el fruto de una convención humana, fruto de una época (ya superada), que a fin de cuentas ya estamos en otros tiempos, que todo aquello que para sus padres (y abuelos) era verdad hoy ya no lo es, que hoy existen otros principios (mejor dicho, no existen ya más principios)... ¿Será esto un mal sueño en una mala posada? ¡Me gustaría tanto equivocarme al tener esta percepción de la actual realidad de nuestra sociedad!
Pero lo peor no es eso, que nuestros jóvenes y niños piensen eso, lo peor es lo que viene a continuación: que nuestros padres y abuelos (y aquellos que no lo somos, pero que hacemos de guías y maestros de muchos) nos dejemos convencer por quienes piensan así.
Me parece que ya es cruel que un joven (adolescentes incluidos), le diga a su padre (madre) que los principios con los cuales fue educado ya han pasado, que ya hicieron su tiempo y que estos son tiempos nuevos en los que padres y abuelos (léase, mayores de cincuenta años) ya prácticamente no tienen nada que decir.
Pero me parece aún más cruel que los mismos padres y abuelos comiencen a resignarse pensando que sus hijos (nietos) tienen razón y que al fin y al cabo ya para ellos pasó el tiempo y que indefectiblemente están condenados a vegetar, espiritual y moralmente hablando. Me parece que ya es una gran falta de respeto “enterrar” a nuestros mayores haciéndoles creer que sus ideas y principios de la vida ya no tienen vigencia hoy en día, creo que ese es un gran pecado de nuestra juventud actual. Pero es todavía más triste que nuestros mayores comiencen a pensar que es así y que ya no tienen nada que decir, que ya no tienen porqué juzgar nada... me da la impresión que con el moderno pensamiento juvenil dejamos a nuestros mayores amordazados, con tapones en los oídos, arrinconados a ver todo y no decir nada... “por que ya pasó su tiempo”
¡Jóvenes: hay valores y principios que nunca pasarán de moda, hay una ley moral que no depende de lo que hoy se hable en la televisión o se vea en los diarios de medio sol, hay principios de vida y valores morales que están mucho antes que las meras convenciones humanas y sería bueno que tengan por lo menos una cuota de humildad y honestidad para afirmar que con ustedes el mundo no ha comenzado a existir, que mucho más antes que ustedes vinieran al mundo han existido grandes hombres y mujeres que supieron escuchar a sus mayores para saber de verdad lo que es la vida!
¡Padres y abuelos: por favor, no se queden callados, den batalla hasta el final, estén firmemente convencidos de que todo aquello que aprendieron de sus maestros y padres era y es cierto, de que hay cosas que nunca pasarán de moda, por más que de ello ya no se hable en público, por más que de ello ahora se hable con mucho temor y casi a escondidas: la fe, la moral, el respeto a la vida, la pureza, la castidad, el respeto a los padres, la buena educación, la amabilidad, la honestidad, el amor a la verdad, la fidelidad, la honradez, al amor al sacrificio, la abnegación y la renuncia por amor a bienes e ideales mayores. No dejen que los callen fácilmente, hagan relucir su experiencia de vida con una buena dosis de amabilidad y cariño! No opten por la eutanasia moral, no tienen derecho de hacerlo, los jóvenes honrados y honestos queremos escucharlos una vez más. Se lo pide un sacerdote y religioso joven, que bien podría ser vuestro hijo o vuestro nieto.

jueves, 7 de julio de 2011

El realismo de la fe católica

El realismo de le fe católica

Ante el peligro o la moda actual de establecer una fe basada en sentimientos o en puras emociones sin base doctrinal ni sacramental (entiéndase: ante el avance de la ideología propia de los católicos light), me parece conveniente que reflexionemos un poco sobre el realismo y la objetividad de nuestra fe católica, según el querer de Jesucristo.
Muchas personas que se definen católicas viven en la práctica una fe desarraigada del patrimonio más auténticamente católico. Cotidianamente me encuentro con personas que con gran paz de corazón me dicen, por ejemplo, que lo necesario es creer en Dios y nada más. Fácilmente se acaba pensando y viviendo la fe de este modo: “Cristo sí, Iglesia no” es decir: “Yo creo en Cristo pero no en La Iglesia” “Lo importante es creer en Jesús, el resto no interesa”. Posiblemente muchas de estas personas desconocen, por ejemplo, que hace quince siglos atrás (y once siglos antes de Lutero) San Agustín había escrito y repetido que Jesucristo y La Iglesia son uno sólo y que no hay separación alguna entre uno y otro porque ambos conforman el Cristo total.
Son numerosas las personas que aseguran que son creyentes porque “sienten” a Dios en su “corazón”. Pero cuando interrogo a estas personas si acuden a los sacramentos, si reciben la eucaristía, si se confiesan, si se han confirmado, casi siempre me dicen que no, que no van a misa, que no se confiesan, que no se han confirmado. Pero están muy seguras de que “Dios está conmigo”. Todavía más, me ha ocurrido alguna vez que encontrándome con alguna persona que está en una situación de visible pecado mortal me ha dicho que “siente” a Dios en su corazón y por ello se siente muy feliz y agradecido con Dios. Varias veces he concluido que es una gran verdad el hecho de que también el Demonio se viste de ángel de luz para engañar a los elegidos de Dios y les hace creer que tienen a Dios cuando en realidad están en pecado mortal y ni siquiera piensan en odiar su pecado y dejarlo.
Una fe que no “aterriza” en los sacramentos es un engaño, un autoengaño. Lamentablemente estamos metidos en ambientes en los que casi siempre estamos con aquello de “sentir a Dios” aunque luego nunca o casi nunca le recibamos en La Eucaristía, aunque nunca o casi nunca nos confesemos de nuestros pecados ante un sacerdote. Parece que la medida de la fe sea el sentimiento (¡!).
Dios nos envió a Su Hijo y él nos dejó los sacramentos como vida para La Iglesia hasta que venga en el último día. Lo que no entra en esta lógica divina no es fe católica. A veces pareciera que nos estamos aventurando a protestantizar nuestra fe cayendo en el subjetivismo de creernos salvados sólo por sentir o por emocionarnos dejando al final la corriente de la gracia desconectada de nuestras vidas. Cuando a la fe católica se la vacía de la vida de gracia, entonces se la convierte en protestantismo… Y no nos salvan las emociones ni las lágrimas, ni las “campañas de sanación y explosión de milagros” sino la gracia de Cristo que se comunica por medio de los sacramentos de La Iglesia. Si nuestra fe no llega a La Eucaristía no es nada que valga realmente la pena. Los creyentes que llegan a amar La Eucaristía, que la reciben de corazón limpio, que la adoran humilde y silenciosamente, esos creyentes creen y obran según el querer de Jesucristo. Por algo será que el santo padre Juan Pablo II convocó para toda la Iglesia al año eucarístico entre octubre del 2004 y octubre del 2005.
Los que pretenden ser cristianos y católicos sin beber de la gracia de Cristo por los sacramentos viven una situación similar a la del motor de automóvil que quiere funcionar sin combustible. Para decirlo más bíblicamente: existen no pocos cristianos y católicos que pretenden hacer lo que Jesucristo había advertido: sarmientos que pretenden vivir y florecer sin estar unidos a la vid … ¡Y se les ve tan contentos y llenos de “vida”! Lamentablemente estos “casos increíbles” son muy numerosos.
Es fácil vivir una fe muy subjetiva. Fácilmente y sin ninguna fundamentación bíblica ni doctrinal se afirma creer en Jesucristo pero disociándolo de los sacramentos y de la vida de gracia. Las que podemos llamar “religiones del corazón” tienen muchos adeptos. Pululan en nuestro medio muchos “pastores” y “siervos de Dios” que difunden una pretendida aceptación de Jesucristo “en el corazón” pero sin ninguna relación con la Palabra de Jesús: «Yo soy el pan de vida (…) quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna (…) quien no come la carne del Hijo del hombre y no bebe su sangre, no tiene vida en él»
Cuando no valoramos ni recibimos La Eucaristía estamos pretendiendo nadar en el aire o volar sin alas.
La Eucaristía es la vida de La Iglesia y fuera de ella y al margen de ella todo vale poco o nada. Si nuestro compromiso apostólico y pastoral no parte y finaliza en La Eucaristía somos unos infelices trabajadores de un reino que no disfrutamos y del cual en realidad no conocemos su verdadero valor.
Si aquel Jesucristo del cual hablamos en nuestras charlas y testimonios no es para nosotros el mismo que está en La Eucaristía, entonces es un engaño. Y si nosotros no tenemos el valor y la honradez de reconocerle y adorarle silenciosamente en Su Presencia eucarística, entonces somos unos palabreadores y nuestras predicaciones y nuestra conversación es ideológica y no tiene ningún valor apostólico. Si pretendemos servir y amar a un Jesucristo que luego no lo vamos a buscar y encontrar en La Eucaristía entonces nos convertimos en charlatanes y nos hemos inventado un Cristo a nuestra medida y según nuestro capricho egoísta (Si al Jesucristo al cual dices conocer no lo encuentras ni le hablas en Su Presencia eucarística, entonces eres un mentiroso porque predicas una fe hueca, una ilusión, una ideología panfletaria, una consigna obtusa e infeliz que no salva ni da vida eterna sino que se ha convertido en un barato calmante que no cura pero que te hace olvidar tu mal de fondo: tu pecado).
Por otro lado, existen no pocos católicos que se han inventado un dogma (creen tener un cierto tipo de infalibilidad… ¡¿Cómo?!). El dogma que ellos creen sin cuestionarse en lo más mínimo es éste: “Yo no tengo por qué confesarme con un sacerdote. Yo me confieso ante Dios. Para eso están las imágenes, las cruces, etc.” Esa es una muestra más de lo que decíamos antes, ese extraño fenómeno de la protestantización de la fe católica que no pocos católicos llevan adelante en sus vidas. Habría que preguntarles a ellos y ellas: ¿Quién sostiene eso en la Biblia? ¿Con qué autoridad se creen eso? Es la tentación se hacer subjetiva, particular y configurable la real, sólida y firme fe católica de siempre.
No se puede servir a Dios y al pecado, no se puede juntar en un mismo corazón cielo e infierno aunque algún cantante diga lo contrario. Dios no está dispuesto a hacerse cómplice de nuestras vidas dobles y de nuestra moral oscura. Jesucristo quiso desde el principio que La Iglesia tuviese el poder de atar y desatar los pecados y aún cuando en su propio corazón el pecador se haya arrepentido y Dios posiblemente le haya perdonado, ese mismo Dios ha querido que todo pecador se acercase al tribunal del sacramento de la reconciliación, administrado por un sacerdote, y sólo así hallar gracia divina, no por el sentimiento ni etéreamente. Esto es parte de la meridiana objetividad de nuestra fe católica.
Si nuestro compromiso apostólico o pastoral no se nutre de los sacramentos recibidos con pureza de corazón entonces no sirve de nada, ya lo decía Jesús: «…Porque separados de mí no podéis hacer nada»
Los católicos comprometidos en tareas apostólicas debemos hacer todo lo posible por marcar la diferencia con relación al mundo que nos rodea, que no tiene el pensamiento de Jesucristo, recordemos bien sus palabras: «Porque les digo que, si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entrarán en el reino de los Cielos»
Sólo con los sacramentos bien recibidos y con nuestro cotidiano esfuerzo por vivir al revés en un mundo terco y voluble, podremos dar fruto para la mayor gloria de Dios, porque: «La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos… Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado»

jueves, 23 de junio de 2011

Un soñador

Siempre he pensado que la medida de las realizaciones va de acuerdo a la medida de los sueños que se tienen en el corazón. Y aunque muchas veces las realizaciones no salen como esperamos, no es bueno dejar de soñar.
Sé también que hay gente que mira con desconfianza a quien mucho habla de “sueños”. Se dice “los sueños, sueños son”. Muchos etiquetan como soñadores a los que no pisan tierra usualmente. Yo creo que quienes no pisan tierra no son soñadores, son alienados.
Sostengo que necesitamos soñadores, necesitamos gente con visión larga y alta para este mundo en el que generalmente abundan los de vista miope y de espíritu estrecho.
Sostengo que sumarse a la mediocridad reinante es el más triste de los suicidios. Por eso amo los sueños nobles, porque me resultan antídoto ante tanto conformismo y mentalidad aplatanada.
Admiro a los que tuvieron grandes sueños y supieron conquistar la cima de su propia vocación.
Creo en la bondad, en la sencillez, en la limpieza de alma, en la nobleza de corazón, en la pureza de intención, porque creo en las bienaventuranzas de Jesús y creo en su vida y en su alegría.
Sí, yo hago hoy una cerrada defensa de los sueños. Pero no de esos sueños que necesitan interpretación esotérica sino de aquellos sueños que más son ideales altos por alcanzar. Y junto con los sueños, hago hoy defensa cerrada del honor como el mejor adorno del alma y de la nobleza como el mejor distintivo de quien se dice cristiano.
Aún cuando esta vida es muy dura y cada día tenemos que hacer un acto de fe en la Providencia y en la bondad de los demás, aún cuando haya quienes pongan cortapizas a nuestros ideales, aún cuando existen muchos que sólo se dedican a ver lo negativo, aún cuando a veces tenemos que sufrir la incomprensión de los que son de “nuestro equipo”, aún cuando existe la traición y la mezquindad, aún cuando los amigos fallan y aún cuando Dios mismo a veces opta por el silencio…
Yo creo en mis sueños, y creo que para realizar la utopía sólo necesitamos tiempo y pasión por Cristo. Sí, yo me declaro soñador y aún cuando tenga que morir por mis sueños sabré que hubo uno, muchísimo antes que yo (que soy insignificante), que supo morir por sus sueños, uno que prefirió partirse pero no doblarse, que lo dio todo por la pasión que ardía en su alma, la pasión por la gloria de Su Padre, Jesucristo.
Él murió por su sueño. El sueño de Jesús fue que todos lleguemos a glorificar a Su Padre y que lleguemos a ser felices así. Por ese sueño abrió los brazos en la cruz una tarde de viernes y murió voluntariamente pagando el precio de su sueño.
Yo me declaro soñador, y aunque es poco lo que puedo dar, sé que la lucha por mi sueño finalmente redundará en la realización del sueño latente en el corazón de Cristo.

domingo, 22 de mayo de 2011

El poder de la gracia. Testimonio de Michela.

Hola amigos de "Para ser diferentes". Luego de buen tiempo escribo en este blog. Quiero compartir con Uds. el siguiente testimonio de conversión a la fe por parte de una consagrada católica, Michela. Demos gloria a Dios por su poder y por su amor. Agradezco a una buena hermana de Oasis de Paz por habernos pasado el dato. Aquí va:

Cuando se experimenta el amor de Dios, se aprende que no se puede guardar para uno mismo. Yo llevo diez años viviendo esta forma de amor. Llevando el amor a quienes no conocen el amor de Dios.

La comunidad a la que pertenezco nació en 1984, fundada por Chiara Amirante, que comenzó a llevar la palabra de Dios a los puntos de muerte de la ciudad de Roma. Tantos jóvenes que no conocían la palabra de Dios le pedían: «Chiara, sácanos de este infierno».

Yo llevo doce años en la comunidad. Tengo 40, pero cuando entré, no creía absolutamente nada en Dios. Creía que los sacerdotes y las religiosas se hacían sacerdotes y religiosas por falta de trabajo. Veía una Iglesia que solo daba reglas. Una Iglesia que prohibía todo.

Además, yo me hacía una pregunta: «Si es verdad que Dios es amor, ¿por qué en el mundo hay sufrimiento?». Me lo preguntaba porque con el sufrimiento tuve contacto apenas nací. Mi papá y mi mamá me abandonaron en un hospital recién nacida. Viví mis primeros seis años de vida en un orfanato. Dos meses después de que saliese de allí, el instituto fue clausurado por maltrato a menores. Yo había conocido todo menos el amor, y cuando un niño no conoce el amor, es difícil que de adulto sepa dar amor. Crecí rebelde. En la escuela era instrumento de santificación para los profesores.

A los 18 años ya eres mayor de edad en Italia, así que me fui de la casa en que vivía. Pude hacerlo porque tenía un trabajo, una ocupación. Yo era chef de cocina internacional, muy reconocida. Comencé a trabajar en Italia y el resto de Europa y el dinero empezó a ser el dios de mi vida. Cuanto más tenía, mas quería tener, pero a fin de mes no me quedaba nada.

En lo referente a todo lo que pertenece al mundo de la afectividad, era un desastre. Tenía novios según la estación del año. Uno para el invierno, otro para el verano…. Y me decía: «Yo el corazón no lo meto en esto». Eran novios de usar y tirar, pero cada historia que pasaba, era una herida más que dejaba mi corazón muy lastimado.

Finalmente me enamoré de una persona que todas las madres de familia soñarían para su propia hija. Era inteligente, bueno, perfecto. Pero tenía un pequeño defecto: era un chico católico, un católico convencido. Esto, para mí, solo suponía un defecto por una razón, porque cuando yo le preguntaba cuando nos íbamos a ir a la cama, él me respondía: «Después del matrimonio». Él empezó a hablarme de Dios, pero yo le dije: «Escucha Luca, las relaciones de tres no funcionan. Somos tú y yo. Punto. Dios debe quedar fuera». Él fingió seguirme la corriente.

Cuando ya llevábamos dos años saliendo, vino sin avisar una noche a mi casa. Era la primera vez en ese tiempo que vino a mi casa, por lo que pensé: «Hoy lo hacemos». Pero él tenía otras razones muy diferentes en su cabeza y me dijo: «Escucha Michela, hablé con mi padre espiritual, porque tengo intención de casarme contigo». Yo me le quedé mirando un poco perpleja, pero por un solo motivo: no sabía qué era un padre espiritual. Yo le respondí: «Vamos al registro civil, pedimos una cita, estampamos nuestras firmas y ya estamos casados». Y me dijo: «No. Para mí es importante el sacramento del matrimonio. Nos dan la posibilidad de efectuar un matrimonio mixto donde tu declares ser no creyente, pero yo pueda casarme contigo dentro de la Iglesia». Entonces mi siguiente pregunta fue: «¿Y esto cuanto cuesta?». «Nada», respondió mi chico. Pensé que si no costaba nada y no perdía mi imagen de atea, podía aceptarlo. Sólo le puse una condición: «Organiza tú la boda».

Pusimos una fecha y él comenzó a organizar todo. Era bonito, porque de verdad que Luca era un chico fantástico. Pero nunca me llegué a casar con él. Falleció cuatro días antes de la fecha escogida.

Poco después de comenzar los preparativos, contrajo el VIH por culpa de una transfusión de sangre contaminada. Ahí entré en contacto con la primera verdad de mí vida. Porque yo, con el dinero, hasta ese día había comprado todo y a todos. Pero descubrí que había una cosa que no podía comprar: la vida de mi novio. Eso para mí fue una derrota. Luca partió para el paraíso cuatro días antes de nuestra boda y ahí se me derrumbó el mundo.

Me enfadé con Dios por haberme quitado a mis padres. Me enfadé con Dios por haber sufrido tanta violencia desde pequeñita. Me enfadé con Dios por la muerte de Luca. La noche de su funeral, me marché a la playa y allí mismo hice un juramento: «Dios, si tú no existes, pasaré toda mi vida diciéndoselo a todo el mundo. Pero si existes de verdad, empeñaré mi vida en destruirte».

Ahí empezó mi guerra con Dios. Para buscar a Dios y saber si existía, me acerqué a varias filosofías. Todo lo que era la New Age y el Reiki. Pero ahí no encontré nada de la presencia de Dios. A todo esto, mi vida era triste y angustiosa. Hasta que un día me propusieron comenzar psicoterapia. Yo pensé que si había probado ya tantas cosas, podía probar eso también. Así que comencé a ir un día a la semana. Poco a poco me iba sintiendo mejor en la consulta de aquella doctora. Empecé a ir en vez de un día a la semana, dos días, luego tres, y acabé teniendo cuatro sesiones semanales con ella. La psicoterapia se convirtió en mi droga. Yo no lo sabía, pero no tenía la facultad de decidir nada de mí vida.

Un tiempo después la doctora me dijo que tal vez necesitase sesiones de hipnosis: «Tenemos que entrar a lo más profundo de tus heridas». Le dije que sí. Desafortunadamente no estaba en grado de tomar ninguna decisión. No se lo que hicieron conmigo, pero el problema fue que esta doctora era en realidad una sacerdotisa de una de las sectas satánicas más importantes de Italia. Y yo entré a formar parte de ella, de la mano de mi doctora.

Pasé ahí dos años de mi vida. Dos años que me llevaron a perder mi dignidad de mujer, mi dignidad de ser humano. Allí he visto muerte y violencia. Llegué a alcanzar la muerte del alma. Me convertí en una auténtica marioneta manejada por manos satánicas.

La noche de Navidad de hace catorce años (1996), durante un rito, me dijeron que existía la posibilidad de ser la sacerdotisa de una secta, en una ciudad de Italia. En ese mundo solo importa el poder, el tener, por lo que yo acepté, pero para ser la sacerdotisa tenía que afrontar una prueba de filiación, de pertenencia. Me dijeron: «En Roma hay una joven, de nombre Chiara, que ha fundado hace poco tiempo una comunidad. Está muy protegida por la Iglesia y para nosotros es un obstáculo, porque acerca a muchos jóvenes a Dios. Si tú verdaderamente quieres pertenecer a nosotros y tener el poder, debes hacer una cosa: mata a Chiara». Y acepté.

La noche del 5 de enero partí hacia Roma. Me habían dado toda la información de donde encontrar a Chiara y yo me dirigí a su casa, a la sede de la comunidad. A las 20.00 horas llegué hasta la puerta y sin dudar, convencida de lo que iba hacer, toqué el timbre.

Lo que ocurrió entonces lo tengo que contar desde el testimonio de Chiara, quien no me conocía absolutamente de nada, como es obvio.

Chiara cuenta siempre que, en ese momento, en su corazón escuchó una voz, la voz de la Virgen María que le decía: «Abre tú la puerta, que es una hija mía que tiene una gran necesidad».

Chiara se levantó, caminó apresurada hasta la puerta a cuyo otro lado la esperaba yo, y cuando abrió la puerta hizo una sola cosa. Me abrazo y me dijo: «Bienvenida hija mía. Por fin has llegado a tu casa».

Ese abrazo cambió mi vida. Fue un abrazo indeleble que llegó a mi corazón. Fue más allá de mi cuerpo, de mis brazos. Yo no pude reaccionar, no pude moverme, no pude hacer nada. Chiara me desarmó absolutamente con ese abrazo, con su mirada.

Me llevó dentro, a su pequeña habitación y comenzamos a hablar. Ella me preguntó cómo estaba, y yo sin decir ninguna palabra le entregué el arma con el que la iba a matar. Se lo conté y le dije: «Chiara, para mí ya no hay esperanza». Ella me respondió: «¡Sí, sí que hay esperanza, porque el amor ha vencido a la muerte! ¡Hay esperanza para ti porque hubo quien dio la vida por ti! ¡Y Jesús te ama!».

Yo le contesté: «Chiara, yo les conozco. Sé como son. Tengo poco tiempo. Me matarán y te matarán a ti también». «No Michela –respondió Chiara muy firme-. No lo harán, porque María te quiso en esta casa». Y en aquella casa me quedé.

Obviamente, la primera cosa por hacer era una buena confesión. Llamaron a un sacerdote, pero debido a las actividades en las que había estado involucrada no me pudieron dar la absolución. Hubo que escribir a la Santa Sede, a la Congregación para la Doctrina de la Fe, toda mi historia. Un cierto cardenal Ratzinger , respondió en pocos días: «Hoy la Iglesia está de fiesta porque un Hijo ha regresado a casa».

También tuve que pasar por varias sesiones de exorcismo. Obviemos los detalles.

Con un permiso muy especial, la noche del 27 de enero, en la capilla de las hermanas de la Madre Teresa, en Roma, pude recibir la comunión, pude consagrar mi corazón al Corazón Inmaculado de María, y hacer los votos de pobreza, obediencia y castidad, más el cuarto voto propio de la comunidad de Chiara, que es el voto de ser y llevar la alegría de Cristo Resucitado.

Ahí comenzó mi camino. Mi camino de sanación, un camino en el que nunca nadie antes pudo sanar mis heridas, y donde sí que las pudo sanar Jesús.

Pero pasado un tiempo, hubo una herida que no había podido sanar. Esa herida era la falta de una madre, porque a mí me faltaba una madre. Me faltaba en Navidad, cuando todas la madres telefonaban a las demás y yo no recibía una llamada. Me faltaba el día que celebraba mi cumpleaños... Esa ausencia de mi madre, cada vez que pasaba esto, reabría las viejas heridas y había que empezar de nuevo.

Un buen día, a Chiara se le ocurrió enviarme a un centro de ayuda para la vida. Se me había encargado abrir una casa de acogida para madres solteras y jóvenes embarazadas con riesgo de someterse a un aborto por miedo o por dificultad. Allí las podríamos acoger. Pero al poco tiempo empecé a recoger un grito de dolor. Era el grito de dolor de aquellas mujeres que habían abortado y que me decían: «¿Sabes? Hoy tendría un hijo de ocho años, pero lo llevé a matar».

Por las noches llegaba a casa y me ponía delante de Jesús, en el sagrario, y le entregaba todo ese dolor que llevaba de las mujeres. Una de esas noches, empecé a escuchar en mi corazón: «Michela, si hoy existes tú, es porque tu madre dijo sí a la vida». Os tengo que decir que cuando se experimenta la misericordia de Dios, la primera cosa que se aprende es a no juzgar. Y yo no tenía ningún derecho de juzgar a mi madre. Porque si una madre llega a abandonar a un hijo es porque hay un gran dolor.

En ese momento comenzó a despertar en mi interior la necesidad de buscar a mi madre, no para juzgarla ni regañarla, sino para darle las gracias por mi vida.

La ley italiana permite obtener información del propio origen y después de las investigaciones pertinentes localicé a mi madre. Comenzamos a telefonearnos, y un día me sugirió conocernos personalmente. La fecha concertada fue el 2 de Junio de 2004. Esa misma mañana partí hacia la ciudad donde ella vivía para encontrarme con ella, como habíamos quedado.

Yo iba sola y en ese viaje había dos partes dentro de mí. Una parte era esa parte humana que se sentía entusiasmada por poder decirle por fin a alguien «mamá». Pero había otra parte más racional que me decía: «Michela, no sabes qué puedes encontrar allá». Mi error fue que en aquella duda venció la parte más humana. Pero el hombre propone y Dios dispone, porque pocos minutos después de encontrarnos, con una mirada que yo no le deseo ni a mi peor enemigo, mi madre me dijo: «Tú para mí no has existido nunca, no has existido hasta ahora, no existes hoy. Sal de mi vida». Yo no sé que siente una madre cuando un hijo dice no a su amor, pero les puedo decir lo que siente un hijo cuando una madre le dice no a su amor…

Fue un gran dolor. Regresé a Roma, cogí a Chiara y sujetándola contra un muro le dije: «¿Pero yo qué le hecho de malo a Jesús? Trabajo para Él, ¿por qué no me puede ayudar?».

A mí pregunta de por qué Jesús me trata así, Chiara me contestó: «¿Sabes, Michela? Santa Teresa de Ávila le preguntó lo mismo a Jesús, y Jesús le dijo que así trataba Él a sus amigos». Ya sabéis lo que Santa Teresa le respondió a Jesús: «Ahora entiendo por qué tienes tan pocos».

Era una situación dolorosa, de la que era difícil salir, por lo que entonces Chiara me propuso unos días de vacaciones. Yo pensé: «Estupendo, me iré a la playa y tomaré el sol», pero Chiara ya había pensado en todo: «Hay un lugar al que puedes ir. Es un pueblo en Bosnia que se llama Medjugorje. Cógete unas vacaciones y vete allí». Yo le dije a Chiara: «A Medjugorje yo no voy, Chiara. Mejor me pagas las vacaciones en Croacia, que está muy cerca y tiene un mar estupendo. Ya cuando esté allí, un día me acerco a Medjugorje. Pero yo no me voy a meter entre las colinas, las piedras y el calor. Eso no son vacaciones». Chiara me respondió: «Te recuerdo que hiciste un voto de pobreza y otro de obediencia. Elige por cual de los dos quieres ir a Medjugorje». Así que elegí el de la obediencia, y voluntariamente vine a Medjugorje.

Llegué a Medjugorje ¡Me daban una pena los peregrinos! Porque yo pensaba que yo estaba allí porque me habían obligado, pero no entendía por qué ellos no iban al mar, pudiendo hacerlo.
En fin, los primeros diez días fueron un desastre. Yo no quise saber nada de peregrinos, ni del fenómeno de Medjugorje, ni de nada.

El día decimoprimero, estaba tras la explanada, cerca de la carpa verde. Estaba tumbada en mi toalla, tomando el sol. En serio, pasaba de todo. Y ahí tirada me vio Marija, una de las videntes. No nos conocíamos de nada, pero a ella le llamó la atención, no sé si verme tumbada tomando el sol, o mi toalla verde chillona. Se acercó a mí y me dijo: «Hola, ¿qué haces?». «Estoy esperando a que comience la Misa». Entonces Marija, sin más, con toda la naturalidad, me dijo: «Vente mañana conmigo a una aparición».

¡Imagínate! Era ridículo. Tanto que me dio la risa y le contesté: «Mira, va a ser mejor que la Virgen María venga a mí, porque yo de aquí no me muevo». Marija me miró un poco sorprendida, en silencio. Al cabo de unos segundos, cuando se me quitó la sonrisa de la cara, me dijo: «Tú vente mañana».

En Medjugorje, si no vives el fenómeno, tampoco es que haya mucho que hacer. Mis primeros diez días allí fueron tan aburridos, que por muy absurdo que pareciese, asistir a una aparición suponía algo distinto en medio de aquel aburrimiento, así que el día siguiente aparecí a la hora que me había dicho Marija en el Oasis de la Paz, donde iba a vivir su aparición. Al llegar allí, aquello estaba lleno de gente.

Yo llegué a las seis y cuarto de la tarde y allí había gente que llevaba más de tres horas, con todo el calor. Yo pensé: «Qué tontería llegar tan temprano, si de toda formas a la Virgen solo la ve la vidente, pero bueno».

Al cabo de unos minutos llegó Marija. Me vio en el jardín, me cogió de la mano y me llevó dentro de la capilla con ella, delante del todo, a su lado. Me llevó hasta allí a rastras y de un empujón me puso de rodillas. Todo el mundo rezaba y yo pensaba: «Qué buenos todos estos peregrinos, mira cómo rezan», pero mi corazón estaba muy cerrado y no quería participar con ellos.
Recuerdo el momento en que comenzó la aparición. Todo el mundo se quedó en silencio y Marija se quedó mirando extasiada hacia arriba. En ese momento pensé: «Cualquiera desearía estar aquí a su lado, ¿cómo es posible que a mí no afecte?». La miré a Marija y vi que, sin emitir ningún sonido, movía sus labios, ¿y saben cual fue mi pensamiento en ese momento?: «Pero ella, con la Virgen, ¿habla en croata o en italiano?». Os prometo que lo pensé, de verdad, incluso quince días después de aquello se lo pregunté a ella. Me dijo que hablaban en croata.

Bromas a parte, en cierto momento de la aparición ocurrió algo. Y se lo cuenta la persona más racional que existe. Empecé a sentir un calor en el cuerpo. Era un calor que llegaba hasta la punta de mis dedos, hasta mis pies. Era un calor maravilloso. Sentí como si algo me abrazara, me rodeara y me cubriese entera, y entonces ocurrió lo más increíble, y es que sentí como si me hiciesen un transplante de corazón. Digo trasplante porque sentí como si algo se metía en mi pecho y me arrancara una piedra de dentro. Era un corazón herido, enfermo, y sentí como si me colocasen un corazón nuevo ahí dentro, en su lugar. Subrayo la palabra transplante, porque no fue un corazón curado, sino un corazón nuevo, que me llenaba de paz el alma, la mente y el cuerpo.

Al acabar la aparición yo no entendía nada de lo que estaba sintiendo, pero era bellísimo. Empecé a darme cuenta de que tenía que marcharme y comencé a repetirme a mí misma que en realidad no pasaba nada, para ver si me calmaba, pero qué va, cada vez que lo decía mejor lo sentía.

Entonces Marija se levantó e hizo lo que hace siempre. Explicó a todos lo sucedido: «He presentado a la Virgen María todas vuestras intenciones de oración. La Virgen María ha orado por ustedes y les ha bendecido». A todo esto yo seguía de rodillas a su lado. Entonces ella, delante de todos me miró y dijo: «La Virgen María ha hecho suyo el dolor de tu corazón. A partir de hoy solo ella será tu madre».

Salí de la capilla. Marija no sabía nada de mi historia. Cuando ella salió yo estaba en el jardín, desconcertada. Me cogió de nuevo por el brazo y, sin estar yo todavía muy convencida de lo que suponía que había pasado, le pregunté: «Marija, tu estabas ahí, ¿me viste durante la aparición?», y ella me respondió: «No, yo no te vi. Pero la Virgen sí».

Desde aquel día hasta hoy he sentido a María en mi vida. La he sentido de una manera muy concreta. He descubierto que cada vez que tengo el rosario en las manos, es María quien me coge de la mano.

Aquella tarde aprendí otra cosa. Era cierto que hasta ese día había trabajado para Dios, pero María quería que yo trabajase con Dios. Y otra cosa bellísima fue que si yo quería ser santa, debía tomar a la Virgen María como modelo de santidad. Os aseguro que eso, para un carácter como el mío, no es nada fácil. No es fácil vivir la obediencia. No es fácil vivir la humildad. No es fácil vivir el silencio de María. El silencio de María bajo la cruz. Pensad que María estaba bajo la cruz.

Aquella fue una experiencia bellísima, porque descubrí que el dolor puede ser transformado en amor por la humanidad. Os digo que si aquella tarde del entierro de Luca dije que Dios no existía, después de doce años puedo deciros que Dios sí que existe.

Durante ocho años he vivido en silencio. Durante ocho años he estado escondida. Pero hace dos años, en un capítulo general de la familia salesiana, Chiara y algunos otros me pidieron que contara mi historia. Al principio tuve miedo. Pero cuando aprendes que la vida no te pertenece a ti, que la vida es un regalo, el miedo puede ser canjeado. Yo hice este pacto con Jesús: «Jesús, si mi vida, mi historia, sirve a un solo joven a encontrar tu misericordia, yo daré mi vida por esto».

Queridos jóvenes, no tengáis miedo del sufrimiento. El sufrimiento existe, sí. El mundo nos dice que no existe, nos enseña cómo cubrirlo, cómo barnizarlo con capas de cosas sin importancia. Pero Jesús nos enseña a vivirlo con Él. Lo que tiene a Jesús clavado en la cruz no son los clavos, sino el amor especial que tiene por cada uno de nosotros. Por eso os ruego, por favor, que como decía san Francisco de Asís, no permitáis que el Amor de los amores no sea amado. ¡Llevemos el amor de Dios a todas partes! Podemos hacerlo, Jesús nos ha enseñado cómo. Somos pequeños, pero seamoslo como decía la madre Teresa de Calcuta: como las gotas del mar, que hacen un océano.

Queridos jóvenes, estáis todos callados. Hay un gran silencio, pero como decía san Pedro, yo no tengo oro ni plata. ¡Lo que yo tengo me llega de la Providencia! Mirad, ni si quiera este rosario que llevo en el bolsillo es mío. Me lo han dado. Queridos jóvenes, yo no tengo nada, y a diferencia de san Pedro yo no hago milagros. Pero os puedo decir una cosa: ¡Que hay un Dios que ha dado su vida! ¡Que hay un Dios que nos ama hasta morir! ¡Que debemos experimentar la alegría de Cristo resucitado!

Mirad ese pedazo de pan. Ese pedazo de pan que nosotros adoramos, ese pedazo de pan blanco con el que nos nutrimos… ahí está realmente el cuerpo de Jesús. Y esto os lo digo con un gran dolor, porque los satanistas creen más que nosotros que ahí está el cuerpo de Jesús. Nosotros tenemos que empezar a creer. Tenemos que empezar a vivir a Jesús. Mirad san Pablo. Él decía: «No soy yo quien vive, es Jesús quien vive en mí» .

Os lo repito, no huyáis del sufrimiento, utilizarlo. Levádselo a Jesús y ese sufrimiento se transformará en amor.

Me despido con una frase de Edith Stein . Cuando Edith Stein se convirtió, le preguntaron por qué se había convertido al catolicismo, y ella respondió: «Yo busqué el amor. Y encontré a Jesús».

LAUS DEO.

jueves, 20 de enero de 2011

NOTICIAS

Un fraterno saludo a todos Uds. amigos y lectores de "Para ser diferentes".
Hace un tiempo que por varias razones no he podido actualizar o escribir nuevos artículos. Quiero hacerles presente que en breve tiempo, Dios mediante, estaremos lanzando la página web de la familia religiosa Siervos de la Reina de la Paz (Reginae Pacis Servi) y allí se insertará la sección "Para ser diferentes" con artículos de mi autoría. Mientras tanto les invito a visitar: http://alserviciodelareina.blogspot.com/
Que el Señor les guarde y les conceda sus bendiciones.
P. Israel.

lunes, 8 de noviembre de 2010

La dictadura del corazón (III parte)

No crean que yo escribo estos artículos con un cierto afán de autosuficiencia o como quien marca distancia y se siente superior o otros, no. Escribo como sacerdote dolido, muy dolido, como quien sufre por dentro al ver cuánta gente, cuántos jóvenes, hacen de sus vidas un auténtico mamarracho.
Quisiera poder tener la oportunidad de llegar a miles de jóvenes y de poder hacerles ver, hacerles caer en la cuenta, de que están perdiendo sus vidas en cosas que a la larga sólo les traerán muerte.
Para ilustrar mejor lo que digo, les cuento algo que he realizado en estos días: He pasado por una gran avenida de una zona populosa de mi ciudad, he recorrido en el bus más de ocho cuadras y me he tomado el trabajo de ir contando uno a uno los "hostales" y "discotecas" o "pubs". Me he quedado aturdido al comprobar que en diez cuadras recorridas habían 12 hostales y siete pubs o discotecas, aparte de las consabidas boticas -esas en donde lo primero que te ofrecen los escaparates son preservativos de todos los colores, sabores y precios-. Eran 17 boticas en diez cuadras. Y entre postes de alumbrado público con avisos que decían: "¿RETRASO MENSTRUAL? SOLUCIÓN INMEDIATA, LLÁMANOS YA: telf. 745....." he sentido mucho dolor al ver cómo nuestros adolescentes y jóvenes se van animalizando a vista y paciencia de todos. Y aclaro que no he pasado por una zona "roja" de la ciudad sino por una zona populosa donde la mayoría de los viandantes son adolescentes y jóvenes que caminan a sus casas luego de una jornada de estudios en el colegio o en el instituto....
¿Por qué tanto afecto desbocado y desaforado? ¿Por qué tanto afecto mal encausado y rebajado al nivel de búsqueda incesante de nuevas sensaciones y emociones? Aún cuando el problema puede ser complejo me atrevo a decir que tiene su origen en la familia, o mejor: en la falta de familia.
No creo equivocarme si digo que la gran mayoría, la aplastante mayoría, de esos jóvenes que andan así -mendigando, chupeteando y buscando afecto y sensaciones- ha sufrido o sufre la falta de una familia verdaderamente constituida, es decir: o no conocen a alguno de sus progenitores, o tienen una pésima relación con alguno de ellos -o con los dos- o es que ellos han demostrado tener una mayor inmadurez afectiva que sus hijos. Cierto: también hay jóvenes y adolescentes que no han tenido mayores problemas familiares pero están metidos hasta el cuello en ese mundillo de los afectos desbocados, bueno: se han maleado porque han querido malearse y porque -de paso- nuestra sociedad les ha facilitado enormemente sus procesos de putrefacción moral y espiritual (¿se han puesto a pensar en cuántas radios reggaetoneras y cumbiamberas existen hoy en día? ¿y cuántos diarios "chicha" de medio sol hay en venta en los kioskos de las esquinas? ¿y cuántos programas de TV en donde el morbo y el chisme son la miel que atrapa a los mosca-televidentes?)
Pero volvamos a los chicos que andan por la vida con la carencia afectiva "made in family": ¿Y qué queda si en casa estos chicos y chicas no tienen el amparo ni el apoyo afectivo seguro y maduro de sus padres? Pues: la calle, los amigotes y amigotas, igualmente inmaduros, igualmente solitarios, igualmente insatisfechos, igualmente tristes, igualmente frustrados, igualmente infelices, igualmente "rebeldes", igualmente aburridos... igualmente juergueros, igualmente refugiados en la medialuz de una disco reggaetonera que pondrá tal música como para que todos ellos -insatisfechos, tristes, inmaduros, frustrados, infelices- alucinen que no lo son, es decir: bailarán para que se imaginen que los aman, que los acarician, que los quieren, que son importantes, que los reclaman. Y no importará si es que entre ellos sólo buscan cuerpos, si sólo buscan sensaciones o caricias. Se imaginarán que los aman, aunque en el fondo sabrán que a los otros, igualmente infelices -ellos o ellas, lo mismo da- sólo les interesa sus cuerpos para frotárselos un poco y así tener nuevas sensaciones y olvidar un poco su propia tristeza y su soledad. Y ahí estará ese circuito triste de luces de neón de discotecas-pubs-hostales-boticas-casas donde solucionan el retraso (si fallan las boticas y las pastillas).
¿Y quién les sacará de ese circuito triste y vacío?
¿Me dirán los dueños de hostales, boticas, pubs y discotecas que "negocios son negocios", "business son business"? ¿Me dirán que no tiene nada de malo lucrar con la ruina moral y quizá eterna de tanto joven y adolescente?
¿Quién detendrá toda esa bestialidad promovida desde intereses económicos a nivel nacional e internacional?
¿Quién les hará comprender a esos chicos y chicas que lo único que hacen es servir de carne de cañón de ciertos intereses oscuros que se cocinan para ganar más dinero a costa de la soledad y la infelicidad de todos ellos?
¿Derechos reproductivos y sexuales? Vayan ciertos señores a creer que todos nos chupamos el dedo y somos unos caídos del palto.
¿Y cómo estará el Corazón de Jesucristo?
¿Cuántas lágrimas hoy -sólo hoy, por decir algo- derramará Jesucristo al ver tanta muerte de alma y de cuerpo entre tantos adolescentes y jóvenes?
Piense cada quien lo que piense, yo no dejo de decir que me duele en el alma ver tanta bestialidad en la que ha desembocado toda esta cultura chicha que absorbemos cada día y que se engorda y lucra a expensas de los corazones carentes de afecto y emborrachados por sus sensaciones.

lunes, 25 de octubre de 2010

La dictadura del "corazón" (II parte)

Quiero ahora proporcionar a los jóvenes y a los educadores honestos, algunas pistas para una recta educación del corazón, espero me las puedan comprender y les sean de utilidad. No les escribiré desde mis títulos profesionales o pedagógicos –que no los tengo- sino desde mi experiencia personal y desde lo que he ido viendo en mi labor pastoral con adolescentes y jóvenes.
Queda claro que el ser humano es un ser-en-construcción, que progresivamente va ganando libertad. La libertad es lo más grande que, como semilla, el ser humano ha recibido de Dios para dirigirse a cumplir su vocación en esta vida: amar y ser amado. Amando en auténtica libertad durante esta vida podrá alcanzar a realizar su vocación última: Entrar en comunión plena con Dios en la eternidad, en la Gloria.
Y la libertad, paradójicamente, no se la conquista al dejar al muchacho o a la chica a expensas de sus gustos, caprichos y primeros impulsos. La libertad es la resultante de haberse conquistado plenamente. Y la conquista personal no es fácil, por ello ser Hombre es ser algo muy respetable (por eso no somos simples animales racionales). Y es que nacemos con un desorden interno que debemos aceptar realistamente y que debemos contrarrestar y acometer con decisión (al margen de si creemos o no en el pecado original, creo que basta un honrado examen personal para darnos cuenta de que es así. La ingenua concepción de que el Hombre es “bueno” por naturaleza ya fue superada hace varios siglos).
Y entonces, si el ser humano necesita conquistarse en libertad, necesitará también por ello una seria disciplina personal, es decir, tendrá que aprender a decirse NO a sus primeros gustos, caprichos e impulsos que le vengan cual reflujos estomacales. Esta primera disciplina creo que nunca debe faltar, sobre todo, en la adolescencia y juventud. Creo entender que es eso a lo que llamaban los griegos “Ascésis” y que se incorporó mucho después en la espiritualidad cristiana.
Por ello, porque la conquista de uno mismo no es fácil, propongo estas pistas:
1. Cada día haz por lo menos tres actos de negación de ti mismo en cosas que pueden ser buenas y atractivas para ti. Niégate en algunos gustos y caprichos. Así fortaleces tu voluntad, te haces más fuerte contra ti mismo. Si te vences en ello, al llegar a la noche felicítate y duerme muy tranquilo, hoy has crecido como ser humano.
2. Cuando veas surgir en ti algún afecto o emoción por alguna persona, de inmediato pon eso bajo el dominio de la razón y de tu conciencia moral. Tú puedes tener el control sobre esa circunstancia. Y si la razón y tu conciencia moral te dicen que no hay problema, pues quédate tranquilo. Pero si no es así: corta ahora y aunque llore el corazón, te habrás librado de una triste esclavitud.
3. Nunca aceptes un afecto que te degrade o te haga sentir menos valioso. Nunca aceptes un afecto que ofenda tus valores personales, espirituales o vaya en contra de tu conciencia moral. El amor construye y edifica, nunca destruye lo mejor que tienes. Aquella persona que tú amas debe respetar tus principios morales y espirituales y nunca obligarte a traicionarlos.
4. No aceptes ningún tipo de impurezas en ninguna relación afectiva. Es decir, el amor jamás debe llevarte a ser considerado (a) como mero objeto de placer para el que dice amarte. Ni tú debes hacer así con nadie. El afecto que considera al otro como “presa” codiciada no es digno ni vale la pena. No seas bocado de una bestia indomable.
5. Nunca regales lo mejor de ti, tu intimidad, a una persona que ni es la definitiva en tu vida ni está comprometida contigo para siempre. Dar el cuerpo equivale a dar la propia vida, es signo de dar el alma, ¿puedes dar el cuerpo y darte a ti mismo (a) en una relación que no tiene garantía de estabilidad ni madurez y que no está bendecida por Dios? La entrega del cuerpo corresponde a un momento sagrado y debe estar amparada por la fidelidad prometida públicamente (Matrimonio). Regalarte es respetarte bien poco y es la mejor manera de no amarte ni amar a nadie. Optar por la castidad antes del matrimonio es optar por el respeto y la madurez, es optar por la verdadera felicidad.
6. Por ello, el verdadero amor siempre espera, nunca va de prisa ni obliga a actuar contra la propia conciencia moral. La mejor defensa para el embarazo no deseado es abstenerse de relaciones genitales antes del matrimonio (es más decente, más barato, más higiénico, y produce una buena autoestima).
En fin, es lo que se me ha ocurrido decirles ahora. Muy a propósito no he querido mencionar ningún punto bíblico o de fe propiamente católica, porque pienso que para hablar de este tema si sólo nos quedamos en “razones razonables” ya salimos ganando bien de lejos. Y pienso además que, sin necesidad de enviar al infierno a nadie, les estoy diciendo a ciertas “mentes abiertas” que lo único que están consiguiendo con toda su ideología es animalizar y bestializar a nuestros adolescentes y jóvenes. Pues, si así lo quieren: no se van al infierno, pero ya los veo en el paraíso de los chanchos: Enlodados de porquería por los cuatro lados.
Pero por favor, si ya están encharcados señores, no enloden a los jóvenes que quieren vivir limpiamente.

lunes, 18 de octubre de 2010

La dictadura del "corazón" (I parte)

Agradezco mucho al Señor el haberme regalado la oportunidad de escuchar a muchos jóvenes de diversas condiciones. He podido compartir con ellos tantas cosas, he recibido tantas confidencias y felizmente he podido ayudarles muchas veces a liberarse de tantas cosas que los ataban en su espíritu. Esta misión liberadora del sacerdocio me gusta bastante y la ejerzo cada vez que puedo.
Y con todo, no deja de sorprenderme cómo es que tantos chicos y chicas tienen ideas absolutamente equivocadas y dañosas sobre la educación de su propio corazón. No quiero pensar ni imaginarme qué clase de conceptos y nociones reciben en el área de “Per Fam” (Persona, familia y relaciones sociales, para los de educación secundaria en el Perú). Pero veo que no pocos educadores bastante “progresistas” y “modernos” son los encargados de preparar tercamente a los jóvenes para una vida en la que obedecer la dictadura del “corazón” es la única alternativa para vivir humanamente.
Quien tenga a mano los manuales educativos del ministerio de educación para ésta área en sus manos ya sabrá a lo que me refiero.
Enumero los que a mi juicio constituyen los puntos más desgraciadamente necios e inefablemente animales –por no decir: burrescos- que se repiten de muchas maneras hoya los jóvenes en materia, por ejemplo, de educación sexual y afectiva:
1. Cada quien tiene derecho de elegir su propia orientación sexual. Debemos ser tolerantes con quienes son distintos. Los tiempos han cambiado y debemos mantener una mente abierta y sin discriminaciones.
2. Masturbarse no es malo, es una liberación necesaria de energías. Corresponde a cada uno el manejar su cuerpo y el procurarse placer solitario no es malo. Es parte del descubrimiento del propio cuerpo.
3. Cada uno elige libremente su iniciación en la vida sexual, lo importante es que cada uno tome esa decisión libremente y que se sienta bien haciéndolo.
4. La vida sexual responsable implica el cuidarse de embarazos no deseados, por ello se debe tener en cuenta la existencia de diversos métodos anticonceptivos. No se debe tener miedo de usarlos, es mejor conocerlos pronto.
5. Otro cuidado importante en la vida sexual es el de no contraer enfermedades de transmisión sexual, por eso también es muy importante el uso de los preservativos.
6. La mujer es dueña de su propio cuerpo, por eso ella tiene todo el derecho de decidir si quiere o no tener un hijo. La interrupción del embarazo es una posibilidad ante un embarazo no deseado.
Si Uds. queridos lectores sacan cuentas, ya podrán ver porque las cosas están como están en nuestros segmentos de adolescentes y jóvenes. Curiosamente: a más preservativos y pastillitas, a más abortos y profanaciones del propio cuerpo, a más promiscuidad y mente “abierta” nuestros jóvenes son más infelices que antes. ¿Han visto los ojos tristes de los chicos y chicas que salen de vacilarse en chichodromos, hostales, discotecas donde la juerga es máxima y “divertida”? Esos ojos no engañan. Porque la resaca del pecado no se cubre ni se supera con un caramelo Halls ni con jebe (Si alguno afirma lo contrario lo puedo retar a un debate con documentos y razones objetivas).
Pero sigamos: Esos seis malditos axiomas inventados por alguien que tiene cuernos y cola pero que ahora viste saco y corbata –o conjunto sastre- y dice que es representante del librepensamiento, esos seis axiomas repetidos cacareando día y noche sin más argumento que el gritar: “Los tiempos han cambiado”, esas seis ideas, llevan a muchos jóvenes a la infelicidad y a la ruina moral y espiritual.
Qué desgraciadas maneras de llegar a podrir el corazón de nuestros jóvenes. Y todos tienen que seguir esos malnacidos pensamientos.
Pero qué curioso: en esos manuales y en las cabezas de los que los promueven y enseñan parece que no hay cabida a valores que son tan humanos y antropológicos como: la pureza, la virginidad, la modestia, el recato, la decencia. Y que conste que esos valores no los inventó la Iglesia Católica, por si acaso (habría que revisar desde los filósofos anteriores a Cristo). Dicen que estos manuales quieren darles a los jóvenes una visión completa del tema, entonces me pregunto: ¿por qué no les hablan de estos valores que no sólo viven hoy en día monjas y curas sino que forman parte desde siempre de la vida humana digna y son a la vez la mejor forma de evitar embarazos no deseados, el sida y tantos abortos?
Otra curiosidad: Aún con todas esas “libertades” que han puesto al alcance de los jóvenes, ni el Gobierno ni las ONGs liberales han conseguido bajar los índices de abortos, ni del SIDA, ni de los embarazos en adolescentes. ¿Qué pasó? ¿No eran buenas sus soluciones? ¿No que la ciencia no se equivoca? ¿No que el conocer más estas cosas iba a traer la felicidad y la realización plena de nuestros jóvenes?
Y eso que no hablo por ahora de los índices de suicidio en el ambiente juvenil…
Quizá más que la dictadura del corazón, lo que siguen los impulsores de estas ideas dañosas y falsamente educativas, es la dictadura de las grandes trasnacionales que hacen un excelente negocio en nuestros subdesarrollados países con la venta de sus jebes, pastillitas y pildoritas. Porque por la plata baila el mono… y todo el zoológico.
(Pero claro, a nosotros nos venden el cuento de la defensa de los derechos sexuales de jóvenes y mujeres. Claro, qué bonita estrategia).
¿Cuándo nos daremos cuenta -como sociedad- de que lo que aparenta ser una lucha por los derechos "sexuales" no es más que una muy bien orquestada campaña comercial que saca mucho dinero a todos y a la vez convierte en perros y perras a nuestros jóvenes?
El tema no está cerrado.

lunes, 11 de octubre de 2010

Sueña Joel

Estoy volviendo a casa luego de una jornada llena de cosas hechas por amor a Dios: clases, celebración de la Misa, algunas confesiones, redactar algunos documentos, etc. Ahora he puesto todo de mi parte para acomodarme en un diminuto asiento de una desvencijada combi de marca no identificable. Me siento doblado en tres o quizá en cuatro, bueno eso ahora no importa, lo importante es que curiosamente ya me siento cómodo así (Siempre me he preguntado si los japoneses que hicieron estos vehículos alguna vez habrían imaginado que sus combis cargarían tantas personas demás con bultos incluidos…) Bueno, en la combi popular nadie hace comentarios de si va cómodo o no, de si la combi es vieja o no, de si el asiento está cómodo o no, aquí se aceptan las cosas tal y como vienen y punto. Eso ya lo he aprendido también yo. Todos vamos pensativos.
Y me he acurrucado de tal modo que frente a mí va una señora bastante pobre llevando a sus dos críos, uno va sentado en sus faldas y el otro está bien acurrucado a su ladito, casi apretado contra la ventana. Me ha impresionado este último chiquitín, está bien dormido, mientras que su hermanito juega con sus manos y su madre tiene la mirada pensativa. Yo estoy viendo al que va dormido, tiene una expresión muy tierna, está bien dormido, nada lo despierta, ni los baches, ni los frenazos, seguro está muy cansado, habrá jugado bastante, quizá esté mal alimentado, en fin.
Y me pongo a pensar qué soñará ahora aquél pequeño, quizá está soñando con que vive en una casa grande, quizá sueña que su mamá ya no tiene que lavar tanta ropa ajena, o quizá sueña que él ahora tiene tres comidas al día, que por fin tiene los juguetes que había soñado tanto, que por fin su casa tiene piso de cemento, quizá está soñando que ahora su casa tiene puerta, que ahora tiene techo fuerte, que ahora tiene agua. Mientras lo voy mirando y contemplando veo que un sacudón fuerte del vehículo le ha hecho despertar en parte. Digo en parte porque él ha intentado abrir los ojos, pero el sueño, ese gigante, le ha vencido. Así, a medio abrir le ha vencido y él ha vuelto a dormirse.
La combi sigue su ruta, hay bulla y música por todas partes. Ni el asqueroso reggaetón que suena en la radio le ha podido despertar. Él sigue dormido, el gigante del sueño le ha atrapado y en su rostro tierno veo a muchos niños pobres. Me provoca orar, es lo que puedo hacer por ellos, no puedo hacer más por ahora.
Finalmente la señora ve que ya llega el momento de bajar, da un codazo al pequeño y le dice: “Joel, despierta, ya bajamos” Y Joel abre los ojazos y entre incrédulo y asustado y con los ojos rojos reconoce donde está. Su cabecita se mueve al ritmo que los baches imponen a la combi en su camino.
El pequeño baja de la mano de su madre.
Adiós Joel. No dejes de soñar en que las cosas pueden ser mejor.
Adiós Joel. No dejes de soñar.