¡La paz contigo! En este blog encontrarás artículos y reflexiones de Fr. Israel del Niño Jesús, R.P.S. Que todo lo que leas te lleve a desear y buscar a Jesucristo, Camino, Verdad y Vida.
domingo, 20 de julio de 2008
Miopía II
Hace unos días he visto un reportaje sobre los abusos y conductas violentas que tienen estudiantes de nivel secundario contra sus profesores. En muchos lugares los profesores han pasado a ser víctimas de las conductas de sus alumnos: les golpean en plena clase, los amenazan, se burlan de ellos, les ridiculizan.
Muchas de las nuevas técnicas pedagógicas propugnan una mayor libertad para los niños y jóvenes, sostienen que los educadores no les pueden contradecir ni les pueden obligar a nada que ellos no quieran hacer; nuevas corrientes de la educación afirman que no se puede de ningún modo crear ningún sentimiento de culpa en los alumnos, que no se les puede dañar sicológicamente diciéndoles que tal o cual cosa está mal o es inadecuada.
Sería bueno que nos preguntemos por los resultados que se han obtenido con estas nuevas corrientes o ideologías en el sector de la educación de niños y jóvenes, ¿qué frutos se han obtenido? ¿se ha conseguido forjar personas más responsables y maduras, capaces de afrontar la dureza de la vida?
Paralelamente podríamos preguntarnos: ¿por qué hoy en día ha aumentado ostensiblemente la agresividad de los jóvenes con relación a sus educadores? ¿por qué aumentan las conductas inadecuadas y la marginalidad en ellos? ¿son los jóvenes actuales más felices que aquellos que fuimos educados con otro esquema pedagógico? ¿tienen los actuales jóvenes mayor aguante para afrontar la dureza de la vida que los que somos más "antiguos"? ¿abundan entre ellos personalidades fuertes y valientes, firmes y decididas y en mayor proporción a los jóvenes del pasado? ¿hemos conseguido crear nuevas generaciones de personas probas y rectas tanto como en el pasado?
Yo me temo que las respuestas podrían ser desoladoras.
Muchos educadores siguen los nuevos esquemas pero no se atreven a preguntarse si de verdad -en los hechos- sus nuevas pedagogías son capaces de producir gente tan firme, fuerte y moral como las que existían en las generaciones anteriores. Habría que evaluar el árbol por sus frutos, siguiendo la regla de oro dejada por Jesucristo. Pero todo parece indicar que no se tiene la suficiente honradez para hacer una evaluación de tal magnitud ni mucho menos aceptar sus resultados que, estoy seguro como pastor de Iglesia que soy, serían alarmantes.
Es una trsite miopía de no querer cuestionarse sobre si el camino andado ha dado los frutos esperados, se supone mejores que los frutos de las antiguas pedagogías.
¿A dónde podríamos llegar por este ancho camino de educar a los jóvenes sin ofrecerles ninguna resistencia? ¿A dónde podríamos llegar en este camino de laxitud disfrazada de otros títulos que parecen más atractivos y modernos? ¿Será verdad que una persona puede formarse mejor para la vida cuando todo lo tiene fácil, cuando todos le dan la razón o cuando todos se abstienen de llamarle la atención "para no herir sus sentimientos"? ¿Será cierto que una buena formación consiste en educar a un joven de tal manera que se le tenga que decir que sus opiniones son todas muy aceptables y verdaderas y que después de todo nadie tiene la verdad sobre nada?
¿Será correcta una educación que sostenga que hoy no hay nada bueno ni malo en sí mismo, que todo depende de cada uno y que no se puede hablar de mal moral o pecado porque eso es crear inútiles sentimiento de culpa en los niños y jóvenes?
Hay un antiguo refrán popular que dice: "Caballo bien alimentado, mata a su dueño"
¿Podremos entonces explicarnos así porque hoy en día muchos estudiantes insultan, agreden y/o maltratan a sus educadores?
Ciertamente hay bondades que engendran canallas y hay laxismos que crean monstruos.
viernes, 11 de julio de 2008
Pequeño rebaño
Hace un tiempo leía un libro muy simpático de un pastor protestante argentino; al final de la publicación se reproducían varias fotos de su ministerio con cifras impresionantes: 100 mil personas en un estadio, 70 mil en el otro, una plaza nacional llena, etc, etc. Varias veces también he observado de lejos todo el movimiento de gente que se sucede en mi país ante la presentación de algún cantante evangélico muy conocido. Demás está decir que los cristianos no-católicos manejan bastante bien el tema del márketing y la publicidad, todas sus "campañas" de evangelización tienen el olor de multitud o por lo menos, el olor de masas que impresionan a cualquier católico incauto.
Paralelamente, hace algunos años descubrí una canción muy buena de Migueli, cantante católico español, que se titula: "Con sólo dos o tres". En esa canción el buen Migueli alude a muchas de nuestras reuniones de fe en las que habemos tan pocos que nos sobran los dedos para contar. Cierto, ante esta situación hay personas que inmediatamente ponen el dedo en la llaga: "Los católicos nos estamos quedando cada vez menos" y se blanden muchas razones o explicaciones para esta situación. Yo creo que sí, que muchas veces tenemos culpa los propios católicos y quizá más, los sacerdotes y religiosos. No tengo empacho en aceptar esta situación y las responsabilidades que nos tocan. En varios lugares los católicos pasamos por minoría no sólo numérica sino también minoría en iniciativas y en entusiasmo por la fe.
Sin embargo, muchas (subrayado ese "muchas") veces he concluído que los verdaderos creyentes siempre han sido minoría, siempre han sido un pequeño resto. El mismo Jesús aludió a esta situación cuando daba ánimos y exhortaba a no temer a su "pequeño rebaño".
Y pienso que es así, que en verdad los amigos verdaderos de Jesús siempre serán ese pequeño rebaño.
Pero no se me vaya a malinterpretar: Varias veces he soñado con mucha gente siguiendo a Jesucristo, con muchos jóvenes acercándose a recibirle en la Comunión de la Eucaristía, otras veces he soñado despierto con una gran multitud de gente rezando y cantando a Jesucristo, he soñado con comunidades grandes y fervorosas en la fe, he soñado con muchas vocaciones para la vida consagrada, para el sacerdocio, en fin, he soñado bastante, no lo niego. Pero cuando me he puesto a pensar seriamente en la situación de nuestras comunidades de fe, en la situación de nuestras asociaciones de creyentes (creo conocer bastante), he concluido con la cabeza fría que en verdad los verdaderos discípulos y misioneros siempre han sido pocos, siempre han constituído el resto del pueblo, el "Pequeño rebaño".
Aún en comunidades pequeñas en número no todos logran vivir al mismo nivel la entrega a Dios, siempre hay quienes se quedan un poco solos en la generosidad, siempre hay quienes sufren incomprensión y deben luchar a contracorriente... en medio de sus hermanos creyentes.
Yo creo que no de otro modo se tendría que interpretar lo que dijo Jesucristo en el discurso del monte: "Sean sal y luz del mundo". Es evidente que para poner un poco de sabor a un plato de comida sólo se debe echar un poco de sal, a nadie se le ocurrirá poner 100 gramos de sal para cien gramos de arroz, basta muy poco de sal. Lo mismo con la luz: es inútil llenar el techo de focos de luz o bombillas para alumbrar una habitación, basta con uno o dos a lo sumo.
Se entiende que la sal y la luz siempre son minoría, pero minoría suficiente para alumbrar y dar sabor a nuestra vida.
No quiero quitar el entusiasmo misionero a nadie, no quiero decir que no hay que expandir el Evangelio, todo lo contrario, tenemos que invertir todas nuestras fuerzas en hacer posible que todo el mundo crea en Jesucristo y le ame, pero sabiendo también que lo nuestro siempre es caminar a contracorriente y que con un puñado de gente Jesucristo puede hacer maravillas en cualquier lugar y bajo cualquier circunstancia.
No tengamos miedo si varias veces por creer en Jesucristo, por seguirle, por ser fieles a su Evangelio, por ser fieles a su llamado, nos quedamos un poco en soledad o nos parece que somos minoría: siempre fue así. No nos dejemos deslumbrar por masas que parecen imbatibles y muy creyentes pero que al final caen y desaparecen como la espuma.
No tengamos miedo de ser minoría.
Si Jesucristo está con nosotros -por la gracia-, somos mayoría aplastante.
domingo, 22 de junio de 2008
Miopía
Jesucristo dijo de sí que es La Luz del mundo y desde entonces su palabra es iluminadora. Sólo él puede curar nuestra ceguera y nuestros defectos de visión.
Yo sé que lo que voy a exponer a continuación podría sonar o saber a petulancia o algo así, de todos modos, es algo sincero y tiene mi rúbrica propia, no copio el pensamiento de nadie.
No me considero un gran iluminado, pero desde hace varios años yo -religioso católico- vengo constatando la existencia de una especie de miopía de espíritu en no pocos consagrados a Dios (me refiero a religiosos y religiosas). Debo aclarar que yo me siento muy contento de ser un consagrado en la Iglesia Católica y que pienso que es la Vida Consagrada la que podrá dar siempre un respiro más puro y un aire más fresco a la entera Iglesia Católica y a todo el mundo. Sin embargo, la miopía que observo en no pocos de mis hermanos religiosos a mí me trae a veces bastante preocupado. La cosa es, creo, sencilla de explicar: Mientras los jóvenes, por ejemplo, hoy en día van en busca de cosas "más altas", van en busca de cosas que les llenen más en el espíritu, mientras ellos van buscando más espiritualidad, muchas veces nosotros, los consagrados, vamos en dirección opuesta: nos hemos alejado de la vida espiritual, no vamos ya a buscar una experiencia de Cristo sino que ahora nos entretenemos con cosas que pueden ser muy buenas pero que al fin y al cabo no son las más importantes ni las que nos definen.
Me provoca asombro, o quizá peor, estupor, cuando por ejemplo a veces participo de reuniones de consagrados y sacerdotes en las que sólo se habla de la "ecología" o del "problema ambiental" o de las luchas por la justicia, mientras que muchos laicos y no creyentes también (subrayo ese muchos), jóvenes y adultos, hoy quieren encontrar en La Iglesia, en los religiosos, una experiencia de Dios más que otras cosas.
Me causa estupor cuando a veces se me cruza en el camino una persona de buena voluntad y me pregunta cómo debe hacer para orar, para tener una experiencia de Jesús, para tener vida espiritual, y a la vez me cuenta que ya ha ido por algunas parroquias y los religiosos de turno no supieron qué decirle porque lo suyo era "el apostolado social" o que sostenían que la única y fundante experiencia de fe era la de alimentar a los pobres y construir tuberías de desague.
Me causa estupor esa infeliz miopía de aquellos que dicen que miran, observan y están atentos a "los signos de los tiempos" y afirman luego que por eso piensan sólo "horizontalmente" cuando, por el contrario, mucha gente está volviendo sus ojos al cielo y vuelve a la relación vertical con Dios. Me causa temor esa miopía que envuelve a aquellos que por afán de "realismo" no hacen sino cerrar los ojos a la realidad más real: Que muchos hoy en día tienen una irrefrenable hambre y sed de Dios... aunque no lo digan, por el roche que eso significa (No, yo no creo que la nuestra sea una sociedad descreída sino muy por el contrario, tenemos una sociedad muy creyente, pero creyente en cosas que no valen la pena y a las cuales les han puesto el nombre o la categoría de "dios". Basta sólo pensar en lo que significa el fenómeno de la Nueva Era y la espiritualidad difusa (y confusa) que promueve a todo nivel).
Me parece una infeliz y desgraciada miopía la de aquellos consagrados que renuncian a lo espiritual para "encarnarse" en una existencia sin norte superior y sin una estrella alta que los pueda desenfangar de sus propias carnalidades. Lógicamente al final terminan literalmente "encarnados".
Y me duele en el alma que por responsabilidad -o irresponsabilidad diría mejor- de esos miopes mucha gente de buena voluntad acuda cada vez más hoy en día a sectas y agrupaciones orientalistas o americanizadas en donde se les vende o se les regala una espiritualidad difusa y aguada vertida en aljibes que no son capaces de contener el agua (Léase: Yoga, I chi, Tai Chi, Meditación trascendental, Mantras, Eneagramas, etc)
Me duele en el alma que por culpa de no pocos miopes en el espíritu, muchos jóvenes a la hora de buscar una experiencia de lo divino hoy ya ni se les pasa por la cabeza la idea de acercarse a la Iglesia Católica (Léase: parroquias, capillas, grupos, comunidades, etc). Les parece incluso natural que en La Iglesia no exista esa posibilidad de lo divino ya que nos ven muchas veces enfrascados en esas eternas discusiones "de curas y monjas" que a nadie benefician.
A veces pienso que esa miopía la ha difundido en nuestras vidas aquel enemigo de nuestra eterna salvación. En el reino de los ciegos el tuerto es rey. El diablo es un tuerto... y tiene sus primeros ministros.
En fin, no podré estar de acuerdo con la patraña de miopía que sostiene que nuestros jóvenes y nuestra gente sencilla no tiene la capacidad de lo divino y que por eso sólo les podemos llenar la vida con cosas por hacer, incluso con "apostolados" y con ideas que defender sin llegar nunca a lo verdadero y más profundo de las cosas y de Dios mismo.
Me duele la miopía de los que mientras todos -o por lo menos muchos- miran al cielo, ellos están seguros de que no hay que mirar arriba y por el contrario, no se deben despegar los ojos de la tierra. ¿Será que ellos mismos han rechazado ya en la práctica a Aquel que está en lo alto, aún siendo consagrados? Hace varios años escucho a un buen amigo, predicador católico, que califica a esta miopía como el Ateísmo afectivo de los consagrados. ¿Tendremos que aceptar con dolor que es así?
Tenemos el deber de pensar y sentir con La Iglesia. Y, gracias a Dios, La Iglesia ha hablado repetidamente del tema. Pienso ahora en las diversas y repetidas exhortaciones de S.S. Juan Pablo II, de muy feliz memoria, que insistía a los religiosos en convertir sus comunidades en centros de espiritualidad, en oasis de vida divina y que consideraba a la misma Vida Consagrada como una auténtica terapia para el mundo. Me emociona pensar que aquel Santo Padre había concebido tan nítidamente el valor y lo trascendental de la Vida Consagrada. Y antes de él, era el Concilio Vaticano II el que afirmaba con toda autoridad que la Vida Consagrada en La Iglesia tiene un puesto preeminente y pertenece a la vida y la santidad de misma La Iglesia. Y recuerdo también al buen Papa Pablo VI que no dudó en afirmar que La Iglesia sin la Vida Consagrada no sería más La Iglesia de Cristo.
La Iglesia que es Madre y Maestra sabe lo que dice y enseña, no podemos pues seguir y obedecer magisterios paralelos o ideologías extrañas al sentir de La Iglesia de Jesucristo.
Por eso, quiero animar a todos aquellos religiosos y religiosas que viven y obran en sus comunidades como fieles "pararayos" de Dios, y aunque a veces incomprendidos, arrinconados o maltratados, son los que atraen para sus comunidades la auténtica vida divina.
Hermanos y hermanas que apuestan por Jesucristo Vivo sin ideologías extrañas, no olviden que la recompensa está allá arriba, allá donde algunos hace tiempo no miran ni les interesa.
Gracias a todos y a cada uno de ustedes que han apostado por una vida realmente en Cristo y para Dios, gracias por sus cruces, por sus noches oscuras que atraen salvación para muchos hermanos de todo el mundo, gracias por sus luchas que si a veces tienen el signo de la derrota aquí en la tierra, allá en el cielo serán grandes y gloriosas victorias. Gracias consagrados y consagradas que son fieles al Dios de Jesucristo, que no se rinden porque son humildes, porque confían en aquel que les llamó desde siempre.
Dios los guarde siempre y les libre de la miopía que seca el alma y que cuartea el corazón.
aCharla dirigida a religiosos.
lunes, 9 de junio de 2008
¡Este es un asalto! (2da parte)
Corrió hacia mí y se me prendió de la mano, me espetó sin tapujos:
"Yo quiero confesarme pronto con Usted... Tiene que ser ahorita... pero aquí no, tiene que ser en la Iglesia..."
Yo había pensado que bastaba una sola impresión fuerte para un día como ese.
Pero no, allí estaba el pequeñín casi jalándome a la Iglesia con un interés impresionante por confesar sus pecados.
Yo me quedé pasmado, nunca me había ocurido algo así.
Le dije que vayamos adelante, cerca del altar, le hice sentar y, muy compungido, me contó sus "pecados" (pongo entre comillas porque en verdad lo suyo no eran sino algunas travesuras comprensibles de un niño pequeño). Pero lo que me asombró fue su dolor por el mal que había hecho, le noté en extremo arrepentido. Su postura era muy seria, él no estaba jugando, no bromeaba, no hacía el papel, nada. Él se estaba poniendo ante el tribunal de Dios y muy sentidamente me contaba sus cosas. A mitad de confesión tuve que hacer un acto de fortaleza para no dejarme vencer por la emoción que me anegaba. Él no lo sabía, pero me estaba dando un tremenda cátedra de eso que los humanos y católicos casi hemos olvidado: la honradez para con Dios (léase también: contrición perfecta, dolor de los pecados, humildad, la verdad, etc). El pequeñito estaba sentado en la banca y sus pies no llegaban a tocar el suelo, sin embargo a mí se me hizo gigante por su corazón bueno. Por un momento pensé que era yo el que tenía que arrodillarme ante él. Me sentía removido.
Le traté de consolar lo mejor que pude, le hablé de que Jesús estaba contento de él, creo que se convenció de ello, y, antes de ir a rezar su penitencia, me preguntó: "¿Puede también venir a confesarse mi mamá?", me lo dijo con preocupación. Claro, le dije. (Debo aclarar que hace ya varias semanas pasó esto y que su mamá nunca apareció...)
Yo pensé para mí: ¿Qué habrá visto este pequeñín para preocuparse tanto por la salud moral de su mamá? Y recordé a varios niños a los cuales yo he escuchado y atendido y que han venido a llorar por los pecados... de sus padres (porque ellos serán bien niños pero tienen muy presentes las desviaciones y pecados de sus padres, aunque ellos juren que sus niños no saben nada....). Y me acordé de la palabra de Jesús: "Ay de aquel que escandalice a uno de estos pequeños, más le valdría ponerse una piedra de molino al cuello y echarse al mar"
Y pensé en tanta pureza e inocencia plasmada en esos pequeñitos. Y por dentro me sentí desecho, porque ante la luz nuestras obras de tinieblas siempre quedan descubiertas.
Finalmente rezamos una oración y le llevé de vuelta a su aula.
Ese pequeño me asaltó, me agarró "en primera" y sin chance para defenderme.
Ahora ya sé porque Dios se entiende bien con los pequeños, ya sé porque la oración de ellos es muy bien recibida por Dios en el cielo.
Gracias pequeño penitente, me hiciste vivir un retiro espiritual comprimido pero no menos profundo y valioso. Dios te conserve con esa alma transparente por siempre.
FIN.
domingo, 1 de junio de 2008
¡Este es un asalto! (parte 1)
Oí unos gritos y ruido de los que entraban corriendo al templo. Me sobresalté.
Voltée a mirar y me encontré con una sorpresa que jamás imaginé de ese modo.
Agradezco a Dios el que desde hace algún tiempo me ha venido preparando de distintos modos a pasar mejor y asimilar mejor estas experiencias, creo que en ese sentido he crecido más.
Se vinieron contra mí.
Casi me caigo. Me agarraron todos a la vez: en cuestión de segundos yo estaba detenido y cautivo. Gritaban y, definitivamente, yo no tenía el control ni mayor chance para defenderme. Eran varios y sólo me quedaba aguantar y no perder la calma... imposible defenderme.
Uno entró corriendo hacia el altar. Yo pensé: ¡Dios, el lugar más sagrado! Otro fue a la sede y se sentó muy campante, otro tomó el confesionario por asalto, se sentó y comenzó a gritar, mientras que en el presbiterio uno más tocaba a rebato la campanilla y otro con el armonium comenzaba a tocar alguna cosa en tanto que yo estaba sujeto por dos que se habían colgado de mí.
Eran los pequeños alumnos del 1er grado de primaria de nuestro colegio parroquial....
Yo siempre he sido un señor que tiene sus esquemas bien perfectos y cuadraditos y gracias a Dios, como les decía antes, él ya me había estado preparando para dejar mis esquemas en el bolsillo. Mientras veía a estos asaltantes primero con algo de terror y luego con sentimiento de resignación -tenían seis años de edad cada uno- tomar la Iglesia y comenzar una extraña liturgia de gritos, risas, corridas y demás cosas parecidas, cuando supe que me iba ser imposible controlarlos a todos, me senté y medio resignado y cómplice me quedé viéndolos. Me imaginaba nuestras solemnes ceremonias realizadas por ellos con sus caras de juego interminable. Imaginaba toda la Iglesia llena de pequeños de seis años cada quien trepado en un altar abrazado a algún santo o corriendo sin parar por los pasillos sin esa gente que les dice: "Sssshhhhhhhh, silencio, es la casa de Dios".
Gracias a Dios mismo, no había ningún otro grande en ese momento, sólo estaban mis asaltantes y yo. Porque ya me imagino si hubiera estado uno sólo nomás, la que se hubiera armado.... Trataba de imaginarme también a Pedro, el apóstol, espantando a los pequeños y al Señor Jesús haciendo un alto a Pedro y guiñando el ojo a los pequeños para que se acerquen nomás y le ensucien con confianza el manto y la túnica.
Yo no sé si al final habré orado, pero esos pequeños, de los cuales es el reino de los cielos, me hicieron pensar largo rato sobre la sencillez y la candidez de alma. Porque de observarlos -y sufrirlos, se me vinieron abajo muchas de mis complicaciones de "grande".
Felizmente, luego de un tiempo de "hermoso desorden y bullicio" pudieron hacerme caso y abandonar el sagrado recinto no sin antes agradecer a Dios con una sencilla oración (Y yo también agradecí a Dios porque no se metieron con ninguno de los floreros...)
Pequeños asaltantes de esa mañana sin capítulos, Dios les guarde siempre.
lunes, 26 de mayo de 2008
Aquí pago mi deuda contigo.
Te lo había prometido y créeme que lo he pensado un sinfín de veces y recién ahora me decido a escribirlo. No te niego que muchas veces ideo escritos primorosos que nunca llego a plasmar o por falta de tiempo o por cierta desidia.
No me resulta fácil escribirte, creo que fue San Agustín el que decía que temía que las palabras dichas o escritas deformen lo que el corazón en verdad siente y experimenta. A veces me pasa algo parecido y quizá también por eso no te he escrito. Pero ahora me lo he propuesto y ya verás.
¡Amigo!
(Creo que así comienzo bien).
Varias veces he escuchado que debemos decir a los nuestros que les queremos mucho estando ellos vivos, que luego ya no tiene sentido. Pero qué difícil nos resulta -por lo menos a mí sí-.
Oye buena gente, yo te quiero mucho. Te valoro como no tienes idea.
Y he aprendido a interpretar tus gestos, te has hecho muchas veces pasar por buen actor pero a mí no me has engañado, sé de qué tratan tus gestos, tus modos de mirar y diversas clases de sonrisas que sabes sacar de la manga. Ayer te ví preocupado. Pero te he visto también otras veces molesto. He respetado tu silencio, aquellos momentos en que tampoco conmigo querías hablar, reconozco que me dolió un poco pero sé que tienes derecho a tu silencio.
También he adivinado unas lágrimas que no han llegado a anegar tus ojos porque te hiciste al fuerte. Pero también -y no me digas cómo- te he visto llorar a escondidas. Yo sé que has sufrido y sufres. Y sé que no te gusta hablar mucho del asunto y sé tambien que cuando has querido hablar del tema no te ha ido bien. Sé que muchas veces te has sentido "un pez de aguas profundas", según tu frase. Sé que has sufrido porque muchas personas se han portado como "pejerreyes" y tú, tremendo animalote, no has sabido cómo ubicarte entre tanto pez chiquito.
"Me he sentido sólo, muy sólo" te has confidenciado varias veces luego de esas interminables reuniones y actividades "de sociedad" y por eso también te he visto llegar con ansias a tu lugar escondido, a tu lugar "soledoso" y por fín allí, pez de aguas profundas, te has sentido a tus anchas.
"Creen que soy muy sociable", me has dicho, y me contabas -entre ingenuo y divertido- que a parte de hablar por razón de tu oficio, luego casi no sabes hablar mucho, que te quedas casi sin palabras en una conversación coloquial, que sufres en una entrevista, que muchos juran que eres "recontra sociable" pero que tú te sientes confundido y con el corazón puesto en tu "ermita" cuando estás entre el gentío.
Y me has contado innumerables veces que no te comprenden los que deberían hacerlo, que no te escuchan, que te han etiquetado, que has sufrido lo indecible porque no te ayudaron los que deberían haberlo hecho. Y te pido perdón porque yo también me quedé callado y no te defendí en el momento oportuno.
Sé que te duele en el alma la insinceridad, que te hiere mucho el doble discurso, que no eres tú lo que llamamos, un diplomático, en absoluto. Sé que extrañas a "la gente con corazón" y que contigo no es la conversación superficial ni la apariencia.
Y me has contado -con dolor- que se han reído de tus sueños y eso te ha golpeado fuerte.
Te pido perdón porque tampoco he sabido consolarte un poco, me he quedado callado como un tonto. Y a pesar de todo, eres un gran terco, me has dicho entre lineas que aún así tu sigues soñando, que no te quitarán tu derecho de soñar en grande, que no te quitarán tu deseo de inmensidad, que nadie podrá apagar tu ilusión por el bien aunque sepas muy bien lo que es el mal y lo has sufrido. Y te agradezco porque no te has dado por vencido. Y me has dicho que posiblemente estás bien loco porque hasta ahora no han conseguido anular tus sueños, que seguramente estás bien enamorado porque por nada del mundo se te ha ocurrido dejar a quien es el amor de tu vida. Y precisamente me has confiado que le extrañas mucho al Jefe, que le echas de menos en ciertos círculos de "creyentes" e incluso de consagrados. Y me has dicho que no te has acostumbrado a tu Dios, que es tu mejor logro en esta vida. Y me has dicho que si no fuera por la fe ya te podrías haber vuelto loco, digo, más loco de lo que felizmente estás.
Oye, no creas que no me acuerdo, que tengo presente lo que me dijiste aquella vez, bien serio, vertiginosamente profundo: "Cuando me muera, por favor, que pongan en mi lápida esto y nada más: "El único éxito que tuve en la vida fue Jesucristo, por él acepté perderlo todo y con él fuí feliz"
¿Recuerdas cuando te sentías morir y me confiabas que habías pasado un mal rato pensando en el juicio personal que Dios te haría? Me has dejado pensando cuando me dijiste que en aquel día tú querías estar "en la parte de atrás del gran auditorio ... detrás de una columna y bien agachado con el rostro entre las manos".
Y me has dicho que tu oración es muchas veces un completo desastre, me has hecho reír a mandíbula batiente al escucharte. Me has contado que en pleno momento espiritual se te ocurría una gracia, un chiste, una imaginación jocosa... He gozado tanto escuchándote. Me lo dijiste un poco asustado... Y pienso que Dios no te condena por ello, que seguro tú le has provocado más de una sonrisa y estoy seguro de que cuando llorabas a solas -"para no hacer roche"- era el mismo Dios el que lloraba contigo.
Y te he tenido que decirte varias veces que Dios está contento contigo, que así yo lo creo, que casi diría que me consta -tampoco me preguntes como lo sé-. Y a duras penas te he convencido.
Quiero decirte viejo, amigo, colega, compañero, camarada, yunta, causita, chochera, mitad de mi alma, que te quiero mucho. Que me alegra haberte conocido. Que tu amistad me ha hecho un gran bien. Que nunca dejes de ser tú mismo. Que nunca cambies. Que el mundo necesita uno como tú. Que allá arriba te miran con cariño. Que aquí abajo también muchos te quieren y dan gracias a Dios por tí aunque -tontos- no te lo dicen a tiempo.
Quiero decirte que he aprendido muchas cosas de tí, que muchos no saben que bastante de lo que hoy soy ante Dios y ante los demás lo soy por tí, porque lo he aprendido de tí, maestro.
Finalmente: yo no sé si este escrito te gustará tanto como me lo imaginé, sólo sé que es sincero, que es de corazón, que si para "los modernos" es "cursi", para mí es lo mejor que me ha podido salir de esta mente que a duras penas puedo controlar.
Gracias, amigo, nunca dejes de ser tú mismo.
Hoy, esta noche, cuando -como acostumbras- eleves la vista al cielo y busques "la estrella del campamento" seguro que la volverás a ver y allí, en medio de esa maraña de lumbreras del cielo verás también tu nombre y la sonrisa de Dios, a quien amas.
Un fuerte abrazo.
domingo, 11 de mayo de 2008
aDios Carlitos
De todos modos él nunca lo llegó a conocer, ni siquiera le dieron tiempo de abrir los ojos, no le dieron chance de presentarse entre nosotros.
Muchas que dicen que defienden los derechos de la mujer afirman que él seguramente no era más que un quiste, una especie de muela fastidiosa que su mamá decidió extraerla porque le resultaba muy problemática... era un niño problema.
De todos modos, él nunca sabrá de todo lo que se ha discutido de los miles y miles que a diario pasan su drama en "limpios" y "seguros" hospitales o en el interior de clandestinos consultorios en donde se arregla "fácilmente" y con "seguridad total" el problema del "atraso menstrual".
Ayer le encontraron.
La señora aquella que le encontró en un balde cubierto de sangre afirmaba en medio de su llanto que le había visto mover un poco el bracito...
Los empleados de limpieza pública le pusieron Carlitos, así le "bautizaron".
De todos modos él ya tenía un nombre en el corazón de Dios.
Carlitos murió en un balde envuelto en su propia sangre.
Estaba ya bien formadito, pero eso no les interesará a quienes aseguran que él no era una persona sino un bulto que no puede considerarse un ser humano todavía.
De todos modos Carlitos no sabrá que hoy tanto como hace varios siglos se discutía si los indios de américa tenían alma o no, ahora en una época tan "civilizada" -la nuestra, claro- hay no pocos que se dicen humanos y que se sientan a discutir si el embrión de un ser humano merece respeto o no, de si merece vivir o no. Algunos dicen que eso no es un tema religioso sino un "tema social"...
Carlitos murió en un balde, no llegó a abrir los ojos.
Quizá resultó un problema para la que fue su madre; quizá el que le engendró no quería hacerse cargo de él; quizá la que hubiera sido su abuela consideró que Carlitos iría a representar una mancha en el honor o en la reputación de su familia y de su buen apellido; quizá Carlitos iría a ser un real problema para la economía de sus engendradores; quizá tuvo la mal suerte de llegar cuando sus engendradores ya no tenían como alimentarle y claro, decidieron "interrumpir el embarazo".
Quizá Carlitos no era más que un bultito de carne que no podía considerarse persona sino sólo cuando hubiera podido hablar y ser fuerte y tener mucho dinero e influencias para poder hacer prevalecer sus derechos y formar una ONG donde pudiera defenderse o atacar a otros carlitos.
Carlitos murió en un balde y le encontraron en la berma central de una avenida. Cerca de él pasaban muy temprano muchos escolares que -gracias a Dios- obtuvieron la gracia de ser considerados personas antes de nacer.
Pero Carlitos no fue el único que murió ayer antes de poder abrir sus ojos.
Porque ayer -y también hoy- murieron 1,095 Carlitos y Juanitas en este Perú que se dice creyente. Porque 400,000 niños mueren por año antes de nacer en un país como el nuestro. Muchos no morirán en baldes en medio de una avenida, muchos morirán destrozados por unos fierros en el vientre de su madre, otros serán quemados con ácidos, otros recibirán una inyección, y todos acabarán en algún botadero porque no lograron la suerte de ser considerados personas...
Dicen que con ellos se fabrican esmaltes de uña que luego usan las señoras y señoritas muy respetables -y las otras también-.
Y todavía existen hoy personas que sufren más porque se mueren las focas en tal o cual lugar, que se desesperan porque se murió una ballena en una playa... Pero a ellos mismos ni les interesa que en sus mismos países diariamente se matan a miles de niños en el vientre de su madre. Seguramente estamos llegando a un extremo de inhumanidad tal que sólo nos conmueve que se mueran unos animales, un toro, una foca bebé, pero no nos dice nada que hayan humanos que promuevan políticas abortistas, es decir, maniobras asesinas de miles y miles de niños que cometieron el único delito de no saber defenderse por sí mismos (Dicen que se trata de considerar el sentimiento de las mujeres que no quieren tener hijos... pero no se les pasa la cabeza que los Carlitos y Juanitas tienen también sentimientos y mueren gritando y sufriendo en silencio...)
aDios Carlitos. Dile a Él -una vez más, como Jesús- que los humanos no sabemos lo que hacemos.
Y tú, Carlitos, perdónanos porque seguramente lo único que haremos será callar y suspirar por tí pero es seguro que pocos o muy pocos gritarán por tí.
aDios Carlitos, sí, anda con Él, arriba te tratarán mejor que aquí.
aDios Carlitos.
lunes, 5 de mayo de 2008
Gracias Fátima
Por gracia de Dios he conocido a mucha gente realmente humilde, los he contemplado y me he quedado muy edificado. Gracias a Dios no faltan los que saben quedarse en el último puesto y no reclaman más que ser los últimos de la fila. He contemplado a gente que aún teniendo derechos, no ha reclamado nada para sí sino el honor de servir y sirviendo se han quedado siempre muy contentos. Esa gente tan buena le ha brindado un oxígeno muy puro a mi alma, por lo que les estaré siempre muy agradecido, como canta Rosendo.
Creo que los humildes son los bien ubicados, los que están en el lugar exacto con la actitud exacta, son los más objetivos y realistas. Contrariamente, los orgullosos, soberbios o pedantes están muy fuera de sitio y proporcionan un espectáculo las más de las veces ridículo o deprimente.
Hace algunas semanas he conocido a varios niños y niñas que me han enseñado "en vivo y en directo" lo que significa ser humilde. Me he quedado deslumbrado en especial ante el alma tan buena y sencilla de una niña que apenas se levanta del suelo en estatura, se llama Fátima. La primera vez que la ví estaba en la secretaría del colegio parroquial, muy seriecita ella y muy en su lugar. Me quedé asombrado por su temprana modestia y recato, bien sentadita y con la mirada baja. Claro, estaba un poco malita y esperaba que le hiciera efecto una pastilla que le habían dado. Y como debe ser, para hablar con los niños hay que ponerse de rodillas, así lo hice y quise conversar algo con esa pequeña. Me explicó su drama con una claridad que ya la querrían tener los políticos actuales o esos filósofos actuales.
Bien ubicada, Fátima me recordó que la humildad es verdad y es la exacta y precisa ubicación de nuestra vida.
Siempre me resulta una lección valiosa el contacto con los niños pequeños y no creo que sea un justo proceder el despreciar a aquellos a quienes mira con más complacencia el Padre Dios. Ellos son una cátedra auténtica.
Yo sé que tú, Fátima, posiblemente nunca leas estas pobres letras pero desde aquí te agradezco por tu almita de niña buena, de niña bien niña, porque -a Dios gracias- conservas esa inocencia y esa sencillez que seguramente arrancan más de una sonrisa de complacencia en el rostro de Dios. gracias Fátima por que eres una niña como debe ser. ojalá cuando crezcas conserves ese frescor de alma, ojalá no se te pegue ni la mezquindad ni el deseo de posesión, ni la impureza, ni ninguna clase de egoísmo, ojalá puedas conservarte siempre así. Y así, llegará un día, Fátima, en que te presentarás contenta y libre ante el buen Dios, mostrando tu vestidura bautismal limpia y fresca, como para provocar la envidia de los mismos ángeles.
Sé siempre así, Fátima, no le niegues al mundo el maravilloso espectáculo de un alma de niña buena. Amén.
lunes, 28 de abril de 2008
En el nombre de Tito
Érase una vez un hombre
Que todos llamaban Tito,
Nombre sobre todo nombre
En aquel santo recinto.
Él tenía todas las llaves
Y que nadie tenga duda…
Cuando alguien hacía una copia,
Cambiaba la cerradura.
Un día tuvo un gran disgusto
Por la cuestión del florero
Que él había colocado
Con paciencia y gran esmero…
Nunca falta el comedido
Que lo cambia de lugar…
La presión le subió a treinta
Y lo quiso excomulgar.
Tito abre, Tito cierra,
Tito ordena, Tito entierra,
Tito no quiere cambiar,
No entra y no deja entrar.
Reunió a los grupos parroquiales
Y los retó a los gritos,
Pues ninguno en sus reuniones
Invocaba el nombre de Tito.
Juró que desde ese día
El nombre les cambiaría…
Y llamó Legión de Tito
A la Legión de María.
Pintó la parroquia de celesTITO
Con guardas amarillas paTITO
Sacó las estatuas de todos los santos
Y en su lugar puso sanTITOS.
Consiguió que el sacerdote
Comenzara el santo rito
Diciendo: “En nombre del Padre,
Del Hijo, y también de Tito”.
No soy psicólogo ni psiquiatra, pero en verdad me dejan muy intrigado los casos de “Titos” que suelo observar en varias realidades eclesiales. No sólo se trata de aquel o tal sacristán o presidente de tal asociación de fieles, también se ve algo parecido en estamentos de sacerdotes, obispos y consagrados. C. Seoane en la canción que hemos transcrito afirma: “Tito no quiere cambiar, no entra y no deja entrar”. Ese es un punto que –en cuanto sacerdote y párroco que soy- me preocupa no poco: el hecho de que los Titos al final no gozan de la fe ni permiten que otros lo hagan. Temo mucho que por causa de esos Titos haya no pocas personas que se alejen de nuestros sagrados recintos y consideren la fe como un engaño o como algo por lo menos alienante.
Por mi parte me convenzo cada vez más que el mejor distintivo de una fe verdadera es la capacidad de morir a uno mismo, la capacidad de desprendimiento y de “desapercibimiento”. Después de todo, ¿no trabajamos para que nos vea el Padre del Cielo y sólo él?
Es algo triste cuando los mediadores entre Dios y los hombres nos convertimos ya no en instrumentos sino en finalidad de la religión y por ello, aunque no lo pedimos expresamente, acabamos pensando que sería buena idea –y muy justa además- que al comienzo del santo rito el sacerdote de turno dijera: “En nombre del Padre, del Hijo, y también de Tito”.
domingo, 13 de abril de 2008
Los dueños de la parroquia
Una de las grandes pasiones humanas es el deseo de poseer, de retener algo como propio, de apoderarse de algo o de alguien, de ser dueños de algo; ese afán de poder decir y pensar que tenemos poder sobre algo o alguien, ese afán de sentirnos de algún modo soberanos de algo, reyes de algo, dominadores de algo, expertos o conocedores y/o peritos de algo, casi casi el sentirnos pequeños mesías de algunas personas o de muchas, o por lo menos parecerlo.
Creo que estos impulsos en mayor o menor medida todos los hemos sentido alguna vez. Todavía más: no pocas personas viven como drogadas por este deseo de poseer y de sentirse dueños de algo o de algunos o de muchos.
Yo he relacionado el título con una realidad eclesial clásica y visible: la parroquia, pero se podría aplicar esta idea a otras realidades incluso no confesionales.
Quizá en el marco de la fe o de la práctica de la fe es en donde se nota con más dramatismo este deseo de posesión, este impulso de adueñarse. Yo tengo relativamente poco tiempo de sacerdote, 10 añitos nomás, pero creo haber visto varias cosas, las suficientes como para saber que es algo muy feo -por lo menos- cuando algunos (¿o varios?) creyentes terminan adueñándose de la parroquia, por decirlo así.
Los dueños de la parroquia son, por ejemplo, los que de la fe se saben todo al revés y al derecho y a ellos nadie puede sorprenderlos -ni siquiera con la Buena Nueva!!!-. Es que para ellos la Buena Nueva ya no es nueva, es bien antigua y además ya no les emociona ni asombra... Ya parece que no es Buena tampoco porque ya no vibran con ella y parece que ya no les sirve para nada, como no sea para seguir aburriéndose de la fe. Son los creyentes que se la saben todas y Dios ya no les asombra: se han acostumbrado a creer (me resulta antipático escribirlo).
Pero también hay dueños de la parroquia más pintorescos y quizá más risibles: los dueños de la banca número uno o de la banca número cuatro. Están también los dueños de los floreros, los dueños del cuadrito, los dueños de la velita y del altarcito, los dueños de la sacristía, los dueños de los micrófonos, los dueños de las lecturas de misa, los dueños del salmo responsorial, los dueños de la catequesis, los dueños de las andas de aquella o de esta imágen, los dueños de la fiesta patronal, los dueños de la liturgia, los dueños de los cancioneros, los dueños de las costumbres religiosas (ayyyyy!!!!), los dueños de la profecía, los dueños de la predicación, los dueños de las escobas del templo, los dueños de tal santo o de tal santa, los dueños del Santo Rosario, los dueños de las avemarías, los dueños de las respuestas de la misa, los dueños del confesonario, los dueños del sacerdote de turno, los dueños las campanas, los dueños del campanario entero, los dueños del templo, los dueños de la secretaría parroquial, los dueños.... de Dios!!!
Uffffff!!! Cuántos dueños tenemos!!!
(Y algunos todavía piensan que la Iglesia "tiene poder" sobre los demás, mmmmmmm).
Es curioso, muy curioso que el campo de la fe sea el más susceptible de "adueñamientos" sin control..
Una vez un amgo con el cual compartimos esta impresión me dijo que allí no termina todo porque al parecer a mucha gente le gusta sentirse posesión de otros, como que les gusta tener un dominador, alguien que los doblegue, como que no están felices si no aparece un dueño o dueña de ellas, como que tienen hambre de ser poseídos por alguien. En fin, escuchar eso me chocó bastante pero creo que algo de razón tenía este buen amigo.
Jesús se chocó frontalmente con los dueños de la fe judía: aquellos fariseos a los que Dios ya no podía sorprenderlos de ningún modo. Y Jesús era completamente libre y hacía muy libres a sus amigos, no los atenazaba, no se apropiaba de nadie ni de nada, no le interesaba en absoluto. Él vino a liberar y a forjar personas libres que transmitan libertad, que difundan libertad, la libertad de los hijos de Dios.
Los dueños fácilmente abusan y pisotean, los dueños fácilmente terminan ocupando el lugar de Dios, se convierten en pequeños diocesillos de algunos o de muchos, los subyugan y los van denigrando, se aprovechan de ellos y les quitan vida sino les van matando lentamente.
¡Qué distinto fue y es y será siempre Jesucristo, el Dios de la libertad, de los libres y de los que forjan libertad!
La libertad crea alegría, crea la paz, se alimenta de la verdad y forja hombres y mujeres nuevos, criaturas nuevas para una nueva generación. Libertad que no es ajena a la obediencia con espíritu filial.
Hasta aquí mi pensamiento sobre este tema. Ustedes, ¿qué piensan al respecto?