Confieso que casi siempre el tiempo que va entre las 17 y 21 horas de cada día me ha resultado mayormente poblado sino por la nostalgia por lo menos por un sentimiento de lejanía de mi propio centro, de lejanía de mi verdadera patria. No soy en absoluto un místico o algo parecido sino un simple peregrino, un caminante más. Y ahora, mientras por enésima vez vuelvo a encontrarme con aquel hermoso texto evangélico de los amigos de Emaús no me quedo indiferente.
Toda la escena es muy simpática y fundamentalmente eucarística, lo sabemos de sobra. Sin embargo esta vez me ha impresionado, me ha tocado aquel momento en que los amigos que caminan a Emaús dicen al desconocido compañero: "Quédate con nosotros porque el día va de caída". Y he relacionado ese versículo con lo que me suele pasar al atardecer.
Y he recordado que en horas como esas, al atardecer, yo escuché de Jesucristo y sentí arder mi corazón adolescente como nunca antes. Me he visto un chiquillo de dieciséis, flaquísimo y medio perdido en una atmósfera en donde se podía tocar con mano la presencia de Alguien que calentaba el alma, ese deconocido que se había metido en nuestra conversación y que sin darnos cuenta fue enseñándonos todo. Y cuando él hizo un ademán de irse, de seguir su camino yo alcé la mirada y así, en medio ya de la noche le dije: "Hey, Maestro, quédate por favor. Nadie nunca nos ha hablado así, tú has hecho arder mi alma y la has fogoneado, no te vayas" Y he vuelto a verme siempre un poco perdido pero también "pasmado" de la emoción al darme cuenta que El Maestro se ha sentado a mi lado y ha comenzado a partir el pan. Y me he visto alzar mi velita en medio de la noche y decirle otra vez más: "Yo quiero caminar contigo"
Y desde entonces creo que se me ha desatado una gran nostalgia de esa tarde, de esa noche en que sentí arder el corazón. Y vivo de ese "recuerdo" que casi se me convierte en sacramento. Y sé que hoy y mañana cuando vuelva a sentir aquello no será sino un reclamo a volver a pedirle que me parta el pan y que se quede conmigo.
Recuerdo aquel buen amigo que me decía que él no quería que se acabase nunca la misa, que no quería que el sacerdote dijera "Pueden ir en paz", que quería quedarse siempre con él, que no lo quería dejar, que si él se iba volvía la tristeza... Y bendigo su recuerdo.
Y sé ahora que esa nostalgia que se me desata en el alma no es sino un reclamo, un reclamo de infinito, de plenitud, de Su Presencia. Y a la sombra de su presencia me he vuelto un soñador, un poco loco, un poeta, un cantor de una canción extraña que arranca sus notas al viento y que toma letra del alma que llora Su lejanía.
Y ahora sé porqué me provoca las más de las veces no correr sino detenerme cuando Le tengo entre las manos cada vez que le celebro. Y le digo que no se me vaya, que sólo su palabra me hace arder el corazón; que prefiero ser un hombre traspasado por su amor y por su cruz a vivir sentado a una mesa que no alimenta y caminar al hilo de una conversación que agrieta y seca el alma.
Y le voy repitiendo: "Quédate... el día ya va de caída..." Y medio entre la niebla del tiempo y de mi propia limitación creo ver Su rostro y el corazón se me sale del pecho. Y se me nubla el entendimiento cuando pienso que en esas manos que son mis manos es Él mismo que hoy, que también esta tarde y esta noche me parte el pan y se me da en humilde alimento.
Y entonces, medio confundido y asombrado le vuelvo a decir que sí, que vale la pena caminar con Él, que Él, Jesucristo, es lo mejor que me ha podido suceder en la vida.
Y por ello voy como un loco, como un incurable, como un chiflado, a hablar, a animar a mis hermanos, a decirles que hay uno que puede hacer arder el alma, que hay uno que puede apagar las tristezas, que hay uno que da compañía, que nos parte el pan y que se da en comida y que yo le he visto, que me ha llenado de luz el corazón y que lo que más quisiera es que también llenara de luz la vida de todos.
¡La paz contigo! En este blog encontrarás artículos y reflexiones de Fr. Israel del Niño Jesús, R.P.S. Que todo lo que leas te lleve a desear y buscar a Jesucristo, Camino, Verdad y Vida.
sábado, 5 de abril de 2008
martes, 1 de abril de 2008
Fieles a la propia alma
Los seres humanos somos una construcción constante, una obra nunca acabada. Dios que es infinito en sabiduría nos ha hecho así y es bueno.
Y porque somos una obra siempre en vías de realizarse y de acabarse, necesitamos fidelidad. La fidelidad es hoy por hoy un valor por lo menos bastante olvidado. Creo que la primera y más radical fidelidad es la que uno debe tener para con su propia alma: ser fiel a la propia alma.
Aún cuando los humanos somos bien poca cosa frente a la majestad de la eternidad y de la creación misma, tenemos todos una vocación a trascender, a superar nuestras propias limitaciones y a aspirar a cosas muy altas y bellas. En el fondo del corazón humano late siempre esa ansia de lo eterno, de lo infinito, de lo que no acaba, de lo que no se puede comprar baratamente, de algo frente a lo cual no son dignos los regateos. Cuesta mucho ser lo que Dios nos tiene reservado ser. Tenemos una costosa vocación por realizar, una plenitud que no se llena con cualquier cosa... Esa tensión entre lo pequeño que podemos alcanzar cada día y las grandezas para las cuales nos sentimos llamados, nos pide fidelidad. Porque frente a una vocación tan alta y laboriosa (¿acaso no lo es el querer ser feliz?), tenemos una constante tentación: rebajar la mirada, engañarnos, disculparnos, pensando que eso no es para nosotros, que después de todo necesitamos de mucho menos para ser felices de verdad, que somos realistas, que después de todo somos "humildes", que nadie nos ha llamado a cosas tan altas...
Necesitamos ser fieles a nuestra propia alma para no negarla, para no rebajarla, para no conformarnos con una existencia mediocre. Mediocre es aquél que ha renunciado a construirse desde adentro, aquel que ya no quiere más porque no quiere comprometer su comodidad o porque no quiere renunciar a sus propios intereses o porque simplemente tiene miedo al riesgo.
Cuesta ser fiel a la propia alma. Porque hay muchos que están muy dispuestos a vender su propia dignidad por un poquito de bienes materiales, por un poquito de placer o de comodidad, por evitarse un mal rato con otros.
Ser fiel es tener fortaleza para no venderser, para no alquilarse o para no dejar que nos amordace nuestra propia comodidad o nuestro propio capricho. Ser fiel a la propia alma significa apostarlo todo por ser de una sola pieza, como solemos decir. Ser fiel a la propia alma es no transar por un poco de beneficios pasajeros.
Jesucristo ha sido siempre fiel a su propia alma, a su propia vocación y misión; la amó, se apasionó por ella, vivió y murió por su propia misión, fue fiel a sí mismo. Que Él nos enseñe a ser fieles a nosotros mismos ahora y siempre y para su gloria.
Y porque somos una obra siempre en vías de realizarse y de acabarse, necesitamos fidelidad. La fidelidad es hoy por hoy un valor por lo menos bastante olvidado. Creo que la primera y más radical fidelidad es la que uno debe tener para con su propia alma: ser fiel a la propia alma.
Aún cuando los humanos somos bien poca cosa frente a la majestad de la eternidad y de la creación misma, tenemos todos una vocación a trascender, a superar nuestras propias limitaciones y a aspirar a cosas muy altas y bellas. En el fondo del corazón humano late siempre esa ansia de lo eterno, de lo infinito, de lo que no acaba, de lo que no se puede comprar baratamente, de algo frente a lo cual no son dignos los regateos. Cuesta mucho ser lo que Dios nos tiene reservado ser. Tenemos una costosa vocación por realizar, una plenitud que no se llena con cualquier cosa... Esa tensión entre lo pequeño que podemos alcanzar cada día y las grandezas para las cuales nos sentimos llamados, nos pide fidelidad. Porque frente a una vocación tan alta y laboriosa (¿acaso no lo es el querer ser feliz?), tenemos una constante tentación: rebajar la mirada, engañarnos, disculparnos, pensando que eso no es para nosotros, que después de todo necesitamos de mucho menos para ser felices de verdad, que somos realistas, que después de todo somos "humildes", que nadie nos ha llamado a cosas tan altas...
Necesitamos ser fieles a nuestra propia alma para no negarla, para no rebajarla, para no conformarnos con una existencia mediocre. Mediocre es aquél que ha renunciado a construirse desde adentro, aquel que ya no quiere más porque no quiere comprometer su comodidad o porque no quiere renunciar a sus propios intereses o porque simplemente tiene miedo al riesgo.
Cuesta ser fiel a la propia alma. Porque hay muchos que están muy dispuestos a vender su propia dignidad por un poquito de bienes materiales, por un poquito de placer o de comodidad, por evitarse un mal rato con otros.
Ser fiel es tener fortaleza para no venderser, para no alquilarse o para no dejar que nos amordace nuestra propia comodidad o nuestro propio capricho. Ser fiel a la propia alma significa apostarlo todo por ser de una sola pieza, como solemos decir. Ser fiel a la propia alma es no transar por un poco de beneficios pasajeros.
Jesucristo ha sido siempre fiel a su propia alma, a su propia vocación y misión; la amó, se apasionó por ella, vivió y murió por su propia misión, fue fiel a sí mismo. Que Él nos enseñe a ser fieles a nosotros mismos ahora y siempre y para su gloria.
domingo, 23 de marzo de 2008
Dios de la vida
Estamos en Pascua con Dios.
Hoy celebramos el triunfo de Jesucristo sobre el pecado y la muerte, estamos en la cima más alta de nuestra fe cristiana y católica. Esta celebración merece una reflexión sobre nuestra adhesión al Dios Vivo, al Dios de los vivos.
Lo primero que se me ocurre decir es que, precisamente, Dios es Dios de vivos y es el Dios de los que viven. Y una cosa es cierta: incluso los católicos fervientes viven más tiempo fuera que dentro de las iglesias o templos parroquiales. Nuestra vida se desarrolla más tiempo afuera que adentro de las capillas; vivimos más tiempo preocupados de ganar -o gozar- la vida que estando en oración a los pies de Jesucristo. Incluso muchos están muy seguros de que "de Dios no se puede vivir, hay que ser realistas". Seguramente tienen algo de razón, pero lo que a mí me deja pensando muchas veces es la manera cómo -abusivamente- hemos arrinconado a Dios en ese lugarcito oscuro y poco atractivo al que hemos titulado "religión", ese lugarcito que pocos -bien pocos- visitan y menos todavía lo gozan. En otras palabras, el Dios de los vivos queda arrinconado en un desván titulado "práctica religiosa".
Y yo me pregunto:
¿Es que Dios no estaba para acompañarnos en la vida?
¿Es que Dios no puede estar allí donde los hombres y mujeres negocian la vida de cada día?
¿Es que Dios no da para vivir?
¿Es que Dios debe quedarse bien quietecito -bien calladito también- en las sacristías o en las barrocas iglesias semi oscuras cada vez más llenas de ausencia?
Yo creo en el Dios de la vida, le celebro con gusto cada día en la Eucaristía, me arrimo a sus pies en el sagrario cada vez que puedo, pero tambien sé que no es justo que lo encerremos bajo el título de "cuestión religiosa", porque, si así lo quieren escribir, Dios es cuestión de vida, de vida plena.
No me convence una fe sectorizada: "Dios es para los asuntos religiosos, aquí estamos fuera de la Iglesia así que aquí no vale la Biblia ni lo que diga la Iglesia, aquí tenemos otras leyes, cada cosa en su lugar y que la Iglesia no se meta en asuntos que no son religiosos". Estúpidas frases y sentencias que varias personas -incluidos católicos de tradición- se tragan y creen con burril acriticismo.
Y por eso mismo no faltan quienes exigen que los sacerdotes y religiosos sólo hablemos de las cosas piadosas pero que nunca "nos metamos" a pronunciarnos sobre la vida social, política, económica de los creyentes... Eso no lo permiten:
¿Acaso eso no es encerrar a Jesucristo en la sacristía?
¿Acaso eso no es amordazar al Dios de la vida?
¿Acaso eso no es etiquetar a Dios con el sanbenito de "cuestión religiosa" -es decir: cuestión sin importancia-?
¿No será eso marginar a Dios de la verdadera vida de los hombres?
¿No será eso sacar disimuladamente de la cancha de juego al que es propietario del estadio? ¿Acaso eso no es una locura?
Y todo eso muchas veces es apoyado por no pocos que se llaman creyentes.
Casi estoy seguro de que esa es la apostasía moderna que hoy vivimos y que hoy a todos nos salpica. Nos debería avergonzar el darnos cuenta de que con nuestra actitud en la vida práctica estamos diciendo de que al fin y al cabo Dios es incapaz de hacernos felices, que en verdad y en el fondo no tiene nada bueno que darnos ni ofrecernos, que es un aditamento a la realidad, que es un accesorio del cual también se puede prescindir en cualquier momento y por cualquier razón, porque es eso, una cuestión casi anecdótica....
Sacar a Dios de las hornacinas y ponerlo a caminar con nosotros por las calles, por las plazas, en los mercados de todo tipo, en los lugares de diversión, en los ambientes del arte, en los ambientes de la política, en los ambientes de la economía y de la cultura, esa es nuestra tarea si queremos dar cualto al Dios de la vida, al Dios de los vivos, al Dios de los que aman la vida.
Avergonzarnos de Él es un pecado que hoy como siempre clama al cielo y por el cual tendremos que pagar duramente ante Dios mismo.
Cuánta verguenza tenemos no pocos católicos de mostrarnos tales, preferimos parecer "pluralistas" cuando quizá en el fondo, si somos honestos, deberíamos aparecer como cobardes que tienen un inexplicable y diabólico miedo de "sacar la cara" por La Verdad, por el que es El Verdadero.
¡Cuantas traiciones ocultas bajo el velo de la "democracia", de la "tolerancia" cuando quizá Jesús tenga otro concepto y otra explicación: cobardía y temor de vivir por y en la Verdad!
Jesucristo ha resucitado y las cosas no quedan, no deben quedar allí: Se trata de devolver Dios a la vida de cada día y sin ningún temor.
Los apóstoles, esos sencillos hombres de Galilea, podrían echarnos en cara que ellos no tuvieron miedo de testificar a Jesucristo frente a todo el pueblo y que proclamaron el nombre de Jesús como el único que puede salvar a todo el mundo, y en cambio nosotros escudados ridículamente en los pueriles argumentos de "pluralismo" vamos acallando la Verdad y vamos amordazando al que es La Vida y el Único Camino para vivir en La Verdad.
La alegría del resucitado en nosotros se hará manantial si apostamos por él, si no nos avergonzamos de él, si le paseamos con orgullo, con legítimo orgullo, porque Él es lo mejor que nos ha podido pasar y se llama así: Jesucristo.
¡Felices pascuas de resurrección!
Hoy celebramos el triunfo de Jesucristo sobre el pecado y la muerte, estamos en la cima más alta de nuestra fe cristiana y católica. Esta celebración merece una reflexión sobre nuestra adhesión al Dios Vivo, al Dios de los vivos.
Lo primero que se me ocurre decir es que, precisamente, Dios es Dios de vivos y es el Dios de los que viven. Y una cosa es cierta: incluso los católicos fervientes viven más tiempo fuera que dentro de las iglesias o templos parroquiales. Nuestra vida se desarrolla más tiempo afuera que adentro de las capillas; vivimos más tiempo preocupados de ganar -o gozar- la vida que estando en oración a los pies de Jesucristo. Incluso muchos están muy seguros de que "de Dios no se puede vivir, hay que ser realistas". Seguramente tienen algo de razón, pero lo que a mí me deja pensando muchas veces es la manera cómo -abusivamente- hemos arrinconado a Dios en ese lugarcito oscuro y poco atractivo al que hemos titulado "religión", ese lugarcito que pocos -bien pocos- visitan y menos todavía lo gozan. En otras palabras, el Dios de los vivos queda arrinconado en un desván titulado "práctica religiosa".
Y yo me pregunto:
¿Es que Dios no estaba para acompañarnos en la vida?
¿Es que Dios no puede estar allí donde los hombres y mujeres negocian la vida de cada día?
¿Es que Dios no da para vivir?
¿Es que Dios debe quedarse bien quietecito -bien calladito también- en las sacristías o en las barrocas iglesias semi oscuras cada vez más llenas de ausencia?
Yo creo en el Dios de la vida, le celebro con gusto cada día en la Eucaristía, me arrimo a sus pies en el sagrario cada vez que puedo, pero tambien sé que no es justo que lo encerremos bajo el título de "cuestión religiosa", porque, si así lo quieren escribir, Dios es cuestión de vida, de vida plena.
No me convence una fe sectorizada: "Dios es para los asuntos religiosos, aquí estamos fuera de la Iglesia así que aquí no vale la Biblia ni lo que diga la Iglesia, aquí tenemos otras leyes, cada cosa en su lugar y que la Iglesia no se meta en asuntos que no son religiosos". Estúpidas frases y sentencias que varias personas -incluidos católicos de tradición- se tragan y creen con burril acriticismo.
Y por eso mismo no faltan quienes exigen que los sacerdotes y religiosos sólo hablemos de las cosas piadosas pero que nunca "nos metamos" a pronunciarnos sobre la vida social, política, económica de los creyentes... Eso no lo permiten:
¿Acaso eso no es encerrar a Jesucristo en la sacristía?
¿Acaso eso no es amordazar al Dios de la vida?
¿Acaso eso no es etiquetar a Dios con el sanbenito de "cuestión religiosa" -es decir: cuestión sin importancia-?
¿No será eso marginar a Dios de la verdadera vida de los hombres?
¿No será eso sacar disimuladamente de la cancha de juego al que es propietario del estadio? ¿Acaso eso no es una locura?
Y todo eso muchas veces es apoyado por no pocos que se llaman creyentes.
Casi estoy seguro de que esa es la apostasía moderna que hoy vivimos y que hoy a todos nos salpica. Nos debería avergonzar el darnos cuenta de que con nuestra actitud en la vida práctica estamos diciendo de que al fin y al cabo Dios es incapaz de hacernos felices, que en verdad y en el fondo no tiene nada bueno que darnos ni ofrecernos, que es un aditamento a la realidad, que es un accesorio del cual también se puede prescindir en cualquier momento y por cualquier razón, porque es eso, una cuestión casi anecdótica....
Sacar a Dios de las hornacinas y ponerlo a caminar con nosotros por las calles, por las plazas, en los mercados de todo tipo, en los lugares de diversión, en los ambientes del arte, en los ambientes de la política, en los ambientes de la economía y de la cultura, esa es nuestra tarea si queremos dar cualto al Dios de la vida, al Dios de los vivos, al Dios de los que aman la vida.
Avergonzarnos de Él es un pecado que hoy como siempre clama al cielo y por el cual tendremos que pagar duramente ante Dios mismo.
Cuánta verguenza tenemos no pocos católicos de mostrarnos tales, preferimos parecer "pluralistas" cuando quizá en el fondo, si somos honestos, deberíamos aparecer como cobardes que tienen un inexplicable y diabólico miedo de "sacar la cara" por La Verdad, por el que es El Verdadero.
¡Cuantas traiciones ocultas bajo el velo de la "democracia", de la "tolerancia" cuando quizá Jesús tenga otro concepto y otra explicación: cobardía y temor de vivir por y en la Verdad!
Jesucristo ha resucitado y las cosas no quedan, no deben quedar allí: Se trata de devolver Dios a la vida de cada día y sin ningún temor.
Los apóstoles, esos sencillos hombres de Galilea, podrían echarnos en cara que ellos no tuvieron miedo de testificar a Jesucristo frente a todo el pueblo y que proclamaron el nombre de Jesús como el único que puede salvar a todo el mundo, y en cambio nosotros escudados ridículamente en los pueriles argumentos de "pluralismo" vamos acallando la Verdad y vamos amordazando al que es La Vida y el Único Camino para vivir en La Verdad.
La alegría del resucitado en nosotros se hará manantial si apostamos por él, si no nos avergonzamos de él, si le paseamos con orgullo, con legítimo orgullo, porque Él es lo mejor que nos ha podido pasar y se llama así: Jesucristo.
¡Felices pascuas de resurrección!
domingo, 17 de febrero de 2008
¿Quién te acusa? ¿Quién te da la mano?
Cuando por primera vez escuché que la Sagrada Escritura llamaba al tentador, al Demonio, "acusador" me quedé muy impresionado. ¿Acusador de qué?, pensaba. Pasó un buen tiempo antes de que llegara a tener certeza sobre este punto y es lo que comparto con Ustedes en esta oportunidad.
El Demonio es el constante acusador de los que pretenden seguir a Jesucristo, el acusador que acusa día y noche a los hermanos. ¿De qué les acusa? Pienso que ante todo les acusa de pretendidas o supuestas infidelidades, les acusa de presuntas faltas e hipocresías; no quiere dejar tranquilos a los que se esmeran por agradar a Dios.
Pienso que una de las grandes acusaciones que lanza el enemigo a los seguidores de Jesús es sobre una presunta "indignidad", sobre una supuesta "no-santidad". El enemigo astuto susurra al oído de varios seguidores de Jesús estas preocupantes palabras: "Tú no eres digno" "Tú no puedes ser santo" "Ni siquiera pienses ser más espiritual porque tú no puedes serlo" "No eres santo ni lo serás nunca" "Mira tus miserias, tú no puedes levantarte del barro en que estás metido"
El acusador hace su triste oficio para quitar la esperanza, para borrar toda esperanza en una posible recuperación espiritual o moral, engendra desaliento, frustración, tristeza, quita la esperanza para que finalmente no nos atrevamos a querer salir de cualquier situación de pecado o de imperfección. Sus acusaciones son muy insidiosas y pueden quitarnos la paz y sumirnos en la desesperación o en la maligna convicción de que no podremos nunca ser santos.
Pero Jesucristo nos da su palabra constante y nos da la esperanza y la posibilidad constante de que podemos resurgir en cualquier momento, de que podemos ser como él, santos entre los santos. El acusador hace que nos fijemos con tristeza en nuestras miserias o debilidades humanas y no quiere que quitemos los ojos de ellas, nos las restriega por la cara, no quiere que elevemos la mirada.
Jesucristo, en cambio, permite que conozcamos nuestra debilidad y pobreza pero nunca lo hace para desanimar a nadie sino para ofrecer salvación en medio de la debilidad y santidad en medio de la pobreza y limitación, porque así son las obras de Dios: maravillas en medio de la debilidad y fragilidad humana.
Jesucristo sabe de qué estamos hechos y no se escandaliza tanto de nuestros pecados sino más bien de nuestra poca esperanza en poder resurgir con su ayuda.
Jesucristo es el Dios que da la mano a quien pide auxilio, es el Dios que se hace encontradizo a quien le busca sinceramente, es el Dios que se hace manantial siempre fresco para quien se reconoce tierra seca en su presencia. Jesucristo es el Dios de la oportunidad constante. Él nunca se decepciona de nadie porque no se equivoca, nunca se arrepiente de amar a nadie porque no se equivoca, Él sabe que cualquiera que clama por ayuda podrá ser santo como el Padre del cielo es santo.
Entonces, no existe nada tan maligno como el perder la esperanza y el dejarse llevar por las acusaciones falsas del Engañador y Homicida.
Jesucristo puede hacer de cualquiera que se acerca a Él, de tí y de mí, un gran santo, un hombre, una mujer feliz y plenos en Dios y para sus hermanos.
Jesucristo es nuestra esperanza, el Dios que da la mano.
El Demonio es el constante acusador de los que pretenden seguir a Jesucristo, el acusador que acusa día y noche a los hermanos. ¿De qué les acusa? Pienso que ante todo les acusa de pretendidas o supuestas infidelidades, les acusa de presuntas faltas e hipocresías; no quiere dejar tranquilos a los que se esmeran por agradar a Dios.
Pienso que una de las grandes acusaciones que lanza el enemigo a los seguidores de Jesús es sobre una presunta "indignidad", sobre una supuesta "no-santidad". El enemigo astuto susurra al oído de varios seguidores de Jesús estas preocupantes palabras: "Tú no eres digno" "Tú no puedes ser santo" "Ni siquiera pienses ser más espiritual porque tú no puedes serlo" "No eres santo ni lo serás nunca" "Mira tus miserias, tú no puedes levantarte del barro en que estás metido"
El acusador hace su triste oficio para quitar la esperanza, para borrar toda esperanza en una posible recuperación espiritual o moral, engendra desaliento, frustración, tristeza, quita la esperanza para que finalmente no nos atrevamos a querer salir de cualquier situación de pecado o de imperfección. Sus acusaciones son muy insidiosas y pueden quitarnos la paz y sumirnos en la desesperación o en la maligna convicción de que no podremos nunca ser santos.
Pero Jesucristo nos da su palabra constante y nos da la esperanza y la posibilidad constante de que podemos resurgir en cualquier momento, de que podemos ser como él, santos entre los santos. El acusador hace que nos fijemos con tristeza en nuestras miserias o debilidades humanas y no quiere que quitemos los ojos de ellas, nos las restriega por la cara, no quiere que elevemos la mirada.
Jesucristo, en cambio, permite que conozcamos nuestra debilidad y pobreza pero nunca lo hace para desanimar a nadie sino para ofrecer salvación en medio de la debilidad y santidad en medio de la pobreza y limitación, porque así son las obras de Dios: maravillas en medio de la debilidad y fragilidad humana.
Jesucristo sabe de qué estamos hechos y no se escandaliza tanto de nuestros pecados sino más bien de nuestra poca esperanza en poder resurgir con su ayuda.
Jesucristo es el Dios que da la mano a quien pide auxilio, es el Dios que se hace encontradizo a quien le busca sinceramente, es el Dios que se hace manantial siempre fresco para quien se reconoce tierra seca en su presencia. Jesucristo es el Dios de la oportunidad constante. Él nunca se decepciona de nadie porque no se equivoca, nunca se arrepiente de amar a nadie porque no se equivoca, Él sabe que cualquiera que clama por ayuda podrá ser santo como el Padre del cielo es santo.
Entonces, no existe nada tan maligno como el perder la esperanza y el dejarse llevar por las acusaciones falsas del Engañador y Homicida.
Jesucristo puede hacer de cualquiera que se acerca a Él, de tí y de mí, un gran santo, un hombre, una mujer feliz y plenos en Dios y para sus hermanos.
Jesucristo es nuestra esperanza, el Dios que da la mano.
domingo, 10 de febrero de 2008
Como nunca antes.
Creo firmemente en Jesucristo Señor de la historia. Creo también que a él le interesa nuestra historia humana y que él mismo se ha metido en nuestra historia y ha enredado sus días con los nuestros. Se ha hecho compañero y amigo en nuestro peregrinaje. Creo también firmemente que él no deja de confiar en nosotros y estoy seguro de que él cree firmemente en nosotros, en cada uno de nosotros, con nombre y apellidos y cree en nuestra historia personal y cree apasionadamente en nuestra conversión a él. No me cabe en la cabeza de que se haya decepcionado de nosotros, de cada uno, porque seamos muy pecadores o muy imperfectos. Dios no se equivoca. Y si nos creó por y con amor, si tuvo desde lo eterno una ilusión por nosotros, si cada uno de nosotros para él es único e irrepetible es porque seguramente existirá en el corazón de Dios un "lugar" que sólo nuestro amor personal podrá llenar.
Me gusta pensar que él cree en tí y en mí, a pesar de lo no-santos que podamos ser, a pesar de lo no-perfectos que podamos ser. Dios no se equivoca y es muy terco para no desilusionarse jamás de ninguno de nosotros por más historias negras que podamos tener. Y estoy seguro que hoy, cuando Dios vuelva a pensar en mí y en tí seguirá esperando, como Padre Bueno que es, que tú y yo algún día seamos lo que él nos soñó desde la eternidad.
Creo firmemente que Dios confía y cree en tí y en mí, aún cuando ya le hemos fallado innumerables veces. Sé que su amor nunca pasa y nunca se muda, que tanto hoy como ayer él te ama y me ama... como nunca antes.
Este como nunca antes siempre me ha llenado de ilusión y entusiasmo. Porque creo que es la base para entender la eternidad, que será la alegría y la paz infinita, que será una alegría y una paz que cada segundo será como nunca antes y sin ningún límite imaginable.
Y creo que Jesús cree en tí, porque es el Dios que da la mano y que se muestra a quien le busca con sincero corazón.
Y hoy ese mismo Dios, Padre Bueno, te sostendrá y te hará dormir en sus brazos y te acariciará y te contará la ilusión que siempre ha tenido por tí y que cada instante es como nunca antes.
Ese es el Dios que me ilusiona y yo quisiera que también te ilusione a tí.
Amén.
Me gusta pensar que él cree en tí y en mí, a pesar de lo no-santos que podamos ser, a pesar de lo no-perfectos que podamos ser. Dios no se equivoca y es muy terco para no desilusionarse jamás de ninguno de nosotros por más historias negras que podamos tener. Y estoy seguro que hoy, cuando Dios vuelva a pensar en mí y en tí seguirá esperando, como Padre Bueno que es, que tú y yo algún día seamos lo que él nos soñó desde la eternidad.
Creo firmemente que Dios confía y cree en tí y en mí, aún cuando ya le hemos fallado innumerables veces. Sé que su amor nunca pasa y nunca se muda, que tanto hoy como ayer él te ama y me ama... como nunca antes.
Este como nunca antes siempre me ha llenado de ilusión y entusiasmo. Porque creo que es la base para entender la eternidad, que será la alegría y la paz infinita, que será una alegría y una paz que cada segundo será como nunca antes y sin ningún límite imaginable.
Y creo que Jesús cree en tí, porque es el Dios que da la mano y que se muestra a quien le busca con sincero corazón.
Y hoy ese mismo Dios, Padre Bueno, te sostendrá y te hará dormir en sus brazos y te acariciará y te contará la ilusión que siempre ha tenido por tí y que cada instante es como nunca antes.
Ese es el Dios que me ilusiona y yo quisiera que también te ilusione a tí.
Amén.
lunes, 4 de febrero de 2008
CUANDO DIOS HABLA Y JALA UNA CASULLA.
Debo decir que nunca me he acostumbrado a ser sacerdote, quiero decir: que cada día es para mí una entera novedad y muchas veces siento que la casulla me queda bien grande. Pero eso lo notaba todavía más cuando, teniendo sólo unas semanas de ordenación, una mañana me levanté muy temprano, para asegurar la oración personal, en lo que iría a ser -pensaba- un día muy atareado, más de lo normal. Luego de las oraciones de la mañana y del breve desayuno salí de la comunidad para el que fue uno de mis primeros destinos pastorales, una capilla muy acogedora y regida por una comunidad de religiosas.
Llegué un tanto nervioso, es que era Domingo de Ramos. Era la primera semana santa que iba a celebrar como sacerdote... Una hermana me indica que la celebración va a comenzar en un parque cercano y desde allí vendríamos cantando y agitando nuestros ramos. Le digo que no hay problema, que será como ellas han organizado todo. Confío en mi memoria luego de haber leído la noche anterior las indicaciones del Misal Romano para esta celebración especial. Me pongo al confesionario: la gente llega solemne a confesarse... se sienten los murmullos en la Iglesia, es el ambiente especial de la semana santa. Luego van saliendo todos para ir al parque en donde se bendecirán los ramos. Los ornamentos son de gala, los lectores me interumpen, me dicen que ya han ensayado el relato de la pasión y que puedo confiar en ellos. Me pongo más nervioso por ello....
Llegada la hora salimos en procesión con una larga fila de monaguillos, el incienso, los ministros y yo con los ornamentos rojos. "La gente de pronto se ha vuelto muy católica" pienso en mis adentros. Llegamos al lugar, todos tienen cara solemne -de semana santa-, yo algo tenso decido seguirles el juego y también ensayo gestos muy serios y hieráticos. Entretanto oigo que varias personas comentan: ¡Qué joven es este padrecito! Eso en verdad me incomoda un poco, trato de poner un gesto de viejo lobo pero no puedo. Comenzamos la bendición y voy sin prisa, los acólitos me miran y comentan: "Es un padre nuevo" -seguramente porque no voy con prisa-. Y así comenzamos la celebración con la procesión hacia la capilla. La calle está repleta de gente con ramos.
Cuando estoy sumido en "profundas meditaciones" y pensando en tantas cosas, con gesto adusto, para parecer mayor, de pronto siento que algo me jala fuertemente de la parte de abajo de la hermosa casulla roja... Me comienza a jalar más fuerte, entonces miro y veo a una niñita, pequeña pero muy vivaracha, con cara de "no te preocupes, sé feliz" Me mira sonriente sin inmutarse y me pregunta en medio del espeso incienso: «¿Por qué te has vestido de rojo?» Me quedo casi boquiabierto, trato de tomar conciencia de lo que me ha dicho y no sé qué responder... No sé cómo, se me escapa una sonrisa nerviosa y comprendo que es la llamada de Dios para ser más sencillo. En tanto algunas señoras muy respetables y devotas comienzan a hacer gestos de reprobación al atrevimiento de esa pequeña feligresa que interrumpe la oración del padrecito en medio de una procesión tan solemne. Trato de mantener la calma y ahora sí le sonrío con más sencillez, le explico que es un día muy especial y que el rojo simboliza el sacrificio de Jesús. Vamos caminando. Resuelvo tomarla de la mano y caminar así en la procesión por la calle. Los monaguillos se han dado cuenta y miran mi extraño gesto paterno con incredulidad. La pequeña, con más confianza, me pregunta por qué todos llevan esas ramas en las manos y le explico el sentido, dudo que me haya entendido. Ahora sonrío libremente, mientras la gente está enfundada en esos gestos extraños que ellos suelen llamar "devoción". Ahora me siento un niño pequeño al lado de una colega y experta en ese arte. Vamos llegando a la Capilla. Pues sí: entro llevando de la mano a la pequeña y frente al altar de Jesús le digo amablemente que ella debe ir a una de las bancas y que yo me sentaré arriba y que luego nos veremos, ella entiende y sonríe...
Mientras incienso el altar pienso que esa pequeña me ha enseñado la sencillez en una mañana muy solemne.
¡Oh maravilla! Segundos después la asamblea ve a un sacerdote nuevo y muy joven comenzar la Eucaristía con gesto más amable y sencillo, aceptando que sí, que es un jovencito nomás, pero que no fue muy distinto Jesús, que fue maestro y Salvador con sólo 30 años. Y ese día comprendí que si tenía que dar la vida como él, me convenía hacerlo con sencillez y con rostro amable.
Esa fue una hermosa semana santa.
Aleluya, Dios y los niños se entienden bien, muy bien.
Disfrútenlo.
Llegué un tanto nervioso, es que era Domingo de Ramos. Era la primera semana santa que iba a celebrar como sacerdote... Una hermana me indica que la celebración va a comenzar en un parque cercano y desde allí vendríamos cantando y agitando nuestros ramos. Le digo que no hay problema, que será como ellas han organizado todo. Confío en mi memoria luego de haber leído la noche anterior las indicaciones del Misal Romano para esta celebración especial. Me pongo al confesionario: la gente llega solemne a confesarse... se sienten los murmullos en la Iglesia, es el ambiente especial de la semana santa. Luego van saliendo todos para ir al parque en donde se bendecirán los ramos. Los ornamentos son de gala, los lectores me interumpen, me dicen que ya han ensayado el relato de la pasión y que puedo confiar en ellos. Me pongo más nervioso por ello....
Llegada la hora salimos en procesión con una larga fila de monaguillos, el incienso, los ministros y yo con los ornamentos rojos. "La gente de pronto se ha vuelto muy católica" pienso en mis adentros. Llegamos al lugar, todos tienen cara solemne -de semana santa-, yo algo tenso decido seguirles el juego y también ensayo gestos muy serios y hieráticos. Entretanto oigo que varias personas comentan: ¡Qué joven es este padrecito! Eso en verdad me incomoda un poco, trato de poner un gesto de viejo lobo pero no puedo. Comenzamos la bendición y voy sin prisa, los acólitos me miran y comentan: "Es un padre nuevo" -seguramente porque no voy con prisa-. Y así comenzamos la celebración con la procesión hacia la capilla. La calle está repleta de gente con ramos.
Cuando estoy sumido en "profundas meditaciones" y pensando en tantas cosas, con gesto adusto, para parecer mayor, de pronto siento que algo me jala fuertemente de la parte de abajo de la hermosa casulla roja... Me comienza a jalar más fuerte, entonces miro y veo a una niñita, pequeña pero muy vivaracha, con cara de "no te preocupes, sé feliz" Me mira sonriente sin inmutarse y me pregunta en medio del espeso incienso: «¿Por qué te has vestido de rojo?» Me quedo casi boquiabierto, trato de tomar conciencia de lo que me ha dicho y no sé qué responder... No sé cómo, se me escapa una sonrisa nerviosa y comprendo que es la llamada de Dios para ser más sencillo. En tanto algunas señoras muy respetables y devotas comienzan a hacer gestos de reprobación al atrevimiento de esa pequeña feligresa que interrumpe la oración del padrecito en medio de una procesión tan solemne. Trato de mantener la calma y ahora sí le sonrío con más sencillez, le explico que es un día muy especial y que el rojo simboliza el sacrificio de Jesús. Vamos caminando. Resuelvo tomarla de la mano y caminar así en la procesión por la calle. Los monaguillos se han dado cuenta y miran mi extraño gesto paterno con incredulidad. La pequeña, con más confianza, me pregunta por qué todos llevan esas ramas en las manos y le explico el sentido, dudo que me haya entendido. Ahora sonrío libremente, mientras la gente está enfundada en esos gestos extraños que ellos suelen llamar "devoción". Ahora me siento un niño pequeño al lado de una colega y experta en ese arte. Vamos llegando a la Capilla. Pues sí: entro llevando de la mano a la pequeña y frente al altar de Jesús le digo amablemente que ella debe ir a una de las bancas y que yo me sentaré arriba y que luego nos veremos, ella entiende y sonríe...
Mientras incienso el altar pienso que esa pequeña me ha enseñado la sencillez en una mañana muy solemne.
¡Oh maravilla! Segundos después la asamblea ve a un sacerdote nuevo y muy joven comenzar la Eucaristía con gesto más amable y sencillo, aceptando que sí, que es un jovencito nomás, pero que no fue muy distinto Jesús, que fue maestro y Salvador con sólo 30 años. Y ese día comprendí que si tenía que dar la vida como él, me convenía hacerlo con sencillez y con rostro amable.
Esa fue una hermosa semana santa.
Aleluya, Dios y los niños se entienden bien, muy bien.
Disfrútenlo.
martes, 22 de enero de 2008
Cuando no hay más razón que la sinrazón
Siempre he temido a las personas que confunden la Verdad con sus personales caprichos, me parecen seres muy peligrosos. En lo personal, trato cada día de decirle al Señor que me haga ver lo que tengo que ver y que no permita que me cierre en mis ideas o posturas personales, que se sirva extirpar de mí lo que a él no le agrada, aunque a mí me duela. Es un camino de desprendimiento constante, de purificación, pero también un camino nuevo cada día, propio de un nómada en el espíritu.
Y en estos días me ha sorprendido, seguramente a muchos de Ustedes también, la noticia de que en una universidad romana profesores y alumnos se han "levantado" en protesta ante la inminente visita del Papa Benedicto XVI a sus claustros. Han dicho que no le aceptarían porque, según ellos, el Pontífice representa el oscurantismo eclesial y la mentalidad retrógrada católica. Son las razones de la sinrazón.
Yo me pregunto: ¿Cómo podrá ser coherente una pretendida mentalidad abierta y pluralista cuando se muestra públicamente intolerante y cerrada en sus "razones"? Aquellos profesores y alumnos han demostrado con hechos que su postura "librepensadora" carece de verdad y coherencia interna. Si de verdad fueran libre-pensadores no tendrían reparo en escuchar las posturas ajenas y evaluarían sus posibilidades de verdad. Pero no lo han hecho y, al parecer, les falta esa elemental honradez intelectual. Cuando no hay más razones que la sinrazón se suelen tomar posturas estúpidas y cerradas y los que defendían la "libertad" de pensamiento acaban siendo los dictadores de turno, intolerantes como ninguno: Hitler, Mussolini, Castro, Chávez, Fujimori y Evo son sólo niños de pecho frente a ellos, que son intocables.
Decía al inicio que me resultan temibles las personas que confunden fácilmente la Verdad con sus caprichos personales, las que no pueden diferenciar una cosa de la otra. Cuánta falta nos hace una elemental honradez, una real apertura de mente y de corazón para abrirnos a La Verdad. Muchos humanos no tenemos esa agalla, preferimos no buscar ni preguntarnos: pensamos en grupo, decidimos en grupo, opinamos en grupo, votamos en grupo... no interesa si lo que pensamos o hacemos coincide con La Verdad, la cosa es defender una postura y punto.
Jesucristo nos invita a preguntarnos en libertad, sin temor a nada. Quien es honrado, quien demuestra que no tiene nada que perder porque no tiene nada propio que defender, quien está de verdad abierto a La Verdad vive feliz, vive libre de sí mismo.
Y, volviendo al caso de aquella protesta en esa universidad romana, me alegra saber que el domingo último más de 200 mil personas acudieron a la Plaza San Pedro para manifestar su solidaridad con el Santo Padre. ¡Qué bueno que así sea!
Ciertamente eso no es noticia para muchos medios de comunicación, pero es la demostración inobjetable de que los honrados, aunque no salgan en los medios ni se les considere en las estadísticas están bien presentes y saben reunirse y testimoniar su amor por La Verdad.
¡Alabado sea Jesucristo!
Y en estos días me ha sorprendido, seguramente a muchos de Ustedes también, la noticia de que en una universidad romana profesores y alumnos se han "levantado" en protesta ante la inminente visita del Papa Benedicto XVI a sus claustros. Han dicho que no le aceptarían porque, según ellos, el Pontífice representa el oscurantismo eclesial y la mentalidad retrógrada católica. Son las razones de la sinrazón.
Yo me pregunto: ¿Cómo podrá ser coherente una pretendida mentalidad abierta y pluralista cuando se muestra públicamente intolerante y cerrada en sus "razones"? Aquellos profesores y alumnos han demostrado con hechos que su postura "librepensadora" carece de verdad y coherencia interna. Si de verdad fueran libre-pensadores no tendrían reparo en escuchar las posturas ajenas y evaluarían sus posibilidades de verdad. Pero no lo han hecho y, al parecer, les falta esa elemental honradez intelectual. Cuando no hay más razones que la sinrazón se suelen tomar posturas estúpidas y cerradas y los que defendían la "libertad" de pensamiento acaban siendo los dictadores de turno, intolerantes como ninguno: Hitler, Mussolini, Castro, Chávez, Fujimori y Evo son sólo niños de pecho frente a ellos, que son intocables.
Decía al inicio que me resultan temibles las personas que confunden fácilmente la Verdad con sus caprichos personales, las que no pueden diferenciar una cosa de la otra. Cuánta falta nos hace una elemental honradez, una real apertura de mente y de corazón para abrirnos a La Verdad. Muchos humanos no tenemos esa agalla, preferimos no buscar ni preguntarnos: pensamos en grupo, decidimos en grupo, opinamos en grupo, votamos en grupo... no interesa si lo que pensamos o hacemos coincide con La Verdad, la cosa es defender una postura y punto.
Jesucristo nos invita a preguntarnos en libertad, sin temor a nada. Quien es honrado, quien demuestra que no tiene nada que perder porque no tiene nada propio que defender, quien está de verdad abierto a La Verdad vive feliz, vive libre de sí mismo.
Y, volviendo al caso de aquella protesta en esa universidad romana, me alegra saber que el domingo último más de 200 mil personas acudieron a la Plaza San Pedro para manifestar su solidaridad con el Santo Padre. ¡Qué bueno que así sea!
Ciertamente eso no es noticia para muchos medios de comunicación, pero es la demostración inobjetable de que los honrados, aunque no salgan en los medios ni se les considere en las estadísticas están bien presentes y saben reunirse y testimoniar su amor por La Verdad.
¡Alabado sea Jesucristo!
domingo, 13 de enero de 2008
El Dios que nos emociona
Hoy voy a compartir con ustedes, amigos, alguna cosa quizá "detallosa" pero que podría servirles para calentar el corazón y ponerlo en la temperatura de Jesucristo.
Les cuento:
Cada quince días voy a celebrar la Eucaristía con un grupito muy nutrido de niños y adolescentes que viven en un hogar-refugio y que son cuidados por una comunidad de voluntarios extranjeros, todos ellos aún jóvenes y comprometidos con la fe. Se trata de una casa de niños y adolescentes que provienen de hogares destrozados, otros llegan de la calle, otros son enviados allí por el poder judicial ante problemas de sus padres, otros fueron abandonados desde muy niños y los voluntarios los recogieron. Son niños y adolescentes muy sufridos y ya bien golpeados por la vida, algunos han quedado con serios traumas, otros tienen actitudes de desadaptación, algunos tartamudean y otros parecen muy felices pero seguramente, a sus pocos años, llevan su calvario en el corazón. En medio de todo, puedo ver esperanza, la esperanza que muestran los voluntarios en medio de tantas dificultades.
Pues bien, hacía varias semanas que había dejado de ver a un pequeñín de unos 5 o 6 años, un vivaracho como él sólo, era el que más alto cantaba el "Gloria". Las hermanas que cuidan a los más pequeños se lo habían llevado a otra casa especial y yo no sabía. Pero resulta que el domingo pasado él estaba de regreso y todo el mundo lo notó: había un bultito pequeño que corría por los jardines y por el patio, un chichón de suelo que no pasaba desapercibido: gritaba y jugaba.
Ni qué decirles que cantó con todas sus fuerzas el "Gloria" en la misa dominical y luego se acercó en la comunión pero no para comulgar sino para recibir la bendición con las manos cruzadas sobre el pecho. Y todavía se acercó dos veces, parece que no estaba muy seguro de haber recibido ya la bendición. Uno de los voluntarios lo tuvo que sacar de la fila cuando iba por la tercera bendición...
Pero la cosa no quedó ahí. Cuando terminó la misa, salí yo de la capilla y apenas me deshice de (casi digo, "de los aparejos"), mejor, de los ornamentos litúrgicos, sentí que algo jalaba insistentemente uno de mis pantalones. Yo, algo sorprendido, voltée a mirar y ví muy cerca del suelo aquél bultito peludo que mostrándome los dientes me decía: «Oye, amárrame las zapatillas» (Debo explicar que en aquella capilla todos los que entran tienen que descalzarse y al salir recobran sus zapatos o zapatillas y se los abrochan o amarran). Entonces: aquel pequeñín me insistía a que yo le amarrase las graciosas zapatillas rojas que llevaba (parecían dos llaveritos, de esos que algunos orgullosos padres o abuelos ponen en el retrovisor del automovil). No me lo pensé dos veces: me arrodillé frente a él y le até los pasadores... Bueno, tuve un poco de problemas. Es que sucede que hace muuuucho tiempo que yo no ato ningún pasador porque los zapatos que suelo usar no los llevan... pero bueno, recordé mis tiempos de colegial y lo hice: dos graciosos nudos estilo orejas de conejo, primero la izquierda y luego la derecha y zas, ya estaban. Terminada la operación el pequeñín se esfumó a correr. Unos de los voluntarios miró la escena y pensaba que para mí eso había representado un mal momento. Le dije con gestos que no, que fue un privilegio el que Dios me concedía. Imagínense: Jesús dijo que quien no acepta el Reino de Dios como un niño y que quien no acoje a un niño pequeño no entra en el Reino y no le recibe a él mismo. Dios me puso el Reino allí en bandeja a mis pies y yo sólo me tenía que arrodillar y actuar....
Recordé casi de inmediato aquellas palabras de Juan el Bautista (humilde como él sólo): Viene otro detrás de mí y yo no merezco desatarle la correa de sus sandalias... Y allí estaba yo atándole las zapatillas a un pequeño...
Dios nos hace merecedores de su gracia por Su Hijo, Jesucristo.
Dios hace y puede hacer cada día maravillas por nosotros si se lo dejamos, si nos atrevemos a ponernos de rodillas para obedecer su voluntad y luego Dios mismo nos bendice con su Paz.
Debo decir que aquella noche dormí un poco más contento por ese detalle tan propio del Dios verdadero, del Dios que emociona el corazón.
Dios habla por los niños y por los que son como ellos.
Hagámonos niños.
Un abrazo, hasta pronto.
Les cuento:
Cada quince días voy a celebrar la Eucaristía con un grupito muy nutrido de niños y adolescentes que viven en un hogar-refugio y que son cuidados por una comunidad de voluntarios extranjeros, todos ellos aún jóvenes y comprometidos con la fe. Se trata de una casa de niños y adolescentes que provienen de hogares destrozados, otros llegan de la calle, otros son enviados allí por el poder judicial ante problemas de sus padres, otros fueron abandonados desde muy niños y los voluntarios los recogieron. Son niños y adolescentes muy sufridos y ya bien golpeados por la vida, algunos han quedado con serios traumas, otros tienen actitudes de desadaptación, algunos tartamudean y otros parecen muy felices pero seguramente, a sus pocos años, llevan su calvario en el corazón. En medio de todo, puedo ver esperanza, la esperanza que muestran los voluntarios en medio de tantas dificultades.
Pues bien, hacía varias semanas que había dejado de ver a un pequeñín de unos 5 o 6 años, un vivaracho como él sólo, era el que más alto cantaba el "Gloria". Las hermanas que cuidan a los más pequeños se lo habían llevado a otra casa especial y yo no sabía. Pero resulta que el domingo pasado él estaba de regreso y todo el mundo lo notó: había un bultito pequeño que corría por los jardines y por el patio, un chichón de suelo que no pasaba desapercibido: gritaba y jugaba.
Ni qué decirles que cantó con todas sus fuerzas el "Gloria" en la misa dominical y luego se acercó en la comunión pero no para comulgar sino para recibir la bendición con las manos cruzadas sobre el pecho. Y todavía se acercó dos veces, parece que no estaba muy seguro de haber recibido ya la bendición. Uno de los voluntarios lo tuvo que sacar de la fila cuando iba por la tercera bendición...
Pero la cosa no quedó ahí. Cuando terminó la misa, salí yo de la capilla y apenas me deshice de (casi digo, "de los aparejos"), mejor, de los ornamentos litúrgicos, sentí que algo jalaba insistentemente uno de mis pantalones. Yo, algo sorprendido, voltée a mirar y ví muy cerca del suelo aquél bultito peludo que mostrándome los dientes me decía: «Oye, amárrame las zapatillas» (Debo explicar que en aquella capilla todos los que entran tienen que descalzarse y al salir recobran sus zapatos o zapatillas y se los abrochan o amarran). Entonces: aquel pequeñín me insistía a que yo le amarrase las graciosas zapatillas rojas que llevaba (parecían dos llaveritos, de esos que algunos orgullosos padres o abuelos ponen en el retrovisor del automovil). No me lo pensé dos veces: me arrodillé frente a él y le até los pasadores... Bueno, tuve un poco de problemas. Es que sucede que hace muuuucho tiempo que yo no ato ningún pasador porque los zapatos que suelo usar no los llevan... pero bueno, recordé mis tiempos de colegial y lo hice: dos graciosos nudos estilo orejas de conejo, primero la izquierda y luego la derecha y zas, ya estaban. Terminada la operación el pequeñín se esfumó a correr. Unos de los voluntarios miró la escena y pensaba que para mí eso había representado un mal momento. Le dije con gestos que no, que fue un privilegio el que Dios me concedía. Imagínense: Jesús dijo que quien no acepta el Reino de Dios como un niño y que quien no acoje a un niño pequeño no entra en el Reino y no le recibe a él mismo. Dios me puso el Reino allí en bandeja a mis pies y yo sólo me tenía que arrodillar y actuar....
Recordé casi de inmediato aquellas palabras de Juan el Bautista (humilde como él sólo): Viene otro detrás de mí y yo no merezco desatarle la correa de sus sandalias... Y allí estaba yo atándole las zapatillas a un pequeño...
Dios nos hace merecedores de su gracia por Su Hijo, Jesucristo.
Dios hace y puede hacer cada día maravillas por nosotros si se lo dejamos, si nos atrevemos a ponernos de rodillas para obedecer su voluntad y luego Dios mismo nos bendice con su Paz.
Debo decir que aquella noche dormí un poco más contento por ese detalle tan propio del Dios verdadero, del Dios que emociona el corazón.
Dios habla por los niños y por los que son como ellos.
Hagámonos niños.
Un abrazo, hasta pronto.
miércoles, 9 de enero de 2008
«La niña del corazón bueno»
Un día como hoy, 9 de enero, hace dos años, pasó de este mundo al Padre una chiquilla que a muchos que de algún modo le hemos conocido nos ha dejado el aroma de un alma buena y muy de Dios; se llamaba Dami. A continuación y recordándola con gratitud reproduzco algo que escribí a poco de su fallecimiento y doy gracias a Dios por el don de su vida entre nosotros que aunque breve fue muy intensa y fecunda en amor y fe para gloria de Dios.
********
Hace poco tiempo que Dami nos dejó para irse con el Buen Dios. Los que hemos tenido la gracia de conocerle "más de cerca" nos damos cuenta de que en ella Dios nos ha enviado un tremendo regalo.
Pocas veces he podido "ver en vivo y en directo" un corazón tan grande y generoso y a la vez tan normal y tan de carne.
La Providencia hizo que la conociese, aunque sea sólo vía Internet. Debo decir que al principio, cuando me refirieron sus padecimientos y sus cruces sentí desgano por decirle algo, no porque no quisiera ayudarla sino porque en realidad no sabía cómo podría ayudarla. De hecho, no quería decirle frases de cumplido o repetirle versículos bíblicos tan sólo. Luego de un primer mensaje que lo escribí más por un impulso del Buen Dios, ella tuvo la gentileza de responderme y con mucha amabilidad.
Desde entonces me asombró en gran medida su inobjetable madurez y su realismo al aceptar todo lo que le iba pasando. No era Dami una de esas personas que han crecido entre rezos y oraciones, tampoco era una chiquilla descreída, era una jovencita normal, muy normal, con su fe, con sus dudas, con sus lícitas ilusiones y también con su propia cruz. Cierto: habían momentos en que llevada por sus sufrimientos (los sufrimientos de ver sufriendo a los suyos por su causa...) protestaba y se quejaba. Jamás pensé que esos fugaces arrebatos proveniesen de un corazón mezquino, la trataba de comprender: una juventud hermosa truncada por un cáncer, unos ideales nobles que se iban al agua, una familia muy bonita que ella no quería dejar... y pienso que en todo ello tenía gran parte de razón. Alguna vez creo que le dije no había ningún problema si ella le discutía y protestaba a Dios, que yo también lo suelo hacer de cuando en cuando (disculpen si escandalizo a alguien, gracias). Tenía sus momentos "depresivos", claro que sí. Pero se reponía y buscaba a sus amigos.
Alguna vez creo que le dije: "Dami, te han quitado las piernas, pero no te han cortado el alma, sé lo que eres, sé lo que debes ser, ensancha el corazón..." Reíamos virtualmente y también enjugábamos alguna lágrima ante la pc.
Le pude hablar de mi Jesucristo, las palabras fluyeron sin esfuerzo. Percibí que ella estaba ávida de conocerLe. Le hablé de la gloria eterna y yo mismo me sentí reconfortado. Ella me decía que se sentía muy bien al escuchar mis "rollos". Me alegró bastante saber que todo ello le hacía bien al corazón. Me consuelo también saber que en especial en los últimos años fue asidua a recibir los sacramentos: la Reconciliación, la Eucaristía y la Unción.
Hace algunos años yo escribí un opúsculo titulado "Sólo para corazones generosos". Se suponía que yo dominaba (por lo menos teóricamente) el arte de la generosidad. Pero desde que fui conociendo a Dami me dí cuenta que ahora era yo el que estaba recibiendo invalorables cátedras de esa misma generosidad.
No escribo esto porque alguien me lo haya pedido, tampoco lo he prometido a nadie, pero creo que (espero que Dami esté de acuerdo conmigo) todos tenemos derecho a beneficiarnos de los buenos ejemplos de nuestros hermanos mayores en la fe.
Y es que Dami, según la conocí, fue sencillamente generosa de corazón. Y creo que ahora, estando en Dios no puede sino ser hermana mayor en la fe. No hablo de santificaciones o canonizaciones. Simplemente hablo de dar a fondo perdido, de olvidarse del propio sufrimiento para pensar en los demás, de saber ocultar las penas para que los otros estén felices, de sonreír cuando cuesta mucho hacerlo, de hacer bromas hasta en el mismo punto de muerte, de tener un corazón sano y puro.
Creo que Dami sabe bien de qué estoy hablando y Uds., amigos, lo intuyen bien (en especial las mujeres, que son campeonas para eso).
Sí. Para mí fue una gracia tremenda conocerle, por lo menos por Internet.
Cuando uno conoce personas así de generosas, de corazón amplio, de alma grande, de ideales nobles, uno siente que todavía hay esperanza, que es posible vivir al estilo de Jesús, aún cuando la nuestra sea una sociedad mezquina y pretendidamente laica, que la gracia puede triunfar en nuestras vidas.
Hace unos días, mientras me venía de Italia y hacía escala en Barajas (España) al subir al avión que me traería al Perú, un muchacho (¿de cuántos años? ¿20-22?) y una chica (¿de 20 años?) se me acercaron a conversar. Españoles los dos. Mientras me iban haciendo algunas preguntas me quedé observando sus ojos y sus gestos. Me sentí contento al ver en uno y en otra una tremenda pureza de alma, casi una candidez e ingenuidad que raramente se ve hoy (con tantos niños y niñas agrandados...) Mostraron un gran respeto por mi condición sacerdotal. Luego nos despedimos, les traté de dar mi mejor sonrisa y agradecí a Dios por ellos. Luego de unas horas de avión me puse a pensar que posiblemente Dami tendría un aspecto así. Debo decir que llegando a nuestro destino ya no los ví más...
Quizá fue alguna señal de Dios para mí (Suelo entender a destiempo y mal las señales que Él me envía).
Para concluir: Agradezco a Dios por el don de la alegría, de la paz y de la pureza de alma de Dami y porque los que la pudimos conocer tenemos una nueva ilusión por vivir y dar lo mejor de nosotros allí donde El Señor nos ha puesto.
Las verdaderas amistades se conocen porque su trato nos deja más grande y limpio el corazón, nos ensanchan el horizonte y nos hacen respirar más hondo. Gracias, Señor, gracias Dami.
Es mi modesto homenaje a la memoria de la niña del corazón bueno, nuestro ángel, por quien seguimos rezando.
Un abrazo a todos.
********
Hace poco tiempo que Dami nos dejó para irse con el Buen Dios. Los que hemos tenido la gracia de conocerle "más de cerca" nos damos cuenta de que en ella Dios nos ha enviado un tremendo regalo.
Pocas veces he podido "ver en vivo y en directo" un corazón tan grande y generoso y a la vez tan normal y tan de carne.
La Providencia hizo que la conociese, aunque sea sólo vía Internet. Debo decir que al principio, cuando me refirieron sus padecimientos y sus cruces sentí desgano por decirle algo, no porque no quisiera ayudarla sino porque en realidad no sabía cómo podría ayudarla. De hecho, no quería decirle frases de cumplido o repetirle versículos bíblicos tan sólo. Luego de un primer mensaje que lo escribí más por un impulso del Buen Dios, ella tuvo la gentileza de responderme y con mucha amabilidad.
Desde entonces me asombró en gran medida su inobjetable madurez y su realismo al aceptar todo lo que le iba pasando. No era Dami una de esas personas que han crecido entre rezos y oraciones, tampoco era una chiquilla descreída, era una jovencita normal, muy normal, con su fe, con sus dudas, con sus lícitas ilusiones y también con su propia cruz. Cierto: habían momentos en que llevada por sus sufrimientos (los sufrimientos de ver sufriendo a los suyos por su causa...) protestaba y se quejaba. Jamás pensé que esos fugaces arrebatos proveniesen de un corazón mezquino, la trataba de comprender: una juventud hermosa truncada por un cáncer, unos ideales nobles que se iban al agua, una familia muy bonita que ella no quería dejar... y pienso que en todo ello tenía gran parte de razón. Alguna vez creo que le dije no había ningún problema si ella le discutía y protestaba a Dios, que yo también lo suelo hacer de cuando en cuando (disculpen si escandalizo a alguien, gracias). Tenía sus momentos "depresivos", claro que sí. Pero se reponía y buscaba a sus amigos.
Alguna vez creo que le dije: "Dami, te han quitado las piernas, pero no te han cortado el alma, sé lo que eres, sé lo que debes ser, ensancha el corazón..." Reíamos virtualmente y también enjugábamos alguna lágrima ante la pc.
Le pude hablar de mi Jesucristo, las palabras fluyeron sin esfuerzo. Percibí que ella estaba ávida de conocerLe. Le hablé de la gloria eterna y yo mismo me sentí reconfortado. Ella me decía que se sentía muy bien al escuchar mis "rollos". Me alegró bastante saber que todo ello le hacía bien al corazón. Me consuelo también saber que en especial en los últimos años fue asidua a recibir los sacramentos: la Reconciliación, la Eucaristía y la Unción.
Hace algunos años yo escribí un opúsculo titulado "Sólo para corazones generosos". Se suponía que yo dominaba (por lo menos teóricamente) el arte de la generosidad. Pero desde que fui conociendo a Dami me dí cuenta que ahora era yo el que estaba recibiendo invalorables cátedras de esa misma generosidad.
No escribo esto porque alguien me lo haya pedido, tampoco lo he prometido a nadie, pero creo que (espero que Dami esté de acuerdo conmigo) todos tenemos derecho a beneficiarnos de los buenos ejemplos de nuestros hermanos mayores en la fe.
Y es que Dami, según la conocí, fue sencillamente generosa de corazón. Y creo que ahora, estando en Dios no puede sino ser hermana mayor en la fe. No hablo de santificaciones o canonizaciones. Simplemente hablo de dar a fondo perdido, de olvidarse del propio sufrimiento para pensar en los demás, de saber ocultar las penas para que los otros estén felices, de sonreír cuando cuesta mucho hacerlo, de hacer bromas hasta en el mismo punto de muerte, de tener un corazón sano y puro.
Creo que Dami sabe bien de qué estoy hablando y Uds., amigos, lo intuyen bien (en especial las mujeres, que son campeonas para eso).
Sí. Para mí fue una gracia tremenda conocerle, por lo menos por Internet.
Cuando uno conoce personas así de generosas, de corazón amplio, de alma grande, de ideales nobles, uno siente que todavía hay esperanza, que es posible vivir al estilo de Jesús, aún cuando la nuestra sea una sociedad mezquina y pretendidamente laica, que la gracia puede triunfar en nuestras vidas.
Hace unos días, mientras me venía de Italia y hacía escala en Barajas (España) al subir al avión que me traería al Perú, un muchacho (¿de cuántos años? ¿20-22?) y una chica (¿de 20 años?) se me acercaron a conversar. Españoles los dos. Mientras me iban haciendo algunas preguntas me quedé observando sus ojos y sus gestos. Me sentí contento al ver en uno y en otra una tremenda pureza de alma, casi una candidez e ingenuidad que raramente se ve hoy (con tantos niños y niñas agrandados...) Mostraron un gran respeto por mi condición sacerdotal. Luego nos despedimos, les traté de dar mi mejor sonrisa y agradecí a Dios por ellos. Luego de unas horas de avión me puse a pensar que posiblemente Dami tendría un aspecto así. Debo decir que llegando a nuestro destino ya no los ví más...
Quizá fue alguna señal de Dios para mí (Suelo entender a destiempo y mal las señales que Él me envía).
Para concluir: Agradezco a Dios por el don de la alegría, de la paz y de la pureza de alma de Dami y porque los que la pudimos conocer tenemos una nueva ilusión por vivir y dar lo mejor de nosotros allí donde El Señor nos ha puesto.
Las verdaderas amistades se conocen porque su trato nos deja más grande y limpio el corazón, nos ensanchan el horizonte y nos hacen respirar más hondo. Gracias, Señor, gracias Dami.
Es mi modesto homenaje a la memoria de la niña del corazón bueno, nuestro ángel, por quien seguimos rezando.
Un abrazo a todos.
domingo, 6 de enero de 2008
«Hemos visto su estrella»
¿Se han imaginado qué pasaría por el corazón de los magos de oriente?
No pocas veces he tratado de pensar cómo habría sido su búsqueda. Lo primero que se me viene a la mente es que estos magos (no nos dice el Evangelio si fueron dos o tres o nueve....) seguramente tendrían una gran disposición de aceptar la verdad venga como viniera. Porque "no se me cocina" que luego de un viaje tan largo y con tantas peripecias sufridas y luego de tantos sacrificios se les saliera tan fácil arrodillarse para adorar al hijo de una campesina nacido nada menos que en una cueva fría en un pueblo tan pequeño como Belén.
Estos magos de oriente (como los llama el Evangelio) tenían que haber purificado su búsqueda en el corazón. Definitivamente era Dios mismo quien trabajó sus corazones y los hizo humildes. Porque hay que ser bien humilde para aceptar al Dios nacido en una cueva y en carne tan mortal como la de cualquiera. Nuestro humano orgullo y autosuficiencia nos hace difícil el aceptar lo que en el fondo es sencillo y fácil.
Estos magos de oriente eran muy sencillos y estaban dispuestos a aceptar la verdad de Dios venga como viniere.
Yo respeto mucho a quienes van por la vida como buscadores, a quienes buscan la verdad de Dios durante muchos años o quizá durante toda la vida, pero no pocas veces me deja pensando aquel tufillo autosuficiente y pretendidamente intelectual de quienes buscan y quieren encontrar algo que ellos mismos ya han prefijado y diseñado previamente: eso ya no es búsqueda, es sólo argumentación de una ideología preconcebida.
Se necesita mucha honestidad para una verdadera búsqueda. Se necesita estar desprendido para buscar sinceramente. Quien ya prefijó el hallazgo y ya lo programó ese ya no es un buscador, sólo quiere una justificación a su extravío precedente.
Los magos de oriente estaban con el alma abierta de par en par a la sorpresa de Dios. Y vaya si Dios los sorprendió. Porque a mí todavía me sorprende (etiquétenme como quieran...) que ese pequeño niño sea Dios mismo y sea el Salvador.
Dios es siempre paradójico e increíble. Dios es muy ocurrente y para quien tiene algo de sencillez todo eso en vez de molestar o decepcionar, le causa una gran carcajada o por lo menos una sentida sonrisa. Belén es el lugar de la carcajada amorosa de Dios.
Dios se muestra a los sencillos, a todos aquellos que saben decir: "buá, buá", "maaaaá", "brrrrrrrrr". Los que van con fórmulas y etiquetas, con pesos y medidas y con ganas de poner jaulas al Espíritu Santo no pueden reconocerlo.
Los magos de oriente eran libres y desprendidos, no se entiende de otro modo el coraje de su búsqueda ni su audacia y valentía. Y luego de adorar al Ungido, a Jesucristo, se vuelven a su país llenos de alegría. Eso les bastaba, verlo y adorarle, no tenían más pretensiones ni ambiciones.... ¡lo que hace la verdadera sabiduría en quienes buscan -honestos- la verdad de Dios!
Celebramos la Epifanía del Señor y no olvidemos pedirle que nos muestre su rostro y nos conceda su paz para caminar a la luz de su estrella.
No pocas veces he tratado de pensar cómo habría sido su búsqueda. Lo primero que se me viene a la mente es que estos magos (no nos dice el Evangelio si fueron dos o tres o nueve....) seguramente tendrían una gran disposición de aceptar la verdad venga como viniera. Porque "no se me cocina" que luego de un viaje tan largo y con tantas peripecias sufridas y luego de tantos sacrificios se les saliera tan fácil arrodillarse para adorar al hijo de una campesina nacido nada menos que en una cueva fría en un pueblo tan pequeño como Belén.
Estos magos de oriente (como los llama el Evangelio) tenían que haber purificado su búsqueda en el corazón. Definitivamente era Dios mismo quien trabajó sus corazones y los hizo humildes. Porque hay que ser bien humilde para aceptar al Dios nacido en una cueva y en carne tan mortal como la de cualquiera. Nuestro humano orgullo y autosuficiencia nos hace difícil el aceptar lo que en el fondo es sencillo y fácil.
Estos magos de oriente eran muy sencillos y estaban dispuestos a aceptar la verdad de Dios venga como viniere.
Yo respeto mucho a quienes van por la vida como buscadores, a quienes buscan la verdad de Dios durante muchos años o quizá durante toda la vida, pero no pocas veces me deja pensando aquel tufillo autosuficiente y pretendidamente intelectual de quienes buscan y quieren encontrar algo que ellos mismos ya han prefijado y diseñado previamente: eso ya no es búsqueda, es sólo argumentación de una ideología preconcebida.
Se necesita mucha honestidad para una verdadera búsqueda. Se necesita estar desprendido para buscar sinceramente. Quien ya prefijó el hallazgo y ya lo programó ese ya no es un buscador, sólo quiere una justificación a su extravío precedente.
Los magos de oriente estaban con el alma abierta de par en par a la sorpresa de Dios. Y vaya si Dios los sorprendió. Porque a mí todavía me sorprende (etiquétenme como quieran...) que ese pequeño niño sea Dios mismo y sea el Salvador.
Dios es siempre paradójico e increíble. Dios es muy ocurrente y para quien tiene algo de sencillez todo eso en vez de molestar o decepcionar, le causa una gran carcajada o por lo menos una sentida sonrisa. Belén es el lugar de la carcajada amorosa de Dios.
Dios se muestra a los sencillos, a todos aquellos que saben decir: "buá, buá", "maaaaá", "brrrrrrrrr". Los que van con fórmulas y etiquetas, con pesos y medidas y con ganas de poner jaulas al Espíritu Santo no pueden reconocerlo.
Los magos de oriente eran libres y desprendidos, no se entiende de otro modo el coraje de su búsqueda ni su audacia y valentía. Y luego de adorar al Ungido, a Jesucristo, se vuelven a su país llenos de alegría. Eso les bastaba, verlo y adorarle, no tenían más pretensiones ni ambiciones.... ¡lo que hace la verdadera sabiduría en quienes buscan -honestos- la verdad de Dios!
Celebramos la Epifanía del Señor y no olvidemos pedirle que nos muestre su rostro y nos conceda su paz para caminar a la luz de su estrella.
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