¡La paz contigo! En este blog encontrarás artículos y reflexiones de Fr. Israel del Niño Jesús, R.P.S. Que todo lo que leas te lleve a desear y buscar a Jesucristo, Camino, Verdad y Vida.
domingo, 28 de octubre de 2007
«El infierno es un lugar muy, pero muy, frío»
- Déjeme decirle algo de entrada: Usted es a quien esperábamos y como se dará cuenta ya no hay vuelta atrás, los pasos que Ud dio para llegar aquí ya no se pueden desandar, aquí no existen los retrocesos ni las reconsideraciones. Aquí la bienvenida es un gran «Lo sentimos por Usted» Aquí es mejor no esperar nada. Ehhh, Mentilius será su guía para llevarle a donde Usted debe estar, hasta pronto. Tendremos mucho tiempo para hablar luego.
- ¡Pero, oiga! ¿Qué le pasa? ¡Aquí hay una confusión! Mire, yo soy éste, ¿ok? Aquí está mi nombre, esto no me puede pasar a mí!
-¿Ves Mentilius? Siempre es lo mismo, el trauma del comienzo, todos dicen que ha habido una equivocación, que no es justo, que no les avisaron... Si no fuera por tú sabes qué, diría que siento lástima por estos humanos que caen como moscas por aquí. ¡Llévatelo pronto, Mentilius!
- Pero, no, no, no. Oiga no puede ser...!!!
No podía volver atrás, me veía empujado externamente a seguir a aquel tipo desagradable, pero todo mi interior se resistía, no podía ser posible, tenía que haber una explicación... ¿Por qué está todo tan frío? ¡Dios! Esto se pone más frío,
- ¡Oiga, este frío es demasiado fuerte, ¿así es siempre?!
- Siempre.
- Pero, esto no hay quien lo resista.
- Aunque no quieras resistirlo, lo tendrás que soportar siempre. ¡Siempre!
- ¡¡Pero, por favor...!!
- No hay retroceso muchacho, el frío te calará los huesos, querrás morirte una y mil veces, querrás dormirte y no despertar jamás y no podrás dormir jamás. Las cosas son así aquí, ¿ok? Luego para tí vendrá la oscuridad y será bien negra y vas a divagar y no podrás salir de esto, ¿me entiendes? Por más que hagas lo que hagas no habrá retroceso, y nunca morirás sino que seguirás sufriendo sin morir, sin poder quitarte la existencia y con la convicción de que nadie te amará ni tú podrás amar a nadie por más que quisieras... y no podrás sentirte amado jamás. Te harás duro, muy duro, y morirás sin morir. Una y mil veces. Siempre. Siempre. No te digo ni te pido que resistas porque aún cuando no lo quieras siempre resistirás y no habrá salida. Así son las cosas aquí. Frío, noche, soledad, vacío, que se hacen cada vez más grandes, más oscuros, más envolventes, más fuertes, más duros y con ello crece la desesperanza sin morir, aquí no hay muerte...
*****
Me empecé a golpear la cabeza, quise rebobinar toda mi vida y volver atrás.
Y me dí cuenta que no se podía.
Y el frío me iba invadiendo y con él un inmenso miedo como para morir sin poder morir jamás. Cuando ví que se acercaba una inmensa oscuridad grité con todas mis fuerzas.........
- Noooooooooooooooooooooo !!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
Y entonces, salté asustado, ¡¿dónde estoy?!
Sentí pasos corriendo...
- ¿Estás bien? ¿Te pasa algo? ¡Por favor, responde!
- ...
- ...
- Sí, mamá... sí, todo está bien... un... sueño, un sueño...
- Dios bendito, nos has hecho asustar, por favor, persígnate.
- Sí mamá, gracias.
Y al darme cuenta de todo... me anegó el llanto...
******
Y pensé, como pocas veces lo hice, en la posibilidad del infierno.
Y todavía escuchaba en mis oídos las palabras de aquel ¿Mentilius? Sí, aquello de que el frío te calará los huesos, querras morirte una y mil veces... Muchas veces había pensado en que el infierno era un lugar muy caliente, donde los malos de la película se queman. Me parece que es más posible que el infierno sea frío. Porque allí no hay amor, no hay amistad, no hay cariño y eso es frío, frío que cala los huesos. Y eso por toda una eternidad... es un infierno.
Y pensé en tantos pequeños infiernos que yo provoco a los que están a mi alrededor.
Y pensé en tanta cerrazón de corazón en mí mismo.
Y me dí cuenta de que Dios es todo lo contrario y de que el amor verdadero es más que un sentimiento. Y me dí cuenta de cuán bello será el cielo y qué feo será el infierno.
Y me propuse ser más consciente de la vida que llevo.
Y entendí lo que era hacer un verdadero acto de contrición...
Y elegí amar a Dios y a mis hermanos. Y dormí como pocas veces...
viernes, 19 de octubre de 2007
«Bienaventurado el político que esto hiciere, porque suyo será el reino de los cielos»
Las bienaventuranzas del político
1. Bienaventurado el político que tiene un elevado conocimiento y una profunda conciencia de su papel. El Concilio Vaticano II definió la política «arte noble y difícil» ( Gaudium et spes, 73). A más de treinta años de distancia y en pleno fenómeno de globalización, tal afirmación encuentra confirmación al considerar que, a la debilidad y a la fragilidad de los mecanismos económicos de dimensiones planetarias se puede responder sólo con la fuerza de la política, esto es, con una arquitectura política global que sea fuerte y esté fundada en valores globalmente compartidos.
2. Bienaventurado el político cuya persona refleja la credibilidad.
En nuestros días, los escándalos en el mundo de la política, ligadas sobre todo al elevado coste de las elecciones, se multiplican haciendo perder credibilidad a sus protagonistas. Para volcar esta situación, es necesaria una respuesta fuerte, una respuesta que implique reforma y purificación a fin de rehabilitar la figura del político.
3. Bienaventurado el político que trabaja por el bien común y no por su propio interés.
Para vivir esta bienaventuranza, que el político mire su conciencia y se pregunte: ¿estoy trabajando para el pueblo o para mí? ¿Estoy trabajando por la patria, por la cultura? ¿Estoy trabajando para honrar la moralidad? ¿Estoy trabajando por la humanidad?
4. Bienaventurado el político que se mantiene fielmente coherente, con una coherencia constante entre su fe y su vida de persona comprometida en política; con una coherencia firme entre sus palabras y sus acciones; con una coherencia que honra y respeta las promesas electorales.
5. Bienaventurado el político que realiza la unidad y, haciendo a Jesús punto de apoyo de aquélla, la defiende. Ello, porque la división es autodestrucción. Se dice en Francia: «los católicos franceses jamás se han puesto en pié a la vez, más que en el momento del Evangelio». ¡Me parece que este refrán se puede aplicar también a los católicos de otros países!
6. Bienaventurado el político que está comprometido en la realización de un cambio radical, y lo hace luchando contra la perversión intelectual;lo hace sin llamar bueno a lo que es malo;no relega la religión a lo privado; establece las prioridades de sus elecciones basándose en su fe;tiene una charta magna: el Evangelio.
7. Bienaventurado el político que sabe escuchar, que sabe escuchar al pueblo, antes, durante y después de las elecciones; que sabe escuchar la propia conciencia;que sabe escuchar a Dios en la oración.Su actividad brindará certeza, seguridad y eficacia.
8. Bienaventurado el político que no tiene miedo. Que no tiene miedo, ante todo, de la verdad: «¡la verdad –dice Juan Pablo II-- no necesita de votos!». Es de sí mismo, más bien, de quien deberá tener miedo. El vigésimo presidente de los Estados Unidos, James Garfield, solía decir: «Garfield tiene miedo de Garfield». Que no tema, el político, los medios de comunicación. ¡En el momento del juicio él tendrá que responder a Dios, no a los medios!
François-Xavier Card. Nguyên Van Thuân
[Traducción del original italiano realizada por Zenit]
martes, 9 de octubre de 2007
«Danos hoy la alegría de cada día»
Les invito a hacer esta oración, parafraseando la que Jesús El Señor nos enseñó hace mucho tiempo:
Padre nuestro que estás
donde la alegría no tiene fin,
gozosa nos sea tu memoria,
venga a nosotros tu alegría infinita,
hágase tu voluntad
en el éxito y en el fracaso.
Danos hoy
nuestra alegría de cada día
(Y dánosla también para mañana),
perdónanos nuestra poca sonrisa,
como también nosotros perdonamos
a los que nos asustan y espantan (a veces lo hacen en tu nombre).
No nos dejes caer en la tentación
de amargarnos la vida (tenemos un montón de pretendidos motivos)
por insignificancias
y líbranos
de la tristeza, si no es tuya.
Amén, aleluya.
lunes, 1 de octubre de 2007
Jesucristo, alegría del corazón
En verdad, es éste un discurso poco usado por los sacerdotes y por eso mismo peor empleado por varios catequistas, un discurso poco demostrado por gran parte de católicos y casi un atrevimiento en no pocas personas devotas. Me explico.
Dios vino para darnos su alegría, su plenitud. Dios vino para darnos de su vida y su vida no es otra cosa que paz y alegría completas porque Él es Amor. Pero nosotros no hemos dado suficiente testimonio de ello. Parece que –en muchos de nosotros- Dios no ha terminado de alegrarnos el corazón y por eso no lo mostramos con orgullo, no lo paseamos con ilusión, no se nota en nosotros una esperanza distinta... muchas veces nos han dicho que lo propio de los cristianos es la «resignación», ¿quién dijo que eso era virtud cristiana?... Pero eso es lo que usualmente pensamos y nadie nos puede sacar esa idea. Hasta ahora hemos tenido muy pocos maestros de la alegría –católicamente hablando-... ¿Será acaso que los evangelizadores no han gozado ellos primero de la alegría de Dios? Tengo mi respuesta: no se puede anunciar una alegría que no se conoce.
Muchos jamás relacionarían la fe con la alegría, eso ya me parece cruel e injusto. Los ángeles anunciaron a los pastores una gran alegría. Isabel al ver a Santa María se llenó de alegría, Juan dio un volantín de alegría, aquel anciano llamado Simeón bendijo al Niño y a sus noventaitantos años descubrió la alegría verdadera. Jesucristo vino para darnos alegría, no hay otra respuesta. Como que él mismo se encargó de certificarlo, en la última cena se atreve a resumir toda su vida de predicación así: «Les he dicho todo esto para que mi alegría esté en ustedes y vuestra alegría sea plena...» Parece que aún no lo entendemos, parece que aún no lo hemos experimentado.
La alegría cristiana es una alegría sufrida, por ello es más sentida y profunda, la alegría cristiana es la de aquel que se ríe con ganas porque Dios se ha hecho vertiente en el corazón. La alegría de Jesucristo fue siempre una alegría confiada, la alegría propia del niño pequeño que se siente mirado por su Padre mientras juega despreocupado.
Y Jesús mismo es nuestra alegría, necesitamos desempolvar varios sagrarios y doblar más las rodillas, necesitamos hacer un poquito más de silencio y parar un poco y darnos cuenta que Él es Dios con nosotros y que está cerca para darnos de su paz y alegría.
Los apóstoles estaban muy alegres en medio de los sufrimientos que pasaban por anunciar el Evangelio, el discurso de Juan es muy emocionado: «Lo que hemos visto y oído, lo que tocaron nuestras manos, lo que hemos contemplado acerca del Verbo de Vida... eso os lo anunciamos...»
Necesitamos acercarnos a Él con mucha humildad, sin defensas, sin coartadas, sin planes debajo de la manga y pedirle el gran favor de que Él mismo sea nuestra alegría. El mundo está muy triste: es fácil verlo en el rostro de las chiquillas que sonríen superficialmente, es fácil verlo en los muchachos que ocultan su vacío con tanta necedad, es fácil verlo en los adultos que fingen tener todo bajo control pero han perdido la alegría, es fácil verlo en todo lo que hoy se inventa –inmoralmente- para estar “alegres”.
No, no hemos proclamado todavía que Dios es la alegría, no lo hemos mostrado como la alegría más profunda del corazón, es un testimonio pendiente en nuestra vida cristiana, tan pendiente de ser cumplido como el mandamiento de la caridad. ¡Si nosotros pudiéramos probarles a todos que Jesucristo es la alegría que ellos están buscando! Tendrían que vernos a nosotros primero colmados de esa alegría... a veces sólo nos ven colmados de «resignación», de «seriedad», de falsos recogimientos, de falsas religiosidades, de actitudes puramente condenatorias o de activismo “pastoral”...
Acerquémonos a Él, pidámosle que nos enseñe a gozar de su alegría, que nos enseñe a gozar de Él.
lunes, 24 de septiembre de 2007
Entre bostezo y bostezo (2º parte)
Nuestros piadosos bostezos (descarados o contenidos) me han hecho pensar -por contraste- en aquellos creyentes ilusionados. Repito: creyentes ilusionados. Yo no sé si los que me leen hayan tenido la gracia de conocer creyentes ilusionados. Utilizo la palabra "ilusionados" porque se me hace la más gráfica para ilustrar ese estado maravilloso en el que los ojos brillan, la mente está bien alerta y contenta, y la paz y la sorpresa pueblan el corazón. Yo personalmente debo dar gracias a Dios porque Él ha puesto en mi camino varias de esas personas ilusionadas por Jesucristo y su Reino.
Sospecho que la ilusión por Jesucristo (perfecta combinación de gozo, verdad, alegría, paz, sinceridad, espontaneidad, esperanza, optimismo, fortaleza, etc.) es todo lo más contrario al bostezo piadoso. De acuerdo, cada quien es libre y también los creyentes bostezantes merecen respeto. Pero me parece que nos hacen más falta esos creyentes ilusionados. ¿Dónde están? Pues, será cuestión de tener los ojos bien abiertos para identificarlos muy cerca de nosotros.
Lógicamente, en este contraste entre bostezantes piadosos y creyentes ilusionados salen mal parados los primeros, como que quedan en ridículo. Y no es justo que una mayoría pueda quedar en ridículo, es mejor que esos bostezantes se conviertan poco a poco en ilusionados por Jesucristo.
Confieso que a mí me importa y me preocupa el hecho de que hasta cierto punto nos hayamos acostumbrado a concebir la fe católica como el receptáculo del aburrimiento y de la formalidad llevada por la paz, porque en fin, porque no queda otra salida.
Me permito aclarar un poco: como quien preside la celebración eucarística dominical me toca observar las distintas asambleas, me doy un tiempo para ver a los fieles, para tratar de averiguar qué les motiva y si les motiva la fe que están celebrando. Queda claro que no soy psicólogo profesional pero me parece interesante estudiar los gestos faciales cuando se escucha la Palabra de Dios, por ejemplo. Las más de las veces puedo percibir poco interés por escucharla realmente. Claro, también tenemos el problema de que por ahí salen a hacer las lecturas precisamente los que no saben leer para los demás, los que no les interesa comunicar sino sólo cumplir.
Varias veces me ha dado cierto temor algunas asambleas de fieles demasiado serios. No me considero un real experto en cuestiones litúrgico-celebrativas pero con lo poco que sé del tema, me esfuerzo para que las celebraciones que me toca presidir sean muy sentidas a la vez que vívidas, con un rasgo inocultable de alegría y sencillez. Y digo que he sentido cierto temor de aquellas asambleas demasiado serias porque me parece que han olvidado el aspecto celebrativo de la fe.
La fe es fiesta. Ciertamente la fiesta cristiana no es igual a una fiesta pagana o profana. La fiesta de la fe tiene una alegría mucho más profunda y verdadera.
Definitivamente, si descubrimos personalmente que la fe es fiesta, que Dios es alegría infinita, que Jesucristo es portador de esperanza, eliminaremos de una vez por todas nuestros bostezos o aburrimientos piadosos.
La clave es la fe viva, una fe que dé para vivir, una fe que nos mueva, que no nos permita ser pasivos, que nos obligue a caminar y actuar, esa fe nunca es aburrida. Que El Señor nos conceda un encuentro con Jesucristo vivo para ya no bostezar ante las cosas más hermosas de la vida.
martes, 18 de septiembre de 2007
Entre bostezo y bostezo (1º parte)
Primera escena:
Un templo católico en día domingo, abarrotado de gente (por lo menos eso pasa en latinoamérica), chicos y grandes llegan y buscan un sitio, se santiguan y se ubican.
Segunda escena:
Sale el presbítero y sus ministros de altar para comenzar la Eucaristía, se canta y comienzan los ritos como de costumbre.
Tercera escena:
Los fieles sentados. Muchos de ellos que entraron riéndose ahora están con rostro impasible. Otros están con la mirada perdida. Otros tienen los ojos casi en blanco. Las tres señoras de al fondo se ponen la mano sobre la boca para que no se les vea las amígdalas al bostezar. Aquel señor de traje y corbata "plantó el pico", está dormido. Esa familia que está casi adelante en pleno tiene a tres de sus miembros con los ojos en blanco... por el sueño.
Cuarta escena: La misa ha terminado. El que sale primero gana. Otra vez las risas y los deseos locos de alejarse lo más pronto posible de un lugar que inspira... aburrimiento y bostezo. Qué bueno que el padre de turno sólo demoró treinta minutos (treinta insufribles minutos... piensa el señor de traje y corbata).
¿Es un templo imaginario?
Pues yo digo sí, cada quien verá.
Sí, es verdad. Yo mismo -siendo sacerdote- he escuchado homilías y sermones que realmente me han causado repulsa y también he observado cómo algunos de mis colegas celebran la misa sin el más mínimo brillo ni entusiasmo por las cosas de Dios. Sí, yo he experimentado la sensación de querer salir corriendo de algunas concelebraciones que si no fuera por el ex ópere operato diría que no valían para nada o que a lo mucho valían para quitar la fe.
Pero no es ahora el momento de tirar piedras a mis hermanos que presiden la celebración eucarística, no pretendo aquello.
Mi pregunta es mucho más amplia y quizá atrevida y es ésta: ¿Por qué la fe, la práctica religiosa, nos produce muchas veces esa especie de piadoso aburrimiento? ¿por qué no son pocas las personas que ya vienen como programadas -mentalmente- para aburrirse en la misa? ¿Por qué debemos poner los gestos -y no sólo los gestos- de aburrimiento cada vez que se tocan los temas de fe?
En mi condición de presidente de la celebración eucarística en especial los domingos he podido observar cómo hay gente que entrando en el templo se prepara a no entender nada y a no escuchar nada, esos que se acurrucan en las bancas para realizar el precepto del descanso dominical... en misa.
El P. Martín Descalzo consideraba, en el artículo mencionado, la escena aquella en la que Jesús moría en la cruz mientras que a sólo unos metros de él habían cuatro soldados jugando a los dados para matar el aburimiento. Uno que moría salvando a todo el mundo y a sus pies nomás cuatro hombres aburridos sin comprender ni saber nada. La cruz y el bostezo tan cerca, tan cerca.
Yo sospecho que algo parecido nos suele pasar a los creyentes, fieles y sacerdotes, seglares y religiosos, cumplidores y lejanos, piadosos y "modernos". Estamos a sólo unos metros del misterio más grande -los presbíteros lo tenemos entre manos- pero no nos damos cuenta, bostezamos aburridos, nos son necesarios los innumerables dados que nos hemos inventado para tener un poco de alegría (cada uno puede enumerar esos "dados modernos").
Yo sé que más de uno podrá pretextar que el padrecito de su parroquia es muy aburrido, que no predica bien, que no tiene conocimiento de la liturgia, que no sabe expresarse, que no se le entiende, que ya está muy viejito, que está muy apurado siempre, que es muy elevado en sus explicaciones, y un largo etcétera. Siempre habrá algún defecto en el sacerdote de turno. Pero sospecho que las más de las veces esas razones son sólo excusas, que en verdad no se cree o en el mejor de los casos se cree poco en Jesucristo.
Me permito contar algo de mis tiempos de estudios teológicos. Teníamos un profesor de teología que era una real eminencia en la materia, tenía varios títulos académicos, extranjero, cultísimo como él sólo. Confieso que sus clases se me hacían insufribles como insufribles son -dicen- los martirios chinos. Por más que trataba no podía seguir bien la hilación de sus discursos, sentía que mi cabeza se hacía un nudo y no podía. Las más tristes veces me quedaba medio dormido (ayyy vergüenza mía). Pero en general me ponía a pensar en otras cosas, hasta hacía mi oración. El tono de voz de nuestro profesor era casi siempre lineal, no tenía buen desempeño como orador, su método era muy simple: hablar y hablar y hablar. A tal punto llegó el hecho que se fue forjando en mí una predisposición a no entender, a no querer entender. Cierto día luego de una clase insufrible con dos largas horas que parecían no acabar nunca -con ganas de desahogar mi frustración- le pregunto a una religiosa: ¿qué le pareció la clase? Y cuando me imaginaba un drama igual que el mío me dijo con tremenda alegría: «¡Excelente! ¡Me ha gustado la clase! ¡La he entendido de principio a fin!». Demás está decir que quedé igual que el Líbano luego de un bombardeo israelí. Pasaron los días y con las pocas neuronas lúcidas que tenía me puse a observar cómo hacía esta religiosa para seguir la clase, allí me dí cuenta lo que significa tener INTERÉS por algo, lo que significa mostrar ATENCIÓN a lo que se nos muestra, lo que significa capacidad de búsqueda de la verdad. Aprendí mucho. Las clases se me convirtieron primero en combate, en lucha, luego en búsqueda y finalmente en gusto por conocer y saborear la verdad.
Yo he pensado muchas veces que alguien nos ha metido en la cabeza como un dispositivo, una predisposición a no querer entender las cosas de la fe, una predisposición al aburrimiento cuando se trata de Dios, una especie de "resignación" (qué palabra más horrible, incluso usada en ambientes piadosos) ante algo que si bien no nos alegra "de algo nos servirá". La fe no es aburrimiento piadoso.
Estamos medio dormidos a la verdad. No nos interesa demasiado. Tenemos muchas cosas más importantes y más urgentes en las cuales pensar, por las cuales luchar, de las cuales vivir, al fin y al cabo "una cosa es la fe y otra cosa muy distinta es la vida práctica, no?" Y es así que Dios sigue con ese mote que le hemos puesto -infames- a sus espaldas: ABURRIDO. Y por eso no le aguantamos cinco minutos más, por eso no aguantamos ningún precepto más, por eso consideramos una ofensa inmensa una celebración extensa de la fe. Por eso seguimos bostezando ante el misterio, ante la vida. Por eso a dos metros de nosotros está la felicidad pero no, no la vemos, preferimos seguir bostezando tranquilos -prudentes- evitando todo aquello que turbe nuestra paz... que yo llamo aburrimiento.
¿Podremos despertar?
¿Tendremos el valor de hacerlo?
¿Entenderemos que Dios es alegría de manantial?
lunes, 10 de septiembre de 2007
«El realismo de la fe católica»
Muchas personas que se definen católicas viven en la práctica una fe desarraigada del patrimonio más auténticamente católico. Cotidianamente me encuentro con personas que con gran paz de corazón me dicen, por ejemplo, que lo necesario es creer en Dios y nada más. Fácilmente se acaba pensando y viviendo la fe de este modo: “Cristo sí, Iglesia no” es decir: “Yo creo en Cristo pero no en La Iglesia” “Lo importante es creer en Jesús, el resto no interesa”. Posiblemente muchas de estas personas desconocen, por ejemplo, que hace quince siglos atrás (y once siglos antes de Lutero) San Agustín había escrito y repetido que Jesucristo y La Iglesia son uno sólo y que no hay separación alguna entre uno y otro porque ambos conforman el Cristo total[i].
Son numerosas las personas que aseguran que son creyentes porque “sienten” a Dios en su “corazón”. Pero cuando interrogo a estas personas si acuden a los sacramentos, si reciben la eucaristía, si se confiesan, si se han confirmado, casi siempre me dicen que no, que no van a misa, que no se confiesan, que no se han confirmado. Pero están muy seguras de que “Dios está conmigo”. Todavía más, me ha ocurrido alguna vez que encontrándome con alguna persona que está en una situación de visible pecado mortal me ha dicho que “siente” a Dios en su corazón y por ello se siente muy feliz y agradecido con Dios. Varias veces he concluido que es una gran verdad el hecho de que también el Demonio se viste de ángel de luz para engañar a los elegidos de Dios y les hace creer que tienen a Dios cuando en realidad están en pecado mortal y ni siquiera piensan en odiar su pecado y dejarlo.
Una fe que no “aterriza” en los sacramentos es un engaño, un autoengaño. Lamentablemente estamos metidos en ambientes en los que casi siempre estamos con aquello de “sentir a Dios” aunque luego nunca o casi nunca le recibamos en La Eucaristía, aunque nunca o casi nunca nos confesemos de nuestros pecados ante un sacerdote. Parece que la medida de la fe sea el sentimiento (¡!).
Dios nos envió a Su Hijo y él nos dejó los sacramentos como vida para La Iglesia hasta que venga en el último día. Lo que no entra en esta lógica divina no es fe católica. A veces pareciera que nos estamos aventurando a protestantizar nuestra fe cayendo en el subjetivismo de creernos salvados sólo por sentir o por emocionarnos dejando al final la corriente de la gracia desconectada de nuestras vidas. Cuando a la fe católica se la vacía de la vida de gracia, entonces se la convierte en protestantismo… Y no nos salvan las emociones ni las lágrimas, ni las “campañas de sanación y explosión de milagros” sino la gracia de Cristo que se comunica por medio de los sacramentos de La Iglesia. Si nuestra fe no llega a La Eucaristía no es nada que valga realmente la pena. Los creyentes que llegan a amar La Eucaristía, que la reciben de corazón limpio, que la adoran humilde y silenciosamente, esos creyentes creen y obran según el querer de Jesucristo. Por algo será que el santo padre Juan Pablo II convocó para toda la Iglesia al año eucarístico entre octubre del 2004 y octubre del 2005.
Los que pretenden ser cristianos y católicos sin beber de la gracia de Cristo por los sacramentos viven una situación similar a la del motor de automóvil que quiere funcionar sin combustible. Para decirlo más bíblicamente: existen no pocos cristianos y católicos que pretenden hacer lo que Jesucristo había advertido: sarmientos que pretenden vivir y florecer sin estar unidos a la vid[ii]… ¡Y se les ve tan contentos y llenos de “vida”! Lamentablemente estos “casos increíbles” son muy numerosos.
Es fácil vivir una fe muy subjetiva. Fácilmente y sin ninguna fundamentación bíblica ni doctrinal se afirma creer en Jesucristo pero disociándolo de los sacramentos y de la vida de gracia. Las que podemos llamar “religiones del corazón” tienen muchos adeptos. Pululan en nuestro medio muchos “pastores” y “siervos de Dios” que difunden una pretendida aceptación de Jesucristo “en el corazón” pero sin ninguna relación con la Palabra de Jesús: «Yo soy el pan de vida (…) quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna (…) quien no come la carne del Hijo del hombre y no bebe su sangre, no tiene vida en él»[iii]
Cuando no valoramos ni recibimos La Eucaristía estamos pretendiendo nadar en el aire o volar sin alas.
La Eucaristía es la vida de La Iglesia y fuera de ella y al margen de ella todo vale poco o nada. Si nuestro compromiso apostólico y pastoral no parte y finaliza en La Eucaristía somos unos infelices trabajadores de un reino que no disfrutamos y del cual en realidad no conocemos su verdadero valor.
Si aquel Jesucristo del cual hablamos en nuestras charlas y testimonios no es para nosotros el mismo que está en La Eucaristía, entonces es un engaño. Y si nosotros no tenemos el valor y la honradez de reconocerle y adorarle silenciosamente en Su Presencia eucarística, entonces somos unos palabreadores y nuestras predicaciones y nuestra conversación es ideológica y no tiene ningún valor apostólico. Si pretendemos servir y amar a un Jesucristo que luego no lo vamos a buscar y encontrar en La Eucaristía entonces nos convertimos en charlatanes y nos hemos inventado un Cristo a nuestra medida y según nuestro capricho egoísta (Si al Jesucristo al cual dices conocer no lo encuentras ni le hablas en Su Presencia eucarística, entonces eres un mentiroso porque predicas una fe hueca, una ilusión, una ideología panfletaria, una consigna obtusa e infeliz que no salva ni da vida eterna sino que se ha convertido en un barato calmante que no cura pero que te hace olvidar tu mal de fondo: tu pecado).
Por otro lado, existen no pocos católicos que se han inventado un dogma (creen tener un cierto tipo de infalibilidad… ¡¿Cómo?!). El dogma que ellos creen sin cuestionarse en lo más mínimo es éste: “Yo no tengo por qué confesarme con un sacerdote. Yo me confieso ante Dios. Para eso están las imágenes, las cruces, etc.” Esa es una muestra más de lo que decíamos antes, ese extraño fenómeno de la protestantización de la fe católica que no pocos católicos llevan adelante en sus vidas. Habría que preguntarles a ellos y ellas: ¿Quién sostiene eso en la Biblia? ¿Con qué autoridad se creen eso? Es la tentación se hacer subjetiva, particular y configurable la real, sólida y firme fe católica de siempre.
No se puede servir a Dios y al pecado, no se puede juntar en un mismo corazón cielo e infierno aunque algún cantante diga lo contrario. Dios no está dispuesto a hacerse cómplice de nuestras vidas dobles y de nuestra moral oscura. Jesucristo quiso desde el principio que La Iglesia tuviese el poder de atar y desatar los pecados[iv] y aún cuando en su propio corazón el pecador se haya arrepentido y Dios posiblemente le haya perdonado, ese mismo Dios ha querido que todo pecador se acercase al tribunal del sacramento de la reconciliación, administrado por un sacerdote, y sólo así hallar gracia divina, no por el sentimiento ni etéreamente. Esto es parte de la meridiana objetividad de nuestra fe católica.
Si nuestro compromiso apostólico o pastoral no se nutre de los sacramentos recibidos con pureza de corazón entonces no sirve de nada, ya lo decía Jesús: «…Porque separados de mí no podéis hacer nada»[v]
Los católicos comprometidos en tareas apostólicas debemos hacer todo lo posible por marcar la diferencia con relación al mundo que nos rodea, que no tiene el pensamiento de Jesucristo, recordemos bien sus palabras: «Porque les digo que, si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entrarán en el reino de los Cielos»[vi]
Sólo con los sacramentos bien recibidos y con nuestro cotidiano esfuerzo por vivir al revés en un mundo terco y voluble, podremos dar fruto para la mayor gloria de Dios, porque: «La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos… Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado»[vii]
[i] Cf. Tractatus in Johannem, 21,8; Comentario al Salmo 62; Sermo 72/A,7
[ii] Cf. Jn 15, 1-17
[iii] Cf. Jn 6, 53
[iv] Cf. Mt 16, 19
[v] Jn 15, 5
[vi] Mt 5, 20
[vii] Jn 15, 8.11
domingo, 2 de septiembre de 2007
«Un grito desde la sacristía»
Hoy escribo desde la sacristía, porque ese es el lugar donde me han puesto ya un montón de políticos, empresarios, "hombres de mundo", artistas, "intelectuales" y demás gente que hace un buen tiempo, hace siglos, sostiene sin más razonamiento que La Iglesia (entiéndase: obispos, sacerdotes, religiosos) sólo debe dedicarse a hablar sobre asuntos religiosos, y entre estos asuntos religiosos deberá escoger los menos comprometedores y más irrelevantes: el incienso, el color de las velas, los trajes, los cánticos sagrados, los carbones litúrgicos...
Como simple sacerdote, sin mayores pretensiones, les escribo desde la sacristía, lugar que para muchos modernos deberá ser el lugar natural de un sacerdote como yo, pero me resisto a hablar sobre las velas y el incienso, tampoco me gusta hacer el panegírico de los santos (gracias a Dios nunca lo he hecho).
Pienso que si Jesús habló de los pescadores y su trabajo, si se refirió al trabajo de los cambistas y cobradores de impuestos, si conocía bien cómo se amasa la harina, si sabía cómo pasan el día los que no tienen empleo, si observaba lo contento que se pone un hombre que ha encontrado la oveja perdida, si sabía como se cultivan los campos y observaba muy bien cómo crece la cizaña entre el trigo, en suma, si Jesús hablaba de las cosas de los hombres y les daba sabor divino, si las observaba, las juzgaba y las medía según el ojo de Dios, si Él no desconocía este mundo y lo usaba para elevar a Dios a sus oyentes, entonces los que le prediquen, los que prediquen su evangelio hoy, deberán hablar de este mundo y juzgarlo según Dios, según «reglas divinas», que eso es lo que se quiere en los servidores de Dios.
Sin embargo existe no poca gente a la cual le incomoda mucho que los religiosos nos refiramos a las cosas de los hombres. Cada cierto tiempo sale a declarar en los medios algún presidente o algún funcionario público para decir de distintas maneras que 'la Iglesia no debe meterse en estos asuntos', refiriéndose a la vida política, moral, económica de nuestros países. Pero no sólo están ellos, están también no pocas personas que afirman ser muy creyentes pero que 'no están de acuerdo' con que La Iglesia hable de tal o cual forma.
No soy profeta ni hijo de profetas, pero hace un tiempo me sorprendió el hecho de que un domingo después de predicar en un templo parroquial descubrí un grupo de personas que estaban discutiendo sobre la homilía que yo había pronunciado. Yo había sido muy enfático sobre la cuestión de la justicia social y entre los oyentes habían acérrimos devotos de la economía de mercado radical -muy católicos- y eran ellos los que estaban muy molestos con mis palabras. Indudablemente choqué con sus intereses y con su vida burguesa. Y lógicamente como principio blandían aquello de que "La Iglesia no debe meterse en esos asuntos, eso no le compete", "eso es hacer política", etc.
Yo estoy completamente seguro de que si Jesús se subiría hoy a los púlpitos (más imaginarios que reales) de nuestras iglesias trataría de todos esos temas que a muchos incomodan, o porque no suenan tan piadosos, o porque chocan con sus intereses económicos, políticos o carnales o todo eso junto.
Sé también que pueden haber sacerdotes que prefieren el silencio sobre los asuntos que de verdad son urgentes y que seguro han optado por callar para "no meterse en problemas", sé que pueden existir estos heraldos callados. San Agustín diría que son «perros mudos» que no ladran cuando ven venir al lobo y dejan que haga estrago en el rebaño. Frente a ellos yo escojo gritar (tendría que escribir: ladrar).
Y por eso hoy lanzo el grito (o el ladrido) desde la sacristía, donde el mundo moderno quiere que vivan los religiosos, pero no es un grito para decir qué rico huele el incienso sino para decir que aunque nos quieran encerrar con la tonta etiqueta "cuestión religiosa" -es decir: cuestión sin importancia, cuestión accesoria- siempre habrá alguien que diga las cosas como deben ser dichas y aunque le acusen de "hacer política" sabrá que es fiel al evangelio de Jesús.
La Iglesia (que es la familia de todos los bautizados) no sólo puede sino que DEBE pronunciarse sobre los asuntos de los hombres (todoslos asuntos de los hombres...) porque a Dios le interesan TODOS los asuntos de los hombres, pues son sus hijos... y no sólo lo son cuando rezan sino cuando viven y se meten en los negocios humanos.
domingo, 26 de agosto de 2007
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Me he puesto ha pensar qué pasaría si llegado el momento tuviera que presentarme a la presencia del mismo Dios para "rendir cuentas" ante Él y debo confesar que me ha causado estremecimiento pensar que me podría ocurrir lo que Jesús advierte en el Evangelio, que me presente con todos mis títulos, con el "aval" de mi consagración y ministerio pastoral y que Jesús se vuelva y me diga a la cara: «Disculpa pero... no te conozco»
La salvación eterna no es cosa de juego ni es una cuestión de suerte, no será el echar la moneda y ver qué sale, si es cara o sello, si te salvas o no y mientras tanto cruzas los dedos y ruegas a "diosito" que sea buenito. La salvación es una cosa muy seria, tan seria que en el fondo tenemos un poco de miedo hablar sobre el tema y siempre lo vamos postergando, relegando... "Ya habrá tiempo para eso..." "Después se verá..." Pareciera que el común de los mortales solemos ser muy superficiales sobre cosas tan serias como ésta.
Y volviendo a ese momento en el que me presentaría ante Dios y me llevaría el gran chasco de mi vida, pienso que me convendría un millón de veces que Dios me dijera ahora mismo, en esta vida, cómo Él me ve. Pienso que le estaría muy agradecido eternamente si me adelanta un poquito de ese juicio final y si me dice si tal como hoy vivo le estoy agradando de verdad o no; si Él está contento de mí o no lo está; si estoy abierto de verdad a Su Gracia o si me he enceguecido y ya no veo nada; si las voces que digo que son suyas son en verdad de Él o si son tontos inventos de mi orgullo y dureza de corazón; si aquello que digo y hago es Su Voluntad de verdad o si es mi voluntad disfrazada de "revelación al corazón".
Porque también sé que los humanos podemos muy fácilmente engañarnos, que nos volvemos ciegos a sólo unos centímetros de distancia de Dios, que nos volvemos sordos aunque Dios grita a nuestros oídos, que nos volvemos muy duros de corazón estando Dios a nuestro lado. Sé que todo ello es tristemente posible, lo he observado, lo he sufrido y lo lamento por otros... y necesitaría saber por todo ello qué piensa Él de mí, si le agrado o no, si tengo posibilidades de ser reconocido por Él en el momento decisivo o si ya estoy tan "vacunado" de su Espíritu que ya sólo me espera la gran sorpresa de mi desgracia eterna...
Por eso pienso que ante esta palabra de Jesús lo único que me queda es pedirle "un poquitico" de adelanto de aquel juicio personal que creo algún día tendré que pasar. Y prefiero que Él sea ahora muy veraz y directo conmigo, que corte y purifique todo lo necesario en mí, que ahora no le tiemble la mano en moldearme y podarme con tal de no pasar aquel terrible momento.
Y es lo que modestamente aconsejo de pedir a cualquier persona que en verdad le interese salvarse.
domingo, 19 de agosto de 2007
«CARTA ABIERTA A UN DIOS QUE SE PONE PESADO»
- El Señor acaba de pronunciar (domingo XX del tiempo ordinario), un discurso que consideramos por lo menos ofensivo con quienes siempre hemos sido leales a él: ahora resulta que no es Dios de paz sino de guerra y división.
- Nosotros siempre hemos creído que Dios es bueno y manso y ahora el Señor nos está saliendo con cada cosa... El otro día trató mal a una cuadrilla de cofrades y les dijo algo así como: "Sarta de serpientes, sepulcros embadurnados" Creemos que no hay derecho, nosotros que siempre le habíamos seguido.
- Exigimos que se revise su predicación antes de pronunciarla por el consejo parroquial, porque todos somos Iglesia.
- Creemos que este tipo de discursos promueven una desmoralización entre nuestra gente de bien y es un peligro para la estabilidad de nuestra sociedad, no es posible que ahora el Señor pregone división.
- A nombre del Sindicato de Suegras y Suegros Oprimidos manifestamos nuestra queja formal ya que el Señor está poniéndo en contra nuestra a nuestros yernos y nueras, a los que dicho sea de paso, queremos entrañablemente.
- Sugerimos al Señor que no se deje guiar por enardecidos elementos de izquierda radical que pueden estar influenciandole negativamente.
- Exigimos en pro de la buena paz que vuelva el Señor a hablarnos de la paz y el amor, que así es como habla Dios (¿desde cuándo Dios habla de fuego y guerra?)
- A nuestro reclamo por satisfacciones se une también la voz de protesta de la LUPLPPPPUCCQNEIADNM («La Unión de Pensadores Libres y Por la Pluralidad de Pensamientos Pero Unidos Por Una Causa Común Que No Es Idea Absoluta De Ningún Modo (esto también no es absoluto))» que se levanta a protestar por este efluvio de críticas injustas ante una sociedad que no puede permitir la aparición de nuevos fundamentalismos intolerantes, y no lo puede permitir de modo absoluto e intolerante.
- Hacemos un llamado urgente a toda la sociedad a unirnos por una vida cada vez más justa, libre, pluralista y tolerante.
Jerusalén, 45 del mes del esternocleidomastoideo del año 32.
Fulgencia de Las siete llaves de los Candeleros del Sagrario y Picoy de Alba de Tormes. Presidenta de las DPUSJYTDGDYC (Damas por Una Sociedad Justa Y También Diferenciada Guardando Distancia Y Cultura).
Liberio Tolerancio Mente Amplia Ganímedes Baba. Presidente absoluto de la LUPLPPPPUCCQNEIADNM (La Unión de Pensadores Libres y por la Pluralidad de Pensamientos Pero Unidos por Una Causa Común Que No Es Idea Absoluta De Ningún Modo (esto también no es absoluto))
Engracia Vinagretta Explosiva De Armas Tomar. Presidenta Honoraria del SSSO (Sindicato de Suegros y Suegras Oprimidos).
Siguen unas doscientas firmas casi initeligibles fabricadas en la Notaría Keiko Satomi Medelius
NOTA DE REDACCIÓN:
* El blog no se solidariza con las opiniones vertidas en esta Carta Abierta, tan sólo la hace pública en razón del derecho y libertad de expresión vigentes en la www.
* Fuentes policiales informaron hoy que fue detenido en una plaza pública de Jerusalén un sujeto que decía llamarse Jesús Hijo de José, precisamente había lanzado unos volantes con un discurso que decía así: «He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y cuánto desearía que ya hubiera prendido». El sujeto fue detenido y llevado a Seguridad del Estado por presunto delito de apología al terrorismo y alterar el orden público. También se informa que el sujeto indicado sería el hijo de una lideresa subversiva que una vez cantó en público una canción prohibida que decía más o menos así: «Estoy supercontenta porque Dios derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes» Algunos sostienen que estas cosas se encuentran en Lc 12, 49-50 y Lc 1,46-52, pero es una información sin confirmar.